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OVERALL ASSESSMENT FOR (1) MITIGATION COMPONENT 1.2 – NON-STRUCTURAL MITIGATION

Expedito Teixeira llegó a Chile como turista el 10 de agosto de 1989, pero no se trataba de un visitante cualquiera; su hijo, Ricardo, era el presidente de la poderosa Confederación Brasileña de Fútbol. Pese a esto, Expedito sólo venía como hincha para ver el duelo eliminatorio entre Chile y Brasil programado para el domingo 13. El hombre, con 67 años, estaba delicado de salud y había sido operado del corazón en mayo del mismo año. Aun así, y contraviniendo la opinión de los médicos, viajó a Santiago junto a la delegación verdeamarilla. Expedito cargaba un by-pass coronario, pero también la humillación del 4-0 en contra que le había encajado Chile a Brasil en la Copa América de 1987 y quería una revancha para los, entonces, tricampeones mundiales.

Apenas se instaló en el hotel Holiday Inn se sintió muy mal y decidió descansar en su habitación. Tres días más tarde, después de asistir al escandaloso empate a uno en el Estadio Nacional, sufrió una hemorragia intestinal y debió ser internado en la Clínica Santa María donde fue operado de urgencia. Su hijo Ricardo estaba abrumado: por un lado tenía que manejar a la delegación brasileña en el partido contra Chile (que había derivado en poco menos que una guerra) y por otro debía estar cerca de su padre, que convalecía penosamente en la clínica que miraba al río Mapocho. Pese a que la intervención fue exitosa, al débil paciente le pasó la factura su complicación cardíaca y no se pudo recuperar. Expedito Teixeira falleció el 26 de agosto. Durante la agonía, y en consonancia con el clima beligerante entre Chile y Brasil producto de las eliminatorias, nadie de la ANFP se acercó al hospital para saber de su salud. Ricardo Teixeira sintió que los dirigentes chilenos, encabezados por Sergio Stoppel, habían sido extremadamente groseros al ni siquiera preguntar por la salud de su padre.

Pero sí hubo un hombre que estuvo cerca de los Teixeira durante todo el proceso. Generoso, cuando llegó el momento de pagar la altísima cuenta por la operación y los quince días en la UCI, no dudó en sacar su chequera y asumir todos los gastos. También gestionó con el gobierno el traslado de los restos a Brasil, con todo el complicado papeleo legal incluido. Era Miguel Nasur. El gesto no sólo fue agradecido por Ricardo Teixeira, también conmovió a Joao Havelange, presidente de la FIFA y consuegro de Expedito, ya que su hija llevaba varios años casada con el titular de la CBF.

Nasur en ese momento era una mala palabra en el fútbol chileno. Había sido desplazado de la presidencia de la Asociación Central de Fútbol (ACF) mediante un golpe de estado que orquestaron varios equipos, entre ellos Colo Colo, Universidad Católica y Unión Española. La maniobra implicó también el fin de la ACF, que se transformó en la actual Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP). Como miembro de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Nasur fue duramente cuestionado por no defender la posición chilena en contra de Paraguay luego del tongo que protagonizaron Olimpia y Sol de América en abril de 1989, que, a la postre, eliminó a Colo Colo de la Copa Libertadores de ese año. También su manejo de los dineros de televisión y la confección del calendario de las eliminatorias para Italia 1990 eran motivo de sospecha para la nueva directiva encabezada por Sergio Stoppel.

A Nasur en Chile no lo querían, pero en la FIFA estaba muy bien situado luego de que organizara, pobre pero dignamente, el Mundial Juvenil de 1987. Joao Havelange recorrió Chile completo durante el torneo y se sintió muy cómodo con las muestras de cariño que entonces le prodigó la gente. El pago de la cuenta en la clínica ayudó a poner los cimientos de una profunda amistad.

