HISTORICAL OVERVIEW AND TECHNICAL SURVEY
3.1 Large-integer multiplication
3.1.3 Overview of published and presented articles – foundational, relevant, and/or
El sistema de propiedad de El Correo presenta dos momentos importantes. El primero comienza con la fundación en 1820, donde la propiedad legal, tanto del taller de imprenta como del periódico que imprimía, es de don Cristóbal Murtra e hijos hasta 1851. Un segundo momento lo determina por el cambio de propiedad, que pasa a manos de don Justo Germán Cantero, y la plaza de director la ocupa Antonio V. Hernández. En 1859 se encarga de dirigir y redactar José A. Cortés. Este último es conocido en el ámbito intelectual trinitario por ser el director y propietario, junto a Andrés Sánchez, de la revista La Abeja en 1856.
En la etapa comprendida en este estudio, las clases sociales de Trinidad experimentan una marcada división. La mayoría de las familias de la primera mitad del siglo XIX vivían en la miseria y sumidas en el analfabetismo. De la Sagra (1861) en su visita a la ciudad se sorprende por este hecho:
Tuve ocasiones en dicho paseo de ver confirmado, lo que ya, desde el primer día, se presentara a mi vista: familias que presentan el aspecto más miserable por su escualidez, suciedad, desnudez y extrema pobreza en el ajuar (…) las familias vegetan sumidas en la inaccion y el tedio (…) es como una plaga, que brota por do quiera, y domina é impone un sello narcótico, desde la mañana hasta la noche (pp. 72-73).
Un sector de clase media llevaba el mando de la vida popular. De estos partían los establecimientos de pequeños negocios, el comercio del puerto, los oficios y otras prácticas que ayudaban a la economía media de la ciudad. En otro sector de más alto nivel se encontraban los burócratas y empleados públicos, amparados siempre por las bondades de que eran merecedores por sus servicios al gobierno; en estos renglones se encontraban los médicos, los escribanos, los alcaldes, militares y funcionarios del Ayuntamiento, con altos grados de instrucción y cultura.
Pero quienes verdaderamente influían en la sociedad trinitaria de esta etapa eran las riquísimas familias pertenecientes a la sacarocracia criolla local, regentes de todo cuanto se
65 movía en el plano de la economía, la política y la cultura de la región: en este ámbito se encontraban los linajes más poderosos, propietarios de grandes tierras con ingenios dedicados a la producción del azúcar. Iznaga, Borrell, Cantero, Frías, Malibrán y Brunet son algunos de los apellidos más representativos.
A partir de esta división, puede definirse un espectro social para los propietarios y colaboradores de las publicaciones de Trinidad. En el caso de Murtra, se puede establecer como un hombre de clase media, dedicado al oficio de impresión para cuyas facultades, como se ha especificado en el capítulo referencial, debe tener un grado de instrucción sumamente alto. Este hombre era español, procedente de Vizcaya, y aunque no se tiene constancia de la fecha de su llegada a Trinidad, todo apunta a que trajo consigo los conocimientos del oficio a que fue expuesto.
Don Justo Germán Cantero constituye uno de los terratenientes más acaudalados de Trinidad. Cirujano de profesión y graduado en una universidad de Boston en los EE.UU., contrae matrimonio en 1842 con Monserrate Fernández de Lara, con la cual desarrolla una importante labor benefactora en la ciudad, y se hace de grandes riquezas, al invertir en las mejores tecnologías en sus ingenios azucareros. Este hombre es considerado un verdadero mecenas de la cultura trinitaria. Según refiere Carlos Venegas (2014) en el artículo “El libro de los ingenios”, Cantero lleva a cabo obras de importancia como la Casa de Beneficencia de la urbe en 1847; también da albergue a artistas de notable importancia como Gertrudis Gómez de Avellaneda y Plácido. Sin embargo, por lo que más se le reconoce es por ser el autor del Libro de los ingenios, considerado una obra maestra del mundo editorial del siglo XIX, por el valor documental acerca de la industria de las plantaciones azucareras en Trinidad y el valor plástico del litógrafo Eduardo Laplante, a quien Cantero contrata para la confección de las ilustraciones.
Corresponde con las etapas de mayor auge cultural de la ciudad, la aparición de los colaboradores vinculados al desarrollo de una conciencia nacional, cuando comienzan a proliferar las firmas de los hermanos Hernández Echerri, Fernando Echemendía, o la búsqueda de colaboradores de personas tan ligadas al pensamiento criollo como Rafael María de Mendive.
