Determining the Point of Origin INTRODUCTION
PATTERNS AND SURFACE EFFECTS OF CHAR Types of Patterns
Gracias a mi entrada de la mano de la Corporación de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, tuve una acogida inmediata llena de apertura y disposición para conversar, particularmente por parte de los líderes y la líder.
De los pobladores, los niños estaban siempre presentes siguiendo nuestros pasos para todas partes. Fueron desde el principio, confiados, abiertos, preguntones y entusiastas. La Chichi (nunca supe su nombre real), una joven con síndrome de Down que vive frente a la Sede del proceso, que es nuestro sitio de hospedaje, es especialmente cariñosa y fue en las dos primera visitas mi guía por La Plaza, que aunque pequeña me resultaba laberíntica y
recovecuda, así Chichi muy dispuesta y eficaz, me mostraba cada sitio, a veces me esperaba o acompañaba y otras veces volvía minutos después para acompañarme de regreso.
Foto 1. Mi Chichi del alma
162 Las mujeres mostraron siempre más confianza que los hombres para acercarse a mí y entablar conversaciones sobre lo cotidiano. Se mostraban muy curiosas sobre mi vida personal, sobre mi forma de pensar, sobre mis opiniones acerca de la región y el corregimiento. También fueron las encargadas de ―medir el aceite‖ para calibrar que tan
confiable podía ser, me observaban atentamente cuando comía, pasaban disimuladamente
para mirar cómo dejaba mi habitación, observaban mi atuendo, en fin… Los comentarios
no se hacían esperar: ―usted no parece que viniera de la ciudad, Claudita. Usted come de todo, menos los fíjoles eso sí, pero come con gusto y no dice no, que esto, que lo otro‖. Y
por supuesto me inundaban de preguntas comprensibles, que les permitían saber de mí: ―¿Y con quien deja el niño? ¿y el papá del niño? ¿y tiene compañero? ¿y va a tener más hijos? ¿y alguien le ayuda en la casa? ¿En su casa cuantos hermanos son? ¿Sus papaes están
vivos? ¿pa‘ dónde ha viajado? En fin…
La relación con la única lideresa, en cambio, era más formal y estaba mediada por mi
rol de tesista… Duró mucho tiempo diciéndome ―doctora‖ y yo en venganza le ponía el ―doña‖ (Doña Arisolina), mientras las otras eran ―Memita‖ (Guillermina), Miriancita (Myriam), Nori, en fin… En las últimas dos visitas se mostró mucho más cercana y afectuosa y su narrativa también salió de la formalidad y pasó a ser más rica y emotiva. Y ahora se me facilita decirle cariñosamente Ari.
De los hombres, prácticamente ninguno distinto de los jóvenes o de los líderes, conversó conmigo durante todo el trabajo de campo. El intercambio se limitaba al saludo, a
la transacción en la tienda, la pregunta informativa: ―¿vino con don Rodrigo?‖,la respuesta
informativa: ―ah vea: baje por el billar al fondo y toma así por todo el lado izquierdo y ahí
ve el colegio y el centro de salud, es fácil‖, nada más.
Con los líderes, tanto los de La Plaza, como los de las veredas, hubo un acercamiento paulatino, al igual que con Ari (la lideresa), la confianza se ganó de manera gradual, con algunos más pronto que con otros. En algunos casos la relación termino siendo entrañable como con don Eladio, con quién desde el principio hubo una empatía inmediata, no podría decir de dónde vino el afecto, pero él me parece una persona honorable, sensible y muy
163 digna; tal vez su origen cundinamarqués me hizo sentir identificada, tal vez lo asimilé con mis mayores, o su trato siempre cordial me cautivó, en fin.
Foto 2 y 3. Con don Eladio en el porche de su casa
164 Los líderes del comité operativo, los pluma blanca, me ponían al principio muy
nerviosa y entraba siempre con cautela y timidez para convocarlos, para buscarlos… Tanto
así, que las esposas terminaban por presionarlos para que concedieran a una entrevista, más preocupadas que yo por la demora de los encuentros. Con el tiempo fui entrando en confianza, no mucha, pero ya fluía más y eso derivó en una cualificación del material narrativo.
