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3.3 Multiplexed Implant System

3.3.3 Multiplexer Circuit

3.3.3.2 PCB Layout

Justo se traslada a la residencia, para acompañar al visitante hasta el edificio del Congreso argentino, donde tendrá lugar la inauguración de la Conferencia. Este es aplaudido y ovacionado tanto en el trayecto como a su llegada, donde a las 18 horas, tiene lugar la apertura de la Conferencia.

Con visión anticipatoria del horror que sobrevendrá poco después con la Segunda Guerra Mundial, Roosevelt recuerda en su discurso que, “hace tres años, advirtiendo nuestras veintiuna repúblicas que el nuevo

mundo iba a verse envuelto en una crisis, dieron una magnífica unanimidad de ejemplo al mundo entero, proclamando un nuevo espíritu e iniciando una nueva era en los asuntos de este hemisferio”.

Agrega que:“los hombres, las mujeres y los niños de las Américas sa- ben que la guerra es hoy algo más que el choque de las armas; ven en ella la

destrucción de las ciudades y de los campos, prevén que los hijos y los nietos lucharán por muchos años, si sobreviven, no solamente bajo el peso de la miseria, sino también en medio de la amenaza de una sociedad desecha y de la desaparición del gobierno constitucional”.

Sigue diciendo:“Aunque los americanos no nos veamos implicados en guerra alguna, sufriremos también. La locura de una gran guerra en otras partes del mundo nos afectaría y amenazaría nuestro bienestar de mil mo- dos....”

Con un pensamiento que parece extraído del presente, afirma que

“por medio de procesos democráticos podemos empeñarnos en lograr dentro de las Américas el más alto nivel de vida para todos nosotros” agregando al respecto que “relacionado con estos problemas está también el hecho evidente de que el bienestar y la prosperidad de cada uno de los países dependen de gran parte de los beneficios resultantes del comercio entre ellos, y con otras naciones...”

Durante el discurso de apertura, desde la barra, una voz grita “Aba- jo el imperialismo yanqui”, escuchándose por las emisoras de radio que transmitían el acto a todo el continente. Era el hijo del presidente Justo, Liborio, militante antiimperialista, quien todavía hoy a los noventa y ocho años de edad, recuerda el episodio que causó gran disgusto en su padre y en él. Tras la detención policial de varias semanas, ésta se prolonga en una voluntaria internación en una estancia de La Pampa.

Pese al día lluvioso, numeroso público sigue rodeando el edificio del Congreso donde se realizaba la ceremonia de apertura.

Por la noche, el Presidente argentino da un banquete en honor del huésped en los salones de la Casa de Gobierno. Justo pronuncia un discurso en la oportunidad que comienza diciendo:

“Es una circunstancia propicia para América y para el mundo en que esta hora oscura en que están en crisis los valores y la más valiosa de la conquista de la civilización, resonara la palabra del conductor de la más pujante de las democracias, llamando a los pueblos y a los hombres a la reflexión y la cordura”.

Revisando la historia bilateral

Coincidiendo con el presidente norteamericano, afirma que “frente a la apología de la guerra, América proclama las excelencias de la paz”. Tras la cena, Roosevelt y Justo departen en el Jardín de invierno de la Casa de Gobierno y, en esta oportunidad, el Presidente norteamerica- no invita a su colega argentino a visitar los Estados Unidos, algo que no llega a concretar, dado que Justo se encontraba a un año y tres meses de terminar su mandato.

La prensa argentina recoge ese día comentarios registrados en Washington respecto al discurso de inauguración de la Conferencia.

