SAFETY AND HEALTH ASPECTS 4.1 Introduction
4.2 Problem Statement
4.3.5 Performance Analysis
Los romanos se instalaron sólidamente en la Península en las mismas bases sobre las que los cartagineses habían montado su imperio colonial: las minas de plata y plomo de la región de Cartagena, las minas de Sierra Morena y la navegación a través del estrecho de Gibraltar, que garantizaba el monopolio comercial con los países del Atlántico. Los conquistadores romanos, por su fuerza política, su talento administrativo y su más elevado nivel de civilización, influyeron también culturalmente sobre los pueblos sometidos, que imitaron las costumbres de los vencedores y olvidaron su lengua nativa,
por ser ya inadecuada para satisfacer las exigencias de su nuevo estilo de vida. El empleo de una lengua tan extendida como el latín les resultaba más cómodo y, sobre todo, más práctico en las relaciones comerciales, culturales y sociales de toda índole. Por tales razones, el latín se extendió con rapidez por la Bética y más lentamente por el Norte, donde, en Huesca, hacia el año 80 a. C., había establecido Sertorio una escuela de gramática para jóvenes hispanos. Fuera de Italia, fue Hispania el primer territorio latinizado. Muchos pueblos y ciudades de Hispania adoptaron nombres latinos para honrar la memoria de emperadores o caudillos ilustres: Pompeyo (Pamplona). Otros nombres de lugar atestiguan el de los nuevos dioses: Portus Veneris (Port Vendres). Las personas recibían también apelativos romanos. Algunos de ellos perviven aún en la toponimia: del latín Antonia o Antoniana vienen Antoñana, Antoñán, Antuña, Antuñano. Ahora bien, el español actual no procede del latín escrito, usado por los autores clásicos, sino del latín vulgar, es decir, de la lengua hablada no sólo por legionarios, mercaderes y artesanos, sino también por las gentes de las clases elevadas y cultas en la vida corriente. En Hispania, como en las demás provincias del Imperio, adoptó un acento especial, que contribuía a diferenciarlo cada vez más y que, en cada territorio, contenía el germen de la futura lengua románica del mismo. En medio de la crisis de las invasiones germánicas, el latín se mantuvo con relativa dignidad en el reino visigodo de la Península, pero no fue el latín de la corte de Toledo, ni el de las ciudades profundamente romanizadas de la Bética, sino el de las tierras del norte, que conservaban aún su raigambre indígena, el que daría nacimiento a las tres grandes lenguas romances peninsulares: el castellano, el gallego-portugués y el catalán.
Desde las invasiones bárbaras hasta el predominio del castellano Al sucumbir el Imperio Romano de Occidente ante el empuje de los germánicos, el latín pierde su razón de ser como lengua común de las naciones que se formaron, ya que éstas carecían de cohesión política. Sobrevino una decadencia cultural y la desaparición casi total de la lengua escrita, freno del lenguaje hablado en su tendencia a variar, hizo que el latín vulgar precipitara su evolución, que desembocó en las diversas lenguas romances. Los visigodos, pueblo germánico que se establece en la Península, se romanizan pronto y forman un solo pueblo con los hispano-romanos. De su lengua quedan aún muchas palabras: nombres de persona (Alfonso, Ramón...) o apellidos
(Gómez, Gónzalez...); nombres de lugar (Burgos, Castrogeriz...); nombres comunes (guante, guerra...); adjetivos (blanco, rico...); verbos (robar, brotar...).
En el año 711 un nuevo pueblo irrumpe en la Península por el estrecho de Gibraltar y la ocupa casi toda. Son los árabes. Son éstos los que enseñan a Europa toda la ciencia que, en su contacto con el Imperio Romano de Oriente, habían aprendido de los griegos y que había quedado sepultada bajo los escombros del Imperio Romano de Occidente. La Península, pues, recibió de los árabes y propagó por Europa palabras como “alquimia”, “alcohol”, “cero” y, sobre todo, las cifras arábigas, que, aunque de origen indio, salieron del Al-Andalús en la Edad Media, para hacerse universales y permitir el desarrollo de las Matemáticas. Ejemplos de otros arabismos: “alcalde”, “aduana”, “tambor”, “aceituna”, “zanahoria”. Los ríos y los valles por donde éstos corren se llaman “guad” (Guadalquivir); los montes, “yabal” (Gibraltar,); hay muchos topónimos del tipo “Benicasim” (‘hijo de Casim’) y otros cuyo primer elemento es “Calat” (‘alcázar’): “Calatayud”; además de las poblaciones denominadas “Alcázar” (‘castillo’) y “Medina” (‘ciudad’).
El castellano tiene sus orígenes en el dialecto hablado en la marca cántabra, lindante con el País Vasco, que nunca estuvo bajo el dominio árabe. Por otra parte, las regiones de Galicia, Asturias, Cantabria y País Vasco fueron las últimas romanizadas, lo que explica su especial situación lingüística dentro del conjunto peninsular. La latinidad de la Bética y la Lusitania continuó viva en el dialecto mozárabe, hablado por los hispano-romanos que convivían con los árabes y sometido a las influencias de su lenguaje y su cultura. En cambio, la Tarraconense mantuvo siempre estrecho contacto con la Galorromania y ello justifica las coincidencias lingüísticas entre el catalán y el provenzal (al este) y entre el aragonés y el gascón (al oeste).
La Reconquista parte de dos baluartes cristianos: las montañas de Asturias, al noroeste, y la Marca de Carlomagno, al noreste. En el noroeste, con las huestes cristianas avanzan hacia el sur el dialecto astur-leonés por el centro, y, a ambos lados, el gallego y cántabro-castellano. Por el este, la latinidad de la Tarraconense avanza hacia el sur convertida en aragonés y catalán. El castellano avanzó sobre las dos Castillas, Extremadura, Murcia y Andalucía, castellanizando en estos territorios el mozárabe y eliminando la lengua árabe. Esta lengua castellana se fue forjando a lo largo de la Reconquista. Así, el latín vulgar de los hispano-romanos, enriquecido por la aportación de visigodos y árabes, se convierte en castellano, que ofrece sus primicias como lengua escrita en el Poema del Mio Cid y
adquiere verdadera categoría literaria en las obras del rey Alfonso X el Sabio y de Berceo.