Muy pocos fueron los meleneros que pudieron completar su educación hasta el escalón universitario en las tres primeras décadas del período republicano burgués de nuestra historia. La única posibilidad de recibir instrucción estaba en la tan sufrida y esquilmada Escuela Pública Cubana que se mantendría en sus funciones por el esfuerzo heroico de sus maestros, que con escasos sueldos y sin recursos materiales para la enseñanza, suplían esto con su vocación y sus sacrificios personales.
A esta Escuela llegaría Fernández Mirabal como tantos otros niños meleneros en medio de la crisis económica de inicios de la década de los años treinta y en ella forjaría las bases de su cultura y de su carácter. Allí comenzó a hilvanar esa larga cadena de sobresalientes, que no se detendría hasta el final de sus estudios universitarios y que comprendió todas las asignaturas de la enseñanza primaria.
Este aprovechamiento general tan elevado no era suficiente para poder alcanzar el ingreso en la segunda enseñanza, era necesario recibir los conocimientos preparatorios que permitieran poder vencer el examen de ingreso sin necesidad de cursar la Enseñanza Primaria Superior, que por otra parte no se brindaba en Melena.
Un joven maestro melenero, enamorado de su profesión, que ejercía en una escuela rural de nuestro municipio y que ya había alcanzado el doctorado en Pedagogía en la Universidad de La Habana, nuestro querido maestro Agustín Álvarez Ocete, vino a llenar con su colegio La Escuela Nueva, ese vacío, punto menos que insalvable, para continuar los estudios secundarios. Allí, con métodos pedagógicos modernos y dinámicos se cursaba la enseñanza primaria, la preparatoria y se repasaban materias del bachillerato sin que mediara interés económico alguno y eso bien lo sabe la juventud melenera de esa época.
Fernández Mirabal, “Millo”, para todos, cursó en él la preparatoria sin costo alguno, e inició con el profesor una relación de padre e hijo que todavía en estos momentos, más de cuarenta años después, aún se mantiene.
La Segunda Enseñanza sería para él continuación ininterrumpida de triunfos académicos. Sobresaliente en todas las asignaturas y tres premios ordinarios sería el balance final de la misma, pero además le abriría el
horizonte de la cultura general que le permitiría adentrarse por su cuenta en el conocimiento de la mejor música y la mejor literatura.
A la Universidad de La Habana llega en el año 1945 para emprender la larga carrera de medicina con la perspectiva de que los sacrificios realizados hasta ese momento no eran nada, comparados con los que tendría que realizar en el futuro.
Con libros ajenos o con los de la biblioteca de la Facultad de Medicina, sin profesores repasadores, tan necesarios por lo insuficiente de la docencia universitaria de la época y recorriendo a pie la larga distancia desde la casa de familiares pobres, donde vivía, hasta la Universidad, cursó Millo los cinco primeros años de la carrera.
Pero su expediente de estudios, que tan brillante fuera, le permitió alcanzar sucesivas matrículas gratis y una de las escasas plazas de alumno interno del Hospital Universitario General Calixto García, entonces uno de los dos hospitales docentes del país y para lo que se necesitaban las más altas calificaciones en el expediente.
Esta plaza que se podía perder en el séptimo año, si no se mantenía un alto aprovechamiento académico, fue conservada por Fernández Mirabal los dos cursos finales de su carrera, para terminar en uno de los primeros lugares de su promoción, con treinta sobresalientes en treinta y ocho asignaturas, cinco premios ordinarios y sobresaliente en los ejercicios para el grado de doctor.
La tesis que presentó, “Fisiopatología de la ictericia”, una completa revisión de ese tema, no sólo bibliográfica sino también de historias clínicas, mereció que el tribunal que juzgó sus ejercicios recomendara su publicación, lo que se realizó en la revista Medicina Latina en los meses finales del año de su graduación, 1952, y que al año siguiente viera la luz en forma de monografía.
