DISCUSSION OF RESULTS
5.2 Discussion of Results
5.2.2 Pearson Product-Moment Correlation analysis
Olivares sustentaba una posición tradicional respecto al papel internacional de España. No cuestionó las ideas de política exterior que había heredado y tampoco elaboró otras diferentes. Simplemente, intentó aplicar la doctrina que le había sido legada con mayor energía y mayores recursos. En un escrito del 28 de noviembre de 1621, en el que daba consejos al nuevo monarca, «el más grande monarca del mundo en reinos y posesiones», le recordaba su deber fundamental:
Casi todos los reyes y príncipes de Europa son émulos de la grandeza de V.M. Es el principal apoyo y defensa de la Religión Católica; y por esto ha roto la guerra
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Domínguez Ortiz, Política y hacienda de Felipe IV, pp. 185-186. Existía incluso una curiosa Junta de Conciencia, creada en 1643, para estudiar la justificación de nuevos impuestos, particularmente porque afectaban a la Iglesia.
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con los holandeses y con los demás enemigos de la Iglesia que los asisten; y la principal obligación de V.M. es defenderse y ofenderlos.22
Aunque con frecuencia se califica esta política como «imperialismo» español, de hecho carecía de contenido agresivo y de objetivos expansionistas.23 España no tenía el deseo ni los medios para adquirir nuevas posesiones en el sur, en el centro o en el norte de Europa y la invasión y la soberanía del territorio franceses eran totalmente impensables. ¿Por qué, pues, se preguntaban incesantemente los españoles, despertaba su política tantas suspicacias y tanta hostilidad en toda Europa?
La respuesta hay que buscarla en dos hechos. En primer lugar, España era una potencia «imperial» en Europa, en el sentido de que poseía dominios fuera de su metrópoli, en Italia y en los Países Bajos. En segundo lugar, para preservar las comunicaciones con esas posesiones necesitaba invadir esferas de intereses e influencias celosamente guardados por otras potencias. La situación se veía agravada por la convicción existente en el exterior de que España actuaba movida por un catolicismo agresivo y por una mentalidad imperialista. Pero esa convicción era completamente errónea, pues aunque los responsables políticos españoles pudieran invocar piadosamente argumentos religiosos, no se hacían ilusiones respecto a la posibilidad de extender el catolicismo por la fuerza. También en este aspecto, como en el político, sólo hablaban de defender las posiciones ya alcanzadas. Su actitud no carecía de justificación. La España del siglo XVII había heredado determinadas posesiones en Europa a las que difícilmente hubiera podido renunciar aun si lo hubiera deseado. La mayor parte de esas posesiones no estaban preparadas para la independencia nacional y se podía argumentar que ninguna potencia tenía más derecho a ellas que España. Pero ese argumento no servía en el caso de las Provincias Unidas, que España consideraba como provincias rebeldes, pero que para cualquier mente mínimamente realista eran un Estado soberano. Pero incluso en este caso España podía invocar argumentos de legítima defensa, pues los holandeses pretendían subvertir la posición española en las provincias del sur de los Países Bajos y, además, libraban una guerra abierta en las posesiones ultramarinas de los reinos asociados de la península ibérica. Así pues, en los Países Bajos estaba en juego la defensa del imperio, y la premisa básica de la defensa de los Países Bajos determinaba con una lógica incontrovertible el resto de la política exterior española. Para impedir el aislamiento de los Países Bajos, España se vio impulsada a intervenir en Alemania, a la ruptura con Inglaterra, a entrar en conflicto en el norte de Italia y, finalmente, a la guerra con Francia. En los albores del siglo XVII, España perdió el control del corredor militar terrestre de tan vital importancia para el ejército de Flandes. La recuperación de Francia a partir de 1595 y su reanudación de una política exterior antiespañola determinaría que en 1631 Francia dominara ya las cabezas de puente hacia Italia y Alemania y que España hubiera perdido las vías de paso tradicionales de sus ejércitos. España no podía permanecer impasible ante esos acontecimientos.
