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Pedagogy and Student Learning Outcomes It is obvious, but worth mentioning, that a major factor

Al lector atento del De anima de Aristóteles las metonimias disciplinares no pueden resultarle extrañas. En un lugar decisivo y muy conocido del libro III se afirma, no en vano, con toda franqueza que “la ciencia en acto y su objeto son la misma cosa”1, y en otro se proclama sin rebozo que “tratándose de seres inmateriales lo que intelige y lo inteligido se identifican, toda vez que el conocimiento teórico y su objeto son idénticos”2. Una y otra tesis, obsoletas y quizá escandalosas para el lector contemporáneo, resultan para Aristóteles de lo más plausible y fácil de admitir. Que la epistéme haya alcanzado su enérgeia, es decir, que se haya desarrollado hasta la perfección que le es propia, significa que ha logrado saber aquello que le corresponde saber –su prâgma, objeto o asunto– y que lo conoce no meramente en potencia, sino de manera completa, cumplida y perfecta, es decir, que lo conoce del todo y no le queda nada por saber sobre él. Si la captación no hubiera sido perfecta, quedaría algo de prâgma, mucho o poco, sin aprehender, como cuando uno ve un árbol pero no lo ve del todo porque su vista no llega a algunas partes o no las ve todas al mismo tiempo. Sin embargo, la ciencia no obra igual que la sensación (aunque sea análoga a ella), y de la epistéme que no ha llegado a alcanzar su enérgeia no puede decirse que haya dejado fuera ninguna parte de su objeto; habrá partes del árbol que estén fuera de la vista, es decir, en un lugar al que la vista no llega, pero no hay ningún lugar fuera de la ciencia que a ésta se le hurte. Lo que ocurre cuando la ciencia es imperfecta es que algunas de sus partes, ciertos trozos de su propio interior, no se han desarrollado aún. Aquello que no se ha llegado a inteligir en acto está dentro del entendimiento, sólo que de manera potencial, y en ese caso se dirá que la ciencia (todavía parcial y rudimentaria) no coincide con su objeto; la coincidencia se efectuará cuando la ciencia se actualice del todo, es decir, cuando llegue a la perfección todo lo que tenía dentro de sí, y en ese momento resultaría absurdo afirmar que hay objetos de conocimiento no conocidos. La relación de la ciencia especulativa con su objeto no debe entenderse como la que hay, por ejemplo, entre la geografía y el territorio; en este último caso, la ciencia perfecta y el asunto sobre el que versa serán siempre entidades distintas (salvo quizá en la historia contada por Borges) porque el territorio es cosa externa al saber sobre él, pero en la ciencia especulativa no se da esa exterioridad, de manera que

su perfección será la coincidencia con el objeto, y decir que ciencia y objeto no coinciden equivale a afirmar que hay todavía dentro de la ciencia potencias sin actualizar, como el café que aún no ha subido hasta llenar la totalidad de la cafetera y por tanto no coincide con ella.

Pese a haber proporcionado durante siglos el modelo de todo conocimiento científico válido, la epistéme aristotélica es una provincia anómala y exótica de la república de las ciencias, casi una comarca sin administración y sin censo, de la que se ignora si está poblada y por quién podría llegar a estarlo. El régimen normal del conocimiento científico es el de un objeto externo a quienes lo conocen y al resultado de su actividad, y ésta es la razón de que las metonimias disciplinares sean metonimias; si la ciencia coincidiera con su objeto, una y otro podrían designarse con el mismo nombre, que no constituiría en manera alguna un tropo, sino la designación más propia de ambas entidades o, dicho con rigor, de la única entidad que una y otro son. Las ciencias o saberes que echan mano de metonimias disciplinares no son ciertamente como la epistéme de Aristóteles, pero las metonimias que emplean se fundan en la ilusión de que pueden parecerse a ese tipo de ciencia. Cuando se usa un tropo de manera consciente se supone que aquello que se dice no es literalmente cierto (no se habla de rubíes, de perlas o de estrellas con todas las de la ley; se habla de otras cosas, o se habla de ellas pero de manera anómala, sin hablar del todo de ellas y sin terminar de decir lo que se dice, o terminándolo pero suspendiéndolo a continuación), y así ocurre con las metonimias disciplinares. Sin embargo, éstas son metonimias muertas, fósiles o ciegas: los tropos de los que hablaba Nietzsche, “que se han desgastado y han perdido su fuerza sensible, monedas que se han desfigurado y ya no cuentan como monedas, sino como metal”3. Seguramente quien habla de la climatología adversa o quien dice haber recorrido la geografía española sabe que habla de manera un tanto especial –acaso se enorgullezca de lo que cree una expresión elegante, propia de los periodistas y de la gente de mundo–, pero no está claro que le suceda lo mismo a quien dice que cierto hecho está motivado por la historia o que fulano carece de moral o está falto de ética. Las metonimias disciplinares de la historia y de la moral son tropos muertos que no se reconocen como tales, y que además no pueden reconocerse si han de tener vigencia. De advertirse su condición de metonimias, la historia y la moral perderían toda la terrorífica santidad de lo absoluto, se convertirían en cosa relativa y variable, dependiente de ciertos relatos y de ciertas doctrinas, de accidentes tan azarosos como que las disciplinas delimiten su objeto a base de imponerle el nombre de la propia disciplina.