Los hermanos Hernández Echerri eran dos personajes cultos de Trinidad, distinguidos por su intelecto y pertenecientes a familias con grandes recursos. Según se expresa en el diccionario biográfico Mil criollos del siglo XIX, de César García del Pino (2013), Fernando Hernández
66 Echerri era maestro de profesión y discípulo de José de la Luz y Caballero. Su hermano Manuel era graduado de Derecho en Barcelona y cultivaba la pintura.
A partir de las características de estos letrados, y el oficialismo en los artículos políticos, se establece de manera inconsciente una disparidad de intereses entre colaboradores políticos e intelectuales, que trae como consecuencia una mayor diversidad del tratamiento de los temas.
Desde 1827 —según corresponde con el ejemplar más antiguo conservado en el Archivo de la ciudad— se publican, a imitación de los demás periódicos oficialistas del país, secciones fijas que reproducen los dictámenes del gobierno, que son los artículos de Oficio para órdenes y decretos, y la Sala Capitular, entre otros, donde se exponen todos los acuerdos de las reuniones del Ayuntamiento. Estas secciones continúan saliendo durante todo el período de circulación del periódico.
El oficialismo en los temas políticos se evidencia no solo por el ímpetu impuesto por las autoridades inmiscuidas en los asuntos relacionados con la prensa en publicar en el periódico cuanta información produjeran en los buroes del Ayuntamiento, sino en el énfasis puesto en el tratamiento a diversos temas delicados con respecto al ideal colonial, y en el hecho de reproducir artículos de periódicos nacionales de marcado carácter oficial y con postura política pro española, como son Diario de La Habana, Noticioso y Lucero, Diario de la Marina y Faro Industrial.
No obstante, esto no significa una afiliación política de los Murtra hacia la causa española. Entre los nombres que destacan en la reseña sobre las leyes penales aplicadas tras la Conspiración de la Escalera, en 1844 (un suceso de carácter abolicionista, cuyos protagonistas fueron negros libres y esclavos prófugos, que provoca en la clase blanca dominante un miedo desmedido contra la raza negra), destaca la mención del poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) entre los acusados, quien había sido colaborador del periódico en su estancia en Trinidad. Además, los Murtra eran buenos simpatizantes de Narciso López en su período como gobernador de la ciudad, tiempo en el que fragua complots anexionistas en la región. De esto da fe un editorial publicado el 2 de octubre de 1842 con motivo de ser destituido López de su cargo, donde dedican algunas líneas a su buen desempeño como gobernador. López estuvo muy vinculado con Fernando Hernández Echerri, quien además sigue sus ideales y lo acompaña a la
67 conspiración anexionista de Matanzas. Por esta razón, Hernández Echerri es apresado y condenado a muerte en 1851. (Venegas y Angelbello, 2008).
A partir de la década de los 40 la cultura de Trinidad alcanza el clímax de la etapa. Son estos los años en que se crean las primeras sociedades de recreo como La Filarmónica, que tienen un marcado impacto en las fiestas locales (Corcho y otros, 1970). El Correo se hace eco de estos sucesos, lo que provoca un aumento en sus publicaciones con reflejo de la temática cultural, sobre todo literaria, de la ciudad y de Cuba. Anterior a esto, ya existía este interés al escoger muchas veces artículos de otros periódicos dedicados al conocimiento y divulgación de la cultura, pero siempre determinados por la ausencia de un redactor.
A partir de entonces los temas políticos le ceden puesto a lo cultural, sobre todo a lo literario. Con las contrariedades monetarias y técnicas que presuponía la confección de un libro, los escritores de localidades fuera de la capital veían las publicaciones periódicas como forma de ejercer su literatura. Ese es el caso de Fernando Hernández Echerri, que comienza a tener una participación muy activa en el impreso.
Entre los hechos que marcan el inicio de una renovación temática en El Correo está la inauguración de la sección “Miscelánea”, el jueves 21 de enero de 1841, firmada por el seudónimo F. (esta investigación asume que este seudónimo pertenece a Fernando Hernández Echerri, quien luego firma como F. Hernández). Esta columna tenía como objetivo abrir paso a las cuestiones más importantes de la localidad. El propio autor lo define como “un espacio de folletines, mosaicos y boletines que hablen en nuestro favor”, en vista de que el periódico de Trinidad no tiene lugar para una verdadera información de este tipo y “viendo que los periódicos del país lo tienen”.