22
«Documentos de gobierno del Conde-Duque de Olivares al Rey, en 1621», en Marañón, El conde-duque de
Olivares, pp. 438-440.
23
Para un análisis juicioso de la política exterior española en vísperas de la guerra de los Treinta Años, véanse Cárter, Secret Diplomacy, pp. 23-49; y Peter Brightwell, «The Spanish Origins of the Thirty-Years' War», European Studies Review, 12 (1982), pp. 117-141.
La recuperación de Bahía, de Juan Bautista Mayno (Museo del Prado)
La respuesta de España al estallido de la guerra de los Treinta Años en 1618 fue decidida con todo cuidado. Al emperador no sólo le envió subsidios, sino también un cuerpo selecto de tropas españolas que participaron en la batalla de la Montaña Blanca en noviembre de 1620, en la que el ejército imperial derrotó a las fuerzas protestantes, puso en fuga al elector del Palatinado y aplastó la revuelta bohemia. Mientras tanto, España había centrado su principal esfuerzo militar en unos objetivos más próximos a sus intereses
inmediatos. En 1619, un ejército español avanzó desde Normandía para defender Alsacia y el camino español para los Habsburgo. En julio de 1620, tropas españolas comandadas por el duque de Feria, gobernador de Milán, ocuparon el valle alpino de la Valtelina, paso vital que unía los territorios de los Habsburgo españoles y austríacos, e igualmente importante para las tropas españolas en su trayecto desde Milán a los Países Bajos.24 En septiembre, el poderoso ejército español de los Países Bajos, a cuyo frente estaba su distinguido comandante Ambrosio Spínola, avanzó rápidamente por el oeste de Alemania, atravesó el Rin y ocupó el Bajo Palatinado. El objetivo principal de esta operación no era desposeer al elector del Palatinado de su patrimonio mientras estaba ausente combatiendo en las batallas sin esperanza de los bohemios. Lo que se pretendía era salvaguardar la comunicación de los Países Bajos con las posiciones aliadas en Alemania y con las posiciones españolas en el norte de Italia, asegurando el control del paso del Rin.
La presencia de España en el Bajo Palatinado fue vista con malos ojos por los príncipes alemanes, incluso por los electores católicos y por el duque de Baviera, que había ocupado el Alto Palatinado y que pretendía conseguir el resto. Pero para España era un territorio de gran importancia estratégica, sobre todo teniendo en cuenta que la tregua con Holanda expiraba en abril de 1621 y que los españoles estaban decididos a permanecer allí hasta haber alcanzado la seguridad de los Países Bajos. En las primeras fases de la guerra alemana, el Consejo de Estado manifestó, en España, fuertes reservas respecto a una ayuda continuada al emperador. El dinero era muy necesario en los Países Bajos y no parecía tener mucho sentido apoyar las ambiciones del aliado del emperador, Maximiliano de Baviera. Pero en último extremo, se llegó a la conclusión de que España tenía demasiados pocos aliados en Europa como para permitir la destrucción de los Habsburgo austríacos y que tenía un interés especial, así como una obligación dinástica, en apoyar la causa imperial. Así pues, entre 1618 y 1640, en un período de pavorosas dificultades financieras, España destinó fondos sustanciales a la guerra en Alemania.25
La razón fundamental de la presencia española en Alemania hay que buscarla en los Países Bajos. Si la causa imperial y el catolicismo retrocedían en Alemania aumentarían simultáneamente el aislamiento y vulnerabilidad de los Países Bajos españoles. España deseaba que la frontera política de los Habsburgo y la frontera religiosa del catolicismo se mantuvieran más allá de los Países Bajos. Se acercaba el momento de la decisión, una de las primeras decisiones importantes que Olivares tenía que tomar. La recomendación desde Bruselas fue prácticamente unánime. Había que renovar la tregua de Amberes, pues con los recursos existentes era imposible salir victorioso de un enfrentamiento bélico. Esta era la política del archiduque Alberto y la que, después de su muerte en julio de 1621, siguieron propugnando su viuda Isabel y su experto en tenías militares, Spínola. Pero Olivares y sus consejeros en Madrid pasaron por alto sus puntos de vista, decisión que se considera un error. No se puede negar que la reanudación de la guerra contra Holanda constituyó un golpe demoledor para la economía española, pero la decisión de reanudarla no correspondió únicamente a España. También en las Provincias Unidas había un partido
24
Sobre la Valtelina y las líneas españolas de comunicación, véase Parker, The Army of Flanders and the
Spanish Road, pp. 69-77.
