Chapter 5: Research techniques
5.3 Data analysis techniques employed
5.3.3 Panel regression models
La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferimos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar
-Susan Sontag
Con frecuencia las definiciones de salud y enfermedad se realizan de manera simplista: “Salud es la ausencia de enfermedad”. En 1948 la OMS dio una definición un poco más ambiciosa pero que sin embargo, nos deja también con dudas: "salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no meramente la ausencia de enfermedad o dolencia" (Facmed Unam).
En la medicina moderna, el conocimiento del cuerpo es algo reservado a unos pocos eruditos, los médicos, mientras que la mayoría de la población conoce poco acerca de su organismo y también entiende poco de los términos empleados para describir su funcionamiento y sus desequilibrios.
Y mientras esto pasa con los conocimientos del cuerpo, los saberes sobre la mente se encuentran en una condición aún más difícil (aunque Descartes haya colocado el pensamiento y la razón en un lugar superior con respecto al cuerpo). Ya que a mediados del siglo XX los tratamientos psiquiátricos eran muy rudimentarios y la psicología todavía no llegaba al grueso de la población. Justamente Plath, vivió en carne propia estos tratamientos rudimentarios, pues al menos en una ocasión le fue aplicada la terapia electroconvulsiva sin anestesia (ver 2.3. Sylvia Plath). Por otro lado en La Campana de cristal, también se narran las burlas y condena hacia la protagonista por haber intentado acabar con su vida (Plath, La Campana de cristal, 272).
La psicología, al igual que otros conocimientos que están fuera de las ciencias exactas, es dejada muchas veces en un segundo plano. Curiosamente, es precisamente un psicólogo quien hace una de las críticas más importantes a la medicina como se estaba practicando en la primera mitad del siglo XX a la vez que reconoce su avance en el tratamiento (en toda la extensión de la palabra) de la persona: “Hoy en día, en todo el ámbito de la medicina, es reconocido que la tarea del doctor consiste en tratar a la persona enferma y no a una enfermedad abstracta” (Jung, The Undiscovered self, 20).
La necesidad de explicar la enfermedad como algo que va más allá de un síntoma y de encontrar las causas en aspectos de la persona que no son únicamente físicos ha dado origen a un replanteamiento de nuestras ideas de salud y enfermedad.
Las sociedades occidentales hicieron del cuerpo una posesión más que una cepa de identidad. La distinción del cuerpo y de la presencia humana es la herencia histórica del hecho de que la concepción de persona haya sido aislada del componente comunitario y cósmico, y el efecto de la ruptura que operó en el hombre. (Le Breton, 23)
Es así como nuestra cultura puede considerarse heredera de una serie de “saberes” que terminaron por fragmentar al ser humano, considerando una parte del mismo (aquella que no se podía ver ni percibir con las simplicidad de los sentidos) como superior y relegando a la otra a un simple vehículo, algo que no definía a su ser.
Precisamente de la mano del cuerpo y los sentidos fueron también despreciadas las emociones, especialmente para el género masculino, las mujeres podíamos darnos más licencias en esos menesteres ya que justamente éramos consideradas como inferiores. En esta realidad, hombres, mujeres, seres humanos y sus saberes quedamos fragmentados y
categorizado nuestro nivel de importancia de manera arbitraria. Las consecuencias de esta separación finalmente nos alcanzaron el siglo pasado e iniciamos una búsqueda de reconciliación con nuestras identidades justamente con la ayuda de aquello que habíamos negado.
Por su parte Susan Sontag en su ensayo La enfermedad y sus metáforas hace una crítica (desde los puntos de vista histórico, literario y social) a los excesos en los que se puede caer al atribuirle significados y metáforas a las enfermedades cuando carecemos de explicaciones suficientes con respecto a ellas. Sontag identifica a la tuberculosis del siglo XIX y al cáncer del siglo XX como depositarias de una gran cantidad de metáforas por parte de la sociedad. Sin embargo, nota que a diferencia de la tuberculosis, el cáncer carece de ese halo de romanticismo que le colocaron escritores y artistas a la tisis, cuya idealización llegó a un punto tal que el semblante pálido y delgado comenzó a instituirse como el nuevo estándar de belleza (según la escritora, este estándar fue el precursor del “ideal” pálido y excesivamente delgado del siglo XX).
