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Cuando contemplábamos el juicio ante Caifás, proponíamos una reflexión sobre las jaulas de oro y la intemperie. Es momento de retomarla. Si en aquel caso contraponíamos la seguridad y la novedad, en esta ocasión nos encontramos con otra jaula de oro, en la que queda preso Herodes: la superficialidad. Frente a ella, Jesús avanza por la intemperie de la hondura.

Herodes es un frívolo. Tal vez quien mejor ha sabido reflejar esa ligereza es Andrew Lloyd Weber en el musical «Jesucristo Superstar». Uno de los personajes que mejor ha envejecido en dicho libreto es precisamente su Herodes, que canta con despreocupada alegría: «... si en verdad eres divino, haz que el agua se haga vino», mientras baila y pide un milagro para entretenerse y entretener a su gente. Desasosiega, en el evangelio, ver a este Herodes que, en un momento tan trascendente, de vida o muerte, pide un milagro, un gesto, un truco. Nos recuerda, una vez más, el episodio de las tentaciones en el desierto, donde Jesús piensa en lo espectacular, lo inmediato, lo sorprendente..., y rechaza ese camino.

Herodes pide. Jesús calla. Herodes no comprende la magnitud de lo que tiene entre manos. Probablemente, Caifás y Pilato, cada uno a su manera, sí son conscientes de lo mucho que está en juego. Pero al tetrarca se le ha pasado el tiempo de entender. No ha entendido a Juan Bautista, no ha comprendido las palabras de Jesús cuando le han llegado, y sigue siendo como esos niños grandes a quienes se seduce con un truco de magia y artificio.

Superficialidad

Probablemente una de las grandes tentaciones de nuestra época es esta: vivir en burbujas. Hablar de todo, pero sin escarbar en nada. Movernos entre eslóganes, entre frases hechas y diagnósticos aparentes. Confundir lo trascendental con lo intrascendente, en una mezcla de estímulos que nos mantienen ocupados. Vivir cegados por los focos, que apuntan siempre en la dirección que quieren. Y si te descuidas, bailas al son de la música que ellos tocan. ¿Cuál es hoy la tendencia, el «trending topic» en Twitter, la noticia del día? ¿Cuál es el personaje más popular? ¿Cuál es el titular más exitoso? A menudo son las propuestas más estridentes las que triunfan. Perdidos en lo anecdótico, se nos escapa la verdadera historia.

Las tres novelas de «Los Juegos del Hambre» forman una saga literaria que sigue la estela mediática de «Harry Potter», «Crepúsculo» o «Millenium», es decir, un «best seller» comercial que llega a todo un segmento de población. Pero tienen el mérito de ofrecer, bajo un envoltorio juvenil, una interesante reflexión sobre la sociedad. Una sociedad futura –unos Estados Unidos post-apocalípticos llamados «Panem»– se divide

entre doce Distritos que son otros tantos territorios sometidos cuyos habitantes malviven mientras producen los bienes que se disfrutan en el Capitolio, la capital que ejerce el poder. La contraposición entre Distritos y Capitolio es muy interesante. La capital es extravagante, y su gente disfruta del ocio, del espectáculo, se preocupa por la moda, asume como natural disfrutar de la abundancia, ajenos a la realidad de las vidas en los distritos. De hecho, los Juegos del Hambre que se realizan anualmente son la culminación de dicha despreocupación: una competición a muerte entre jóvenes de los Distritos, obligados a matarse como parte de un macabro «reality show» seguido con verdadera fruición en las calles del Capitolio. A lo largo de la historia vamos a asistir al desmoronamiento de este sistema, consecuencia de la rebelión en los Distritos. Y por el camino presenciamos cómo los habitantes de Capitolio van abriendo los ojos al descubrir que el mundo no es ese envoltorio dulce y entretenido, sino una realidad compleja, dura y violenta.

En la primera de las películas basadas en la trilogía, la descripción del Capitolio resulta muy interesante, por presentarnos un mundo en el que reconocemos muchos puntos en común con el nuestro: una sociedad del espectáculo, un mundo de la imagen, donde locutores estrella y diseñadores de moda entretienen al personal. Un moderno «Panem et circenses» no demasiado diferente de algunas dinámicas de la sociedad mediática contemporánea.

El titular vende. El eslogan triunfa. El «tweet» comunica, en 140 caracteres. Lo que está en juego es la posibilidad o imposibilidad de profundizar más allá de primeras impresiones. Y ahí es donde la jaula de oro se vuelve prisión. Incapaces de ir al fondo de las cosas, podemos limitarnos a reproducir discursos ajenos, a hablar de economía, de política, de arte, de religión, de música, de fútbol o de ética sin más argumentos que unos pocos discursos prestados. Es muy difícil escapar de la burbuja en la que todo está diagnosticado con unos pocos trazos.

Hondura

Jesús opta por la intemperie de lo profundo. En su imagen de Dios, en su mirada a los seres humanos, en su comprensión de la sociedad en la que vive, no se va a conformar con veredictos comunes, descripciones al uso o miradas fugaces. Si sus parábolas siguen hablando de nuestras vidas hoy, es porque tienen detrás mucha reflexión y mucha verdad. Jesús pensó en las personas y en Dios. Buscó... y no se conformó ni con el saber ni con la perspectiva de su época.

Eso sí, la hondura asusta. Porque cuanto más hondo se va, tanto más difícil es construir sobre arena o sobre quimeras. Pensemos en la fe. La fe no es fácil. Está tan hecha de certidumbres como de preguntas. Hay quien no quiere hacerse preguntas. ¿Para qué? Que piensen otros... Y esto tanto vale para quien prescinde de la religión basándose

en dos vaguedades como para quien la abraza sin ningún tipo de preguntas. En ambos casos el edificio es endeble, aunque aguante en pie toda una vida.

La fe auténtica pide hondura. Tanto como otras dimensiones de la vida. La verdadera justicia no puede conformarse con recetas trasnochadas. La democracia no se puede sostener sobre eslóganes, y la verdadera crítica es la que va más allá de alineaciones gregarias. Porque la realidad es compleja y tiene infinidad de matices que requieren dedicarles tiempo y neuronas.

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