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Perceived behavioural effects of earnings falling below the Minimum

6 The Minimum Income Floor

6.4 Perceived behavioural effects of earnings falling below the Minimum

Las reflexiones sobre la construcción de la historia de las mujeres en España han acompañado a la propia producción histórica iniciada en la segunda mitad de los años setenta del siglo XX. El feminismo de la Transición española actuó como impulsor del comienzo de una nueva narración histórica. Archivó las primeras crónicas sobre sus agendas y acciones y se dispuso a recoger las primeras fuentes y documentos sobre las que seguimos trabajando.187 Las historiadoras asumieron el reto de “romper” con su formación inicial, positivista o marxista y determinaron construir un nuevo discurso histórico Pero éste sólo era posible en un marco epistemológico propicio.

Los primeros avances siguieron desarrollándose con la metodología histórica de corte neopositivista, obviando la necesaria transformación de las fuentes. Esto sólo añadía datos a las informaciones anteriores pero no cambiaba el sentido de la historia. Más

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EL COLECTIVO 36 (1982, 333-364) en Mujer y Sociedad en España, 1700-1975.

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adelante conceptos como patriarcado, androcentrismo e incluso “lo personal es político”, entre otros, alentaron la visibilidad de las mujeres en las luchas por el progreso social y político y en defensa de sus derechos. Es la fase que se ha llamado de “historia contributiva”. Las acciones de las mujeres recibían su justa medida, también habían participado en la construcción de las civilizaciones y culturas. A medida que la teoría feminista sesentaiochista iba elaborando la secuencia lógica de la opresión y los caminos para la liberación, la historia de las mujeres fue insertándose en la corriente renovadora de la historia social que obligaba a plantearse nuevos interrogantes sobre la vida de las mujeres y a buscar explicaciones que hicieran cambiar el rumbo del discurso histórico. Para ello tanto la teoría feminista como la historia de las mujeres se dotaron de nuevos conceptos: el sexo, la clase, el género como categorías de análisis y comenzaron a cambiar los caminos de la historia en una poderosa transformación que llega hasta nuestros días.188

En sus comienzos, entre la segunda mitad de los años setenta y los comienzos de los ochenta del siglo XX la historia de las mujeres en España estuvo relacionada con la historia social, influida por el marxismo y por la situación política general del país en el que se abría un proceso democrático, y además, recibió las primeras influencias teóricas y metodológicas del exterior. El devenir histórico de España se interpretaba, tanto el siglo XIX como el XX, como una “larga sucesión de fracasos”: de la revolución liberal, como la industrial, la económica y la cultural; de tal manera que la agudización de la lucha de clases había llevado inevitablemente al enfrentamiento fratricida de la guerra civil.189 Las primeras investigaciones tuvieron como referencia la Segunda República y la Guerra Civil, un espacio privilegiado para hacer visibles a las españolas y en donde se habían conquistado los derechos negados durante el período liberal. En este contexto se entienden las primeras aportaciones tanto de historiadoras españolas como Mary Nash, Rosa Capel y Amparo Moreno, como de hispanistas como Geraldine Scanlon, Giuliana di Febo, y escritoras y periodistas como Aurelia Capmany, Carmen Alcalde y Teresa Pamies referidas a estos períodos.190

También desde comienzos de los años ochenta del siglo XX se incorporaron algunos aspectos de la llamada “nueva historia de la mujer” fruto del diálogo mantenido entre el feminismo y la historia social a lo largo de la década anterior. En 1982 Mary Nash había planteado una reflexión sobre la consideración de las mujeres como “grupo 188 MaryNASH (1982). 189 MaryNASH (1991, 139). 190

social específico” que permitía hablar de aquélla “nueva historia”. Esto lo hacía en el contexto de las I Jornadas Interdisciplinares convocadas desde la Universidad Autónoma de Madrid que contaba con la presencia de la contribución de otras ciencias como la Demografía y la Sociología sobre todo. Era una llamada al hecho de que la renovación de los estudios de las mujeres debía ir unida inexorablemente a un cambio general en la construcción de la ciencia y a la incorporación de nuevas reflexiones sobre la familia, el hogar, el espacio de lo “privado”. El concepto clase debía ser revisado y puesto en relación con otros.191 Resalta, en este sentido, la influencia del artículo de Temma Kaplan escrito en el año 1982 y publicado en España en 1990 “Conciencia femenina y acción colectiva: el caso de Barcelona, 1910-1918” asociado a las experiencias de participación política de las mujeres relacionadas con las tareas domésticas tradicionales. Para esta historiadora existían diversos caminos por recorrer, que transcurrirían desde las culturas específicamente femeninas a las feministas. Aspectos como el señalado siguen siendo objeto de interés, sobre todo en lo que atañe a la búsqueda de identidades plurales y heterogéneas femeninas/feministas en las culturas políticas de izquierdas y de derechas.192

