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La clínica clásica del trauma fue especialmente ampliada, en esos manuales, más allá de los límites generalmente admitidos hasta los años '80. La nueva extensión del término se justifica por un fenómeno que se sitúa en la interfaz entre la descripción cien­ tífica del mundo y un fenómeno cultural que la excede.

A medida que la ciencia avanza en su descripción de cada una de nuestras determinaciones objetivas, desde la programación ge­ nética hasta la programación del medio ambiente global, pasando por el cálculo de los riesgos posibles, hace existir una causalidad determinista universal. El mundo, más que un reloj, aparece hoy como un programa de ordenador. Esa es nuestra manera de leer el libro de Dios. En la medida en que sólo se admite esta causali­ dad, surge el escándalo de lo contingente, de lo imposible de pro­ gramar del trauma. En la medida en que somos beneficiarios de una mejor descripción científica del mundo, toman consistencia tanto el síndrome de estrés postraumático, vinculado a la irrup­ ción de una causa no programable, como la tendencia a describir el mundo a partir del trauma. Todo lo que no es programable se convierte en trauma. Esto llega hasta el punto de que, por ejem­ plo, en conferencias de la OMS, escuchamos proposiciones que apuntan a considerar la sexualidad misma como un post-trauma­ tic stress disorder. Nuestro cuerpo no está hecho para ser sexuado, como lo muestra el hecho de que los hombres y las mujeres se comportan mucho menos adecuadamente que los animales. De ello se deduce un trauma incontestable vinculado al sexo. Se pue­ de entonces describir la sexuación entera como una reacción difí­ cil al trauma. Es un esfuerzo entre otros para reducir la descrip­ ción del funcionamiento del body o de la mind a un solo modelo, el que conjuga la causalidad programada con la irrupción de la contingencia que sorprende.

Es paradójico, se podría decir, pedir a un psicoanalista que ha­ ble de las consecuencias del trauma puesto que el psicoanálisis freudiano está fundado precisamente sobre el abandono de la teo­ ría del trauma de la seducción. Efectivamente, durante dos años de su vida, entre 1895 y 1897, Freud pensó poder reducir la sexua­ lidad a un mal encuentro. Luego abandonó esta teoría y pensó que es en la sexualidad misma donde había que encontrar la causa ne- 40 cesaría del malestar en la sexualidad, y no en la contingencia.

Fue veinticinco años más tarde, después de la primera guerra mundial, cuando Freud dio un sentido nuevo a los accidentes traumáticos y a las patologías consecuencia de ellos. Hizo de ellos entonces un ejemplo del fracaso del principio de placer y uno de los fundamentos de la hipótesis de la pulsión de muerte. El sín­ drome traumático de guerra, tanto si su definición es psicoanalí­ tica como si no lo es, se caracteriza por poseer un núcleo constan­ te: durante largos períodos, y sin ningún remedio, unos sueños re­ petitivos, que reproducen la escena traumática, provocan desper­ tares angustiados. Estos sueños contrastan con una actividad de vigilia que, por su parte, puede no sufrir menoscabo.

Freud hubo de conocer esos síndromes, puesto que fue consul­ tado como experto durante la guerra y justo después de ella. Jean­ Claude Maleval, en una ponencia reciente enmarcada en nuestra crítica de la emergencia de las terapias cognitivo-conductuales, recuerda de qué modo Freud tomó partido contra los métodos utilizados por la psiquiatría alemana de la época para tratar los traumatizados. El "tratamiento" consistía en la aplicación de cho­ ques eléctricos completados con una sugestión autoritaria, desti­ nada a obligar a los soldados a volver al frente en un encuadra­ miento muy cerrado. Los métodos fraceses e ingleses, distintos, eran más flexibles.13

Durante la segunda guerra mundial se prosiguió con esa ten­ dencia liberal en el tratamiento de las neurosis de guerra. Gracias a esa extensión del tratamiento, hemos podido saber que, contra­ riamente a lo que pensaba Freud en 1918, el hecho de haber recibi­ do una herida física no protege de una neurosis traumática. Un ochenta por ciento de los heridos graves en ocasión de los atenta­ dos presentan, y ello hasta varios años después del acontecimien­ to, síndromes de repetición, trastornos fóbicos o depresivos. Pudi­ mos concebir la segunda guerra mundial, toda ella, como una reacción postraumática a la masacre de 1914-1918. Finalmente, he­ mos sabido que fueron sobre todo las consecuencias de la guerra 13 FREUD, S., "Informe sobre la electroterapia de los neuróticos de guerra" (1955[1920]), en Obras completas, vol. XII, Amorrortu, Bs. As., 1976, págs. 211-212: "Este tratamiento doloroso, creado en el ejército alemán con pro­ pósitos terapéuticos, es muy posible que se practicara de una manera ma­ siva. Cuando se lo empleó en las clínicas de Viena, estoy personalmente convencido de que nunca se lo incrementó hasta la crueldad merced a la

