Al realismo del concepto, de diferente grado, respondió ya en su tiempo la experiencia inductiva. El filósofo inglés Rogerio Bacon (1214-1294) quiso apartarse de la autoridad y del estudio de los li bros y dirigir su mirada de investigador al conocimiento inmediato de la naturaleza. No hay que confundir a Rogerio Bacon con su ho mónimo Francis Bacon, trescientos años más tarde, aunque los dos son ingleses y a pesar de que su filosofía presenta en algunos tramos una semejanza innegable. Ya en Rogerio Bacon aparece claramente el rasgo, típicamente inglés, de una actitud protoburguesa orienta da al más acá y a lo individual del más acá. Se trata del hábito y al mismo tiempo de la superestructura de una actitud burguesa que atiende al aquí y que para el más allá tiene, e incluso quiere tener, la mirada extraviada. Este rasgo inglés se da ya en la Edad Media y va creciendo después de Bacon en Guillermo de Occam, el mayor y más interesante de los nominalistas. Rogerio Bacon era monje, pero no perteneció a los dominicos, significativamente, sino a los francis canos, es decir, a una orden en la cual la burguesía apareció primero como vita activa, como respeto a lo individual, a diferencia de los dominicos, con la vita contem plativa, y la atención a los universales. La obra principal de Bacon se titula Opus Maius (la obra mayor). Es interesante la ordenación de sus siete partes. Ya en los títulos de los capítulos se escucha, en parte, un nuevo tono, absolutamente insó lito en el siglo xui: 1) Las causas de la ignorancia humana; 2) La re lación entre teología y filosofía; 3) La importancia de las lenguas; 4) La importancia de la matemática; 3) La importancia de la pers pectiva (que es lo mismo que óptica, pero que contiene muchas más cosas, como veremos); 6) La importancia de la ciencia experimental; 7) La importancia de la filosofía moderna. Rogerio Bacon trabajó en Oxford como profesor cuando no estaba en algún calabozo monásti-
io acusado de herejía. Bacon está lleno de la contradicción entre el amor a la Iglesia y la más aguda crítica a ella. Encontramos una con servación de la tradición, a menudo un poco mezquina, y junto a ella los más audaces planes de reforma. Encontramos rasgos míticos y a su lado otros sobrios y empíricos. En una palabra, se trata de una actitud de pensamiento que corresponde a la protoburguesía inglesa, pero que continúa luego en hábito monástico, si bien en uno franciscano. El desequilibrio de Bacon no procede, como el de Agustín, de una naturaleza fuerte, rica, poderosa, agitada por los más diversos impulsos del pensamiento, sino de la falta de visibili dad propia de una nueva época en transición, donde lo nuevo toda vía no ha llegado a ser y lo viejo no ha caducado todavía, sino que ambos aparecen en una extraña media luz, una media luz del cre púsculo matutino donde amigos y enemigos pueden ser fácilmente confundidos. Es digno de notarse en Rogerio Bacon también el ras go polémico y muy satírico, cuyo objeto preferido es la facultad de los artistas de París, la facultad de las siete artes liberales, es decir, la facultad de los filósofos, a la que ataca especialmente por su ig norancia en matemáticas y lenguas. Pero es curioso que también ataque al único naturalista entre los escolásticos, a Alberto Magno, el hombre que debería serle muy afín. Hubo propuestas de reforma a la Facultad de los artistas de París y también a las universidades inglesas, todas ellas dirigidas hacia una formación en las ciencias profanas, es decir, del mundo. Exactamente esto mismo quiso insta lar más tarde en otras circunstancias Francis Bacon, como restaura ción de las ciencias, es decir, de las ciencias empíricas. Sin embargo, en él los rasgos están completamente decididos, y puede aventurar una frase como ésta que Rogerio Bacon, tal vez, sintió o incluso pensó, pero que jamás formuló: «La teología está consagrada a Dios y es estéril como las monjas.» Frase que se emparenta con otra for mulada más tarde por Hobbes, otro inglés, que ya era materialista: «Con los dogmas de la Iglesia ocurre como con las píldoras de las boticas: no se deben masticar, pero en un momento dado hay que tragarlas.» La diferencia con Rogerio Bacon estriba en que éste esti ma en mucho a Aristóteles, pero no al Aristóteles tal como había si do comentado por los escolásticos cristianos, sino al original griego, que comienza aquí ya a luchar contra sus disfraces medievales. Y lo que es más interesante; junto a Aristóteles venera él al único co mentador de Aristóteles, y éste no es ningún cristiano, sino el ma hometano Aviccna, cuyos comentarios le parecen lo más cercano al sentido del original griego.
