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I. Contemplación de papel:

la noche amarga de Judas

C

ORRE. Quiere alejarse. Huir. Olvidar lo que ha hecho. Si pudiera cerrar los ojos y dejar

de ver el rostro del amigo herido... Si pudiera dejar de escuchar el sonido de los golpes, que martillea en su interior como si aún estuviera allí... Si pudiera deshacer el camino de estos últimos días... Si pudiera... Pero no puede. Un sollozo pugna por abrirse paso en su garganta. Lo reprime y se convierte en un sonido ahogado. Las calles están cada vez más vacías al alejarse del Sanedrín. Aún no ha amanecido, y la mayoría de la gente duerme. Ajenos al drama que tiene lugar en la ciudad. Ignorantes de la detención de aquel a quien hace días aclamaban. Cansados por el trasiego de estos días de fiesta. En el silencio, los pasos de Judas al correr resuenan con estruendo, mezclados con el tintineo de las monedas que aún lleva envueltas en un trapo y el ladrido distante de algunos perros.

Finalmente se detiene, envuelto en sudor, pese al frío de esta hora temprana. El agotamiento se refleja en su rostro. Respira rápido, tratando de recobrar el resuello. Mira a los lados. No hay nadie a la vista. Se sienta en el suelo y apoya la espalda en un muro de adobe. Se inclina y esconde el rostro entre las manos, mientras se mece, adelante y atrás, intentando no llorar.

Una y otra vez vuelve a ver al amigo golpeado. Una y otra vez ve su semblante familiar crispado por el dolor, por la burla, por la tensión. Paradójicamente, ahora, cuando todo parece consumarse, vuelve a anhelar la cercanía, la amistad, la comprensión que llevaba meses ausente. Ahora que le ha entregado a las autoridades, cuando los hechos parecen dar la razón a quienes recomendaban prudencia y distancia, o a quienes se han opuesto a Jesús, Judas vuelve a sospechar que el maestro estaba en lo cierto. Con abrumadora certeza se dice que acaba de cometer el peor error de su vida. Ahora cada palabra pronunciada en los caminos parece más verdadera; y cada obstáculo, cada reproche de los que ha rumiado durante los últimos meses, parece más equivocado. Ahora vuelve, punzante, el grito pronunciado en aquel monte: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia». Ahora es Jesús el perseguido. ¿Bienaventurado? Judas mueve la cabeza. No entiende –vuelve la duda. No entiende a Jesús. Pero tampoco quiere lo que está ocurriendo. Pensó que solo le harían callar, que le obligarían a marcharse... Pero ahora comprende que van a acabar con él.

Quisiera desaparecer. Quisiera olvidar la tristeza en el semblante del amigo cuando, hace tan solo unas horas, la guardia del templo le prendió después de que Judas les condujera hasta él. ¡Un beso! Se siente tan sucio... No le duele tanto el desprecio en la mirada de los otros –al fin y al cabo, ¿dónde están ahora?: escondidos también. Pero a él le ha fallado más... «Uno de vosotros me va a traicionar». ¡Lo sabía! Lo sabía y no hizo nada para detenerme, piensa. De nuevo trata de ahogar los sollozos.

Oye pasos y murmullos. Unas mujeres doblan una esquina. Se detienen, sorprendidas al verle, y su conversación se corta en seco. No necesita mirarlas para

suponer que acaban de levantarse y van a por agua. Dudan si pasar o no, temiendo que sea un borracho que vaya a causarles problemas. Finalmente, en silencio, pasan por delante. Él ni siquiera alza la cabeza. No quiere que nadie le vea. Se siente marcado. Como si en el rostro llevase pintada su felonía. Pronto la ciudad despertará.

¿Qué puede hacer? ¿Hay marcha atrás? ¿Acaso si devuelve ese dinero maldito dejarán libre a Jesús? Al pensar esto, lanza una mirada cargada de odio al paño que está a sus pies Puede decir que fue un error. ¿Le harán caso si se desdice de sus acusaciones? Se sorprende al pensar en algo tan inocente, tan ingenuo, y desear creerlo... porque sabe que eso no va a suceder. La suerte está echada. Tendría que haberlo pensado antes. Ahora, finalmente, le vence la congoja y no puede contener las lágrimas, que se mezclan con un balbuceo sin sentido, en el que tan pronto insulta a Caifás como se maldice a sí mismo o repite el nombre del amigo. No hay marcha atrás.

