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Structural Constraints: Second-Order Groups

PERFORMANCE, SAFETY AND HEALTH ASPECTS

5.3.2 Inherent Safety and Health Sub-index Selection

5.3.4.2 Structural Constraints: Second-Order Groups

Los romanos eran un pueblo religioso, aunque su religión se limitaba a la práctica de ritos, ceremonias, fórmulas y otros actos de culto exteriores. Nada emprendían sin consultar a sus dioses, de origen indoeuropeo. A las numerosas divinidades agrarias de estos pueblos indoeuropeos los etruscos añadieron las suyas, y a través de los etruscos y de sus colonias del sur de Italia, Grecia contribuyó a completar la serie de dioses de la primitiva Roma. Primitivamente los romanos rindieron culto a los Dii indigetes: Iuppiter, Mavors, Quirinus, Iuno, Ianus, Vesta, Consus, Vertumnus, Faunus, Pomona, Silvanus, Lares, Penates, etc. Desde la Segunda Guerra Púnica hasta la instauración del Imperio, se produjo una invasión de dioses griegos, con los que se identificaron los romanos: Júpiter con Zeus; Juno con Hera; Minerva con Atenea; Diana con Artemis; Mercurio con Hermes; Vulcano con Hefesto; Vesta con Hestia; Mavors o Marte con Ares; Venus con Afrodita; Neptuno con Poseidón; Ceres con Deméter; Proserpina con Perséfone; Plutón con Hades; Liber o Baco con Dioniso; Saturno con Cronos; Sol con Helios; Luna con Selene; Tellus con Gea; etc. Otras divinidades griegas, carentes de correspondencia latina, se incorporaron también al panteón romano: Apolo, Iris, Gracias, Musas, Nereidas, Ninfas, etc.

La invasión de los dioses griegos condujo a la decadencia de la religión tradicional romana, ya que se convirtió en puro formalismo y los dioses degeneraron en simples personajes literarios. Por otra parte, el alto nivel de vida que gozaban las clases privilegiadas les hizo olvidarse de los dioses. La indiferencia religiosa les hacía considerar los sacrificios y las fiestas como ceremonias pintorescas o como puras formalidades rituales, acompañadas de espectáculos en el teatro, el anfiteatro o el circo. Los epicúreos negaban la existencia de los dioses; los estoicos eran deterministas. Para Cicerón los dioses existían y se preocupaban de los asuntos humanos, comunicando el futuro a los hombres, para que éstos actuaran en consecuencia, lo que justificaba el arte de la adivinación. Ahora bien, si los dioses dependían del Destino, ¿para qué rendirles culto, si lo que había de suceder sucedería sin remedio? Consciente del peligro que esta

indiferencia religiosa suponía para la integridad del Estado, Augusto intentó revivir las costumbres y creencias de la vieja Roma, oponiéndose a la invasión creciente de religiones extranjeras. Durante el Imperio se produjo la divinización de ciertos personajes, que ya se había iniciado en el mundo helénico con Alejandro Magno. En Roma fue César el primer mortal en cuyo honor se erigió un templo, confiriéndole el nombre de Divus Iulius. La divinización oficial de que le hicieron objeto a su muerte se propagó a sus sucesores, cuya persona quedaba divinizada al asumir el poder.

Ante semejante vacío espiritual se produjo un sincretismo religioso, una coexistencia pacífica de los cultos más diversos. Este sincretismo, que había ido gestándose desde el siglo II a. C., favorecía la invasión de las religiones mistéricas, en cuyos misterios los adeptos buscaban la unión mística con la divinidad y, con ella, la felicidad en este mundo y una eterna y venturosa vida de ultratumba. Ya en el año 91 a. C. se erigió en el Palatino un templo en honor a Cibeles y se establecieron los Ludi Megalenses. El culto a esta diosa alcanzó su plenitud después de Augusto. Su rito más importante fue el taurobolium, sacrificio de un toro, destinado a propiciar un bautismo de sangre. Con la carne los sacerdotes celebraban un festín, interpretado como una unión mística con la divinidad. La diosa egipcia Isis, acompañada de Osiris, Horus, Anubis y Serapis, logró en Roma muchos adeptos, hasta que el Senado ordenó (58-48 a. C.) demoler sus templos. Más tarde, Calígula otorgó reconocimiento oficial a su culto. Los emperadores siguientes favorecieron su práctica. El apogeo de los cultos egipcios tuvo lugar en el siglo III d. C., y principios del IV, en que las procesiones de Isis recorrían las calles de Roma.