Pero, como señala Mónica Burguera aún en los años ochenta se seguían dos líneas de interpretación respecto a la presencia y el protagonismo de las mujeres en la historia española. Una era la referida a su escasa relevancia en las luchas a lo largo del siglo XIX dada la debilidad las clases medias y el peso del catolicismo, línea iniciada con la publicación de Geraldine M. Scanlon La polémica feminista en la España Contemporánea (1976) y seguida por la Concha Fagoaga en La voz y el voto de las mujeres. El sufragismo en España, 1877-1931 (1985). Otra era la que ponía en relieve cómo las mujeres no sólo tuvieron presencia en los partidos políticos y en los sindicatos, sino que además se insertaron en el contexto social y del trabajo haciendo un conjunto de tareas “transgresoras” que contribuyeron a la construcción de una conciencia feminista y a su inserción en la movilización social.193 Esta línea se percibe desde los primeros trabajos de Mary Nash y que continúan con otro conjunto de investigaciones, en las que están presenten nuevos avances teóricos.194

Las primeras influencias y reflexiones sobre la historiografía francesa se producen en los comienzos de los años ochenta del siglo XX relacionadas con la

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Mary NASH (1982, 27).

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Mónica MORENO SECO (2005b) y Ana AGUADO (dir.) (2009).

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Mónica BURGUERA (2006, 183) en Joan Scott y las políticas de la historia.

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variable de relación entre los sexos como hilo argumental explicativo de la historia. La introducción del concepto de género fue más tardía. Mientras que aún subsistían las variables de victimización y subordinación, cuestiones que se superarían, circulaban propuestas que trataban de explicar las relaciones entre los sexos como línea argumental básica.195 Pero esto no estuvo exento de dificultades. Las primeras “debilidades” se detectan, a juicio de Arlette Farge, en una preocupación por los temas que tradicionalmente afectaron las mujeres, el cuerpo, la maternidad, la sexualidad, la subordinación y opresión de las mujeres, sin análisis precisos:

Cuando analizamos a través de qué mecanismo y qué mediaciones concretas y simbólicas se ejerce la dominación masculina, comprobamos que, en general, tal dominación no se da de una manera frontal, sino a través del sesgo de definiciones y redefiniciones de estatutos o de papeles que no conciernen únicamente a las mujeres, sino al sistema de reproducción de la sociedad entera.196

Dicho en otras palabras, lo que les pasaba a las mujeres era un signo evidente de cómo funciona una sociedad, pero había qué descubrir los mecanismos de la discriminación misma sin hacer afirmaciones tautológicas. La relación entre los sexos permitió definir las categorías de lo masculino y lo femenino, ver su variación en el tiempo así como detectar si se habían producido conflictos, rivalidades y si había posiciones de poder por consentimiento, por oposición o por consenso. Si bien la cultura femenina se había desarrollado en un sistema desigualitario, había que analizar la relación “con el otro sexo, con el grupo social, con el contexto político y económico, con el conjunto del dominio cultural”¸ se hacía necesario “comprender los engranajes y especificidades según los sistemas históricos” y analizar el pensamiento de las feministas que “hacen historia de las mujeres antes que las historiadoras mismas”. En este sentido Arlette Farge planteaba una buena hipótesis de trabajo:

Debe (re)pensarse la historia misma, preguntándose cosas fundamentales que afecten a la vida de las mujeres y la relación entre los sexos es una de ellas. (…) Trabajar sobre las eventuales modificaciones de los sistemas de representaciones vigentes, (…) así conceptos como igualdad, opresión pueden hacer cambiar los esquemas interpretativos; ir hacia delante y hacia atrás, rompiendo los tradicionales esquemas cronológicos, rompiendo el esquema de ‘progreso’.197

Este concepto de relación entre los sexos preocupó a alguna de nuestras historiadoras, que han estado bastante cercanas a la tradición francófona. Así Isabel Morant se

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Arlette FARGE (1991, 80), también Françoise THÉBAUD (2009) en Nuevas rutas para Clío. El impacto de las teóricas francesas en la historiografía feminista española.

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Arlette FARGE (1991, 90).

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considera deudora de la influencia francesa y reflexiona la importancia que han tenido Coloquios celebrado entre los años ochenta y noventa del siglo XX, tales como de Ruan en 1984: L’histoire des femmes est-elle posible?, o el celebrado en 1997: L’historie sans les femmes est-elle posible?, que han propiciado la consolidación de la historia de las mujeres con denominación propia y la vindicación sobre su inclusión en la historia general, potenciando así el cambio en el discurso histórico.

