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Theoretical Background

2.2 Optimization under Uncertainty and Simheuristics

Pensar en los motivos del acto de tolerar supone reflexionar en torno a cuestiones como: ¿por qué tolerar al otro? ¿Por qué convivir con el otro diferente, a pesar de la dificultad que nos supone? ¿Por qué admitir en nuestro espacio otros modos de vida que nos resultan incomprensibles?

El acto de tolerar encuentra su raíz más profunda en el entendimiento de las relaciones existentes en el trinomio reconocimiento-identidad-dignidad. Charles Taylor en su conocido ensayo Multiculturalismo y la “política de

reconocimiento” realiza un exhaustivo análisis sobre la relación existente entre

reconocimiento e identidad. Definirá la identidad como “algo equivalente a la

interpretación que hace una persona de quién es y de sus características definitorias fundamentales como ser humano” (Taylor, 2003, 43) y el

reconocimiento como una necesidad humana vital, fundamental para la definición de la propia identidad. Con el fin de esclarecer la conexión real existente entre los dos conceptos, define como rasgo característico de la condición humana “su

carácter fundamentalmente dialógico” (Taylor, 2003, 52). En este orden de ideas

concluye que “siempre definimos nuestra identidad en diálogo con las cosas que

los otros significantes desean ver en nosotros, y a veces en lucha con ellas”

(Taylor, 2003, 53). En consecuencia el reconocimiento resulta vital en el concepto que cada persona tiene sobre sí misma.

Por otra parte, la tradición Kantiana y su empleo del término dignidad constituye un punto de partida clave para nuestro concepto de tolerancia. En sentido Kantiano somos dignos por nuestra condición de agentes racionales,

capaces de dirigir nuestra propia vida por medio de principios. En tanto dignos somos merecedores de reconocimiento.

Por tanto, la primera motivación para tolerar surge del reconocimiento del otro y de su legítimo derecho de reclamar para sí la posibilidad de una existencia fundamentada en “el potencial de moldear y definir nuestra propia identidad,

como individuos y como cultura” (Taylor, 2003, 65). Es decir, tolerar significa

entender que el ser humano, en tanto social, es más que su cultura, más que su historia (no se agota en lo recibido y realiza una lectura propia de la historia común). Pero a la vez, es su cultura, es decir, tiene una lengua, unas costumbres, unas tradiciones, que de alguna manera determinan su modo de ser y de estar en el mundo. De la misma manera, como individuo, “cada hombre es un proyecto de

vida que trasciende su tradición, abierto a la convivencia” (Mate, 2003, 35) y con

unas características definitorias particulares que definen sus diferencias respecto a los otros.

Reconocer esta realidad es aceptar el hecho de la diferencia. Es favorecer diversas posibilidades de desarrollo humano, de modos de ser humanos. Es dar la oportunidad a cada persona de definir quién es y cómo quiere vivir. Es comprender la íntima conexión que existe entre cada uno y los otros. En síntesis y, siguiendo a Taylor (2003, 45) es entender que “el reconocimiento debido no sólo

es una cortesía que debemos a los demás: es una necesidad humana vital.” En

consecuencia, el acto de tolerar no es el permiso o la condescendencia que tiene un agente con otro en razón a su bondad personal, tolerar no es hacer una concesión gratuita,

“Por el contrario, cuando toleramos no hacemos más que manifestar nuestro reconocimiento de la dignidad del otro, de su alteridad y diversidad, que le viene dada, no por concesión nuestra, sino por su condición de persona. Por eso, cada hombre es en sí mismo “diverso” en su propia forma de realidad. Es el derecho a la propia opinión, pensamiento y credo el que exige nuestro respeto por venir de una persona que es por naturaleza libre y diversa” (Ortega; Mínguez; Gil, 1996a, 57).

Podemos preguntarnos, ¿esa diferencia que representa el extranjero, el otro, es una realidad irreconciliable? ¿El respeto a la diferencia lleva implícita la exigencia de no defender ningún valor o verdad? ¿Reconocer la diferencia es entonces sinónimo de compartir los mismos valores o prácticas? ¿Compartir la misma verdad, valores o prácticas, nos hace menos diferentes?

