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Analysis III: Departure Sequences

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El materialismo eliminativo puede ser considerado como una respuesta extrema, desde una perspectiva materialista, a las dificultades a las que se enfrentan las teorías reductivas de la mente.[1] A diferencia de éstas, como hemos indicado, el materialismo eliminativo no es una teoría reductiva. No trata de entender los enunciados y conceptos mentales en términos de enunciados y conceptos no mentales (por ejemplo, físicos, comportamentales o funcionales). No cree que tal cosa sea posible ni, en consecuencia, que merezca la pena intentarlo. En realidad, para adoptar una actitud reductiva hacia una teoría es necesario sentir un mínimo respeto hacia la misma; es necesario pensar que, de un modo u otro, la teoría no es irremediablemente falsa. Así, por ejemplo, para la teoría de la identidad, la teoría incorporada al lenguaje mental cotidiano, la llamada «psicología popular» o «psicología del sentido común», es básicamente verdadera: los sujetos humanos tienen en realidad las propiedades que esta teoría les adscribe; tienen en realidad creencias, deseos, propósitos, experiencias, etc.; sólo que estas propiedades constituyen, en último término, propiedades físicas de los seres humanos. En cambio, para el materialista eliminativo, la psicología del sentido común es falsa y sus supuestas propiedades mentales no son propiedades reales de ningún objeto. Para el materialista eliminativo, la realidad no incluye mentes ni propiedades mentales; éstos no son conceptos científicamente respetables.

La diferencia entre una teoría reductiva como el materialismo de la identidad y el materialismo eliminativo puede expresarse como sigue. Para la primera, los términos mentales del lenguaje cotidiano son semejantes a términos de dicho lenguaje como «agua» o «temperatura»; ser agua es una propiedad real de cierta substancia, aquella substancia cuya composición química es H2O; ser agua es ser H2O; lo mismo sucede con la temperatura; la temperatura de un fluido es realmente la energía cinética media de las moléculas que lo componen. En cambio, para el materialismo eliminativo, los términos mentales del lenguaje común se asemejan a conceptos como «flogisto» o «esfera de las estrellas fijas»; ser flogisto o ser la esfera de las estrellas fijas no son propiedades reales de ningún objeto; no se puede reducir los conceptos expresados por dichos términos a conceptos científicamente respetables por la sencilla razón de que tales conceptos no tienen extensión; no hay nada de lo que se pueda decir con verdad que es flogisto o que es la esfera de las estrellas fijas. Lo que procede hacer con esos conceptos mentales y con la teoría de la que forman parte es abandonarlos, como se ha hecho con la teoría del flogisto o con la astronomía aristotélica.

Analizaremos en este capítulo los argumentos de tres representantes del materialismo eliminativo: Willard V. O. Quine, Paul M. Churchland y Alexander Rosenberg.

cual toda realidad digna de ese nombre es física, la tesis materialista según la cual todo lo que realmente hay son cuerpos físicos en movimiento.[2] Esta tesis por sí misma no implica el eliminativismo, puesto que, por ejemplo, los teóricos de la identidad y los partidarios del monismo anómalo son también fisicalistas pero no eliminativistas.

Veamos en primer lugar el contenido del fisicalismo de Quine.

La primera de las tesis fisicalistas quinianas es la tesis de la superveniencia de lo mental sobre lo físico, una tesis que ya encontramos al analizar el funcionalismo. Según esta tesis, las propiedades físicas determinan todas las demás, es decir, una vez que las propiedades físicas de una situación u objeto están fijadas, el resto de sus propiedades está también fijado. Según Quine,

lo que dice el fisicalismo acerca de la vida mental es que no hay una diferencia mental sin una diferencia física. La mayoría de nosotros estamos tan dispuestos a aceptar este principio que no apreciamos su

magnitud. Es un modo de decir que los objetos fundamentales son los objetos físicos. Presta a la física su lugar apropiado como ciencia natural básica sin aventurar dudosas esperanzas de reducción [a la misma] de otras disciplinas.[3]

De acuerdo con la tesis de la superveniencia, si dos objetos o situaciones son físicamente indistinguibles, son también indistinguibles en cualquier otra propiedad que puedan tener.

