Su estancia completa de alumno interno, de 1950 a 1952, la va a realizar Fernández Mirabal en la Sala Clínica Altos, del pabellón Gutiérrez del Hospital Universitario General Calixto García, sede de la Cátedra de Patología General No. 6 y allí va a iniciar su labor docente junto al profesor Raimundo Llanio Navarro, su verdadero maestro en la clínica, que entonces era profesor adscripto de esa cátedra.
Con su plaza de médico interno le llega su nombramiento de instructor de Patología General en 1952 y desde entonces puede dar rienda suelta a lo que constituye quizá su vocación más profunda, la enseñanza de la medicina, y allí comienza modestamente a iniciar a los alumnos de medicina en el fascinante estudio de los signos y síntomas de las enfermedades, junto a la cama del enfermo.
El obtener por oposición la plaza de residente en 1954 lo consolida como instructor y en esas funciones llega al triunfo revolucionario de 1959, en que terminada su larga estancia de cuatro años de residente se le nombra médico asociado a la cátedra de Patología General, con funciones docentes.
Allí será testigo y actor en la lucha ideológica que se entabla dentro del claustro de la Facultad de Medicina en los primeros años de la Revolución, que tendrá sus momentos culminantes a principios de febrero de 1959 cuando se produce el llamado “colinazo universitario” y a finales de julio de 1960, cuando más de setenta profesores reunidos en claustro se declaran en rebeldía contrarrevolucionaria y son suspendidos de empleo y sueldo primero, y separados definitivamente después, por la Junta Superior de Gobierno de la Universidad, lo que unido a las renuncias que se venían produciendo desde los primeros meses de 1959, dejó a la Facultad de Medicina con sólo diez y nueve profesores de los ciento sesenta y uno con que contaba al cerrarse la Universidad en 1956.
Alrededor de dieciseis de esos viejos maestros, pues tres de ellos abandonarían después sus funciones y el país, se gestaría el grupo de nuevos profesores que llenos de entusiasmo y de fe en los destinos de la patria socialista y con la experiencia docente ganada en largos años como instructores, adscriptos o asociados a las antiguas cátedras, forjarían la reforma universitaria de 1962, primer paso en firme en la creación del nuevo tipo de médico revolucionario cubano.
A finales de 1960, cuando tantos abandonaban sus puestos en horas de grandeza y peligro, Fernández Mirabal presenta su documentación y obtiene por concurso la plaza de profesor agregado interino de Patología General, verdadero primer escalón en el profesorado universitario de la época. Un año después, cambiado el nombre de la asignatura, primero por el de Semiología y después por el de Propedéutica Clínica, ascendía a profesor auxiliar.
Integradas todas las materias de clínica en el Departamento de Medicina Interna, su labor docente en éste será verdaderamente agotadora. En su sala de Clínica Altos, del Hospital General Calixto García, enseñaba, al lado del enfermo, semiología a los alumnos de tercer año y medicina interna a los de cuarto y quinto, y en el salón de clases, con sus conferencias magistrales, los informaba de la materia del programa de ambas asignaturas.
No sólo se circunscribía su enseñanza a esta labor. Dado el nuevo profesorado a la tarea de confeccionar textos actualizados, más acordes con los objetivos de los programas encaminados a la formación de un médico distinto, Fernández Mirabal colabora con el profesor Raimundo Llanio en la confección del Manual de Historia Clínica y de los dos tomos de
Propedéutica Clínica, aparecidos en 1963, primeros libros de texto escritos
por la entonces nueva generación de profesores revolucionarios; lo mismo hará después con la segunda edición de ese último libro y dos años más tarde con el nuevo texto de Propedéutica Clínica y Fisiopatología.
Pero era necesario llevar la enseñanza de la medicina a otras universidades para facilitar su estudio en toda la isla. El entonces ministro de salud pública, comandante doctor José R. Machado Ventura, el hombre que dirigió la transformación de la medicina cubana burguesa en nuestra actual medicina socialista, pidió a la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana que sus profesores colaboraran en el desarrollo de la recién fundada Facultad de Medicina en la Universidad de Oriente.
Entre los que prontamente se incorporaron a la docencia en la segunda Facultad del país, en lo que se llamó Plan Santiago, estuvo el profesor Fernández Mirabal, allí como en La Habana, no se circunscribió a la enseñanza práctica y teórica de su asignatura, sino que fue colaborador en la primera edición del libro del profesor Reinaldo Roca Goderich, Temas de
Medicina Interna, y años más tarde en la edición definitiva, en tres tomos,
de este mismo libro.
En 1978 llevaría también su enseñanza durante seis meses a la Facultad de Medicina de la Universidad de Pinar del Río, en el Hospital Clínico Quirúrgico de esa ciudad, para ser de los que iniciaron esas labores en el joven alto centro docente.
Su actividad incansable dentro de este campo en los últimos veinticinco años incluye además de lo dicho: quince cursos de pre-grado sobre “Coagulación de la sangre” y diez sobre “Agua y Electrolitos”, todos en el Hospital Calixto García, más de treinta de post-grado impartidos en distintas instituciones científicas del país para médicos residentes, especialistas y profesores; la publicación por la Editora Universidad de La Habana de sus monografías, Agua y Electrolitos (1966) y Trastornos del sistema
hidromineral (1969) y por el Instituto Superior de Ciencias Médicas de La
Habana su libro Trastornos del sistema hidromineral y del equilibrio ácido-
básico (1977); ha asesorado dieciséis trabajos de investigación estudiantil y
doce tesis de especialización, formando parte desde su creación de numerosos tribunales de estado, anualmente, para los exámenes de especialistas.
Esta brillante carrera docente se vio coronada desde 1977 con la más alta categoría de la enseñanza superior en Cuba, la de Profesor Titular.