MEASURING UP THEORY WITH PRACTICE: THE SUITABALITY OF HATE SPEECH PROVISIONS IN RELATION TO THE NATURE AND REALITIES OF
8.4 Some Practical and Theoretical Hurdles to Achieving Suitable Hate Speech Measures
Para poder entender el origen, la dinámica y las consecuencias de la violencia dentro de la pareja conyugal, es importante abordar el tema del poder, que es el centro de las relaciones humanas.
Si se parte de que la violencia de género es un problema relacional y específicamente de acceso y uso desigual de diversos recursos entre los integrantes de una pareja y/o al interior del hogar (v. Scott, 1996), lo que habría que preguntar es acerca del poder en las relaciones de género.
En el caso de la relación conyugal, base de la formación de la mayoría de las familias, la distinción señalada nos parece pertinente porque al tratarse de un vínculo primario, esto es, afectivizado, pero situado en un orden social de asimetría o jerarquía de género, es probable que la mujer ceda o conceda ante requerimientos y demandas de su cónyuge, incluso ante una acometida o acto de agresión, a pesar de que el resultado sea un daño en su cuerpo y para su salud. Otro tanto puede suponerse respecto de la agresión al interior de la familia contra niños, niñas y otros miembros como los y las ancianas, esto es, que la persona ceda o conceda ante el agresor. Ahora bien, de acuerdo con Heise (1998), la violencia de género, a diferencia de otras, independientemente de la intención de los individuos involucrados en ella, va encaminada a perpetuar la subordinación femenina, esto es, a mantener a la mujer en una posición jerárquica inferior, no sólo en el ámbito doméstico sino en el orden social. Fenomenológicamente, el resultado de un golpe puede ser el mismo en un hombre que en una mujer de cualquier edad: hematoma o fractura, por ejemplo, y ese resultado ser independiente de quien lo propina y de la intención y el lugar en el que lo dio. La diferencia, entonces, no está en la huella o lesión, sino en sus consecuencias en tanto tiende a perpetuar la desigualdad de género.
En esta perspectiva Heise (1998) resume algunos de los hallazgos de investigación que es importante tomar en cuenta:
a). La violencia de género se presenta en todos los estratos socioeconómicos, lo que varía es su prevalencia y expresiones.
b). Las consecuencias de la violencia en parejas o ex-parejas son iguales o más graves que las que resultan de agresiones de extraños.
c). Las mujeres pueden agredir y ser violentas pero la mayor parte de la violencia física, sexual y emocional o psicológica es cometida por el hombre contra la mujer.
d). La mayoría de los hombres que arremete contra las mujeres no exhibe psicopatología diagnosticable, ejerce lo que socialmente se ha considerado su potestad: la de dominar, tutelar y corregir a la mujer. e). El consumo de alcohol puede exacerbar pero no provoca la violencia
contra la mujer.
El término “violencia conyugal” alude a todas las formas de abuso que tienen lugar en las relaciones entre quienes sostienen o han sostenido un vínculo conyugal más o menos estable. De donde se entiende por relación de abuso aquella forma de interacción que, enmarcada en un contexto de desequilibrio de poder, incluye conductas de una de las partes que por acción o por omisión, ocasionan daño físico y/o psicológico al otro miembro de la relación (Corsi y otros 1995).
Las formas violentas de relación han tratado de ser explicadas a partir de diferentes perspectivas teóricas, las cuales se encontraban atravesadas por algunos mitos, que dificultaban su comprensión y que ubicaban a la violencia doméstica como secundaria a trastornos psicopatológicos individuales, al uso del alcohol o de drogas. O a factores económicos y educativos, lo que resultó en un retraso en la comprensión integral del fenómeno, que permitiera planificar adecuadamente las estrategias de asistencia y prevención.
Sin embargo, actualmente la identificación de variables causales asociadas al fenómeno sugiere que las formas violentas de relación son resultado de identificaciones con un modelo social que las acepta como procedimientos viables para resolver conflictos. En lo que respecta a los microsistemas, se asocia a un alto porcentaje de hombres golpeadores con historias de maltrato infantil o como testigos de violencia en sus familias de origen. En el proceso de socialización de género, se han incorporado un conjunto de creencias, valores y actitudes que, en su configuración más estereotipada, delimitan la denominada “mística masculina”: restricción emocional, homofobia, modelos de control, poder y competencia, obsesión por los logros y el éxito, etcétera (Corsi y otros 1995:13-14). La incorporación de este modelo tradicional opera a través de los mecanismos de aprendizaje
social transmitidos por la familia, las instituciones educativas y recreativas, los medios de comunicación masiva y las distintas formas simbólicas de acceso a la cultura.