25
No existe un estudio completo acerca de la participación de España en la guerra de los Treinta Años, pero las relaciones españolas con los Habsburgo austríacos y con Alemania han sido bien estudiadas por Bohdan Chudoba, Spain and theEmpire 1519-1643, Chicago, 1952, pp. 229-261 [hay trad. cast.: España y el Imperio
(1519-1643), Rialp, Madrid, 1963]; la política española en el decenio de 1620 ha sido estudiada por R.
Rodenas Vilar, La política europea de España durante la guerra de Treinta años, 1624-1630, Madrid, 1967; y dos artículos de Peter Brightwell han supuesto una sustanciosa aportación al tenía, «Spain and Bohemia: The Decisión to Intervene, 1619», European Studies Review, 12 (1982), pp. 117-141; y «Spain Bohemia and Europe, 1619-1621», ibid., pp. 371-399.
favorable a la guerra, que encabezaba el príncipe Mauricio y que estaba formado por los extremistas calvinistas y los comerciantes de Amsterdam, deseosos de obtener beneficios en una guerra marítima de las colonias contra las monarquías ibéricas. De hecho, durante los años de tregua no habían perdido el tiempo y la ofensiva holandesa contra posiciones portuguesas en los trópicos continuó con la misma fuerza. Si tuvieron menos éxito en el imperio español ello no se debió a las inhibiciones holandesas, sino a las defensas españolas. Ahora, la perspectiva de una guerra declarada aumentaría las posibilidades de acción en las Indias Orientales y Occidentales.26 La reanudación de la guerra en los Países Bajos en 1621 no fue una decisión tomada de antemano. Los responsables políticos españoles debatieron todas las opciones posibles, de ampliar, renovar o poner fin a la tregua, o incluso de convertirla en una paz permanente, pero en ningún caso hubo una reacción positiva por parte de los holandeses, que conseguían, y esperaban seguir consiguiendo, beneficios económicos y financieros de España y de las Indias con independencia de si había o no una situación de guerra, pero especialmente en caso de conflicto. Lógicamente, la ofensiva colonial holandesa pesó decisivamente en la decisión española de reanudar la guerra. En 1588, Felipe II había enviado su armada contra Inglaterra para atajar en el origen los ataques más encarnizados contra su imperio ultramarino. De igual forma, en 1621 España reanudó la lucha contra los holandeses en parte para acabar con la más grave amenaza que se cernía sobre los imperios de la península ibérica. En ambos casos, los motivos son comprensibles, pero no lo son tanto los medios utilizados.