De acuerdo con la segunda tesis del fisicalismo quiniano,[4] los hechos físicos son todos los hechos que hay. Quine considera esta tesis como una mera reformulación de la primera, pero no es en absoluto obvio que sea así. De la aceptación de la tesis de la superveniencia no se desprende esta segunda tesis en ningún sentido claro. Por ejemplo, podemos aceptar que si una situación cuyas propiedades físicas son F1, F2... Fn es un acto de compraventa, una situación con ese mismo conjunto de propiedades físicas será también un acto de compraventa sin vernos obligados a aceptar que la descripción económica de esa situación como un acto de compraventa no describe un rasgo estructural de la realidad, es decir, que no hay hechos económicos.[5]

La posible respuesta de Quine sería que los conceptos utilizados por ciencias distintas de la física no representan la «estructura última» de la realidad, sino que reflejan clasificaciones determinadas por nuestros intereses y preocupaciones prácticas. Pueden ser útiles para ciertos fines, pero no representan rasgos reales del mundo. Esta respuesta, sin embargo, es problemática y volveremos más adelante sobre ella.

Finalmente, según la tercera tesis del fisicalismo quiniano, más radical aún que la anterior, el único tipo de explicación científicamente respetable es la explicación de la ciencia física, mientras que el valor de las explicaciones de otras ciencias depende de que aludan a una explicación física, conocida o no, y estén sustentadas por ella.[6]

Sin embargo, del fisicalismo solamente, aun en la forma extrema que adopta en Quine a tenor de las tres tesis mencionadas, no se desprende necesariamente el eliminativismo. Esta doctrina fisicalista sería aún compatible con alguna forma de materialismo reductivo. Para llegar al eliminativismo son necesarias premisas adicionales. La primera de ellas es la tesis de la extensionalidad de cualquier lenguaje científico respetable. La segunda es la tesis según la cual el lenguaje mental es irreductiblemente intensional. Y la tercera es la tesis según la cual la traducción del lenguaje de un sujeto a otro lenguaje no está determinada por los hechos

físicos, de modo que estos hechos no pueden decidir entre explicaciones mentales alternativas de la conducta, incluida la conducta lingüística.

El fisicalismo, en unión con estas tres premisas adicionales, lleva ya a separar el lenguaje mental de la «psicología popular» del lenguaje que describe la realidad, y a negar extensión a los conceptos implícitos en aquél, lo que constituye ya una tesis eliminativista con respecto a las propiedades mentales.

La tesis de la extensionalidad se vincula al intento quiniano de construir una notación canónica que sea adecuada para expresar los contenidos de todas las teorías científicas. Podemos entender esta pretensión como un intento de construir una teoría de las categorías que ponga de manifiesto los rasgos más generales de la realidad. Tiene, pues, claras implicaciones ontológicas, como las tienen las teorías de las categorías de Aristóteles o de Kant. Como el propio Quine lo expresa:

La búsqueda de una pauta de notación canónica general, máximamente simple y clara, no debe ser considerada como diferente de una búsqueda de categorías últimas, de una representación de los rasgos más generales de la realidad.[7]

Poner de manifiesto la complejidad lógica que requiere un lenguaje adecuado para cualquier teoría científica supone al mismo tiempo poner de manifiesto «los rasgos más generales de la realidad». Para Quine, esta complejidad lógica se reduce a la lógica de predicados de primer orden (es decir, aquella que cuantifica únicamente sobre individuos, no sobre propiedades). Las construcciones básicas son, en palabras de Quine, «la predicación, la cuantificación y las funciones de verdad».[8] Los componentes últimos son las constantes individuales (que desempeñan el papel de nombres propios), las variables y los términos generales que, combinados en la predicación, forman las oraciones atómicas abiertas; éstas se cierran mediante la cuantificación. A su vez estas oraciones se combinan mediante las conectivas lógicas veritativo-funcionales. Según Quine, «todos los rasgos de la realidad dignos de ese nombre pueden formularse en un lenguaje de este grado de austeridad».[9]

Un lenguaje que se ajuste a esta forma lógica posee la característica de la extensionalidad. En un lenguaje extensional, la verdad de los enunciados y la validez de los argumentos depende solamente de una propiedad semántica: la extensión de los predicados. Una vez fijada ésta, queda fijado el valor de verdad de cualquier oración formulada en ese lenguaje. La extensión de los predicados determina el valor de verdad de las oraciones atómicas (aquellas que no contienen conectivas lógicas ni cuantificadores) y ésta determina a su vez el valor de verdad de las oraciones más complejas.

Si el lenguaje de la ciencia se ajusta realmente a estos requisitos sintácticos y semánticos, ello revela importantes aspectos de la estructura general de la realidad; por ejemplo, que las substancias, lo realmente existente, son aquellas entidades que han de contar como valores de las variables para que los enunciados de la teoría científica sean verdaderos; en consecuencia, como no cuantificamos sobre propiedades o relaciones, no hemos de considerarlas como entidades existentes además de las entidades individuales que constituyen su extensión.

Un lenguaje extensional se caracteriza por el hecho de que, en una oración, podemos sustituir un nombre por otro con la misma denotación, un predicado por otro con la misma extensión y una oración por otra con el mismo valor de verdad sin que cambie el valor de verdad de la oración original (salva veritate, por usar la expresión leibniziana).

