MEASURING UP THEORY WITH PRACTICE: THE SUITABALITY OF HATE SPEECH PROVISIONS IN RELATION TO THE NATURE AND REALITIES OF
8.3 The Paradox Playing Out
Para Birgin (1999), por mucho tiempo la violencia contra la mujer no había sido considerada como un problema en la mayoría de las culturas, pero a partir de que se comienza a analizar el tema en términos de ciudadanía se ha podido encontrar el fundamento de tal violencia, que reside en la exclusión de las mujeres y en la fragmentación de sus derechos ciudadanos, así como en la manera en que las mujeres se incorporan al orden político.
De tal forma, en las relaciones de pareja el concepto de violencia puede tener una connotación de ejercicio de poder en el cual es importante confirmar de manera cotidiana quién es el que tiene el derecho a ejercerla. Para Jorge Corsi (1995:40), la violencia implica siempre el uso de la fuerza para producir un daño, cita los casos de la violencia política, económica, social entre otras, que tienen como denominador común el poder:
[E]n sus múltiples manifestaciones, la violencia siempre es una forma de ejercicio del poder mediante el empleo de la fuerza (ya sea física, psicológica, económica, política...) e implica la existencia de un ‘arriba’ y un ‘abajo’, reales o simbólicos, que adoptan habitualmente la forma de roles complementarios: padre-hijo, hombre-mujer, maestro- alumno, patrón-empleado, joven-viejo, etcétera.
La violencia implica una búsqueda por eliminar los obstáculos que se oponen al propio ejercicio del poder, mediante el control de la relación obtenido a través del uso de la fuerza. Para que la conducta violenta sea posible tiene que darse una condición: la existencia de un cierto desequilibrio de poder, que puede estar definido culturalmente o por el contexto u obtenido mediante maniobras interpersonales de control de la relación.
Para efectos de esta investigación, se considerará la definición de violencia conyugal que ofrece Marta Torres (2001:113):
[…] el uso de la fuerza física y/o moral en contra de uno de los miembros de la pareja conyugal, por parte de su cónyuge, en la forma de violencia física, violencia psicológica, violencia sexual y violencia económica.
La violencia física es tal vez la más evidente, porque el daño producido se marca en el cuerpo de la víctima, e incluye golpes de cualquier tipo, heridas, mutilaciones y homicidios, sometimiento corporal, ya sea porque el agresor utilice armas de fuego o punzo-cortantes, o algún otro tipo de objetos o su propio cuerpo, jalones de cabello, cintarazos, el encierro, la inmovilización de la víctima, aplicación de descargas eléctricas, hundir la cabeza de la víctima en agua y mantenerla sumergida por cierto tiempo, entre muchos otros. La violencia física por omisión consisten en privar de alimentos, bebidas o medicinas, e impedirle salir de su casa (Torres, 2001).
La violencia psicológica. Su noción es relativamente reciente, como tema de investigación y análisis y como denuncia de trasgresión de derechos. Se considera que en la violencia psicológica se produce un daño en la esfera emocional y el derecho que vulnera es el de la integridad psíquica. En tanto que en la violencia física se puede observar la consecuencia, ya sea un hueso roto, un órgano lesionado, etcétera, en la violencia psicológica sólo la víctima puede referir sus sensaciones y malestares: confusión, incertidumbre, humillación, burla, ofensa, duda sobre sus propias capacidades, entre otros. Quien ejerce la violencia psicológica actúa con la intención de humillar, insultar, degradar; es decir, actúa para que la otra persona se sienta mal (Torres, 2001).
La violencia sexual al igual que la violencia psicológica y la física tiene diversas manifestaciones, si bien no todas producen los mismos efectos. La más evidente es la violación, y aunque es la más brutal, no es la única, también pueden incluirse en esa categoría las prácticas sexuales no deseadas (sexo oral y/o sexo anal) y burlarse de la sexualidad de la víctima, o la prostitución forzada. Así en la violencia sexual se identifican dos variantes: siempre hay un sometimiento corporal (violencia física) y siempre se vulnera la integridad emocional (violencia psicológica). Además la imposición de una conducta sexual –exista o no cópula- tiene su propia especificidad, porque ataca una parte muy íntima de la persona (Torres, 2001).
Mención aparte merece el significado que suele darse a la violencia sexual, principalmente en los casos de violación, en que el acto violento se justifica a partir de que la condición masculina supone un deber-ser que es indiscutible y que supone un privilegio que le da derecho a “tomar” lo que se le ofrezca o así lo interprete. De la misma forma en que se asume que la mujer violentada lo es porque “lo ha provocado”. Ambas son razones que se esgrimen y dan como resultado la inconcebible definición de la violación como una reacción masculina a una provocación de las mujeres. Y en el ámbito conyugal la violación se llega a justificar como una demanda masculina para que la mujer cumpla con lo que se le atribuye como obligación conyugal.
La violencia económica que se refiere a la disposición efectiva y al manejo de los recursos materiales (dinero, bienes, valores), sean propios o ajenos, de forma tal que los derechos de otras personas sean transgredidos. Ejerce violencia económica quien utiliza sus propios medios para controlar y someter a los demás, así como el que se apropia de los bienes de otra persona con esa finalidad, entre los que se puede encontrar la destrucción de objetos que pertenecen a la víctima. La violencia pues, puede ser un acto o una omisión; un acto de violencia económica es robar o destruir un objeto, en tanto que una omisión puede consistir en la privación de los medios para satisfacer las necesidades básicas, como alimentación, vestido, recreación, vivienda y salud (Torres, 2001).