En la guerra contra Holanda siempre se habían mezclado motivos diversos. En los objetivos de guerra españoles estaban presentes tanto las cuestiones de soberanía como las religiosas y comerciales. Sin embargo, a partir de 1621, aunque sin renunciar a sus derechos de soberanía y religión, España comenzó a ver la guerra como lo que realmente era en ese momento, una lucha por la supervivencia económica y por la defensa del comercio americano. Era un conflicto que había que equilibrar por medio de embargos, bloqueos fluviales y acciones piráticas, y no mediante campañas terrestres y guerras de asedio, con el objetivo de destruir el comercio holandés y derrotar al enemigo por medio de una guerra económica.27 Parece que Olivares era consciente de ello y bajo su dirección España consiguió, en cierta medida, aumentar su poder naval en el norte y frenar las exportaciones y la navegación holandesas, pero lo cierto es que al ver obstaculizada su acción por políticas e intereses opuestos no pudo llevar a la conclusión lógica sus ideas estratégicas. Así, España continuó invirtiendo grandes cantidades de dinero en el mecanismo defensivo de los Países Bajos, dinero que habría resultado más productivo en la defensa marítima e imperial, pues, al menos en el caso del imperio español, se había demostrado que los holandeses no eran invencibles. El imperio portugués era el más vulnerable. Al expirar la tregua de Amberes se llevaron inmediatamente a la práctica los planes para la creación de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y en el curso del año 1623 los holandeses movilizaron una fuerza expedicionaria para lanzar un ataque contra Brasil. Los servicios de inteligencia españoles mantuvieron a Portugal perfectamente informado sobre los preparativos y el destino de los holandeses, pero era difícil defender la extensa línea costera brasileña —uno de los factores de disuasión para realizar una gran inversión en la defensa imperial— y en mayo de 1624 los holandeses capturaron Bahía consiguiendo un importante botín de azúcar y otros productos.28 Ahora
26
Sobre la ofensiva colonial holandesa, véase C. R.Boxer, The Dutch Seaborne Empire 1600-1800, Londres, 1965, pp. 25-27. Sobre las opciones que tenía España, véase Peter Brightwell, «The Spanish System and the Twelve Years' Truce», English Historical Review, 89, 350 (1974), pp. 270-292.
27
J. I. Israel, The Dutch Republic and the Híspane World, 1606-1661, Oxford, 1982, pp. 150-153.
28
que habían puesto el pie en Brasil, los holandeses eran una amenaza mayor para la América española.
Si América entraba en los cálculos de España a la hora de decidir su política en Europa, lo cierto es que también contribuyó al esfuerzo de guerra español. España entró en la guerra de los Treinta Años y reanudó el conflicto con los holandeses en condiciones favorables, al menos en uno de los sectores de su economía, el sector atlántico. El quinquenio 1616-1620 constituyó una especie de veranillo de San Martín para el comercio de las Indias, en el que los envíos de metales preciosos aumentaron de 43,1 millones de pesos en el quinquenio anterior a 49,8 millones.29 La corona no vio aumentar de igual modo su porcentaje, pero se benefició indirectamente del auge del sector privado y directamente de las confiscaciones de las consignaciones a particulares. En el período 1621-1625, los ingresos de la corona por este concepto se mantuvieron en el mismo nivel, mientras que los envíos a particulares descendieron en unos 3,5 millones de pesos, pero en general continuó el ciclo comercial favorable, con resultados notables para el esfuerzo de guerra español. En diciembre de 1621, la flota de Tierra Firme naufragó y se produjeron pérdidas importantes y al año siguiente la flota de Nueva España también experimentó pérdidas. Los envíos procedentes de América fueron, pues, escasos en los años 1622-1623 y, en consecuencia, las operaciones militares en los Países Bajos no fueron espectaculares. Pero en octubre de 1624, las dos flotas llegaron a salvo a España con una de las mayores remesas de metales preciosos en la historia del comercio de las Indias.30 No había problema alguno en el ejército español de los Países Bajos que no pudiera solucionarse con dinero. Ahora, Spínola, que podía contar con él, consiguió un éxito espectacular en mayo de 1625, al capturar Breda después de un asedio de 10 meses. Tal vez una prueba más patente aún de la revitalización española fue la formación y equipamiento de un escuadrón naval con base en Ostende y Dunkerque para librar una guerra marítima contra el comercio y la navegación holandeses, aunque finalmente tuvo que ser utilizado principalmente en una misión defensiva para proteger los convoyes españoles que atravesaban el Atlántico y el Canal de la Mancha.31