Formulada esta notación canónica, Quine procede a ajustar a ella todos aquellos rasgos del lenguaje científico que se desvían de la misma y generan intensionalidad, como por ejemplo las expresiones modales («necesariamente», «posiblemente»), los condicionales subjuntivos y las expresiones disposicionales.

Pero nuestro interés reside en el lenguaje mental cotidiano, del que forman parte términos como «creer», «desear», «intentar», «imaginar», etc. Este lenguaje es claramente intensional. En efecto, consideremos la oración verdadera «Lady Astor deseaba viajar en el Titanic». El

Titanic es el barco que se hundió y causó la muerte de Lady Astor. Sin embargo, la oración

«Lady Astor deseaba viajar en el barco que se hundió y causó su muerte» es falsa. La sustitución de expresiones con la misma denotación no ha preservado la verdad. Sin embargo, no parece posible hallar oraciones extensionales lógicamente equivalentes a las oraciones intensionales del lenguaje mental cotidiano: el fracaso del conductismo lógico es muestra de ello. La principal razón por la que Quine no cree posible hallar tales equivalencias extensionales es la indeterminación de la traducción por los hechos físicos. Trataremos de presentar intuitivamente esta importante tesis quiniana.

No es posible hallar enunciados físicos en un lenguaje extensional equivalentes a oraciones como «Juan cree que la nieve es blanca». Veamos cómo podría proceder la argumentación en favor de esta tesis. ¿Cómo podemos determinar el contenido de la creencia de Juan? Podemos preguntarle si cree que la nieve es blanca. Pero si responde afirmativamente, ello todavía no aclara la cuestión, pues ¿cómo podemos saber lo que entiende por «nieve» y por «blanca»? Lo que Juan cree no es independiente del significado de sus palabras, y a la inversa, de ahí la conexión entre el problema de la traducción y el de la atribución de predicados psicológicos. Supongamos que queremos saber lo que entiende por «nieve». Lo situamos en presencia de nieve y le preguntamos si es eso nieve. Supongamos que asiente. ¿Cómo sabemos que para él «nieve» no significa sólo la materia que cubre esta montaña y que también llamaría «nieve» a la materia que cubre el Polo Norte? Supongamos que responde negativamente. Esto no conlleva sin más que entienda por «nieve» algo distinto de lo que entendemos nosotros. Puede entender por «nieve» lo mismo que nosotros, pero puede creer que hay una substancia muy parecida a la nieve, aunque distinta de ella, y no estar seguro de que no sea esa substancia la que cubre la montaña. Lo importante aquí es advertir que podemos traducir sus palabras de múltiples formas, todas ellas compatibles con su conducta verbal, con lo que Quine llama «significado estimulativo», siempre que ajustemos lo suficiente el significado que damos a otras palabras suyas y las creencias que le atribuimos. Y a la inversa, podemos atribuirle creencias diferentes, todas ellas compatibles con su conducta verbal, ajustando lo suficiente el significado que damos a sus palabras. Ninguna de estas interpretaciones está determinada como la única correcta por la respuesta del sujeto a estímulos físicos ni, en general, por los hechos físicos. Varias interpretaciones son compatibles con los mismos hechos físicos. Y si la traducción está indeterminada por los hechos físicos, no hay tampoco una respuesta determinada a la pregunta por el contenido de una actitud proposicional.

Es importante no confundir la tesis quiniana de la indeterminación de la traducción con su tesis acerca de la infradeterminación de las teorías por la evidencia empírica. La confusión entre ambas tesis da lugar a la objeción según la cual, si Quine niega la objetividad del

significado, debería también rechazar, por las mismas razones, una interpretación realista de la física, cosa que no hace.[10] La objeción pasa por alto la diferencia entre el carácter epistemológico de la tesis de la infradeterminación de las teorías por la evidencia empírica y el carácter ontológico de la tesis de la indeterminación de la traducción por los hechos físicos. Una vez hemos optado por una teoría física, es en principio posible determinar la extensión de sus conceptos y con ello la verdad de sus enunciados. En cambio, una vez fijadas, a partir de esa misma teoría física, las propiedades físicas de un organismo y de las partes relevantes de su entorno, sus propiedades mentales y el significado de sus palabras siguen indeterminados: los hechos físicos son compatibles con varios manuales de traducción. El discurso mental está aislado del discurso físico.[11]