temática, la física y la moral, un trinchamiento muy distinto del que hasta ahora conocíamos, donde las siete artes liberales daban todavía la forma y donde en la cumbre se encontraba el saber acerca de Dios, y la filosofía era la sierva de la teología. En la matemática, la física y la moral tenemos tres ciencias muy mundanas, y ello en plena Edad Media teológica, cuando ni la matemática era especial mente conocida, ni la física era estimada o tolerada. La ciencia natu ral, en efecto, se hallaba rodeada de un olor a brujas. En cuanto a la moral, no significaba en Bacon esencialmente una moral de las vir tudes infusas desde arriba, sino moral tal como los árabes la habían enseñado: algo que podía ser iluminado con el lum en naturale, con la luz natural del hombre. El fundamento de todo esto es, según Bacon, la experiencia. Él se pronuncia contra la charlatanería, contra el prejuicio, contra la repetición maquinal de lo ya dicho, contra la infinita repetición, no sólo de las opiniones de Aristóteles, sino también de sus comentadores, con lo cual surge un reflejo detrás de otro y al final no queda casi nada del original. Y así se vuelve Bacon contra el argumento de autoridad, que no aporta ningún conoci miento, sino que se basa en la mera fe y se da como un saber:
tAutoritas non sapit, nisi detur eius ratio, nec dat intellectum , sed credulitatem : credimus enim auctoritati, sed non p ropter eam inte-
lligim us: La autoridad no basta si no se puede dar una razón para comprender una cosa, y ella no da comprensión, sino fe; pues cree mos por la autoridad, pero no vemos por ella. Frente al saber libres co, hay que volver a las fuentes de las cuales surgió el mismo saber de los libros.» Sólo así se produce, según Bacon, el progreso científi co; esto es, como se ve, un tono absolutamente inaudito, que sólo habrá de sonar otra vez en el Renacimiento. Ahora bien, la expe riencia se divide en dos partes: la externa y la interna, pero esta últi ma no es la psicológica, sino la matemática. La experiencia exterior consiste en los datos obtenidos a través de los sentidos, pero que de ben ser regulados, pues sólo de una experiencia regulada surgen, en lugar de meros inicios para una comprensión mezclada con muchas ilusiones sensibles, los conocimientos demostrados de la ciencia na tural. La experiencia regulada es la del experim ento; la naturaleza, dice Bacon, debe ser sometida a tortura para que nos entregue sus secretos. Hay que establecer condiciones artificiales bajo las cuales los objetos muestren su comportamiento. Así se cocina, se hace her vir, se deja enfriar, se mezcla, se cambian las condiciones, se añade una nueva sustancia, se elimina otra. Todo esto lo conocemos de so bra como procedimientos experimentales, pero entonces no era tan natural: el arte regulado de la pregunta, del añadir y quitar, de la
modificación, de introducir nuevas condiciones, es decir, todo lo que Bacon exigía. A esto hay que añadir la experiencia interna, bajo la cual entiende Bacon la m atem ática, de la cual depende para él toda la lógica. La matemática es de todos modos experiencia, sólo que en este caso, una experiencia interna, que tiene también aplica ción al mismo tiempo a la externa. Por cierto que la matemática que tiene Bacon ante los ojos es algo distinto de lo que hoy conside ramos bajo matemáticas; él la adquirió de Pitágoras y de la teoría pitagórica de los números a través de los árabes. Partiendo de esta matemática altamente cualitativa, fue Bacon el primero en la Edad Media que intentó hallar un acceso a la naturaleza y el descifra miento del libro de la naturaleza. De todos modos, el código para ese libro eran los números, y aquí se perfila la unión, tan rica en consecuencias, entre la matemática y la ciencia natural. Bacon bus caba, ciertamente, las formas cualitativas, según las cuales se puede proceder en la naturaleza con número y medida. En el libro Opas Matas, uno de los capítulos se titula «La importancia de la perspecti va». Esto conduce a la óptica. Y ahora pensemos: esto sucede en el siglo XIII, cuando apenas existe una perspectiva en la pintura. El mayor pintor de la alta Edad Media, Giotto, de cuya jerárquica composición ya hemos hablado a propósito de Tomás, debe ser cita do aquí nuevamente desde el punto de vista de la perspectiva, es decir, de algo que falta en absoluto. Giotto no conoce aún el espa-. ció visual en perspectiva, con un punto de fuga de las líneas que, cayendo aparentemente hacia atrás en la proyección sobre un plano, se estriñ an y se cortan formando un triángulo, sino que él constru ye sus figuras con una valoración topológica según el valor de los objetos. Lo más importante es también mayor y se encuentra