Se ha sostenido que tanto la «actitud del sí» (Erickson, Rossi y Rossi, 1976; Erickson y Rossi, 1979) desarrollada durante la entrevista como la pausa y las felicitaciones in- cluidas en el comienzo del mensaje de recapitulación son
sugestiones hipnóticas que inducen un estado de relaja- ción (véase el capítulo 6). Nunca se ha hecho mención de las emociones con referencia a este proceso. Sin embargo, la comprensión y los elementos positivos transmitidos por el mensaje de recapitulación a los clientes —por lo gene- ral, estos esperan oír que las cosas son peores de lo que su- ponían— proporcionan un gran alivio emocional. La rela- jación resultante es esencial para razonar y tomar las de- cisiones conductales (Damasio, 1994) necesarias para lle- gar a una solución.
Conclusión
La elevación de las emociones al mismo rango que la cognición y la conducta en la TCS puede parecer un paso radical Sin embargo, si aceptamos que el lenguaje y la emoción son inseparables, ¿cómo podríamos excluir la emoción de nuestra práctica terapéutica?
Las emociones pueden facilitar las soluciones al brin- dar un importante medio de conectarse con los clientes y comprenderlos (Ring, 1998). Las emociones primarias son un medio universal de comunicación. Surgen sin un con- trol consciente y no dependen de las palabras. Los bebés no necesitan palabras para comunicar sorpresa, dolor o hambre. Entre los clientes y los terapeutas presentes en el consultorio hay una conexión emocional inexpresada que no se transmite a los terapeutas ubicados tras el espejo. Aunque habitualmente conversamos con los clientes en un nivel emocional elaborado por la maduración física y mental y la socialización, atraer su atención a lo que Steve Gilligan (1997) llama «un indestructible "punto débil sen- sible" (...) en lo más íntimo de cada individuo» puede faci- litar las soluciones. Un modo de hacerlo consiste en crear un clima emocional que proporcione seguridad (Sullivan, 1956). Otro modo es utilizar nuestra intuición y nuestros sentimientos para ayudar a los clientes a tomar concien- cia de sus propios sentimientos, a fin de que puedan usar- los, junto con su razonamiento, para hallar soluciones. Por supuesto, también puede suceder al revés. A los clien-
tes que sólo sienten emoción hay que ayudarlos a acceder a su capacidad de razonar. Quienes no pueden controlar su conducta deben recibir ayuda para sentir y razonar. Nuestra vida no puede ser productiva sin emoción; por lo tanto, esta debe ser incluida en las soluciones para vivir mejor.
5. El proceso de aclaración de las metas
Hace algunos años, en la primera sesión yo formulaba siempre una de estas preguntas: «¿Cómo sabrá usted que venir aquí le resulta útil?» o «Si.usted vuelve la semana próxima y me dice que ha notado un pequeño cambio fa- vorable, ¿cuál será ese cambio?». Elegía estas preguntas para lograr que los clientes se centraran en las metas. Las respuestas les harían saber, y me harían saber a mí, ha- cia dónde deseaban encaminarse. También creía que con esas preguntas evitaría que insistieran en hablar de sus problemas. Las respuestas que recibía eran variadas, pero sólo en raras ocasiones conducían a una solución rá- pida.
Hace unos diez años dejé de usar estas preguntas in- troductorias debido a lo que aprendí en un taller realizado bajo mi dirección. Los participantes, divididos en peque- ños grupos, se habían entrevistado mutuamente, y un hombre comentó más tarde que se había sentido irritado cuando su «terapeuta» le formuló la primera de las pre- guntas mencionadas. Dijo que quería contar su historia y que la pregunta se lo impidió. La discusión posterior en el grupo me hizo comprender que esas preguntas iniciales centradas en el futuro disponían el escenario para la tera- pia privando al cliente de la posibilidad de elegir. No es una forma adecuada de practicar la TCS. Lo importante no es el momento en que se definen las metas, sino el he- cho de que estas reflejen con tanta precisión como sea po- sible lo que los clientes desean de la terapia.
En este capítulo describiré la aclaración de las metas como un proceso continuo, apartándome así de la opinión generalmente admitida de que, dentro de lo posible, en la primera sesión deberían definirse metas concretas en
términos de conducta (Berg y Miller, 1992; De Shazer, 1985, 1991a; Durrant, 1995; O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989; Walter y Peller, 1992). Las ideas que aquí presento sólo son aplicables a los clientes que concurren por su propia decisión; de los clientes involuntarios me ocuparé en el capítulo 10.
M e t a s versus soluciones
Los problemas —según lo afirma uno de los supuestos básicos de la TCS— no tienen que ver necesariamente con
las soluciones, y de ello se deduce que tampoco tienen que
ver necesariamente con las metas. Cuando acuden a la terapia, los clientes suelen tener en mente una meta, pero es posible que esta no sea la solución. La solución será cualquier cosa que, en la percepción de los clientes, vuelva su situación menos problemática o no problemática en un momento determinado.
Las metas se perciben, por lo general, en términos de «o b i e n . . . o bien»; es decir, el problema es «totalmente malo», y la solución, «totalmente buena». «Nunca volveré a enojarme» o «Siempre seremos una familia feliz» son ex- pectativas usuales pero poco realistas en materia de me- tas. Estos pensamientos singulares son también malas premisas para la buena salud mental y pueden parecer difíciles de llevar a la práctica, cuando tal vez lo único que se requiere para hallar una solución adecuada es un cam- bio relativamente pequeño, la diferencia entre dos mati- ces de gris.
Las soluciones son el producto final de un proceso de descubrimiento. Pueden estar muy alejadas de lo que los clientes creían su meta cuando iniciaron la terapia. De acuerdo con este razonamiento, es más apropiado conce- bir la «aclaración de la meta» como una observación conti- nua de los clientes durante la terapia y una reevaluación conjunta de lo que desean como resultado. Más reciente- mente, Walter y Peller (1996, pág. 18) describieron la aclaración de la meta como un proceso de desarrollo del
128