A la vez que la historiografía francesa introducía en España un marco interpretativo sobre el que se reflexionaba y permitía avanzar teórica y metodológicamente, en el ámbito anglosajón, desde mediados de los años ochenta del siglo XX, surgía la llamada nueva historia cultural, fruto de la reflexión sobre la propia historia social y, a su vez, de la conexión entre distintas disciplinas como la antropología, semiótica y crítica literaria, entre otras:

Esta nueva historia cultural cuestionaba la asunción de que las identidades derivan exclusivamente de referentes sociales externos al lenguaje y demostraba que éstas se forman y redefinen a partir de un sistema de representaciones en el que el lenguaje (los conceptos y los símbolos) y sus referentes están sometidos a un continuo proceso de mediación mutua.198

Las relaciones entre los sexos se podían complejizar aún más dado que podría existir una continua (re)elaboración del discurso histórico perdiendo en este proceso la ansiada “objetividad” que había sido uno de los principios fundacionales del saber científico moderno. Se entraba en la postmodernidad. En 1988 la historiadora Joan Scott teorizó sobre la necesidad de buscar otras categorías que explicasen la posición de los grupos excluidos en la historia y así comenzó a fraguarse el concepto de género y su aplicabilidad en el discurso de la historia.199 Debemos a Mary Nash la incorporación de las ideas defendidas por Scott y a nuevos avances teóricos y metodológicos en la historia de las mujeres. La publicación de 1990 de Amelag y Nash avanzaba algunas ejemplificaciones sobre la virtualidad de la utilización del género “como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos”.200

En 1994, Mary Nash nos recordaba que se hacía necesario contemplar la pluralidad de los feminismos, y en concreto aquéllos que no estaban asociados al feminismo de la igualdad. La pluralidad de acciones individuales y colectivas de

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Mónica BURGUERA (2006, 183) en Joan Scott y las políticas de la historia.

199

Nos referimos a Gender and the Politics of History (1988) y publicado en Columbia University Press, New York, vid. Mónica BURGUERA (2006, 209) en Joan Scott y las políticas de la historia

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Joan W. SCOTT (1990, 44) en Historia y género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea.

muchas mujeres desde la segunda mitad del siglo XIX no podía pasar inadvertida y debía integrarse en el discurso general de la historia. Por ello, el género permitía obtener información relevante sobre algunas de las subordinaciones no suficientemente explicadas, así como entender la elaboración de los discursos sobre los propios modelos de diferencias entre los sexos y su interrelación. Se podía avanzar en la construcción de los feminismos históricos dotándolos de un dinamismo que permitiría influir sobre la propia configuración de la historia.201 El “género” superaba al concepto de clase utilizado por la historia social, en este sentido: “las aportaciones de Scott nos servían para mostrar las insuficiencias de la clase como exclusiva categoría analítica en la historia de las mujeres” y, sobre todo, se destacaba la importancia de la (re)lectura de las fuentes y documentos del pasado pudiendo acercarnos posturas más “deconstruccionistas”.202 Estas reflexiones teóricas no podían hacer olvidar las dificultades para adecuarlas a la realidad de las investigaciones enormemente influidas por la historia social en nuestro país. En palabras de Mónica Burguera:

(…) La historia feminista en España sólo ha comenzado a responder a la necesidad de ‘reescribir la historia’ a través de un cuestionamiento profundo de las categorías analíticas tradicionales y de las bases epistemológicas sobre las que se ha construido el conocimiento histórico tradicional.203

Así, en los años noventa del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI se sigue reflexionando sobre la virtualidad de la nueva historia cultural, asociada a la categoría “género” y al “giro lingüístico o cultural” que inciden en la necesidad construir significados que expliquen la formación de identidades de clase, de género, de raza o de nacionalidad que se forman en un sistema de representaciones en el que el lenguaje es el contexto de intermediación. Afirma Elena Hernández Sandoica que la introducción de la categoría de “género” no siempre se ha interpretado bien. Considera que la metodología que este concepto había introducido “distaba mucho de estar normalizada”:

Porque el método que aquél exige no lleva a la reconstrucción de un todo sin aristas, sino, muy al contrario, a la más explosiva exasperación de esas aristas, a la abierta exhibición de las piezas quebradas, quedando abierto el asunto a tratar.204

Porque cuestiona las raíces del poder, social, familiar, sexual y sobre todo:

201

Mary NASH (1994).

202

Rosa MaríaCID LÓPEZ,(2006b, 63, 65).

203

Mónica BURGUERA (2006, 197) en Joan Scott y las políticas de la historia.