De Oriente llegó también a Roma el culto de Mitra, basado en una doctrina dualista, en la que aparecía un dios del bien, Ormuzd, y otro del mal, Arriman. Mitra ayudaba a sus fieles a triunfar sobre el mal. Debían observar una conducta justa y honrada, que, al morir, era juzgada por Mitra, para comprobar si eran dignos de la eterna bienaventuranza. La promesa de una felicidad eterna, dependiente de la conducta humana individual, no podía menos que encender la ilusión de los que no confiaban ya en la eficacia de sus dioses tradicionales.

Esta última etapa culmina con el reconocimiento del Cristianismo como religión oficial, el año 313 d. C., cuando Constantino promulga el Edicto de Milán. Tras el intento de Juliano el Apóstata de restaurar el paganismo, éste fue declarado ilegal por Teodosio (392). No

obstante, las viejas creencias y tradiciones paganas pervivieron durante mucho tiempo en las zonas rurales.

Templos y santuarios Primitivamente los romanos adoran a sus dioses en grutas o bosques sagrados. El recinto consagrado constituye un santuario. Un delubrum es un lugar consagrado en el que los sacrificadores y oferentes deben purificarse con agua corriente. El templum es la morada del dios. Sólo los sacerdotes tienen acceso al fanum (de ahí, “fanático, profano”). El altar, en el que se ofrecen los sacrificios, está ante su entrada. En el interior sólo está la estatua del dios. Los templos romanos, a diferencia de los griegos, están emplazados sobre un alto basamento. Son del planta rectangular, salvo los de Vesta, que son circulares.

El culto CULTO PÚBLICO

Los romanos no aman a sus dioses. Sólo los temen y procuran, mediante ritos, aplacar sus iras o atraerse su favor. La pietas consiste en hacer cuanto les es debido y grato, para predisponerlos a conceder lo que se espera de ellos. La oración y el sacrificio van acompañadas de un voto, que sólo se cumple, si el dios ha concedido lo que se le pidió. La religión romana carece de mitos. Sólo cuando los dioses itálicos se identifican con los dioses griegos, asumen también sus funciones y leyendas. Los dioses romanos, a cambio de las ofrendas que reciben de los hombres, manifiestan a éstos su voluntad mediante señales, que permiten tomar decisiones. De ahí la importancia de los augurios y prodigios y de la procuratio de los mismos.

Para que una plegaria surta efecto debe ser formulada con claridad, en los términos, ritos y gestos prescritos. A la invocación del dios sigue la oferta y petición del orante, que levanta los brazos con las palmas hacia arriba. En circunstancias graves o excepcionales se decreta oficialmente una supplicatio, para aplacar la cólera divina y atraer sobre el pueblo la benignidad de los dioses. Otras veces la supplicatio equivale a una acción de gracias. El lectisternium es un banquete ofrecido a los dioses por los sacerdotes encargados de tal cometido. Los ofrecidos a las diosas se llaman sellisternium. La lustratio es una purificación simbólica, destinada a limpiar las impurezas morales que atraen la ira divina. La expiatio presupone la responsabilidad del culpable, ya que éste

hace todo lo posible para reparar su falta. En lugar de pagarla con su vida, recurre a víctimas animales (hostia), cuya sangre es purificatoria, expiatoria y propiciatoria. El votum es un ruego dirigido a los dioses, para librarse de un daño inminente, acompañado de la promesa de hacer algo a cambio del favor recibido. La devotio era la ofrenda de una vida ajena mediante una maldición grabada en láminas de metal. En momentos de gravísimo peligro para sus tropas, el jefe de éstas se ofrece como víctima propiciatoria a los dioses. Pronuncia la fórmula ritual y se lanza a una muerte segura, convencido de que con ella salva a su patria.

