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CHAPTER 5 OTHER SOLUTIONS
2– Haz un cuadro en el que aparezcan los personajes principales de la obra y caracterízalos breve- mente.
3– En la obra se habla de amor. Según el autor en el prólogo, se reprende a los enamorados por su conducta alocada, dejándose guiar por las pasiones. ¿Crees que el mensaje de la obra tiene vigen- cia en la actualidad? Justifica tu respuesta.
4– Lee estos textos. Uno pertenece al Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. El otro es de la Celes- tina. Señala sus coincidencias temáticas.
5– Analiza el texto de La Celestina.
Elabora un resumen del contenido y sitúalo en el conjunto de la obra.
Señala qué personajes aparecen o se mencio- nan
Señala recursos literarios y aspectos de estilo propios de esta obra.
Saca tus propias conclusiones sobre el tipo de mujer de la que se habla en estos textos.
Estilo
Un aspecto interesante de la obra es el retrato de dos mun- dos que reflejan una sociedad que está cambiando:
El de los señores: caracterizado por un lenguaje formal y retórico con parlamentos más largos: Calisto, Melibea, Ple- berio y Alisa.
El de los criados: el interés, la importancia del dinero y el empleo de refranes son característicos de estos personajes que suelen tener textos más breves y ágiles: Pármeno, Sempronio, Lucrecia, Aréusa, Celestina...
Toma de unas viejas que se hacer herberas, andan de casa en casa e llámanse parteras; con polvos e afeites y con alcoholeras
echan la moca en ojo y ciegan bien de veras. Y busca mensajera de unas negras pecas, que usan mucho frailes, monjas y beatas: son mucho andariegas, merecen las capatas; estas trotaconventos hacen muchas baratas. como puna, trata.
Do estas mujeres usan mucho se alegrar, pocas mujeres pueden de ellas se despagar; porque a ti non mientan sábelas falagar, pues tal encanto usan que saben bien cegar. De aquellas viejas todas, esta es la mejor; ruega que no te mienta, muestra el buen amor, que mucha mala bestia vende buen corredor e mucha mala ropa cubre buen cobertor.
Libro de buen amor (adaptación)
Herberas: que vende hierbas Capatas: zapatos, calzas
CALISTO.- ¿De qué la servías?
PÁRMENO.- Señor, iba a la plaza y traíale de co- mer, y acompañábala, suplía en aquellos me- nesteres que mi tierna fuerza bastaba. [...] Ella tenía seis oficios; conviene saber: labrandera, perfumera, maestra de hacer afeites y de hacer virgos, alcahueta y un poquito hechicera. [...] Hacíase física de niños, tomaba estambre de unas casas, dábalo a hilar en otras, por acha- que de entrar en todas. Las unas, «¡Madre acá!», las otras, «¡Madre acullá!», «¡Cata la vie- ja!», «¡Ya viene el ama!»; de todos muy conoci- da. [...] Y en su casa hacía perfumes, falsaba estoraques, menjuí, animes, ámbar, algalia, pol- villos, almizcles, mosquetes. Tenía una cámara llena de alambiques, de redomillas, de barrilejos de barro, de vidrio, de arambre, de estaño, he- chos de mil facciones. Hacía solimán, afeite co- cido, [...] y otras aguas de rostro [...]. Adelgaza- ba los cueros con zumos de limones, con tur- bino, con tuétano de corzo y de garza y otras confecciones. Sacaba agua para oler [...]. Ha- cía lejías para enrubiar [...]. Los aceites que sa- caba para el rostro no es cosa de creer [...] Te- nía en un tabladillo, en una cajuela pintada, unas agujas delgadas de pellejeros e hilos de seda encerados, y colgadas allí raíces de ho- japlasma y fuste sanguino, cebolla albarrana y cepacaballo. Hacía con esto maravillas que, cuando vino por aquí el embajador francés, tres veces vendió por virgen una criada que tenía. CALISTO.- ¡Así pudiera ciento!