Pero la violencia conyugal no puede sólo entenderse desde la manifestación física, sino también desde la ideología que mantiene a la mujer en una posición de subordinación y que incluso llegó a excluirla de la definición de ciudadana, con lo que se puede intentar explicar parte de la historia de dominación que ya John Stuart Mill (1806-1873) criticaba, considerando excluyente la concepción de la naturaleza de la mujer basada exclusivamente en los papeles domésticos, las relaciones afectivas y los deberes para con el hogar y la vida familiar. Este autor afirmaba que si las mujeres habían sido convencionalmente definidas en esos términos por los hombres, era porque en una parte importante de la historia de la humanidad, el ámbito de sus vidas y actividades había sido restringido (Rossi, 1973).
Vale la pena entender desde donde parte esa restricción, pues la diversidad de los atributos humanos, naturales y sociales de los distintos grupos de una sociedad, es una característica consustancial de la vida humana. Se concreta en procesos como los de diferenciación de género, étnicos y culturales. Los distintos géneros, etnias y grupos de edad que hacen parte de la diversidad se apoyan en las diferencias biológicas, como el sexo, la etnia y la edad biológica, pero se encuentran definidas por las construcciones culturales y de poder que se elaboran a partir de ellas (Caruncho y Mayobre, 1998).
Pero cuando aparece históricamente la inequidad, es decir la apropiación de poder y la concentración del mismo en unas clases, en uno de los géneros y en algunas etnias, entonces la diversidad, en lugar de ser fuente de avance humano, pasa a ser un vehículo de explotación y subordinación. Este poder se remonta hacia los comienzos de la humanidad, pero se consolida y expande en la etapa histórica de las sociedades clasistas, donde quedan conformadas en su unidad e interdependencia las tres fuentes de inequidad social: la condición de género, la ubicación etno-nacional y la situación de clase (Caruncho y Mayobre 1998).
Así, para poder comprender el significado y alcances de las relaciones de poder entre hombres y mujeres hay que considerar, en primer término, que niños y niñas, desde la socialización primaria, interiorizan modelos ideales de conductas y atributos para hombres y mujeres, que comprenden la aprehensión de pautas características o facilitadoras para controlar, por parte de los hombres, y la adecuación a las normas establecidas para las
mujeres, en el sentido del rol que se espera desempeñen. Se valoran positiva o negativamente situaciones concretas y se condicionan las motivaciones individuales a través de la internalización en los individuos de los imperativos sociales, que se da por muchos mecanismos.
La disciplina es un tipo de poder, una modalidad para ejercerlo que implica todo un conjunto de instrumentos, técnicas, procedimientos, niveles de aplicación, de metas (Foucault, 1976:218).
El examen social, combinando la vigilancia jerárquica y la sanción normalizadora, garantiza las grandes funciones disciplinarias de distribución y de clasificación, entre otras, de la individualidad.
Torres (2001) afirma que si la violencia echa sus raíces en un esquema de discriminación y desigualdad, significa que quienes discriminan siempre se sienten superiores a los discriminados, y en la repetición de este esquema, que se consolida la creencia de estos últimos de que merecen ser discriminados en función de su inferioridad, en un marco social que se erige sobre patrones y sirve para perpetuar pautas de desigualdad entre hombres y mujeres que se cubren con un manto de inevitabilidad. La ideología de la supremacía masculina se toma algo inmutable y permanente, pero sobre todo natural.
Esta forma natural de la inferiorización de la mujer puede ser, de acuerdo con Bourdieu (2000:104), “...producto de un trabajo histórico de eternización...”. Es la historia, abunda Bourdieu (2000:105), de “...la (re)creación continuada de las estructuras objetivas y subjetivas de la dominación masculina que se está realizando permanentemente, desde que existen hombres y mujeres, y a través de la cual el orden masculino se ve reproducido de época en época”.
El trabajo de reproducción se asegura a través de tres instancias: La Familia, la Iglesia y la Escuela.
En la Familia se impone la división sexual del trabajo... asegurada por el derecho e inscrita en el lenguaje”. La Iglesia, por su parte “... inculca una moral profamiliar, dominada por valores patriarcales, especialmente por el dogma de la inferioridad natural de las mujeres. En tanto que la escuela sigue “... transmitiendo presupuestos de la representación patriarcal, y sobre todo, los inscritos en sus propias estructuras jerárquicas, con connotaciones sexuales, entre las diferentes escuelas, entre las disciplinas (‘blandas’ o ‘duras’) Bourdieu, 2000, 107-108).
Pero además es necesario considerar el papel del Estado, que “confirma las proscripciones del patriarcado privado con las del patriarcado público... que convierte a la familia patriarcal en el principio y en el modelo del orden social como orden moral” (Bourdieu, 2000:109).
Este orden moral está basado en la subordinación de las mujeres con respecto de los hombres, de los niños con respecto de los adultos y “la identificación de la moralidad con la fuerza, con la valentía y con el dominio del cuerpo, sede de las tentaciones y de los deseos” (Bourdieu, 2000:109). En este orden de ideas, es frecuente encontrar afirmaciones acerca de que las mujeres requieren “de un hombre que haga que las respeten”, como comentan las mujeres entrevistadas, una afirmación que parece surgir de manera espontánea en los diferentes grupos domésticos, sin embargo, se puede ver que tienen su sustento en los orígenes de la familia.