El sacrificium es el elemento básico de la religión romana. Con él se trata de recuperar la protección divina perdida, manifestar la gratitud por los favores recibidos o deducir la voluntad de los dioses y el futuro inspeccionando las entrañas de las víctimas. Los victimarios conducen ante el altar a las víctimas; se doran los cuernos de éstas, se les ciñe la cabeza con bandas sagradas y se les rocía la testuz con la salsa mola, mezcla de harina y sal. Hecho el sacrificio las carnes de la víctima se distribuyen entre los asistentes y las entrañas son examinadas por los arúspices. En las grandes solemnidades se celebra una suovetaurile (sus ‘cerdo’, ovis ‘oveja’, taurus ‘toro’).

CULTO PRIVADO

Cada familia tiene su propio culto, sus sacra, de los que es sacerdote el pater familias. También lo tiene cada curia y cada gens. En el hogar romano se rinde culto a tres clases de dioses tutelares. Los Lares son los protectores de la casa, espíritus benéficos de los antepasados, cuyas imágenes se conservan en un armario en forma de capilla, lararium, en el atrium. Si la familia abandona la casa, el Lar familiaris se queda en ella. En los días de fiesta se corona su imagen y se les ofrece vino, incienso y cereales. También son venerados los Lares en capillas situadas en las encrucijadas y en los linderos de los campos. Cuando en un festín se inician los brindis, se ponen sobre la mesa las imágenes de los Lares y se les ofrece las primeras libaciones. Cuando un joven toma la toga viril, cuelga junto al Lar doméstico la bulla de su niñez. En las bodas se invoca su ayuda para los recién casados.

Los Penates son los dioses de las provisiones, divinidades tutelares de la salud y bienestar de la familia, a la cual pertenecen y con la cual emigran, si emigra ésta. Sus imágenes se conservan en el tablinum, en un armario, junto al que arde siempre una

llamita. La gran familia del Estado tiene también sus propios Penates: Júpiter, Juno, Minerva, Vesta y Mercurio.

El culto de los dioses Manes constituye la parte más importante de los ritos religiosos que incumben al pater familias y está íntimamente relacionado con el culto de los muertos, cuyos ritos comienzan con los funerales. Colocado el agonizante en tierra, uno de los más allegados recoge con un beso su último suspiro y le cierra los ojos. Los presentes llaman en voz alta al difunto. Después de lavado, ungido y amortajado con los vestidos de gala, el cadáver es expuesto en el atrium sobre un féretro, rodeado de lámparas y cubierto de flores, coronas y cintas. En las familias aristocráticas esta exposición se prolonga a veces hasta una semana. La gente humilde, en cambio, es enterrada el mismo día y sus funerales, así como los de los niños, son sencillos y se hacen de noche. Los demás funerales, que preceden al entierro o a la cremación, se hacen de día y con gran pompa. Avanza el cortejo fúnebre, precedido de tocadores de flauta, de trompeta y de tuba. Detrás, los portadores de antorchas. Las plañideras lanzan agudos gritos de dolor. Ante el féretro, llevado a hombros por parientes o libertos, avanzan los portadores de las imágenes de los antepasados y tras ellos, esclavos llevando pancartas que recuerdan los hechos gloriosos del finado. El cortejo se detiene en el Foro, mientras un hijo o un amigo del muerto, pronuncia su elogio fúnebre. Después, el cortejo prosigue hacia la Via Appia. El cadáver es quemado sobre una pira y las cenizas son encerradas en una urna y depositadas en un sepulcrum.