Pero en ese momento fue un hecho menor y nadie se enteró. Pocos días después de la muerte de Teixeira, el fútbol chileno se había metido en el más profundo de los pozos de su historia luego de que Roberto Rojas se cortara la frente con un bisturí en el estadio Maracaná ante 150 mil personas. El “Condorazo” provocó un terremoto al interior de la ANFP y la directiva encabezada por Stoppel debió renunciar el 4 de octubre, cargando la culpa de haber sido la responsable final del retiro del equipo en pleno duelo

eliminatorio. En unas apuradas elecciones, la lista encabezada por Guillermo Weinstein (ex dirigente de Universidad de Chile) derrotó a la que lideraba el presidente de Colo Colo, Peter Dragicevic. Weinstein duró poco más de dos meses en la oficina de Erasmo Escala y en ese período recibió puñaladas mortales sobre su incipiente gestión. El 25 de octubre la FIFA, que ya había decretado el triunfo de Brasil por 2-0 (lo que dejaba a Chile definitivamente fuera del Mundial de Italia 90) anunció los resultados de la comisión disciplinaria que investigó el caso. El grupo, integrado por Pablo Porta (España), el general Abdelaziz Mostafa (Egipto), Tan Sri Datuk Seri Haji Hamzah (Malasia) y Carlos Carrera (Guatemala), suspendió por tres meses a Roberto Rojas para partidos a nivel local y a perpetuidad para todo duelo internacional; le aplicó a la ANFP una multa leve de 50 mil francos suizos y citó a sus dirigentes a comparecer en Roma el 5 de diciembre, aprovechando que todo el Comité Ejecutivo de la FIFA iba a estar reunido con motivo del sorteo del Mundial.

El día del fallo, el presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, Ricardo Teixeira, mostró su satisfacción. El hijo de Expedito, que había sido el más interesado en que la FIFA castigara a Chile, dijo: “Era lo previsto. Tanto la Federación como Rojas tenían que ser sancionados de un modo drástico y en forma ejemplarizadora para que no se vuelvan a burlar de nadie”.

Los castigos, según especificaba el fallo, eran “apelables”, pero la lógica indicaba que lo mejor era aguantar la humillación y mirar para adelante. El fallo de la FIFA había sido explícito en cuanto al desatino que implicó retirar el equipo en medio de un partido oficial de las eliminatorias. Joseph Blatter, Secretario General del organismo entonces, declaró: “Si no sentamos un precedente ahora mismo por el abandono del seleccionado chileno, se nos provocará un riesgo tremendo para los próximos mundiales adultos. Cualquiera se sentirá impulsado a adoptar la decisión que quiera”. El golpe había sido duro, pero era sólo la obertura, faltaba toda la sinfonía.

En Chile se optó por contraatacar formando una comisión investigadora de los sucesos en Maracaná. La conformaron el abogado Mario Mosquera (que en 1998, casi diez años después, sería elegido presidente de la ANFP); el abogado integrante de la Corte Suprema Claudio Illanes; el ex dirigente Mauricio Wainer; el recién designado ministro de la Corte Suprema Sergio Mery y el juez Milton Juica, entonces miembro de la Corte de Apelaciones de Santiago. Avalados por esta comisión, Weinstein y la ANFP apelaron a la FIFA por la sanción al Cóndor y por la multa de 50 mil francos suizos. Fue un error garrafal: era evidente que Rojas había engañado a todo el mundo y la multa, dentro de todo, era una bagatela y no merecía ni apelación.

Miguel Nasur, que se había mantenido hasta ese momento como espectador, viajó a Paraguay con Roberto Rojas y el presidente del Sindicato de Futbolistas, Gabriel Lito Rodríguez. La idea, formalmente, era lograr apoyo para el arquero de parte de la Confederación Sudamericana de Fútbol (CSF). Pero una vez llegados a Asunción, Nasur se desentendió del asunto y dejó a sus compañeros de viaje en el edificio de la CSF con la esperanza de que el presidente del organismo, Nicolás Leoz, les diera una audiencia. No los recibió. Sólo una delegación de dirigentes encabezada por Weinstein pudo hablar después con Leoz y obtuvo un tímido apoyo. El Cóndor, tras su “paseo” por Paraguay, volvió enfurecido con Miguel Nasur y lo acusó en el aeropuerto: “No hizo absolutamente nada por nosotros”. El 29 de noviembre la comisión investigadora presidida por Mario Mosquera entregó sus conclusiones. Era un fallo de 73 carillas –y más de 300 fojas anexas– que en lo medular culpaba de lo sucedido a Roberto Rojas (“se descarta que la bengala haya causado la herida”), a los dirigentes presentes ese día en Maracaná (“por manejos desacertados y desconocimientos de los reglamentos”), al entrenador (“por inducir a los jugadores”), al cuerpo médico (“por descuido y desatención”) y a los jugadores, principalmente Fernando Astengo, como motivador del retiro de la cancha. Los antecedentes fueron enviados a Zurich. El informe de la comisión investigadora fue un espolonazo definitivo para Guillermo