Una diferencia notable de esta experiencia con respecto a la que tuve en el ambiente urbano con comunidades de personas que habían tenido que desplazarse, fue que allá en zona rural, en una comunidad orgullosa de haberle ganado una batalla al destierro, las personas no se muestran ni tan desconfiadas ni tan sumisas. Cuando trabajé en las comunas de Soacha con organizaciones de desplazados, notaba una actitud de extrema timidez y obediencia con quienes los acompañábamos, estaban muy atentos a lo que podíamos brindarles en términos de conocimiento y recursos y manifestaban poca valoración de sus propias capacidades. Cuando esto no era así, pues algunas personas y en especial los líderes se sobreponían a la vivencia del maltrato y revictimización sufrida por acción de las agencias del Estado, se mostraban prevenidos, desconfiados y altivos. En ambos casos tuvimos que hacer un esfuerzo especial: en el primero aplicábamos las estrategias de horizontalización de poderes aprendidas del menonita experto en paz, Juan Pablo Lederach y las estrategias narrativas de deconstrucción de relaciones de dominación, del terapeuta mexicano Martin Payne; en el segundo caso acudíamos a la transparencia, la paciencia y el respeto para construir la confianza necesaria para acordar un trabajo fructífero.
En Micoahumado la amabilidad nunca cesa, la apertura es casi inmediata y si bien hay un cuidado por el visitante, éste nunca se traduce en sumisión.
Las razones de estas diferencias pueden ser varias:
La vivencia del desplazamiento, como se ha visto en los primeros capítulos, tiene el efecto inicial de docilizar a las víctimas; el miedo inoculado, lo abrupto e involuntario de su cambio de ambiente, el dolor de la victimización, producen un apabullamiento que bien puede traducirse en sumisión extrema.
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La presencia de las dinámicas del conflicto en los sectores urbanos receptores, aunado a su experiencia de la guerra, produce profundo miedo y desconfianza, lo que alimenta mitos y estereotipos a veces infundados sobre el papel de los profesionales en los programas de apoyo.
Si bien la población rural de nuestro país por razones ideológicas e históricas ha tenido una actitud de sumisión, que los citadinos alimentamos con el desprecio, los procesos de movilización social y política de las últimas tres décadas en el Sur de Bolívar, han cambiado el talante campesino, sacando a flote la altivez, la autonomía y la dignidad de los pobladores. Además Micoahumado, siendo un corregimiento pequeño, se ha acostumbrado a los acompañantes de provenientes no sólo de las principales ciudades de Colombia, sino de lugares del mundo como Suiza, Estados Unidos, España, Chile,
Cuba, Holanda, entre otros. Siempre hay un ―gringo‖ visitando el corregimiento y esto
para ellos tiene una connotación positiva, porque esa presencia ha coadyuvado con el éxito de su proceso.
Nuestra actitud como acompañantes sin duda influye en el trato que recibimos. Aunque por principio nuestro trabajo ha tratado de ser cuidadoso con las dignidad de las personas, en mi incursión en las comunidades urbanas, había una clara intención de contribuir a mitigar un daño inmenso que las personas habían sufrido por cuenta de los
actores de la guerra, lo que pudo hacer que nuestra actitud fuera de ―ayuda‖ y eso
alimentar una respuesta de desvalimiento. Mientras que yo llegué a Micoahumado buscando de manera explícita sus saberes y estrategias y desde el principio fueron maestros para mí, de manera que al sentirse reconocidos y comprometidos a ayudarme, fueron más seguros y amables.
En términos generales, tuve mucho cuidado en ser explícita y clara con respecto a mis solicitudes y a mis compromisos, y hasta ahora no ha habido dificultad ni reclamos sobre mi presencia allí, distinto de como ocurre en otras experiencias en las que hay un reclamo por beneficios que nunca se prometieron o por abandono cuando los procesos culminan. Tampoco he escuchado de parte de ellos una crítica en este sentido a sus anteriores
166 acompañantes, aunque añoran el tiempo en que la presencia de las organizaciones era mucho mayor.
4.8.3 Proponiendo conversaciones: entrevistas y charlas con líderes y otros