Los conceptos intencionales remiten unos a otros en un círculo sin salida hacia una fijación determinada por los hechos.[12] Por ello no es posible, según Quine, reducir tales conceptos y los enunciados que los emplean a conceptos y enunciados de otro tipo, por ejemplo, a enunciados físicos. Las expresiones intencionales son irreductibles a otras no intencionales. Esta es también la tesis de Brentano acerca de la intencionalidad como característica distintiva y exclusiva de lo mental frente a lo físico,[13] y Quine la conecta con su tesis de la indeterminación de la traducción: «La tesis de Brentano acerca de la irreductibilidad de las expresiones intencionales coincide con la tesis de la indeterminación de la traducción».[14]

Pero la conclusión de Quine es contraria a la de Brentano. En un famoso texto que avala la interpretación eliminativista de su pensamiento, Quine aboga por la exclusión del lenguaje intencional del lenguaje que describe la realidad:

Se puede aceptar la tesis de Brentano, o bien como muestra de la indispensabilidad de las expresiones intencionales y la importancia de una ciencia autónoma de la intención, o bien como muestra de la futilidad de las expresiones intencionales y la vaciedad de una ciencia de la intención. Mi actitud, a diferencia de la de Brentano, es la segunda.[15]

Si recordamos ahora la primera tesis del fisicalismo quiniano, la tesis según la cual las propiedades físicas determinan todas las demás, podemos afirmar ahora que esta tesis no se aplica, a fin de cuentas, a las propiedades mentales. Una vez fijadas las propiedades físicas de una situación, sus propiedades mentales siguen estando indeterminadas, debido a las consecuencias de la indeterminación de la traducción. Pero esta independencia de lo mental respecto de los hechos físicos, para alguien que acepte el fisicalismo, muestra que tales propiedades no cuentan entre las propiedades de lo real, no cuentan como predicados que describen cómo son las cosas. Como el propio Quine lo expresa:

Si estamos tratando de representar la estructura verdadera y última de la realidad, el esquema canónico para nosotros es el austero esquema que no sabe de... actitudes proposicionales, sino sólo de la constitución física y la conducta de organismos.[16]

No se trata de que dejemos de usar el lenguaje intencional. Es útil y quizá prácticamente indispensable. Pero hemos de tener en cuenta que con él, según Quine, no estamos hablando de nada real.

Atendamos ahora a la versión del materialismo eliminativo defendida por Paul Churchland. Su punto de partida es la tesis según la cual la llamada «psicología popular» o «psicología del sentido común», el entramado de conceptos psicológicos presupuestos en el lenguaje cotidiano, en términos del cual interpretamos y explicamos la vida mental y las acciones de los

seres humanos, es una teoría empírica como cualquier otra, con todas las funciones, virtudes y peligros implicados en esa condición. Dicha teoría tiene sus leyes, que sustentan explicaciones, predicciones y enunciados contrafácticos.[17] Así, según Churchland,

esta consideración [de la psicología popular como una teoría empírica, C. M.] supone que la semántica de los términos de nuestro vocabulario mentalista familiar ha de entenderse del mismo modo que la

semántica de los términos teóricos en general: el significado de cualquier término teórico está fijado o constituido por el marco de leyes en el que figura.[18]

La psicología popular no tiene rasgos especiales que la hagan empíricamente invulnerable, no tiene funciones que la hagan insustituible, no tiene un status privilegiado de ningún tipo.

Por otra parte, según Churchland, la psicología popular es una teoría empírica seriamente defectuosa, si no claramente falsa. En primer lugar, hay muchos fenómenos que no explica, como la naturaleza y la dinámica de la enfermedad mental, la facultad de la imaginación creativa, las diferencias de inteligencia entre los individuos, el sueño, los procesos de aprendizaje, etc. La pobreza explicativa de la psicología popular no es, tal vez, abrumadoramente evidente cuando nos limitamos a los cerebros normales, pero cuando se trata de los defectos conductuales y cognitivos que muestran las personas cuyo cerebro está dañado, la incapacidad explicativa de la psicología popular es innegable. En segundo lugar, la psicología popular no avanza.

La psicología popular de los griegos es esencialmente la psicología popular que usamos hoy, y nuestras explicaciones de la conducta humana en tales términos apenas son mejores que las de Sófocles... Por usar la terminología de Lakatos, la psicología popular es un programa de investigación estancado o degenerativo, y lo ha sido durante milenios.[19]

Finalmente, no ofrece perspectiva alguna de integración en un cuerpo teórico más amplio:

Las categorías intencionales se mantienen majestuosamente aisladas, sin perspectivas visibles de reducción a ese corpus más amplio [constituido por las ciencias físicas, C. M.].[20]

En su libro Materia y conciencia, Churchland es todavía más categórico. Dice allí que

el marco psicológico del sentido común es una concepción falsa y radicalmente equivocada acerca de las causas de la conducta humana y la naturaleza de la actividad cognitiva.[21]