Weinstein. Renunció tras asegurar que su familia había sido amenazada de muerte. “No vuelvo nunca más al fútbol”, dijo antes de retirarse. Pero lo peor aún estaba por venir.

Acompañado por los integrantes de su directorio Víctor Molina y Gabriel Morgan, Weinstein protagonizó el 5 de diciembre un último acto como cabeza de la ANFP, y fue una tragedia. El grupo tenía 45 minutos para apelar de las sanciones de la FIFA, pero la audiencia en el hotel Jolly Midas de Roma apenas se extendió por 18 minutos. Los popes de la FIFA escucharon en silencio y luego los invitaron a abandonar la sala. El fallo se conocería el 8 de diciembre.

En la reunión, Havelange intentó comedirse: “Soy neutral, y como Brasil está involucrado, me hago a un lado”. Pero la verdad es que el presidente de la FIFA estaba encolerizado por la manera en que su figura había sido atacada en Chile. Las burlas, las caricaturas, las declaraciones, todo había llegado a oídos del brasileño. Desde el interior del organismo rector del fútbol mundial se escuchó: “El doctor está muy irritado por todo lo que se ha dicho de él en Chile”. Una de las broncas mayores de Havelange era con el periodismo chileno, que lo había criticado con una liviandad insólita. La misma voz al interior de la FIFA lanzó una advertencia: “Habrá, incluso, dificultades para los periodistas chilenos para obtener credenciales para el Mundial de Italia”.

Pero no era el enojo de Havelange lo que más preocupaba por el momento. Lo poco que les dijeron a los chilenos en la reunión con la FIFA sí que crispaba los nervios: “La falta de ustedes es muy grave y habrá castigos sin precedentes”. El filo de la guillotina estaba afilado.

El 8 de diciembre, el español Pablo Porta leyó el fallo definitivo:

Sergio Stoppel, el médico Daniel Rodríguez y Roberto Rojas, suspendidos a perpetuidad.

Orlando Aravena y Fernando Astengo, suspendidos por cinco años a nivel nacional e internacional. Alejandro Kock (kinesiólogo) y Nelson Maldonado (utilero), un año a nivel nacional e internacional. Pero lo más duro estaba en la letra D del fallo. En su primer acápite (el segundo doblaba la multa para la Federación de 50 mil a 100 mil francos suizos) se leía: “El equipo nacional chileno queda excluido de la participación en la Copa Mundial de la FIFA 1994”.

Consultado Pablo Porta por la extrema severidad de los castigos, el español fue tajante: “Los actos antideportivos realizados son de una gravedad fuera de lo común”. Cuando le preguntaron si era el hecho más grave en la historia de la FIFA, Porta fue más allá: “Es lo más grave en la historia del fútbol, que es más antiguo que la FIFA”.

La guillotina había caído con toda su fuerza y la cabeza del fútbol chileno rodaba hacia el canasto. La FIFA determinaba que la selección quedaba inhabilitada para jugar las eliminatorias del Mundial 1994. El castigo privaba, literalmente, a toda una generación de la posibilidad de participar en un Mundial. Y el problema rebasaba la cancha: no ir a un Mundial ni jugar sus eliminatorias suponía perder millonarias sumas de dinero por venta de boletos, publicidad, derechos de televisión y otros. Eso, sin contar con que la imagen del balompié local había quedado demolida. Para comienzos de 1990, Chile se había transformado en un paria, un apestado, un leproso del fútbol mundial.