Dicen que la “afirmación de Roosevelt de que las naciones del hemisfe-

rio occidental mantienen y defienden el régimen democrático y el gobierno constitucional representativo puede convertirse en la nota alta de la Con- ferencia”, sostienen también que “algunos observadores demuestran cierto temor de que varias de las delegaciones traten de dar aplicación específica a sus expresiones de fe en el gobierno democrático, bajo la forma de me- didas represivas contra la infiltración de doctrinas políticas extrañas, en vez de limitar simplemente sus esfuerzos en la afirmación continental de los principios democráticos”, agregan además que no faltan “quienes señalan que el crecimiento de las formas dictatoriales de gobierno en el hemisferio occidental es indiscutible motivo de preocupación para Estados Unidos” y destacan que “en los círculos oficiales se indica la probabilidad de que tal sugestión pueda tener por resultado una doctrina multilateral más bien que un pacto consultivo”.

5. La despedida

El miércoles 2 al mediodía, Roosevelt da un almuerzo en la Emba- jada en homenaje a las autoridades argentinas. Comienza su discurso recordando que “hace ciento seis años (en 1830), mi abuelo vino a la Argen-

tina. He demorado más de un siglo en seguir sus pasos, pero estoy muy seguro de que, si yo viviera, no pasaría otro siglo para que regresara otra vez”.

Seguidamente pasa a abordar un tema concreto, que afectaba a la Argentina en ese momento, que eran las trabas sanitarias que se ponían a las carnes en los mercados internacionales, destacando que el año

anterior, el gobierno argentino y el norteamericano habían negociado una convención sanitaria, agregando que “La ratificación de esta Con-

vención hará posible que la Patagonia, región productora de ovejas donde no ha existido aftosa, y cuyo territorio está separado por barreras naturales de las otras zonas ganaderas de la República, fuera aliviada de los embargos sanitarios que pesan actualmente sobre ella”.

Sobre la posibilidad de un acuerdo comercial, Roosevelt muestra la misma cautela que el Presidente argentino, al decir “confío en que, en

fecha cercana, serán iniciadas conversaciones entre nosotros a fin de determi- nar las bases que existen para la negociación de un acuerdo comercial entre nuestros países que llegue a demostrar una recíproca ventaja para el pueblo de la República Argentina y el pueblo de Estados Unidos”.

Justo, por su parte, reconoce la eliminación de las trabas aduaneras, manifiesta su esperanza de llegar a un acuerdo comercial, expresando cordialmente que espera que “tan pronto como terminara las pesadas ta-

reas del gobierno, viniese a nuestras playas en viaje de descanso”.

La partida de Roosevelt es acompañada de un día lluvioso, pese a lo cual la gente se moviliza para despedirlo y el Poder Ejecutivo nuevamen- te decreta asueto al personal de la administración nacional y municipal de la Capital, para que pueda participar de los actos de despedida.

El doble cordón de tropas vuelve a formarse sobre ambas aceras del trayecto que va de la residencia de la Embajada de los Estados Unidos hasta la Dársena Norte.

El Presidente norteamericano recibe los típicos regalos locales. Una planta de Jacarandá; cuatro ponchos de vicuña; varios álbumes de ter- ciopelo; dos tercios de yerba argentina contenidos en un envoltorio de cuero repujado y una canasta de flores naturales.

La despedida de las autoridades nacionales tiene lugar en la Dársena Norte, acompañada de una nutrida concurrencia, como dos días antes, pero esta vez manteniéndose en el lugar bajo una pertinaz llovizna.

Revisando la historia bilateral

abierto mientras el Indianápolis se aleja del puerto de Buenos Aires. Esa misma tarde, el embajador Weddell realiza declaraciones des- tacando que el Presidente norteamericano ha quedado impresionado por la recepción tributada por los porteños, por la cantidad de niños que han participado en los actos de recepción saludándolo a su paso y por la presencia de gente en las inmediaciones del Congreso el día de la apertura de la Conferencia, pese a la intensa lluvia.

Finaliza diciendo “Creo que el Presidente se ha ido encantado de su vi-

sita a la Argentina, por cuanto en ninguna circunstancia ha ocurrido hecho alguno que haya podido ser interpretado como una nota desagradable. Lo único que le ha preocupado ha sido la muerte de su custodia personal, el señor Gus Gennerich, que era para el señor Roosevelt un amigo especial”.

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