se adelantaba a quien quisiera criticar el uso de metonimias proclamando la total inocencia de dicho tropo. La metonimia no será nunca fuente de confusión porque la relación entre el término literal y el término trópico es tan estrecha e inmediata que pensar en el segundo es casi como pensar en el primero. Así, cuando se afirma que César ha devastado las Galias, que todo el mundo lee a Cicerón o que París está atemorizado, hay, dice el padre Lamy, “un vínculo tan grande entre el jefe y su ejército, entre un autor y sus escritos, entre una villa y sus ciudadanos, que no puede pensarse en lo uno sin que se presente de inmediato la idea de lo otro, de modo que este cambio de nombre no causa confusión alguna”4. Pero las metonimias no siempre son tan candorosamente inocentes. La proximidad de los conceptos es a menudo un tanto truculenta; hay, no en vano, proximidades que matan.

La metonimia, hipálage o denominatio ha tenido diversas definiciones en la historia de la retórica, aunque la mayor parte de ellas son deudoras de las de Cicerón y la Retórica a Herenio. Así, esta última llama denominatio a “la figura con la cual tomamos de elementos próximos o vecinos una expresión que permita comprender algo que no haya sido designado con su propio nombre”5, mientras que Cicerón caracterizó la hypallagé o metonymía de los rétores y gramáticos griegos como “palabras cambiadas” (uerba mutata), en oposición a las “palabras transferidas” (uerba tralata) de la metáfora; así, la metáfora transfiere el significado de una palabra a otra por semejanza (per similitudinem), mientras que la metonimia cambia la palabra propia por “otra que signifique lo mismo tomada a partir de algo que se siga de ella (ex re aliqua consequenti)”6. Si la metáfora es un salto hacia lo semejante, la metonimia es una suerte de corrimiento o deslizamiento que no reconoce los límites fijados de las cosas y se apropia de lo que está al lado. En el árbol de Porfirio, una metáfora consiste en injertar en una rama un trozo de otra muy lejana aunque parecida por su aspecto, mientras que una metonimia consiste en atar una rama a la más próxima. De hacer caso a Lamy, las metonimias se revelan siempre como tales, dan la cara y no ocultan su condición. Nadie creerá que ha sido César en persona quien ha devastado las Galias, porque una persona sola no está en condiciones de acometer un empeño así; de modo que, al ver la metonimia, el entendimiento se dirige de manera inmediata, sin necesidad de pararse a pensarlo, hacia aquello de entre lo más próximo a César que sí es capaz de devastar las Galias, a saber, su ejército. La metonimia es lícita porque el movimiento recién descrito resulta completamente natural; quien creó el mundo puso las cosas unas junto a otras para facilitar que nos expresáramos con metonimias, pero las distinguió lo bastante para que, cada vez que lo hiciéramos, nos diésemos cuenta de que cometemos metonimia y

de que nos conducimos de manera anómala.