Humillados y sin dirigentes en la ANFP, el fútbol chileno reaccionó como pudo y llamó a un viejo “perro de pelea”: Abel Alonso.

El nombre del ex presidente de la ACF (1979-1982) y poderoso empresario del calzado (en marzo, cuando comenzaba la temporada escolar, vendía más de 400 mil pares de zapatos Pluma) ya había sonado cuando Guillermo Weinstein fue elegido, aunque él se restó de inmediato con un argumento contundente: “No quiero, no puedo, ni debo volver a ser dirigente”. Sin embargo, después de la caída de Weinstein fue el único propuesto y el 26 de diciembre resultó elegido presidente sin oposición, pero con

los votos en blanco de Colo Colo, Everton, O’Higgins, Magallanes, Audax Italiano y Cobreandino. Apenas se sentó en el sillón presidencial, Alonso definió su prioridad: “Mi primera y más importante tarea es reinsertar al fútbol chileno en el ámbito internacional”. Más adelante especificó que se debía “buscar el perdón de la FIFA por todas las maneras posibles” y respecto de Joao Havelange, apuntó: “Yo diría que es mi amigo. Estuve cuatro años en contacto con él, lo que permitió un acercamiento. Por eso estimo que podría lograr una audiencia en los próximos 20 días”.

Un joven reportero de la revista Minuto 90 observaba todo con mucho interés. Su nombre era Harold Mayne-Nicholls y con el tiempo se transformaría en pieza importante en el juego de ajedrez que implicó la “búsqueda desesperada” del perdón para Chile: no sería una torre o un alfil, pero si en un peón laborioso. Un par de meses después ganaría notoriedad, junto al periodista del diario La Época Marco Antonio Cumsille, publicando el libro “El caso Rojas, un engaño mundial”. Mayne-Nicholls dijo en el lanzamiento: “No lo hicimos para favorecer o perjudicar a Rojas, ni para proteger o contentar a la FIFA”.

Mientras, Alonso se movía con velocidad para oxigenar al muy herido fútbol chileno. Primero organizó un torneo de Apertura 1990 con algunos cambios reglamentarios que pretendían motivar al público. Si en su anterior período había premiado con un punto extra al equipo que lograba más de tres goles y castigado sin puntos los empates cero a cero, ahora se jugaba con una innovación revolucionaria: los tiros libres sin barrera (“penales largos” decían los ignorantes). Si alguien era derribado en un radio de 30 metros con relación al arco, el tiro libre se ejecutaba sin la tradicional barrera. Fue un festín para los buenos rematadores como Sergio Díaz y la perdición para los arqueros acostumbrados a hacer vista, como Eduardo Fournier.

Pero la prioridad de Alonso era otra y estaba a 14 mil kilómetros de distancia: conversar con Havelange. Necesitaba saber qué terreno pisaba para comenzar a maniobrar y construir un hipotético perdón de la FIFA.

Alonso, René Reyes (vicepresidente de la ANFP) y Alfredo Asfura (eterno operador internacional del fútbol chileno) organizaron en febrero de 1990 un viaje con escalas en Suiza, España y Paraguay. En la segunda parada, Alonso se iba a reunir con Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, pero también con Agustín Domínguez, veedor del fatídico Brasil-Chile.

Sin embargo, la misión inicial en Zurich concentraba todos los esfuerzos del timonel de la ANFP. Ahí Jean Marie Faustin Godefroid Havelange, de 73 años, ex seleccionado brasileño de waterpolo, ex periodista especializado en natación del diario A Noite de Río, abogado, empresario vinculado al tráfico de armas, ex presidente de la Confederación Brasileña de Deportes (CBD) y presidente de la FIFA desde 1974, hombre temido y respetado, candidato al Premio Nobel de la Paz, iba a recibir a Abel Alonso en una reunión privada y crucial para el futuro del fútbol chileno. Tras varias gestiones con el veterano dirigente brasileño Abilio D’Almeida como intermediario, Joao había aceptado conversar con Alonso. Bajo sus carnes septuagenarias, Havelange escondía una armadura invisible, que había resistido por décadas las más duras controversias, denuncias escandalosas, rumores y presiones. Su poder era gigantesco, la FIFA tenía más asociados que la ONU y el Comité Olímpico Internacional. En todas partes era recibido como un Jefe de Estado y hasta Ronald Reagan suspendió una reunión con Mikhail Gorbachov una vez que Joao Havelange solicitó verlo.