Igualmente vigoroso fue el esfuerzo de guerra español en América. Madrid reaccionó con prontitud ante la captura de Bahía, tal vez en razón de que se creía, como informó a Felipe IV el Consejo de Portugal, que el objetivo último de los holandeses «no era tanto el convertirse en dueños del azúcar del Brasil como de la plata del Perú».32 Esta coincidencia de intereses determinó un notable ejemplo de cooperación lusoespañola. Se organizó una fuerza expedicionaria conjunta de 52 barcos, con 12.566 hombres y 1.185 cañones, comandada por don Fadrique de Toledo, que atacó Bahía sin tardanza, obligando a la guarnición holandesa a rendirse el 1 de mayo de 1625, después de un mes de asedio. El contingente español completó este éxito persiguiendo al enemigo por el Caribe, y allí también los holandeses fueron rechazados, especialmente en Puerto Rico. Por supuesto, los holandeses aún no habían dicho la última palabra y durante los años 1626-1627 el escuadrón mandado por Piet Heyn causó considerables daños a los barcos portugueses en
29
Hamilton, American Treasure and the Price Revolution in Spain, pp. 34-35; Chaunu, «Seville et la
"Belgique" (1555-1648)», pp. 277, 291; Michel Morineau, Incroyables gazettes etfabu-leux métaux. Les retours des trésors américains d'aprés les gazettes hollandaises (XVI-XVIII siécles), Cambridge, 1985, p.
250.
30
A. Domínguez Ortiz, «Los caudales de Indias y la política exterior de Felipe IV», Anuario de Estudios
Americanos, XIII (1956), pp. 311-383, especialmente pp. 338-339.
31
Lefevre, Spinola et la Belgique, 1601-1627, pp. 82-83.
32
Citado en Boxer, Salvador de Sá, p. 55; véase ibid., pp. 56-66 para la reconquista de Bahía, y del mismo autor, The Dutch in Brazil, 1624-1654, p. 28.
el Atlántico sur. Pero, por el momento, las defensas navales españolas podían hacer frente a la amenaza y las flotas cargadas de plata continuaron llegando a España. Y todo ello a pesar de que España estaba en guerra con dos potencias navales.
Desde 1604, y más específicamente desde 1618, la paz con Inglaterra había sido uno de los objetivos fundamentales de la política exterior española, porque se pensaba que de ella dependía la seguridad de los Países Bajos y la posibilidad de que España tuviera las manos libres para intervenir en Alemania. Durante los primeros años cruciales de la guerra de los Treinta Años, España había neutralizado a Inglaterra gracias a las negociaciones para un posible matrimonio angloespañol, al amparo de las cuales Spínola había penetrado en Alemania, apoderándose del patrimonio del elector del Palatinado, cuñado de Jacobo I de Inglaterra.33 En 1624, cuando las negociaciones matrimoniales habían fracasado y los ingleses estaban convencidos de la mala fe de los españoles, la neutralidad inglesa era todavía más importante para España, que había visto aumentar sus compromisos en los Países Bajos, en Alemania y en el norte de Italia. Olivares veía con temor una guerra inminente. De hecho, sólo cuando apareció una flota inglesa a las puertas de Cádiz en el otoño de 1625, el gobierno español tuvo que aceptar la idea de una guerra con Inglaterra. Sin embargo, una vez iniciado el conflicto, Olivares y sus colaboradores se lanzaron a una frenética tarea de planificación y durante varios meses debatieron seriamente un proyecto para una invasión de Inglaterra a una escala aún mayor que en el reinado de Felipe II. Pero mientras los españoles debatían incongruencias, los ingleses las llevaban a la práctica. En Cádiz, con una fuerza de 90 barcos y 9.000 hombres, cometieron todos los errores concebibles. Permitieron que escapara la flota española procedente de las Indias, el ataque contra la ciudad fue mal dirigido y pudo ser repelido por las fuerzas locales y la operación