de Vietnam lo que cambió la concepción del tratamiento del trau­ ma en psiquiatría.l4 No fue hasta 1979 cuando los veteranos fue­ ron censados, evaluados, insertados en programas de rehabilita­ ción¡ y fue también en esa época cuando la sociedad americana empezó a reconciliarse con los soldados traumatizados. Los psi­ quiatras americanos, muy ampliamente movilizados alrededor de este problema, volvieron a poner en vigencia el concepto de stress

y la particularidad de la reacción que engendra. Esa importante movilización de los psiquiatras y de los psicólogos americanos so­ bre el te,ma social de la reinserción hizo salir al trauma del círculo estrecho de la psiquiatría militar para presentarse como un punto

de vista general desde el cual abordar los fenómenos clínicos vin­ culados a las catástrofes individuales o colectivas de la vida social.

El segundo factor que trae consigo la extensión del síndrome, es la patología propia de las megalópolis de la segunda mitad del siglo XX. Las...megalópolis actúan en un doble registro. De un la­ do, engendran un espacio social marcado por un efecto de irre<Vi­ dad. El admirable pensador alemán Walter Benjamín denomina­ ba a ese efecto "el mundo de la alegoría" propio de la gran ciudad donde el reino de la mercancía, de la publicidad, del signo, su­ merge al sujeto en un mundo artificial, en una metáfora de la vi­ da. Los medios de comunicación y la televisión han generalizado ese sentimiento de irrealidad, de virtualidad. La aldea global si­ gue corriendo el riesgo de representarse como una galería comer­ cial de megalópolis virtual. De otro lado, el lugar del artefacto es el lugar de la agresión, de la violencia urbana, de la agresión se­ xual, del terrorismo, etc.

Fue en los Estados Unidos donde por primera vez los grupos feministas quisieron hacer reconocer la violación como un trau­ ma¡ no querían que fuese tratado como un delito de derecho co­ mún, sino como un crimen clínico, que comporta consecuencias subjetivas de larga duración. Y, en consecuencia, pidieron a los tri­ bunales reparaciones de mayor importe y sanciones más graves.

Ciertas categorías profesionales también pidieron reparación por el estrés que sufrían. Por una suerte de mueca de la historia, el sindicato de los conductores de tren alemanes pidió reparación

14 BRIOLE, G., LEBIGOT, F., LAFONT, B., FAVRE, J.-D., VALLET, D., Le traumatís­

me psychique: rencontre et devenir, publicado por el Congres de Psychiatrie

por el estrés producido por el hecho de que Alemania es el país de Europa donde más gente se suicida arrojándose bajo los trenes

(un suicidio cada cinco minutos). Digo mueca de la historia pues no hemos de olvidar, en este fenómeno, la importancia de la refle­ xión sobre las secuelas de los campos de concentración. Los psi­ quiatras que se ocuparon de los supervivientes descubrieron en efecto el "síndrome de la culpabilidad del superviviente", con fe­ nómenos comparables a los de los traumas de guerra: ansiedad y

depresión asociados a trastornos somáticos variados. Frente a una experiencia de encuentro con la muerte que desafía a toda razón, se producen fenómenos parecidos.

Dos factores intervienen pues en la extensión clínica del trau­ ma. De un lado, la experiencia psiquiátrica de los traumas de gue­ rra en los países democráticos, es decir, en los países en los que no se abandona a los ciudadanos a la muerte sin palabras. En rela­ ción con esto, las nuevas definiciones de las misiones de "mante­ nimiento de la paz", la extensión del papel "humanitario" de los ejércitos, especialmente europeos, acentúan esta experiencia. Una película como Warriors ha popularizado el trauma de guerra en las operaciones de mantenimiento de la paz. De otro lado, al to­ mar en cuenta la patología civil del trauma, se extiende la defini­ ción de la experiencia traumatizante a cualquier experiencia que comporte el encuentro de un riesgo importante para la seguridad o la salud del sujeto. La lista de los peligros mezcla ahora cual­ quier tipo de catástrofe técnica, de accidente individual o colecti­ vo, con una agresión individual, un atentado, la guerra o la viola­ ción.