Su implacable habilidad política, diplomática y comercial lo había inmunizado contra todo tipo de polémicas. Cuando abandonó la CBD en 1973 para postular a la FIFA dejó un déficit de varios millones de dólares, pero la dictadura militar brasileña, encabezada desde 1974 por Ernesto Geisel, decidió archivar las denuncias pues “terminarían por desmoralizar la imagen del país en el exterior”. El sucesor

de Havelange en la Confederación Brasileña de Deportes, el almirante Heleno Nunes, fue más allá y quemó todos los papeles incriminatorios para Jean Marie. También fue acusado de lavar dinero de sus industrias químicas, denuncia que fue convenientemente trabada por la justicia brasileña. Incluso su desembarco en la Federación Internacional de Fútbol Asociado estuvo nublado por las sospechas. El diario alemán Bild-Zeitung escribió que Havelange había sobornado al etíope Ydnkatchew Tessema, presidente de la Confederación Africana de Fútbol, para que comprara los votos de las 36 federaciones que representaba. Otro medio alemán, la revista Der Spiegel, publicó en 1987 que Havelange había recibido una coima de un millón de dólares por parte de la firma Adidas para beneficiar a esta empresa con los derechos de publicidad en los Mundiales. Años antes la edición brasileña de la revista Playboy acusó al presidente de la FIFA de estar involucrado en tráfico de armas con la Bolivia del dictador Hugo Banzer y con una Sudáfrica en pleno imperio del apartheid. Esta cercanía con las dictaduras militares (en el Mundial de 1978 nombró al contraalmirante Carlos Lacoste, mano derecha del genocida Emilio Massera, como vicepresidente de la FIFA) resultaría decisiva en el desenlace de esta historia, pero ya llegaremos a eso.

Antes, debía reunirse con el presidente del fútbol chileno, una federación paria, una grasienta mancha que había ensuciado el impoluto traje de lino de la FIFA con un montaje burdo. Una de las cosas que molestaba a Havelange, como ya está dicho, era el encono del pueblo chileno, que lo había transformado en el culpable de todos los males del fútbol en el país. Pero lo que más lo había irritado era el descaro de los dirigentes chilenos, quienes no sólo habían retirado el equipo del Maracaná, sino que habían tenido la desfachatez de llegar hasta Suiza –premunidos de pruebas insostenibles y ridículas– para defender la absurda versión de Roberto Rojas sobre la caída de la bengala. Que Stoppel, encima, exigiera a la FIFA que dieran a Chile como ganador del partido en Río de Janeiro había superado todos los límites del caradurismo.

Alonso llegó nervioso al número 11 8030 de la calle Hitzigweg, el moderno edificio que albergaba, desde que fue erigido en 1979, a la sede central de la FIFA. El presidente de la ANFP tenía preparada toda una batería de argumentos para convencer a Joao Havelange de que el fútbol chileno había cambiado de rumbo y de conductores, que quienes lo empujaron al abismo del “Condorazo” en el Maracaná ya estaban desplazados y nunca volverían, y que ahora el país iba a ser dócil, se portaría bien y seguiría las directrices de la FIFA. La tarea no era fácil. Havelange había sido el blanco predilecto de los medios chilenos luego de las duras sanciones. En el diario La Cuarta, por ejemplo, se publicó una foto de la selección brasileña donde las cabezas de los once jugadores habían sido cambiadas por unas de Havelange. El presidente de la FIFA estaba al tanto de todo lo que se había dicho, hecho y publicado en

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