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Esta segunda parte se abre de nuevo con otro prólogo dirigido al príncipe don Duarte. En él Cartagena habla de la conveniencia de dedicar tiempo al ocio y al estudio, para cuya argumentación recurre a ejemplos históricos. Así, para nuestro autor, el dirigente perfecto ocupará parte de su tiempo en el aprendizaje y no se preocupará de sí mismo en demasía. Asimismo, vuelve a detallar el contenido y las características de la obra, y reitera su labor de escribano. Al igual que hiciera en el libro primero, concluye el prólogo con un ruego a Dios.

En el libro segundo seguirá con el análisis de las restantes virtudes morales. Así, tratará la prodigalidad, la suntuosidad, la magnanimidad –considerada imprescindible para el buen soberano–, la mesura, la apacibilidad, la amabilidad y la sinceridad, virtudes que son tratadas en el libro VI de la Ética.

La prodigalidad es una de las virtudes más ampliamente tratadas en esta segunda parte, con cinco capítulos, a lo largo de los cuales no solo la describe, sino que también lo hace con los dos vicios que se le oponen, ya sea por defecto, ya por exceso. Estos, a saber, el derroche y la avaricia, presentan ciertas diferencias con respecto a la virtud, de las que se llega a deducir que la avaricia es peor que el derroche por una serie de motivos que Cartagena enumera, tras lo cual determina que se trata de un vicio incurable que presenta diferentes formas.

A continuación presenta la suntuosidad, a la que dedica cuatro capítulos, en los que primeramente diferencia esta virtud de la anterior, diferencia que se basa principalmente en la cuantía de los gastos. Antes de exponer las seis cualidades propias del suntuoso, presenta

los vicios que se oponen a la suntuosidad, la mezquindad y la banausia. Tras tratar en torno a qué cosas debe gastar el suntuoso, gastos que divide en aquellos que corresponden a los asuntos divinos y aquellos que se hacen por respeto al bien común, Cartagena pormenoriza los vicios antes mencionados, así como las diferencias entre ellos.

Los siguientes siete capítulos se ocupan de la magnanimidad, tratándose así de la parte más extensa del libro segundo. Sigue el mismo esquema que hemos visto a lo largo de la obra, a saber, descripción de la virtud y de los vicios que se oponen a ella, tanto por defecto como por exceso, en este caso la pusilanimidad y la pretenciosidad. Le otorga al magnánimo veinte cualidades, a cuya exposición dedica dos capítulos completos, y finaliza con una distinción entre este y el arrogante, puesto que parecen coincidir en algunos puntos.

Las virtudes restantes serán tratadas más brevemente de lo habitual, de modo que contarán con dos capítulos cada una, a excepción de la mesura con un único capítulo, en los que realizará una descripción de las virtudes y de sus vicios parejos como hemos ido viendo a lo largo de la obra. Mientras que los opuestos de la mesura carecen de nombre (la virtud en sí misma tampoco presentaba denominación desde antiguo), los vicios que se oponen a la apacibilidad son la irascibilidad y la imperturbabilidad, dependiendo del grado de ira que presenten.

A continuación hallamos tres virtudes que han de ser tratadas en cuanto que se relacionan con las conversaciones humanas. Son la amabilidad, que se opone a la amistad verdadera y que cuenta con cinco características; la sinceridad, en cuya exposición enumera los diferentes tipos de mentiras; y la jocosidad, relacionada con el tiempo de ocio que permite al hombre descansar de las obligaciones diarias.

Finalmente, dedica un par de capítulos al pudor, pues, a pesar de que no se trata de una virtud (Verecundiam in numero uirtutum non posuimus, quia magis assimilatur passioni quam habitui mem. 2,9.1,2-3–), en sí mismo le conviene al virtuoso, pues este se ruborizará si sufre alguna agitación.

En los dos últimos capítulos del tratado, el epílogo y las conclusiones, el autor realiza una interesante capitulación de las virtudes examinadas a lo largo de la obra; sin embargo, no será esto lo más atrayente de la parte final, sino la orientación política que toma el compendio, permitiéndonos vislumbrar los pilares del pensamiento histórico del autor, ideas que desarrollará y tomarán forma en el discurso sobre la preeminencia de Castilla que Cartagena pronunciará en Basilea. La justificación del poder real se convertirá en una de las constantes de su producción, de modo que a menudo se ve en cierto modo obligado a introducir algunas “maniobras” de propaganda política en sus obras, debido a su posición siempre fiel al monarca. Así, nuestro autor centra constantemente su reflexión en la figura del rey y en el concepto de realeza en sí, pues está completamente convencido de que el devenir de un pueblo depende directamente de los actos de su gobernante, por lo que la

práctica de las virtudes por parte de las clases rectoras de la sociedad ha de repercutir en el estado de bienestar, así como en la propia virtud, de sus naciones, debido al acto de mímesis que se produce. Para justificar su razonamiento, Cartagena recurre a ejemplos extraídos de la historia, siendo los modelos más esclarecedores aquellos que se refieren a la Reconquista de España, en la que grandes monarcas realizaron aún más grandes hazañas gracias a su virtud y a su fe en Dios.