Los sacerdotes Todo ciudadano es realmente sacerdote, ya que el pater familias rinde diariamente culto a los dioses domésticos. Los magistrados ofrecen los sacrificios en nombre del Estado, pero el ritual es tan complicado, que exige sacerdotes de gran experiencia. Las fórmulas rituales, muy arcaicas y a veces ininteligibles, por la evolución natural del idioma, no pueden ser alteradas, ya que de ello depende todo su poder mágico. Por ello, a los magistrados que deben recitar públicamente plegarias se les suele apuntar el texto de las mismas. Además de los augures y arúspices, los principales colegios sacerdotales son:

• Pontífices: Encargados de la supervisión general de la vida religiosa, velando por la estricta observancia de los ritos y normas y por su adaptación a las circunstancias cambiantes. El Pontifex Maximus tiene autoridad sobre todos los sacerdotes. En

los actos públicos los Pontífices tiene prelación sobre los demás magistrados y sus personas son consideradas sagradas. Dado su carácter vitalicio, el Pontifex Maximus es la autoridad más influyente del Estado. César y Augusto asumieron este cargo, que era compatible con el desempeño de cualquier magistratura.

• Vestales: Deben conservar encendido el fuego sagrado del templo de Vesta, hogar oficial del Estado. Deben observar castidad absoluta durante los treinta años que dura su sacerdocio, iniciado a los diez años: diez, como novicias; diez, como sacerdotisas; y diez, como maestras de las primeras. Tras estos treinta años de servicio a la diosa, quedan liberadas del sacerdocio y pueden casarse, pero generalmente siguen fieles a su voto de castidad, cuyo incumplimiento durante el servicio activo supone el ser enterradas vivas.

• Flamines: Sacerdotes adscritos al culto de una determinada divinidad, cuyo nombre reciben.

• Arvales: Colegio de doce miembros, encargados de practicar los ritos que procuran la fertilidad de los campos.

• Lupercos: Atienden los ritos en honor a Pan, dios de los pastores. Tienen su sede en una cueva, llamada Lupercal, en la ladera del Palatino, en el lugar donde la loba había amamantado a Rómulo y Remo.

Feciales: Colegio de vente miembros, presidido por el pater patratus, encargado de las misiones diplomáticas. Tratan de evitar la guerra, si el Senado decide hacer la guerra la declaran e intervienen en la conclusión de los tratados.

• Salios: Numa eligió doce Salios en honor de Marte y dispuso que llevasen los escudos sagrados y les ordenó ir por la ciudad cantando sus himnos con danzas y bailes. Más tarde, el rey Tulo Hostilio añadió otros doce. El rito del desfile procesional estaba destinado a neutralizar a los espíritus malignos enemigos de Roma, de sus rebaños, de sus cosechas, etc.

Decemviri sacris faciundis: Velaban por el control de los cultos extranjeros. Su número llegó a quince en tiempos de Sila. Además de conjurar los prodigios adversos, contribuyeron a helenizar la religión romana. Estaban encargados de custodiar e interpretar los Libros Sibilinos.

Prodigios, presagios, adivinación Los dioses manifiestan su actitud, ante los proyectos de los hombres, mediante signos, cuya interpretación correcta permite tomar las medidas oportunas para satisfacer a la divinidad y recuperar su amistad. Las señales enviadas por los dioses se denominan omen, prodigium, monstrum, ostentum o portentum. Las dos últimas se dan a través de la naturaleza inanimada. En cambio, en el monstrum actúa la naturaleza viviente. Los prodigia son actos realizados por seres vivos. Los organismos animales de estructura anormal se llaman miracula. El derecho a consultar la voluntad divina es uno de los elementos esenciales de ciertas magistraturas; es el signo del mando militar.