Si resulta casi inconcebible que se haya tergiversado de manera tan descabellada la realidad de una dolencia tan espantosa, piénsese en otra distorsión, igualmente grave, en nuestra era, bajo la presión de la necesidad de expresar posturas románticas sobre el yo. El objeto de esta distorsión, por supuesto, no es el cáncer, enfermedad que nadie ha logrado adornar de embrujo (aunque cumple algunas de las funciones metafóricas que en el siglo XIX cumplía la tuberculosis). En el siglo XX la enfermedad repelente, desgarradora, que pasa por ser índice de una sensibilidad superior, vehículo de sentimientos «espirituales» y de insatisfacción «crítica» es la locura. (Sontag, 15)
Sontag identifica que así como la tuberculosis era asociada con un exceso de pasión y un carácter temerario y sensual, el cáncer hoy en día es asociado por muchos con la insuficiencia de pasión, la represión sexual, la inhibición, la falta de espontaneidad, la incapacidad de enojarse (9).
La escritora afirma que si bien, el cáncer es ahora el gran desconocido y depositario de la mayoría de las metáforas, como en su tiempo lo era la tisis, no es heredero de la idealización y romantización de la enfermedad, pues esa estafeta la ha tomado la locura.
Antes la enfermedad era la tuberculosis; hoy se piensa que lo que lleva la conciencia al paroxismo de la iluminación es la locura. El romantizar la locura es el reflejo más vehemente del prestigio de que goza hoy el comportamiento (representación teatral) irracional o grosero (espontáneo), de ese mismo apasionamiento cuya represión, antes, debía ser causa de tuberculosis y, hoy, de cáncer. (Sontag, 16)
Hay también similitudes que Sontag identifica entre los tratamientos de la tuberculosis y de las enfermedades mentales, ambos se tratan en sanatorios (Como sucedería con Sylvia Plath y con Esther Greenwood, el personaje central de La Campana de Cristal17) y se recomienda cambiar las condiciones ambientales para la mejoría del paciente, “cambiar de aires”, viajar, etc.
Llama la atención el hecho de que en La Campana de cristal, dos personajes padezcan dos de las enfermedades de las que habla Sontag en su ensayo, Buddy Willard, pretendiente de Esther tenía tuberculosis y la propia Esther, desequilibrios mentales. Sin embargo, Buddy en la novela, carece de este halo de romanticismo que Sontag identifica con los tísicos del siglo XIX, en cambio Plath tiene un humor un poco ácido para referirse a su entorno, al decir del lugar en donde él estaba internado: “El esquema de color del sanatorio parecía estar basado en el hígado” (144).
Sontag identifica que:
Durante el siglo XIX, la idea de que la enfermedad concuerda con el carácter del paciente, como el castigo con el pecador, se modificó: se empezó a pensar que la enfermedad es una expresión del carácter, un resultado de la voluntad. «La voluntad se muestra como cuerpo organizado», escribe Schopenhauer, «y la presencia dela enfermedad significa que la voluntad misma está enferma». (20)
Y tal parece que esta era una idea ciertamente extendida, pues Plath también la refiere en su obra, cuando habla de que el papá de Buddy se resistía a visitarlo porque “no podía soportar el espectáculo de la enfermedad y especialmente la enfermedad de su propio hijo, porque pensaba que toda enfermedad era enfermedad de la voluntad” (147).
Tomándonos la licencia de continuar con el ejercicio de metáforas que hace Sontag, no sería difícil identificar por otro lado, las relaciones que en la cultura occidental suelen establecerse entre el amor y la locura, así por ejemplo, podemos decir que alguien está “locamente enamorado”, “loco por alguien”, e incluso Calderón de la Barca llegaría a afirmar que “cuando el amor no es una locura no es amor”. La misma Plath juega con ese
17 Ver Apartados 2.3. Sylvia Plath y 4.1. Descripción del espectáculo
doble significado en La Campana de cristal cuando Buddy le pregunta a Esther si cree que él tiene algo que “vuelve locas a las mujeres” (382). Posiblemente esta idea tiene su origen en las sustancias liberadas en nuestro cerebro en el enamoramiento y que hacen sentir en otro estado mental. No obstante, no está de más tomar nota de este otro aspecto de la “romantización” de la locura.