Muchas de las metonimias más habituales son en realidad catacresis de metonimia. Se llama catacresis (es decir, uso de algo más allá de lo propiamente debido o correcto, o sea, abuso: abusio es el nombre de la catacresis en latín) al fenómeno que se da cuando no existe ninguna palabra que designe propiamente cierta cosa y se echa mano de una metáfora, una metonimia o una sinécdoque para colmar la laguna (aunque aquí las lagunas sean sólo metafóricas). Si hubiese un término que designase el estrechamiento de una botella en su parte superior o las apoyaturas que, colocadas encima del suelo, sostienen una mesa o una silla, no hablaríamos del cuello de la botella ni de las patas de la mesa o de la silla –que son dos casos muy claros y hasta triviales de catacresis de metáfora–, pero el lenguaje humano es con frecuencia más menesteroso de lo que debiera, y necesita abusar de palabras que se concibieron con otros propósitos, como cuando se emplean los calcetines para guardar el dinero o se aloja a los huéspedes en la habitación que fue del servicio. Quien lea los ejemplos de catacresis de metonimia dados por Pierre Fontanier en Les figures du discours –una de las sistematizaciones más notables de toda la historia de la retórica, publicada entre 1821 y 1830– se encontrará con casos tales como “un Rubens” o “un Miguel Ángel” (por los correspondientes cuadros, claro está), “una máscara” (por el enmascarado) o “la toga” (por las gentes del derecho), “la Corte” (por los cortesanos), “la Comedia” (como designación del edificio y no de lo representado en él) o “la Maternidad” (también como edificio)7. Hay dos ejemplos de Fontanier a primera vista extraños: el del colegio y el del tribunal. Lo primero que conviene señalar a este propósito es que ninguno de los dos casos tiene, por lo menos en nuestra época, apariencia de metonimia; no suenan a lenguaje figurado (Fontanier tituló, no en vano, el capítulo correspondiente “Des tropes comme pures catachrèses, et, par conséquent, comme non vraies figures”)8 y su aspecto no indica nada que se aparte del lenguaje literal. Sin embargo, llamar tribunal al conjunto de los jueces o examinadores que juzgan sobre un asunto es propiamente una metonimia de continente, que designa al grupo de personas o a la institución que forman con el nombre del lugar donde, expuestos a la mirada pública, se reúnen para juzgar. De manera inversa, “colegio” constituye una metonimia de contenido, que designa cierto edificio con el nombre de la corporación de maestros que tiene a su cargo determinadas enseñanzas en aquel lugar (aunque “colegio” designaba en realidad, y sigue haciéndolo, más tipos de corporaciones)9.

Lo cierto es que nadie lleva a cabo razonamientos así cuando se refiere a un tribunal o a un colegio, y sería bastante difícil que ocurriese ya que, por lo general, nadie

recuerda cuál era el sentido originario y literal del término en cuestión. Se trata de metonimias muertas o fósiles, como suele llamárselas, o por lo menos mortecinas, moribundas o agonizantes. Otra calificación para estas metonimias –y en general para las expresiones trópicas cuando se usan como lenguaje literal– podría ser, sin duda, la de ciegas: son tropos que no se ven a sí mismos como tropos y que ocultan su condición (si vale la prosopopeya), aunque acaso la mejor calificación es la de metonimias desfiguradas10. Aquí se rompe con el mayor estrépito lo que Lamy veía en las metonimias: ya no es que sea transparente o inmediata –como quería Lamy– la relación entre el término trópico y el propio, sino que no hay término literal alguno y así el trópico puede pasar por literal sin que eso produzca ningún tipo de extrañeza: “tribunal” y “colegio” se toman como los nombres naturales del tribunal y del colegio, y se necesitaría un violento ejercicio de anámnesis social para poder recuperar aquel significado literal originario, y captar entonces no la relación entre lo literal y lo trópico, sino la que hay entre una palabra que funcionaba literalmente y un objeto desprovisto o exento de palabra.

Esta suerte de olvido de la condición metonímica de un término no está determinado, sin embargo, por el hecho de que se trate de una catacresis. Si lleva razón Fontanier en que “la Comedia”, “una máscara” y “un Rubens” son catacresis de metonimia, no parece que eso obligue a calificarlas de metonimias muertas, ciegas o desfiguradas. Ni todas las catacresis son ciegas ni todos los tropos ciegos son catacresis. Lo que distingue propiamente a estas últimas es, como ya se ha señalado, su carácter supletorio o auxiliar, esto es, el hecho de que, si no se hubiera echado mano de un término que se usaba para designar otra entidad, entonces la entidad designada habría quedado sin denominación, no sería tal o cual cosa, sino un mudo o balbuciente “esto”. Son tropos a la fuerza y por necesidad (inopiae causa, según los términos de Cicerón)11, no como los demás, que siempre están movidos en mayor o menor medida por una intención lúdicra, suntuaria o de ornato (suauitatis causa)12. Pero lo que distingue a los tropos muertos, fósiles o ciegos es precisamente el olvido de su condición trópica, el que se empleen sin conciencia de que son tropos y sin advertir en su significado ningún carácter excepcional o anómalo, aunque debe señalarse que, desde luego, dicha “conciencia” no es un fenómeno privado, acontecido en profundas interioridades; el señalar algo como un tropo y el retirarle esa condición pertenece a las capacidades comunes de los hablantes, entre las que se encuentra, desde luego, la de detectar la condición anómala de cierta palabra y también la de decidir que esa anomalía no impide su uso porque lo convierte tan sólo en un uso anómalo13.