Lévi-Strauss (1949) concibió el matrimonio como una alianza entre familias. A veces se enfatiza la alianza y otras la consanguinidad, pero los lazos se establecen entre linajes. Así, todas las culturas distinguen entre uniones libres y legítimas, y es frecuente el rechazo al celibato, esto es debido a la división sexual del trabajo, que hace difícil sobrevivir sin pareja, ya que los varones no dominan las habilidades sociales femeninas y las mujeres no tienen permitido aprender las tareas masculinas, ambas indispensables para subsistir. Esta creencia prevalece hasta nuestros días, cuando aún se considera que una persona “sola”, específicamente una mujer, no puede valerse por sí misma.13
Lévi-Strauss distingue entre la división del trabajo y el tipo de tareas asignadas a hombres y mujeres dentro del orden social. Afirma, por otro lado, que la división del trabajo necesaria para establecer una dependencia mutua entre los sexos constituye la base para la formación de la familia, proceso que a su vez se inscribe en el de transición humana del estado de naturaleza a la cultura. Más aun, el intercambio de mujeres que los hombres llevan a cabo, permite a las familias establecer lazos sociales.
La división del trabajo por sexos puede ser vista como tabú contra la igualdad de hombres y mujeres, al dividir los sexos en categorías mutuamente excluyentes (Rubin, 1997:58). Esta
13 Y en muchas ocasiones se cuestiona acerca de la preferencia sexual de la persona, en este caso la crítica ocurre igual en hombres y mujeres. Pero particularmente en el caso de las mujeres, la soltería puede tener su justificante en el cuidado y atención de los propios padres o de la descendencia de sus consanguíneos, es decir el estado civil de las mujeres siempre deberá tener una utilidad de servicio para los demás.
división de los sexos además reprime algunas características de la personalidad de hombres y mujeres. Por lo que entre los roles de género constitutivos de la subjetividad sexuada, se encuentran para la mujer el desempeño del rol maternal, el rol conyugal y el rol doméstico, como algo “propio de su naturaleza”, prohibiendo a los hombres el derecho a ejercer esos roles de cuidado, atención y la expresión de sentimientos. Y en sentido inverso reprime a las mujeres para desempeñar actividades o asuman actitudes que son consideradas propias de los varones.
En el caso del rol maternal se espera que la mujer funcione como la “madre suficientemente buena” (Torres, 2001). En el rol conyugal se incluye la prestación de servicios afectivos y sexuales, además de las funciones nutricias descritas para el rol maternal.
Socialmente se considera que el rol de esposa se desempeña cabalmente cuando es suficientemente materializado y además cumple los rasgos de postergación de sus necesidades y de propiciar el crecimiento del otro, con la firme convicción de que en tanto se posicione subjetivamente como ayudante del cónyuge, obtiene su confirmación narcisista y la satisfacción de un imperativo social, que es el ideal maternal.
En este cuadro de expectativas acerca de las actividades que se espera que la mujer desempeñe, la crítica social y familiar favorece que el grupo doméstico reproduzca la división sexual del trabajo, de tal forma que cualquier intento de las mujeres de salir del espacio privado lleva como consecuencia la crítica acerca de “su irresponsabilidad” como ama de casa.14 En relación con el rol doméstico, se puede ver que el trabajo realizado no cuenta con una referencia objetiva para medir la calidad en el desempeño del mismo, por lo que es descalificado como una actividad productiva.
De esta manera, cuando un hombre necesita justificar la actitud despótica y violenta dirigida hacia su pareja, le es suficiente argumentar que la mujer no está cumpliendo con las obligaciones que se espera desempeñe. Por otra parte, el grupo social ve el que la mujer labore fuera de su casa como una señal de que en gran medida “desatiende” sus obligaciones. Así, con frecuencia encontramos argumentos decimonónicos como que la
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Es frecuente escuchar acerca de que las mujeres son las responsables de tener que cumplir con dobles y triples jornadas de trabajo, porque es el precio que tienen que pagar por su supuesta liberación, con lo que el trabajo extra doméstico se descalifica aun cuando con éste se satisfagan las principales necesidades materiales del grupo doméstico y se “reparten” obligaciones de aportaciones económicas entre el marido y la mujer, pero no así en cuanto a las responsabilidades del trabajo doméstico, porque “eso es cosa de mujeres”.
causa del problema social es principalmente originada por la “salida de las mujeres del hogar y el abandono de sus obligaciones de criar y educar a los hijos” (Nuñez, 2002).
Como ha sido establecido en la teorización feminista, el control social de las mujeres se ejerce en tres ámbitos: el cuerpo, los afectos y el erotismo y la capacidad productiva. Este control se pone de manifiesto y se observa, específicamente, en las relaciones de pareja y al interior de los grupos domésticos. En este tenor, es fácil asumir que las parejas conformadas sobre las creencias emanadas del modelo rígido de división sexual del trabajo y las emociones, tengan mayor probabilidad de resolver sus conflictos de manera violenta.