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sionadores fueran remplazados por un sistema óptimo de impuestos globa- les, de manera que se alcanzara el máximo de bienestar óptimo perfecto, todavía podríamos medir la pérdida que es peso muerto por la disposición de la sociedad a pagar para deshacerse de los impuestos distorsionadores. Una vez que el argumento se expone al desnudo en esta forma, se ex- ponen también sus fallas. Porque en la sección 10 se demostró que la re- distribución global no es factible generalmente porque viola las restriciones de incentivos. Sobre todo, por lo general no es posible remplazar simple- mente impuestos distorsionadores con impuestos globales que son superio- res desde un punto de vista paretiano o de bienestar. Los individuos gene- ralmente subestimarán su verdadera capacidad para pagar los impuestos globales que se quiere que remplacen a los impuestos distorsionadores. Esto implica un nuevo tipo de pérdida de bienestar que la teoría convencio- nal ignora.

En realidad, el argumento básico puede plantearse en forma muy sim- ple. C o n restricciones de incentivos, el tipo de impuestos que la teoría con- vencional considera distorsionadores aparecerán en casi cualquier asigna- ción ópüma perfecta que sea pareto-eficiente. Los "impuestos óptimos" de Diamond y Mirrlees (1971) no están descritos en forma engañosa; son real- mente óptimos cuando los impuestos globales son incompatibles con los incentivos y cuando, además, la fijación no lineal de precios es imposible porque los consumidores que enfrentan precios marginales diferentes pue- den hacer un trato a escondidas (Hammond, 1987). Incluso llamar a tales impuestos "distorsionadores" es desafortunado, porque no distorsionan necesariamente la asignación económica alejándola de lo que es completa- mente deseable, siempre y cuando los impuestos se establezcan cuidadosa- mente. Entonces las "pérdidas que son peso muerto", son por supuesto, totalmente ilusorias.

13. Los programas nacionales de gasto público son un desperdicio Cuando hay desempleo y bajas utilidades el gobierno debe gastar en esto o aquello; no importa en qué. Como sabemos, durante veinticinco años se evitaron recesiones serias siguiendo esta política. El campo más conveniente para que gaste el gobierno es el de las ar- mas. El complejo industrial-militar lomó el poder. Yo no pienso que sea posible suponer que la guerra fría y muchas guerras olientes fueron inventadas solo para resolver el problema del desempleo Pero cierta- mente han tenido efecto. Fueron los llamados keyne- sianos los que persuadieron a diferentes presidentes de que el déficii fiscal no hace daño y dejaron que el complejo militar-industrial se aprovechara de ello Así

fue como la fantasía placentera de Keynes se convirtió en una pesadilla de terror.

Hitler va había encontrado la forma de curar el desempleo antes de que Keynes terminara de explicar por qué ocurría.

JOAN ROBINSON, 1972, pp. 6-7 y 8.

Fabricar armas que se vuelven obsoletas con mayor rapidez de lo que son construidas lia resultado mucho mejor que las pirámides para mantener las ganancias sin aumentar ¿riqueza.

JOAN ROUINSON, 1962, p. 92.

Otro componente de la economía del laissez-faire es la hipótesis de que el gasto público constituye por lo general un desperdicio. Por alguna razón que sin duda tiene mucho que ver con el poder de persuasión de lo que el presidente Eisenhower, cuando se retiraba de su cargo, llamó el " c o m - plejo militar-industrial", esa parte del gasto público que se asigna a lo que eufemísticamente se llama "defensa" es habitualmente excluido de dicho señalamiento. Pero el propósito de este ensayo es moralizar acerca del esta- do de la teología económica neoclásica más que de la carrera armamentista. De manera que me concentraré en el gasto público no militar y el argumen- to de que constituye un desperdicio.

Por supuesto, no hay duda de que las burocracias de las instituciones y corporaciones privadas crean un desperdicio igual o mayor al de las buro- cracias públicas. Sin embargo lo que debe rebatirse con energía, es el juicio aparentemente común de que alrededor de 40% del producto nacional, gastado por diversas agencias públicas, es un desperdicio que frena al resto de la economía. Para empezar, parte de ese 40% representa programas de transferencias a los pobres y a los ancianos, lo cual tiene una gran justifica- ción ética y sólo reduce el producto nacional en la medida en que sea finan- ciado por impuestos distorsionadores, como se argumentará más adelante en la sección 14. Aquí deseo discutir la provisión de ciertos bienes y servi- cios, desde la prevención del crimen hasta las bibliotecas, eventos cultura- les, investigación financiada con fondos públicos, etcétera.

Los economistas radicales del laissez-faire argumentan que dicho gas- to público es u n desperdicio. Hasta donde yo entiendo, parecen existir dos razones para este reclamo. La primera razón llega a sugerir que los benefi- cios de los bienes públicos pueden ser engañosos. La segunda simplemente se concentra en el costo de los bienes públicos sin negar que pueden existir beneficios.

Una profunda objeción al gasto público puede ser que todos sus bene- ficios son ilusorios. Es difícil para mí decirlo, puesto que es un argumento que admito que no puedo entender. Lo que parece reclamarse es que los bienes y servicios provistos públicamente sólo sirven para debilitar la " f i - bra moral" de la nación o comunidad. Devalúan la autosuficiencia. La cari-

TEOLOGÍA DE LA TEORÍA ECONÓMICA NEOCLÁSICA 45