Alrededor de mis treinta años, padecí una dolorosísima lumbalgia que me acompañó por largo tiempo. El diagnóstico médico fue un principio de hernia de disco presumiblemente debido a una pequeña malformación, una hemisacralización congénita que se observaba en imágenes en la quinta vértebra lumbar. El tratamiento propuesto a lo largo de los distintos episodios agudos consistió en inmovilización con un corsé, medicación analgésica y antiinflamatoria —a veces con infiltraciones—, aplicación de calor (según un médico) y de frío (según otro), y una posible intervención quirúrgica si la condición empeoraba. Con excepción de la cirugía, seguí todas las indicaciones, a las que sumé, entre otras, sesiones de quiropraxia, acupuntura, homeopatía y
psicoterapia.
En medio de este escenario —dolorido, desanimado y frustrado por los pobres resultados obtenidos con ayudas externas—, decidí realizar un diálogo con mi propio cuerpo.
Paso 1
Imaginé a mi cintura adolorida frente a mí, y cuando quise visualizarla me sorprendí por la imagen que apareció: una gigantesca serpiente de afilados colmillos a punto de clavarse en mi zona lumbar.
Expresé mi bronca hacia la serpiente y la culpé por mis dolores y por los trastornos que producía en mi vida, en particular por la enorme cantidad de sesiones que había tenido que suspender en mi consultorio y por las otras actividades que mi dolor me impedía realizar.
Paso 2
Cuando cambié a la segunda posición y quise personificar a mi adolorida cintura, comprobé que la cintura y la serpiente se habían fundido en un mismo ser: mi cintura y la serpiente eran un mismo y único personaje. Experimenté una sensación de
enorme poder. La cintura-serpiente-poderosa ubicada en (B), veía al Gabriel ubicado en (A) como a un ego exigente, controlador y arbitrario que debía combatir. Por momentos, veía a Gabriel como a una pobre víctima aquejada de dolores; y por otros, como a un cruel victimario que intentaba guiar mi vida de una manera insensible y arbitraria, forzándome por caminos que me producían temor. Cuando lo veía como víctima, aumentaban mis deseos de serpiente de infringirle mayor dolor encarnizándome sobre él. Cuando lo veía como victimario, necesitaba defenderme desesperadamente con todas mis fuerzas.
Paso 3
Desde el lugar de observador pude ver cómo la serpiente, a través de los dolores de espalda, buscaba defenderse de un Gabriel controlador que se forzaba a realizar actividades que lo atemorizaban. Frente a un Gabriel insensible a sus temores, la serpiente evitaba esas situaciones inmovilizándolo en la cama.
Paso 4
Al regresar al lugar de Gabriel, comprendí la intención positiva de la serpiente. Acepté que había situaciones que me atemorizaban, pero yo creía estar preparado para enfrentarlas y le exigí que me permitiese hacerlo, retirándose y dejando de producir el dolor.
Paso 5
Nuevamente como serpiente, acepté el reconocimiento de Gabriel, pero sentí que no podía irme de allí. Había algo que Gabriel todavía no veía y yo, como serpiente, tampoco. Me daba cuenta de que estaba protegiendo algo aunque no sabía qué.
En ese momento, mi serpiente comenzó a disolverse y en su lugar fui asumiendo el dolor de cintura. Experimenté el dolor como algo duro y caliente por fuera que escondía algo más blando en su interior… como un caparazón que estaba protegiendo algo muy sensible y delicado. (En una experiencia posterior descubrí que aquello sensible y delicado que protegía era mi médula espinal).
Paso 6
Como observador reconocí ese aspecto sensible y delicado de Gabriel y pude ver que él no se hacía mucho cargo. Estaba en una etapa de su vida muy expansiva tanto en lo laboral como en lo personal y avanzaba como una locomotora…, a veces en marcha forzada. Sólo se detenía cuando el dolor lo paralizaba. Me di cuenta de que esa forma de avanzar no era buena para él, y de que esa forma de detenerse forzado por el dolor, tampoco.
Paso 7
Como Gabriel, me sentí confundido y conmovido al mismo tiempo. Corporalmente, me relajé y descubrí que ya no experimentaba enojo. Miré a mi espalda con otros ojos. Sentí que era cierto todo lo que estaban expresando la serpiente y el observador. El diálogo siguió por el sendero de tratar de percibir cuál era ese aspecto delicado y sensible que no estaba registrando y de qué manera más ecológica podría cuidarlo. Cambié de posiciones varias veces continuando ese diálogo.
La serpiente-espalda también se ablandó y me hizo saber que si yo podía contemplar ese aspecto y cuidarlo de una buena manera, no iba a ser necesario que siguiera clavándome sus colmillos.
Paso 8
Me paré en medio de los personajes con los ojos cerrados. Me sentí tranquilo y con una sensación de paz y reconciliación interior. Seguía conmovido y percibía una cierta fragilidad: mi descubrimiento mismo era sensible y delicado, y debía tratarlo con mucho cuidado. No sabía cómo. Intuí que mi descubrimiento era de vital importancia y que debía seguir trabajando sobre ello. Todavía era un asunto no resuelto, pero estaban dadas las condiciones para hacerlo.
Parado allí era un Gabriel distinto al de la primera posición ubicado en (A).
Extendí un brazo y en mi imaginación abracé a Gabriel. Extendí el otro y abracé a mi espalda-serpiente. Giré sobre mí mismo e incorporé al sabio observador.
Llevé los brazos cruzados y con las manos me tomé de los hombros en un abrazo profundo y prolongado… Los dolores de espalda siguieron por algún tiempo.
Cuando eso que somos como totalidad llega a manifestarse en la dimensión corporal y la materialidad de nuestro cuerpo se ve comprometida, no siempre alcanza con este tipo de trabajos para resolver el síntoma. El cuerpo material tiene sus propios tiempos para recuperarse de las dolencias más allá de lo profundos y
reveladores que puedan ser nuestros descubrimientos.
El trabajo que acabo de compartir fue enormemente sanador para mi ser más allá de que los dolores continuaron un tiempo más.
Hoy le puedo contar que ya han pasado más de diez años desde aquel momento y los dolores no han
regresado.
La hemisacralización congénita de mi quinta vértebra lumbar presumiblemente sigue allí. Pero “algo” en mi