Diferencia, es el atributo o propiedad que permite distinguir entre cosas semejantes. Según Aristóteles diferentes son “aquellas cosas heterogéneas que,

con todo, son idénticas bajo algún punto de vista” (Diccionario de Filosofía,

2003, 76). La tolerancia entendida como una forma de reconocimiento parte de considerar y admitir que cada uno es oriundo de un territorio, sostiene determinadas creencias religiosas, pertenece a una comunidad específica, prefiere unas prácticas sobre otras, etc. A la vez, requiere cierta abstracción de las diferencias, para reconocer aquello que las trasciende; es decir, aquello que nos hace semejantes. Los seres humanos somos heterogéneos porque todos somos únicos; pero como especie somos semejantes, es decir, somos idénticos bajo un punto de vista: compartimos una humanidad y dignidad común.

“Las personas son diferentes, al igual que sus culturas.

Las personas viven de diferentes formas y por igual difieren las civilizaciones. Las personas se comunican en una variedad de lenguas.

Las personas se rigen por diferentes religiones.

Las personas llegan al mundo de diferentes colores y son muchas las tradiciones que matizan sus vidas con diversos tintes y tonalidades.

Las personas se visten de maneras diferentes y se adaptan a su entorno de diversas formas.

Las personas se expresan de manera diferente y asimismo su música, su literatura y su arte reflejan modos diferentes.

Pero a pesar de estas diferencias, todas las personas tienen un único atributo en común: todas ellas son seres humanos, nada menos, nada más” (Ebadi, 2004, 23).7

7 La premio Nóbel de la Paz de 2003, Shirin Ebadi, realiza esta aportación al Informe del 2004 sobre libertad cultural, de las Naciones Unidas para el Desarrollo. El texto continúa así: “Y no

importa cuán diferentes sean, todas las culturas comparten algunos principios: Ninguna cultura tolera la explotación de los seres humanos. Ninguna religión permite la matanza de inocentes. Ninguna civilización acepta la violencia o el terror. La tortura es aborrecible para la conciencia humana. La brutalidad y la crueldad son detestables en cualquier tradición. Dicho más

El antónimo de diferencia es, por tanto, identidad8. Nos referimos a la identidad más universal, a la identidad humana, aquella que compartimos en virtud de nuestra igual humanidad, en razón a la dignidad de nuestro ser, de lo que somos o podemos llegar a ser. Identidad que nos hace personas merecedoras de respeto mutuo, de libertades civiles y políticas y de oportunidades para llevar una vida decente. Identidad que hace posible la comprensión entre el nativo y el extranjero, entre el tú y el yo, en la medida que existe una diferencia seguramente no mayor a la semejanza que abre la posibilidad de salir al encuentro, al diálogo, a la convivencia y a la reconciliación.

Por otra parte, reconocer la diferencia no consiste en renegar de lo propio, en alabar lo otro, o peor aún en no comprometerse racional y afectivamente con nada. Todo lo contrario, significa establecer un diálogo abierto, pues, ¿de qué otra manera vamos a conocernos y a conocer realmente al otro? Confrontar las propias creencias con voces discrepantes, ayuda a formar el propio juicio y considerar el de los otros de manera racional, es decir, ayuda a ratificar las propias creencias.

escuetamente, estos principios compartidos por todas las civilizaciones reflejan nuestros derechos humanos básicos. Estos derechos son atesorados y cuidados por todos, en todas partes. Así, la relatividad cultural no se debería utilizar nunca como pretexto para violar los derechos humanos, puesto que estos derechos simbolizan los valores más fundamentales de las civilizaciones humanas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos es necesaria universalmente, es aplicable a Oriente tanto como a Occidente. Es compatible con cualquier fe y con cualquier religión. El no respetar nuestros derechos humanos pone en riesgo nuestra humanidad. Evitemos destruir esta verdad esencial, pues si la destruimos los débiles no tendrán lugar alguno al cual recurrir”.