Otra sección que surge es la llamada “Álbum trinitario”, donde puede encontrarse la firma, entre otras, del seudónimo Varapalo, intelectual de suma importancia que será reseñado en el epígrafe dedicado a Sancti Spíritus. Aquí aparecen importantes recreaciones de sucesos culturales como los que ocurrían en las sociedades de recreo antes mencionadas. Aunque en menor medida, también eran abordadas temáticas de corte sociocultural, en la que sobresale una disputa en el año 1844 entre Fernando Hernández, desde El Correo de Trinidad, y Gaspar Betancourt Cisneros (El Lugareño) desde la Gaceta de Puerto Príncipe, acerca de los correctos métodos de enseñanza infantil. A lo largo de las décadas de los 40 y los 50 se consagra la
68 costumbre de los trinitarios de mandar remitidos con reseñas sobre sucesos culturales de importancia: funciones de teatro, bailes, retretas en la Plaza Carrillo, tertulias, etc., que tenían espacio entre sectores de la sociedad que luego querían plasmar en el papel su satisfacción con los hechos.
Lo económico-mercantil, por otro lado, tiene espacio siempre en la última página del impreso, casi sin variación en los 40 años de El Correo. Allí los interesados podían encontrar todo lo referido a la compraventa de artículos, listas de precios en Trinidad y en el mercado nacional, así como los cronogramas de salidas y entradas de buques con sus respectivas cargas de mercancías. En la sección “Noticias estrangeras” se ofrecía diversidad de temas de índole internacional, ya fueran políticos, culturales, económicos o religiosos, o simples noticias interesantes al público. Ejemplo de esto es una serie publicada en 1841 titulada “Costumbres Europeas en los Siglos 15 y 16”, reproducida de otro periódico, que ofrece datos sobre los últimos tiempos del medioevo en el viejo continente.
La literatura constituye, desde un inicio, propósito fundamental del equipo de trabajo del periódico. Según referencias publicadas por Fernando Hernández Echerri, en un artículo del 1 de septiembre de 1844, durante los primeros años don José Julián Castiñeyra se consagra en la escritura de excelentes poemas y crítica literaria que, incluso, convierten este periódico en el primero en introducir los folletines en el periodismo cubano. Bajo el seudónimo de Zacarías publicaba artículos jocosos, de costumbres y mantenía columnas fijas como “La Linterna Mágica”, “Nuevo Mago de Oriente” y “El Teatro Burlesco”. De esta etapa no existen evidencias.
Con el desarrollo de la colaboración espontánea comienza a darse una muestra efervescente de la literatura, tanto de trinitarios como de otras regiones. Son estos los tiempos en que nace una poesía regional con las tipicidades que enmarcan algunas cuestiones de la poesía de aquel momento, como la búsqueda incesante por lo autóctono. (Corcho y otros, 1970).
Al principio los poemas salían con fines de pasatiempo, para homenajear algún espacio de la ciudad o como forma de cortejo. Se daba el caso de publicar versos laudatorios hacia los integrantes de las familias importantes. Ocurre así con la muerte de Pedro Sánchez Iznaga, y tras la inauguración de la Casa de Beneficencia por doña Monserrate de Lara de Cantero y su esposo, Justo Germán Cantero, en 1847. Del día 21 de febrero de 1847, son estos versos de Larrayó: “Yo
69 vi una joven con llorosa frente / Junto al cementerio trinitario / La atención llamar del vecindario / Y ecsitar el llanto de toda la gente”.
El desarrollo intelectual que alcanza Trinidad en el contexto cubano de la época hace que aparezcan en las publicaciones locales poemas de Rafael María de Mendive y José Fornaris, con temáticas románticas y siboneyistas (Corcho y otros, 1970). Plácido, en su estancia en la ciudad, publica poemas de corte romántico, suceso que ocurre desde la cárcel, pues, a juicio de Venegas (2014), en realidad este poeta viene a Trinidad preso y es desde allí donde escribe algunas composiciones que manda hacia el periódico de la localidad. Solo al salir es cuando llega a formar parte de algunos sucesos culturales como las tertulias en casa de Justo Germán Cantero. El soneto “Las Pasiones”, de Plácido, fue publicado en El Correo, el 22 de octubre de 1843. (ver Anexo 13).
En el caso de la narrativa, aunque mucho más modesta que la poesía, comparte las mismas características en su surgimiento (esporádicamente), pues comienza a aparecer a medida que los interesados mandaban composiciones con cierto matiz lírico o dramático. Casi siempre respondían a intereses de bien público, a llamar la atención sobre algún mal social o contribuir a la difusión de la moral de la época. Son visibles diálogos dramáticos, pequeños cuentos, e incluso miniobras de teatro.
Aunque la narrativa local no se consolida en las páginas de los impresos, existen ejemplos como la novela titulada “El Cruzado”, publicada por capítulos en 1842 y escrita por un trinitario: J. M. de Losada. A partir del año 1847 se tiene constancia de la aparición de una verdadera red de novelas de folletín publicadas al final de las últimas páginas. Se editaban a dos columnas de texto anchas, y se separaban del resto de los contenidos como forma de atraer la atención. Esta manera de literatura se consolida a partir de la necesidad de atraer lectores al periódico, lo que tiene buenos resultados porque se corresponde con la época en que El Correo crece en dimensiones y número de columnas.