Los augures captan e interpretan la voluntad de los dioses. Originariamente eran tres, uno de ellos el rey, llegando a diecisiete en tiempos de César. Sus insignias son la trabea, toga adornada con franjas de púrpura, y el lituus, báculo curvado en su parte superior. Observan el canto, vuelo o manera de comer de las aves. El auspicium o ‘contemplación de las aves’ es una modalidad del augurio, aunque ambos términos se confunden con frecuencia. Cuando se observa el canto de las aves se tiene en cuenta el lugar de donde proceden sus voces. Los signos procedentes del cielo son los truenos, rayos, etc. Otros signos son los ruidos, gritos y movimientos de animales; un ataque de epilepsia, considerada un mal sagrado, disuelve una asamblea pública. Algunos signos involuntarios o palabras de sentido equívoco constituyen un omen. El examen de las víctimas de un sacrificio, especialmente de sus entrañas, es una práctica muy usual. Los augures podían consagrar sacerdotes e inaugurar locales destinados a fines religiosos o públicos. Los arúspices asistían durante los sacrificios a los magistrados, al Pontifex Maximus y a los generales en campaña. Observaban a las víctimas del sacrificio antes y después del mismo. Una vez sacrificadas, estudiaban minuciosamente sus entrañas, particularmente el tamaño, color y forma del hígado, y predecían el futuro según el aspecto de las mismas. Además de los oráculos griegos, existían en Italia, entre otros, el de la Sibila de Cumas, cerca de Nápoles; el de la gruta y el bosque de Albunea y el de la Fortuna, en Preneste. El emperador Teodosio ordenó la demolición de todos los santuarios paganos.

Los espectáculos La generosidad de los magistrados proporcionaba al pueblo diversiones organizadas

llamadas ludi. Pertenecía su celebración al culto oficial y tenían lugar en determinadas fiestas. Podían ser circenses o scaenici, es decir, podían desarrollarse en el circo (o el anfiteatro) o en el teatro.

EL TEATRO

Los ludi scaenici sólo despertaban interés en la minoría culta del pueblo. El teatro, que tenía en Grecia un carácter religioso, relacionado con el culto de Dioniso, se desarrolla tardíamente en Roma. Las primeras representaciones se hacían en el circo y más tarde en teatros provisionales de madera. El primer teatro de piedra lo mandó construir Pompeyo, en el año 55 a. C. A diferencia de lo que ocurría en el teatro griego, los concursos dramáticos fueron muy raros en Roma. Los actores realzaban su estatura en la scaena con unos zapatos de suela muy gruesa (cothurnus) y se caracterizaban con máscaras (persona) y trajes magníficos. Estaban dirigidos por un dominus gregis o choragus y su profesión era considerada como poco honrosa. Los espectadores corrientes ocupaban los graderíos semicirculares y los senadores y autoridades los lugares reservados cerca de la orchestra.

EL CIRCO

La creación del Circo Máximo, entre el Palatino y el Aventino, remonta al reinado de Tarquinio el Soberbio. Los primeros espectadores se sentaban en el césped de las dos laderas. Siglos después se alzaba allí la construcción más fastuosa de Roma. El Circo Máximo, de forma muy alargada, tenía uno de los extremos semicircular y el otro recto; en los dos había entradas grandiosas. La pista (arena) estaba dividida longitudinalmente por un muro (spina) en cuyos extremos había dos metas, en torno a las que debían girar los carros. La spina se adornó de una manera cada vez más suntuosa. El adorno principal era el obelisco de Ramsés II, traído de Heliópolis por Augusto.

Los juegos de circo comienzan con un desfile majestuoso. El magistrado organizador, llevado por una cuadriga y seguido de los atletas, aurigas, sacerdotes y pueblo, se dirige desde el Capitolio al Circo Máximo, da la vuelta a la arena y ofrece un sacrificio. Después comienza la carrera. El magistrado da la señal arrojando a la arena un pañuelo blanco desde su palco, colocado encima de las cocheras, situadas en el extremo recto de la pista; en ellas aguardan los corredores. Sus puertas se abren a la vez y las cuadrigas vuelan. De pie, sobre el carro de dos ruedas, los aurigas, vestidos con una túnica del color

de su bando, protegida la cabeza con un casco de cuero, con las riendas arrolladas a su cintura, pero provistos de un cuchillo para cortarlas en caso de caída, dirigen los caballos con la mano izquierda y manejan el látigo con la derecha. Cada carrera consta de un