Que no todas las catacresis son tropos desfigurados ni todos los tropos desfigurados son catacresis puede ilustrarse con los dos ejemplos que vienen a continuación. Si se piensa en el ala radical o en la moderada de un partido político, grupo de presión o escuela de doctrina, resultará claro que la palabra “ala” funge como una metáfora muerta. En efecto, nadie imaginará en ningún rincón de la mente que el partido es como un ave ni que vuele, ni habrá inconveniente, llegado el caso, en atribuirle más de dos alas –cosa muy difícil o quizá imposible si la metáfora estuviera viva–, ni tampoco se pondrá en relación la cuestión de las alas moderada y radical del partido con el asunto de si éste vuela muy alto o muy bajo en los pronósticos electorales o con el de si tal o cual dirigente es persona de altos vuelos (el vuelo del partido, por el contrario, es una metáfora viva cuyo empleo exige pensar al mismo tiempo en aves, ángeles o aviones, pero rarísimamente en las alas del partido, a las que es ajeno cualquier componente volador). Ahora bien, no parece claro en absoluto que “ala” constituya aquí catacresis, pues basta con pensar en las palabras “sector” o “facción” para darse cuenta de que aquello que quería designarse no está ayuno de claras y adecuadas denominaciones14.

Para hallar una catacresis que no está muerta ni desfigurada, piénsese en los dos componentes que se hacen encajar en un enchufe y a los que se suele designar como “macho” y “hembra”. Se trata sin duda ninguna de una catacresis de metáfora, pues de no haberse producido la extensión o abusio de significado a partir de los nombres de los dos sexos (considerados a partir de su disposición para la cópula), no se tendrían denominaciones separadas para cada una de las partes del enchufe. Pero eso no implica en absoluto que el macho y la hembra del enchufe sean metáforas muertas. Algo francamente extraño debería ocurrir para que un hablante olvidase la condición metafórica de estas dos palabras, un olvido que podría implicar, no en vano, la posibilidad de confusión entre la una y la otra. En efecto, se trata de un par de términos diferenciados y opuestos que en modo alguno podrían intercambiarse entre sí, y la imposibilidad de confusión depende de que el hablante tenga presente un contexto en que la relación entre el macho y la hembra no es la de las dos partes de un enchufe, sino la que se da en la cópula entre los dos sexos de los animales superiores. Que en algún grado y medida debe tenerse presente ese contexto literal resulta claro no bien se repare en lo que le ocurriría a quien confundiese uno con otro el macho y la hembra del enchufe. Nótese lo difícil que resulta imaginar a alguien confundiendo de manera pertinaz el macho del enchufe con la hembra o titubeando sobre el particular. La rareza de esa confusión o vacilación proviene sin duda de que no se trataría de un error ordinario, sino claramente debido a no haber relacionado el significado metafórico con el literal, una

relación que no parece suscitar ninguna posibilidad razonable de titubeo, salvo para quien desconociese del todo las funciones del macho y la hembra en la cópula sexual. Si el error resulta tan poco verosímil es porque se supone que el hablante se traslada él mismo al otro contexto cada vez que habla de enchufes y no puede dejar de tomar este contexto en consideración15. Compárese lo anterior con el uso de la expresión “apretar los machos”, una metáfora ciega en la que el significado literal ha quedado olvidado del todo y es un enigma para la mayor parte de los hablantes. Pero la hembra y el macho del enchufe son catacresis que para poder usarse necesitan avisar a gritos de su condición de tropo. Puede haber, desde luego, catacresis estando el tropo en carne viva.

Es útil comparar los tropos desfigurados con las transposiciones infantiles que ha estudiado Rafael Sánchez Ferlosio en su escrito sobre este asunto16. Cuando la niña a la que se refiere Ferlosio llama “afluente” a la bocacalle que va a parar a una vía principal, “tubería” al camino por el que un gusano ha tenido que abrirse paso para penetrar al interior de la manzana, o “gato” al tigre visto por primera vez en la casa de fieras17, no hay ciertamente metáfora en el sentido habitual, porque la transposición no ha tenido en cuenta la existencia de esferas de significado separadas entre las cuales cupiera un