8 Hemos definido la identidad páginas atrás y siguiendo a Taylor como aquella interpretación que hace una persona sobre sí mismo y sobre sus características definitorias como ser humano. Es decir, la identidad incluye aquello que hemos recibido y apropiado como miembros de una cultura. Sin embargo hoy en día se habla de identidades; es decir, de diversas apropiaciones y lealtades que una persona considera significativas simultáneamente en su vida. Tal es el caso de las denominadas identidades múltiples complementarias citadas en el Informe de las Naciones Unidas para el Desarrollo del 2004, para clarificar que las personas tienen un sentido de pertenencia tanto al país como a los grupos que conviven en su seno. Cada individuo suele identificarse con muchos grupos distintos. Una persona puede tener la identidad que le otorga su ciudadanía (como ser francesa), género (ser mujer), raza (tener origen chino), ascendencia regional (haber llegado de Tailandia), lengua (dominar el Tai, chino e inglés, además del francés), afiliación política (ser de orientación izquierdista), religión (ser budista), profesión (ser abogada), ubicación (ser parisina), afiliación deportiva (ser jugadora de bádminton y fanática del golf), preferencias musicales (gustar del jazz y el hip-hop) y literarias (entretenerse con novelas policiales), hábitos alimentarios (ser vegetariana), entre otros. A pesar de ello dentro de la gama de afiliaciones que uno puede reivindicar, se puede elegir la prioridad que se le dará a una u otra dentro de una situación determinada.

“Tal convicción no tiene por qué degenerar en dogma, sino que ha de ser una convicción racional, es decir que tiene razones para mantenerse y está siempre abierta a ser racionalmente criticada. Esta convicción racional no puede ser intolerante, como vemos, con otros ideales de vida, con otros proyectos de felicidad, sino todo lo contrario. Creo que podemos estar racionalmente convencidos de que respetar la autonomía ajena y propia es mejor que avasallar a otros y que rebajarse a sí mismo.

Creo que podemos estar racionalmente convencidos de que los derechos humanos son algo respetable y defendible.

Creo que podemos estar racionalmente convencidos de que cada persona es absolutamente valiosa, un fin en sí misma, y no puede tratársela como un simple medio. Creo que podemos estar racionalmente convencidos de que cada persona es una interlocutora válida, que debe tenerse en cuenta en las decisiones que le afectan

Y creo, por último, que ninguna de estas convicciones puede degenerar en dogmatismo e intolerancia, porque compartirlas significa optar por el fenómeno de la autonomía, del respeto y del diálogo” (Cortina, 1999a, 79-80).

La persona tolerante se compromete con sus creencias, defiende su verdad, pero, a la vez, desarrolla la capacidad de reconocer el grado de verdad presente en las máximas de las creencias del otro. Sabe que entre humanos nadie es el dueño absoluto de la verdad, pero no cae por ello en la cobardía de permanecer al margen de todo. Podríamos preguntarnos: ¿qué sería del mundo sin personas capaces de vivir y morir por convicciones racionales que consideren justas y valiosas para sí mismos y para el bien común?

De la misma manera, tolerar la diferencia es comprometerse con la convivencia. La tolerancia hace posible la diferencia; la diferencia hace necesaria la tolerancia, aunque la defensa de la tolerancia no es necesariamente una defensa de la diferencia, nos dirá Walzer, al explicarnos la necesaria consideración a la diferencia aunque no se esté a favor de ella en todos los casos. La convivencia pacífica es también un objetivo valioso y se hace necesario que las partes lleguen a consensos que faciliten la coexistencia de la pluralidad y la individualidad. Sólo en un espacio geográfico e histórico donde convivan individualidades capaces de encontrar motivos en común para construir una sociedad donde la dignidad

humana sea “un mínimo moral compartido”9 (Cortina, 1999a, 31) límite por exceso y por defecto de las acciones individuales y normas comunes, se podrá hacer alarde de convivencia y tolerancia.

En un espacio geográfico e histórico donde lo otro sea visto como un derecho. Donde el reconocimiento del otro como sujeto de participación sea la bandera a defender. Donde las relaciones de poder no dificulten ver al otro como igual y verse igual al otro; donde “los ciudadanos sean quienes asuman sus

orientaciones y se hagan responsables de ellas” (Cortina, 1999a, 23), se hace

posible la auténtica convivencia humana. Porque nunca ha sido fácil convivir con el otro, con el extranjero, con aquél que no conocemos, del que sólo hemos oído algunas cosas y del que nuestra imaginación ha recreado historias.