ApuntesMareaVerde.org.es 3º ESO Pág. 106
TEXTOS DE LA UNIDAD 7
La Celestina. Fernando de Rojas. El planto de pleberio
PLEBERIO.—¡Oh Fortuna variable, ministra y mayordoma de los temporales bienes! ¿Por qué no ejecutaste tu cruel ira, tus mu- dables ondas, en aquello que a ti es suje- to? ¿Por qué no destruiste mi patrimonio? ¿Por qué no quemaste mi morada? ¿Por qué no asolaste mis grandes heredamien- tos? Dejárasme aquella florida planta, en quien tú poder no tenías. Diérasme, fortuna fluctuosa, triste la mocedad con vejez ale- gre; no pervirtieras el orden. Mejor sufriera persecuciones de tus engaños en la recia y robusta edad, que no en la flaca postrime- ría. ¡Oh vida de congojas llena, de miserias acompañada! ¡Oh mundo, mundo! Mu- chos mucho de ti dijeron, muchos en tus cualidades metieron la mano; a diversas cosas por oídas te compararon. Yo por tris- te experiencia lo contaré, como a quien las ventas y compras de tu engañosa feria no prósperamente sucedieron, como aquel que mucho ha hasta ahora callado tus falsas propiedades por no encender con odio tu ira, porque no me secases sin tiempo esta flor que este día echaste de tu poder. Pues ahora, sin temor, como quien no tiene qué perder, como aquel a quien tu compañía es ya enojosa, como cami- nante pobre que sin temor de los crueles salteadores va cantando en alta voz. Yo pensaba en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por algún orden; ahora, visto el pro y la contra de tus bie- nandanzas, me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una mora- da de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región lle- na de espinas, monte alto, campo pedre- goso, prado lleno de serpientes, huerto flo- rido y sin fruto, fuente de cuidados, río de lágrimas, mal de miserias, trabajo sin prove- cho, dulce ponzoña, vana esperanza, falsa alegría, verdadero dolor. Cébasnos, mun- do falso, con el manjar de tus deleites; al mejor sabor nos descubres el anzuelo: no lo podemos huir, que nos tiene ya cazadas las voluntades. Prometes mucho, nada cumples. Échasnos de ti, porque no te po- damos pedir que mantengas vanos pro- metimientos. Corremos por los prados de tus viciosos vicios muy descuidados, a rien- da suelta; descúbresnos la celada cuando ya no hay lugar de volver
Libro de buen amor. Arcipreste de Hita. La avutarda y la golondrina.
Érase un cazador, muy sutil pajarero;
fue sembrar cañamones a un campo placentero, para hacer sus cuerdas y lazos del redero;
andaba el avutarda cerca en el sendero. Dijo la golondrina a tórtolas y pardales y más al avutarda estas palabras tales: "Comed esta semiente de aquestos eriales,
que es aquí sembrada por vuestros grandes males". Hicieron gran escarnio de lo que les hablaba, dijéronle que se fuese, que locura chirlaba. La semiente nacida, vieron cómo regaba el cazador el cáñamo y non las espantaba. Tornó la golondrina e dijo al avutarda que arrancase la yerva, que era ya alzada: que quien tanto la riega y tanto la escarda
por el mal de las aves lo hacía, aunque que se tarda. Dijo el avutarda: "Loca, sandía, vana;
siempre estás chirlando locura de mañana; non quiero tu consejo, ¡vete para villana!
déjame en esta vega tan hermosa y tan llana".— Fuese la golondrina a casa del cazador,
hizo allí su nido quanto pudo mejor; como era alegre y muy gorjeador,
al cazador le gustó, que era madrugador. Cogido ya el cáñamo y fecha la preparada, fuese el pajarero, como solía, a la caza:
prendió a la avutarda para venderla en la plaza; dijo la golondrina: "Ya estás toda pelada".
Romance de doña Urraca —Morir vos queredes, padre, Sant Miguel vos haya el alma; mandástedes vuestras tierras a quien se vos antojara. Diste a Don Sancho Castilla, Castilla la bien nombrada; a Don Alfonso a León, con Asturias y Sanabria, y a Don García a Galicia con Portugal la preciada. A mí, porque soy mujer, dejáisme desheredada; irme he yo por esas tierras como una mujer errada, y este mi cuerpo daría a quien bien se me antojara, a los moros por dinero y a los cristianos de gracia: de lo que ganar pudiere haré bien por vuestra alma. Allí preguntara el Rey:
—¿Quién es esa que así habla? Respondiera el Arzobispo: —Vuestra hija doña Urraca.