Durante largo rato sigue así. Hasta que, en medio de la tormenta interior, una idea parece destacar sobre otras: «Es el final». Rendirse. Renunciar a intentar nada más. Acabar con todo. No hay esperanza. No hay salida. No hay futuro. Esta constatación le devuelve la calma. Deja de llorar y se limpia el semblante con la manga. Su expresión de dolor ha sido sustituida por una máscara inexpresiva. La determinación parece devolverle las fuerzas. Le cuesta levantarse. El frío se ha colado en sus huesos. Se mueve con dificultad, tratando de desentumecerse. Ni siquiera es consciente de dejar en el suelo el trapo que envuelve las monedas al alejarse. Ahí queda el precio de su traición. Pero hay una losa de culpa de la que no es tan fácil desprenderse. Avanza despacio, al principio apoyándose en las paredes para contrarrestar la rigidez de las piernas. Si alguien le viera, pensaría que está herido o ebrio.

Se detiene. Vacila y vuelve sobre sus pasos. Recoge la bolsa con las monedas y se encamina hacia el templo. Avanza cada vez más rápido. Intenta no pensar, porque no sabe si va a tener el valor suficiente para lo que le espera. Sin embargo, es lo único que le queda. Acabar con todo. Al llegar a la explanada del templo, casi vacía, ve con alivio que hay un sacerdote. Se acerca a él. El hombre parece indeciso, sin saber si ofrecerle ayuda o alejarse de él. Judas toma la iniciativa. Con un gesto brusco arroja la bolsa a los pies del hombre del templo y farfulla: «¡No lo quiero!» Al caer, el atado se deshace y algunas de las monedas ruedan por el suelo. El hombre le mira con expresión perpleja, pero Judas ya se aleja. Si esperaba encontrar algún alivio al deshacerse de esta carga, no ha sido así.

¿Qué estará pasando con Jesús? No puede volver a pensar en él. Duele demasiado. Se aleja del templo, ahora sí, corriendo de nuevo. Al pasar delante de una casa, ve en la puerta algunas cuerdas de las que se utilizan para atar la leña. Casi sin detenerse, agarra una. Y corre. Corre hasta atravesar la puerta de la muralla. Corre para alejarse de la ciudad que despierta, de la gente que conoce su traición, del Sanedrín, de los romanos, de los que han sido sus compañeros durante los últimos años, de Jesús, que en algún lugar sufre. Corre sin darse cuenta de que las lágrimas vuelven a surcar sus mejillas.

Hasta que, casi exhausto, se detiene. Lejos de todo y de todos. Mira alrededor. Busca un árbol que parezca suficientemente robusto. Cuando encuentra uno, se acerca. No quiere detenerse. No quiere pensar. Quiere que todo acabe. Ya. Trepa por el tronco. Una astilla lastima su pierna, pero no le hace demasiado caso. Se encarama a una rama que parece fuerte y ata la cuerda alrededor. Después anuda el otro extremo en su cuello, pugnando por controlar el temblor que se apodera de sus manos. Aprieta la soga todo lo que puede. El llanto ha dado paso a los gritos. Aquí, donde nadie puede oírle, grita, intercalando alaridos de desesperación con una letanía de «lo sientos» y «noes». Dice su nombre por última vez: «¡Jesús!» Se deja caer.

II. La culpa

Las historias de Judas y de Pedro tienen más de una semejanza. Amigos de Jesús, discípulos, seguidores que, en un momento determinado, niegan a su maestro. Cada uno de una forma distinta. Pedro, por miedo. Judas, porque no entiende su manera de actuar y cree que se está equivocando. Lo que parece claro es que ambos despiertan en un momento, se dan cuenta de lo que han hecho y sienten el peso de la culpa. Pero Pedro es capaz de levantarse y enderezar su rumbo, mientras que Judas no es capaz de pasar página: esa losa le sepulta y le lleva a quitarse la vida. ¿Dónde está la diferencia?