El auge literario en el periódico del pueblo, unido a la experiencia habanera de los órganos dedicados a la difusión de la literatura y la ciencia, trae como consecuencia la aparición en 1856 de La Abeja, publicación que el 1 de marzo de 1856 se anuncia como “la primera de su clase que se publica en esta ciudad”. Este medio de prensa era pródigo en la difusión de la literatura más revolucionaria de la época, en tanto da cabida a excelentes ejemplares románticos y nativistas:
70 obras de José Fornaris y Juan Cristóbal Nápoles (El Cucalambé) aparecen en sus páginas, además de composiciones románticas como el poema “La ausencia de vida”, de Domingo del Monte. De uno de los directores de la revista, el trinitario José A. Cortés, es la sección “Flores Trinitarias”, dedicada a la difusión de poesía sobre la belleza de las mujeres de la zona. Existía, no obstante, una fuerte tendencia a hacer composiciones religiosas.
Y no solo en la poesía tiene cabida la religión, pues de la firma del sacerdote Wenceslao Callejas ven la luz artículos sobre el papel del cristianismo en la sociedad de su momento. Con un matiz similar, pero dedicado a la reflexión, se publica una serie titulada “Educación”, sobre las características de este fenómeno en la sociedad trinitaria y cubana en general. La revista La Abeja constituye la muestra más palpable de un intento de progreso científico e intelectual en la época de mayor florecimiento en Trinidad, pues son constantes sus esfuerzos por incluir temáticas que contribuyan al fomento de una cultura general: educación, crítica de arte y literatura, filosofía religiosa e, incluso, temáticas históricas y socioculturales.
A partir de estas particularidades se puede establecer el carácter de las dos publicaciones que ocupan el análisis de esta investigación. En el caso de El Correo, constituye un periódico político, económico y mercantil durante las décadas de los 20 y los 30. A partir de los años 40, con el auge que la difusión literaria ocupa en sus páginas, puede definirse justo como versa su descripción debajo del cabezal: periódico político, literario, económico y mercantil (el presente estudio agrega el carácter recreativo, en tanto la aparición de los folletines tiene este fin). La Abeja es una publicación de carácter científico, literario y recreativo.
Los públicos potenciales a los que iban dirigidos estos periódicos corresponden directamente con las propias temáticas que se incluían en el grueso de las páginas. La división social de la ciudad, los altos índices de indigencia y personas sin recursos para pagar escuelas, e incluso, las precariedad de los métodos de enseñanza (a juzgar por las continuas críticas que tenían lugar en los propios periódicos), demuestra que un sector numeroso de la población no estaba amparado por una formación mínima intelectual (analfabetismo) y, por tanto, queda excluida como posible público de los impresos. Ni siquiera los pocos recursos que poseían eran dignos de gastar en un medio que no le servía.
Escogen temáticas mercantiles y económicas para los trabajadores del puerto, los navegantes que necesitan saber los cronogramas de barcos, los propietarios de pequeños negocios que se
71 interesaban por los precios, los productos que entraban al puerto y las tendencias a nivel internacional de la economía. Además se incluye un sector burócrata interesado en cuanto ocurra en materia de política nacional e internacional. Todos ellos, a su vez, querían verse reflejados en el periódico, al utilizarlo para difundir sus intereses: a través de proclamas y leyes, en el caso de políticos, y los anuncios en el caso de los negociantes. La clase media constituía uno de los sectores sociales a los cuales estaban dirigidas las publicaciones.
La literatura se encausa al entretenimiento. En Trinidad, según Venegas (2014), no se puede hablar de un sector intelectual demasiado amplio, más allá de los pocos exponentes criollos ya mencionados, algunos de alta sociedad y pertenecientes al clero. La poesía y las novelas de folletín buscaban la atención de los sectores más ociosos, dígase las mujeres, trabajadoras dentro del hogar que tenían tiempo para estos fines. Este es uno de los factores que determinan el fracaso de la revista La Abeja: la falta de un público con verdaderas intenciones de instruirse. Cuando en el cuarto número inauguran la sección “Flores Trinitarias”, dedicadas a las mujeres de alta sociedad con poemas que resaltaban su belleza, su elegancia, etc., buscan conquistar este importantísimo sector de clase para el mantenimiento de la revista, en tanto tenían el recurso para pagarla. Por tanto, el público al cual estaban dirigidas las publicaciones de Trinidad era al