Este expediente le ganó también la difícil plaza de médico interno del primer hospital docente del país y es bueno decir que todos estos honores, ganados con tantos sacrificios, era la primera vez que los lograba un estudiante melenero en la Facultad de Medicina.
Dos años después, en 1954, vencía el tiempo de su internado hospitalario, tan necesario en la formación de todo médico, que en aquella época sólo podían disfrutar los primeros expedientes y que hoy lo obtienen todos los estudiantes de medicina en el último año de su carrera, y se presentaba ante él la prueba más difícil a que podía ser sometido un joven graduado de medicina en aquel entonces, que eran los ejercicios de concurso-opisición para la plaza de médico residente del hospital universitario, lo que le permitía completar plenamente su especialización.
Conocedor de la magnitud del esfuerzo que debía realizar, se preparó Fernández Mirabal concienzudamente para aquella prueba de la que salió victorioso, y en la que tuvo que competir contra los mejores médicos internos de su promoción. El cierre de la Universidad de La Habana a finales de 1956 le mantendría en esa plaza hasta el triunfo revolucionario en 1959.
De esa manera lograba este humilde estudiante melenero no sólo graduarse de médico, carrera que había sido calificada en esa época por un célebre Decano de la Facultad como exclusivamente para ricos, sino que la alcanzaba entre los primeros lugares de su promoción a fuerza de sobresalientes, pasando por el internado y la residencia por oposición, para convertirse en un formidable especialista en medicina interna. Y esto, repito, lo alcanzaba sin tener que viajar al extranjero a pagarse cursos de post-grado, como solían hacerlo los jóvenes graduados de la alta burguesía.
Aquí esta noche se encuentran entre nosotros algunos médicos, compañeros suyos de aquellas jornadas, que lograron también triunfos semejantes y que son hoy brillantes profesores del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana, como los doctores Fidel Ilizástegui Dupuy, Adolfo Rodríguez de la Vega, Luis Rodríguez Rivera, Mario Escalona Reguera y Roberto Sollet Guilarte.
Son ellos herederos de la vieja escuela de clínicos cubanos que comienza a hacerse sentir a finales del siglo XVIII con el doctor Tomás Romay Chacón, iniciador del movimiento científico en nuestro país y maestro del interrogatorio dirigido, la inspección y la palpación, quien abandonara la enseñanza teórica de la patología en la Universidad para fundar la primera cátedra práctica de clínica médica en el hospital militar de San Ambrosio; el doctor Nicolás J. Gutiérrez y Hernández, introductor del estetoscopio en Cuba a mediados del siglo XIX, y con él la enseñanza de la auscultación, así como el perfeccionamiento entre nosotros de la palpación; los doctores Félix Giralt Figarola, Raimundo de Castro Allo y Francisco Cabrera Saavedra, que brillaron en la clínica a finales del siglo pasado y el último de ellos hasta principios del actual; los doctores Juan Guiteras Gener y Federico Grande Rossi, verdaderos maestros del arte clínico en el primer tercio de este siglo y los doctores Luis Ortega Bolaños y Pedro Castillo Martínez, que consolidaron la Escuela de Clínicos Cubanos en las décadas anteriores al triunfo revolucionario, por no citar sino algunos nombres en la larga lista de las grandes figuras de la historia de la medicina interna en nuestro país.
El espíritu de superación constante que ha guiado siempre a Fernández Mirabal, lo ha llevado en años posteriores y ante nuevos requerimientos de su carrera a tomar siete cursos de post-grado, varios de superación profesoral, perfeccionar su conocimiento del idioma inglés y completar el de idioma francés, para llegar a poder hablar, leer y escribir correctamente en estas lenguas, así como a cursar los dos años de enseñanza superior de Filosofía Marxista-Leninista, al final de lo cual presentó como tema de referat la interesante tesis El origen de la vida en la tierra, que apareció publicada en varios números del Boletín de Avanzada del Hospital General Calixto García en 1977.
Por todo esto no es de extrañar que al crearse en Cuba las categorías de especializados, estuviera él entre los primeros a quienes se les otorgó la más alta, o sea, la de segundo grado.