El arrepentimiento

Es importante la lucidez para reconocer las propias meteduras de pata y para afrontar las consecuencias de los propios actos. Es humano desear desandar el camino recorrido cuando descubrimos que nos ha llevado en la dirección equivocada. Pero no podemos dar marcha atrás al reloj, y a menudo lo que está en nuestra mano es tratar de reparar lo que podamos, mucho, poco o nada, y ver cómo vamos a seguir caminando hacia delante. A veces se escucha decir a algunas personas que no se arrepienten de nada. Uno piensa, ante eso, que o bien han vivido muy poco o aspiran a muy poco. Porque la realidad es que en la vida nos equivocamos, erramos, y es posible que nuestras decisiones hieran a otros. Tal vez hubo una época en que la Iglesia martirizaba a la gente con sermones y amenazas relacionadas con el pecado, el castigo y el miedo a condenaciones eternas. Entonces la culpa se convertía en un instrumento para dominar conciencias o en la consecuencia de una imagen atroz de Dios. El efecto péndulo llevó a que, cuando se empezó a incidir en dimensiones mucho más liberadoras del evangelio, pareciese que lo relacionado con el arrepentimiento sonase a trasnochado y levemente siniestro.

Sin embargo, arrepentirse es reconocer lo erróneo en las propias decisiones, un reconocimiento que no ha de machacarnos, pero sí ha de hacernos lo bastante lúcidos para no enrocarnos en las equivocaciones.

Dolor

Todos preferimos acertar y no fallar. Por nosotros mismos... y por otros. No quisiéramos herirles, y cuando nos damos cuenta, es posible que el reconocimiento duela. Duele haberles fallado. Duele descubrir que uno no tenía la razón. Duele comprender que has hecho daño a otros, a ti mismo, o que has traicionado aquello o a Aquel en quien crees. Duele no ser lo perfecto, lo fuerte o lo íntegro que uno pensaba. Duele, y a menudo nos

reprochamos lo ocurrido, nos preguntamos si podríamos haber actuado de forma diferente, nos sumergimos en el deseo de que las cosas hubieran ocurrido de otra manera. Cuesta aceptar que no hay marcha atrás. Y por eso empiezan a rondarnos sentimientos muy humanos: el remordimiento y la culpa. Nos muerde una y otra vez (remuerde) la memoria de lo ocurrido, la sensación de derrota y fractura. Se puede ir convirtiendo en un enorme fantasma la sombra de lo que hayamos podido hacer: una palabra dicha en mal momento que se ha clavado como un puñal en alguien a quien queremos; una decisión que ha generado dolor o decepción en otros; una encrucijada en la que hemos tirado por el camino de lo injusto, lo hiriente, lo egoísta o lo cruel...

No está mal esa advertencia, ese aprendizaje de nuestra propia historia. No está mal tener un punto de conciencia que a veces muerde, porque sentimos que hay líneas que no debemos cruzar.

Perdón

Pero no podemos quedarnos atascados en la memoria de lo ocurrido. No debemos dejar que ese remordimiento se convierta en un tormento más allá de lo debido. No podemos, porque todo el mundo tiene la posibilidad de rectificar, de aprender, de volver a levantarse y de seguir caminando. Esto no es fácil, y a menudo tocará seguir adelante con la carga de la propia historia, que nos hace quizá más humanos. Tocará llevarse alguna que otra cicatriz que nos recordará lo ocurrido. Esas cicatrices pueden ser relaciones que quedan rotas, amistades truncadas, silencios hostiles o reproches eternos.

Quizás haya quien nos perdone. Dios, ciertamente. Los otros, tal vez. ¿Nosotros mismos? No siempre es fácil. Pero ahí está el reto. Aceptar con humildad la propia historia. Perdonarse no es decirse que nada ha pasado ni quitarle importancia. Es aceptar los pies de barro y confiar en quien, con ese barro nuestro, moldea cacharros que han de ponerse al servicio de un proyecto común.

Ahí radica la gran diferencia entre Pedro y Judas. Ambos sufren. Ambos tienen que afrontar el arrepentimiento y el dolor. La diferencia es que, mientras Pedro es capaz de pensar en Jesús y reconocer el perdón como parte de la verdad profunda del amigo, Judas queda aplastado por el peso de la culpa, sin abrirse a la misericordia. Incapaz de comprender la mirada de Dios revelada en Jesús, no le queda nada.

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