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(…) la formación psicológica del sujeto-mujer como una “operación social del poder” (…), y al desigual reparto del poder entre los sexos. Pretende hacerse con este espacio amplio, profundizando en la creencia en la autonomía personal afectiva de las mujeres sin descuidar, no obstante, aquel otro frente (la mujer en el del cambio político y social) cuyo análisis venía inspirado directamente por el feminismo.205

Por otro lado, las situaciones heterogéneas de las mujeres en el mundo actual hacen que raza, etnia, nacionalidad, clase: “permeabili(cen) y condicio(nen) de manera diferenciada y específica las experiencias femeninas, individualizándolas en consecuencia y haciéndolas irreductibles al concepto único de género”. No cabe duda de que la subjetividad es un campo de experimentación importante tanto para los sujetos (personas) como para quienes investigan a tal punto que la voz y la palabra de aquéllas adquieren identidad al igual que la de quienes investigan. En esa construcción de la identidad influye la pertenencia a un sexo u otro y “se experimenta y se recuerda de manera condicionada por el género”; “la memoria y sus formas son diferentes en hombres y en mujeres, lo cual incide incluso en distintas formas gramaticales de expresión”, de ahí la relevancia de la historia oral y de las autobiografías.

La experiencia de ser mujer (la experiencia de un “género” propio, distintos subordinado al varón histórica y culturalmente hablando) resultaría ser en lo más íntimo, pero también de modo general, una fuente de conocimiento de lo concreto y particular.. (…) Esa experiencia (…) incide plenamente en el lenguaje expreso y en toda forma concreta de atribución de significados existente, en directa correspondencia –se sostiene- con las especificidades cognitivas que se derivan de la subjetividad. 206

Por ello, abordar en todo su significado el cambio teórico y metodológico influido por la nueva historia cultural, por las categorías de “género” y del “giro lingüístico” ha introducido nuevo retos en la construcción del discurso histórico en la historia de las mujeres en España, en la que pesa aún la influencia de la historia social, y por tanto, esta circunstancia no está exenta de polémicas. La historiadoraAna Aguado defiende la historia de las mujeres como una historia social, sin renunciar a la necesidad (re)construir la historia general que cuente con la voz y la experiencia de las mujeres. Defiende, en este sentido, que la historia de las mujeres ha evolucionado paralelamente a la propia historia social, ha construido categorías propias: género, clase, raza, identidades y subjetividad en un proceso relacional con significado propio.207 Ana Aguado se hace eco de los posibles “excesos” postmodernos “relativos a la reducción de

205

ElenaHERNÁNDEZ SANDOICA, (2004, 45) en La historia de las mujeres: una revisión historiográfica.

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ElenaHERNÁNDEZ SANDOICA, (2004, 53) en La historia de las mujeres: una revisión historiográfica.

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todo análisis histórico a lo discursivo”. Se muestra partidaria de unir el análisis del lenguaje y sus representaciones ideológicas a “la realidad y las prácticas de vida de las mujeres concretas de diferentes sectores sociales; insistiéndose en la necesidad de estudiar también, por tanto, las condiciones de vida, materiales y sociales, determinadas históricamente”:

En la realidad histórica, en la vida cotidiana y en las prácticas de vida, las mujeres han protagonizado experiencias heterogéneas que han ido desde la recepción y transmisión de los modelos de género hegemónicos, a su transgresión, pasando por al apropiación y reelaboración de estos modelos en función de sus intereses. Este planteamiento abre, en efecto, más posibilidades analíticas para la historia toda, y cuestiona excesos teoricistas y desconstruccionistas, insistiendo en la necesidad de avanzar en la investigación empírica, histórica, de las relaciones y experiencias de género, inmersas en un contexto histórico concreto y real”.208

La historia de las mujeres puede utilizar el género como categoría analítica en las diferentes relaciones de poder, clase, sexo, identidades, en espacios públicos, privados y abordar aspectos como el trabajo, la educación, la ciudadanía, en un proceso de pacto, de relaciones entre iguales/desiguales, considerando así que las propuestas foucaultianas de la idea de poder como transformación y como alternativa, siempre sometido a procesos de negociación, contradictorios e inestables, pueden ser aplicables desde una historia social en evolución.

En la otra vertiente hacia la que ha derivado la nueva historia cultural se están produciendo importantes debates teóricos y metodológicos relacionados con el postmodernismo y la historia post-cultural.209 Los espacios más proclives a la influencia postestrucutralista son analizados por Miren Llona en “Memoria e identidades. Balance y perspectivas de un nuevo enfoque historiográfico”.210 Señala la historiadora que autores como Walter Benjamin cuestionaron la objetividad de la historia, así como el afianzamiento de la idea de progreso, de tal manera que realizando un recorrido del presente hacia el pasado y viceversa, ese encuentro dialéctico permite encontrar la “verdad” histórica. En este proceso tiene gran importancia la construcción de la memoria y de las identidades. Las historiadoras feministas han realizado, entre otras tareas, una revisión crítica de los textos históricos tradicionales, cuestionando el androcentrismo y sacando a la luz del protagonismo de las mujeres. En este sentido