Todo ello permite puntualizar que, en primer lugar, la violencia tiene diversas manifestaciones, se vale de medios distintos y produce consecuencias variadas. En segundo lugar la clasificación que se usa, en tanto violencia, física, psicológica, sexual y económica, cumple una función descriptiva que permite facilitar el análisis, pero no significa que estas variantes sean excluyentes.
En las relaciones familiares, y particularmente en las relaciones de pareja, el desequilibrio de poder está dado básicamente por el género y por la edad. Dentro de este marco de oposiciones jerárquicas en que se sostienen las relaciones familiares, el ejercicio del poder queda en manos de quien ocupe el lugar más alto en esa jerarquía, que en la mayoría de las ocasiones suele ser alguien del sexo masculino. Por poder hay que entender primero la multiplicidad de las relaciones de fuerza inmanentes y propias del dominio en que se ejercen y que son constitutivas de su organización; el juego que por medio de luchas y enfrentamientos incesantes las transforma, las refuerza, las revierte; los apoyos que dichas
relaciones de fuerza encuentran las unas en las otras, de modo que formen cadena o sistema o, al contrario, los corrimientos, las contradicciones que aíslan a unas de otras; las estrategias que las tornan efectivas y cuya cristalización institucional toma forma en los aparatos estatales, en la formulación de la ley, en las hegemonías sociales (Foucault, 1977). En los grupos domésticos en los que prevalecen las jerarquías dictadas por género y edad, una forma de ajustar el comportamiento de sus miembros a las expectativas de otros es a partir de la institucionalización del castigo. Dentro del marco familiar tradicional, la mujer y los hijos tienen un estatusinferior al del hombre, por sexo y por edad, y en oportunidad y nivel de desarrollo de potencialidades. La violencia es parte de los mecanismos de ubicación del inferior en el papel que le ha sido asignado, y de ajuste de expectativas. El poder y las jerarquías sociales se reproducen hacia el interior de la familia, lo que implica relaciones de desigualdad, posiciones asimétricas donde alguien manda y alguien obedece, alguien decide y ordena y otro acepta sin mayores cuestionamientos.
A pesar de que en muchos casos, las mujeres puedan contribuir más económicamente a la familia, sus aportaciones siguen considerándose como ayuda y no como principal ingreso, ya que su condición sigue siendo la de ama de casa y no jefa de familia, pues ese nivel sólo puede ser ocupado por un varón. En otras familias, las mujeres pueden tener títulos universitarios o técnicos, pero no ejercen su profesión debido a que esto sería mal visto por los demás o el cónyuge puede sentir amenazado su estatus, si sus ingresos son menores que los de su pareja.
A través de que el varón de la familia acumula recursos, ya sean económicos o de fuerza física, logra tener más control sobre sus subordinados sexuales y por edad; sin embargo, si no tuviera esos recursos, a través de la violencia puede mantener su estatus. Por esto se ha llegado a considerar que un aumento de la violencia conyugal en las sociedades modernas - principalmente en aquéllas en que se pondera el éxito individual-, se debe a que cuando el hombre cree menoscabado su poder sobre la familia o la pareja, o le resulta imposible cumplir con los roles que le han sido asignados de acuerdo con su sexo, trata de recuperar el control sobre el grupo familiar a través del poder que puede ejercer sobre su pareja y este poder se ejerce por medio de la violencia física. La violencia le permite mantener el liderazgo sobre la familia.
De tal forma que la violencia se convierte en el medio por el cual los hombres confirman su hegemonía sobre las mujeres. Esto significa que, en el marco del control social que los hombres han ejercido sobre las mujeres desde épocas pretéritas, la violencia formó parte del ajuste de sus conductas a las expectativas del poderoso, reproduciendo el cuadro de la situación social general. Es decir, una expresión en lo familiar del sometimiento de la mujer respecto de todas las áreas (laborales, educacionales, políticas) aún en tiempos modernos y en las sociedades occidentales.
El esfuerzo por erradicar la violencia parte de un cambio cultural en las concepciones de la familia, pero fundamentalmente de la capacidad de la mujer de ejercer control sobre tales tendencias en cuanto no se considere un sujeto pasivo susceptible a tales prácticas. Para esto es necesaria la superación de la idea de "familia como ámbito privado" en la cual el padre es amo y señor para ejercer su despotismo y violencia. Estas presuntas defensas de la intimidad (reforzadas por las costumbres y religiones) sólo han perpetuado las tragedias cotidianas de mujeres y niños, quienes con frecuencia se encuentran imposibilitadas de pedir auxilio, y aún de recibirlo cuando se detecta desde afuera la situación en que están sumergidos.
La violencia adopta varias formas, desde la violencia cotidiana, constitutiva de culturas de opresión-dominación estructuradas, hasta la violencia como espectáculo y la violencia “moralista” dirigida principalmente contra los miembros no queridos de la sociedad. La violencia conyugal es también una expresión más de una forma de entender las relaciones entre los hombres y las mujeres, es una forma de confirmar el rol dominante de los varones sobre las mujeres que se continúan rebelando contra lo que aún a inicios del siglo XXI en muchos lugares es considerado el estigma de ser mujer.
En un momento de la evolución del ser humano en el que la palabra violencia se ha convertido en un concepto asociado a la ignorancia y a la animalidad, en lugar de desaparecer su expresión, la violencia se ha hecho cada vez más refinada, sin menoscabo de que la violencia física se logre erradicar.