en el centro; lo menos importante es menor y se encuentra al margen. La perspectiva no aparece hasta la pintura renacentista. Tampoco la co nocen ni el arte oriental, ni el chino, ni el bizantino. Es una forma artística europea, si bien insinuada ya por los griegos. Su temprana anticipación en Bacon es muy digna de notarse. En esto se remonta a uno de sus maestros en Oxford, al que tenemos que nombrar aquí y cuyo nombre en relación con Rogerio Bacon les ruego anoten. Este maestro es el primero que se ocupó de óptica con ocasión de una me tafísica de la luz, muy extraña. Se trata de Roberto Grosseteste (1175-1253). Este hombre no es ningún empirista, ningún matemá tico, llega a la óptica por extraños caminos neoplatónicos, y no por Avicena y Aristóteles, a pesar de que en Avicena se entrecruzan una serie de influencias neoplatónicas con las de Aristóteles. Grosseteste, al contrario que el neoplatonismo y el gnosticismo considera la luz
completamente inmanente; investiga ángulos de reflexión, la reduc ción de la intensidad de la luz por la distancia y su incremento a través de lentes convergentes, etc. Y de este modo su óptica se con virtió en la primera ciencia natural de la alta Edad Media, pero se hallaba en relación con una metafísica del mundo, que recorda ba, por su inmanencia la presocrática. Grosscteste añadió un tercer principio a los dos de Aristóteles, materia y forma. Según esto, la realidad consiste en materia, forma y luz, y además, afirma Grosse- teste, que la materia y la forma son ambas inextensas. Esto va contra Aristóteles, incluso contra Tomás, que tomaron la materia como principio de individuación. Desde el punto de vista neoplatónico, no aristotélico, según el óptico Grosseteste no es la materia, sino sólo la luz, la que crea espacio y extensión, y sólo la luz, junto con la materia y la forma, producen nuestro mundo. La luz es, incluso, mencionada junto con lo que Aristóteles y los escolásticos llamaban la prim a m ateria, la primera materia, y la materia y la forma han sido hechas a partir de la luz. La luz es considerada como un ser físi co, de ahí la asociación con los presocráticos; ellos habrían podido elegir, en lugar del agua, el aire o el fuego, también a la luz como ápxfj material, como sucedió más tarde, al menos metafóricamente, en las irradiaciones descendentes del neoplatonismo, como algo que circula por el mundo, que, con una permanente difusión y refle xión, suscita en sí mismo la materia y la forma, y, sobre todo, sus efectos naturales, como los cuerpos. Sólo la luz es activa, no son ac tivas ni la materia ni la forma: tal es la doctrina metafísica, que se remonta al neoplatonismo, de la óptica de Grossetese. Rogerio Ba- con, para volver a él otra vez, expone la óptica como física total, y procede con anticipaciones soprendentes hasta la técnica; también aquí, al igual que su homónimo, trescientos años más tarde. Apare cen las utopías técnicas, se presienten inventos como barcos sin re mos, coches sin tracción animal, aviones, submarinos, puentes flu viales sin pilastras, pon tes ultra flu m in a sine colum na v el altquo sustentáculo, es decir, puentes de hormigón, todo esto sin la menor idea de dónde extraer el material y los procedimientos tecnológicos. Aquí son proclamados,-y establecidos al final como augurio, sueños desiderativos propios de los cuentos. Todo esto ocurrirá cuando do minemos las fuerzas de la naturaleza, y, sobre todo, las fuerzas na turales de la luz y el principio energético del mundo, indicado por la luz, es decir, la fuerza. De este modo, dice Bacon, muy blasfemo y prometeico, surgiría una secunda creatio, es decir, una segunda creación, una naturaleza innatural, una naturaleza de la máquina. Sigue, desde luego, totalmente las leyes de la primera naturaleza.
pero en ésta no aparecen tales figuras, y la segunda naturaleza pue de fundarse, mantenerse y aumentarse mediante la scientia experi m entáis, mediante una certera interrogación de la naturaleza. Si intentamos sorprender a la naturaleza en sus patentes, por decirlo de un modo moderno, según las cuales produce las cosas, entonces podremos imitarla. Y en relación con Averrocs, se aproximó Bacon a la importante idea de la izquierda aristotélica, según la cual las formas de la materia no fluyen por una causa que sea trascendente a ellas. Este primer empirista de la Edad Media cristiana afirmaba más bien, con los árabes, que las formas están ya potencialmente conte nidas en la materia. La actividad de la causa efectiva incita solamen te a la materia a modificarse por una fuerza inmanente y a extraer de sí misma las formas. También se puso de relieve su conocimiento de la filosofía árabe en el tercer campo del saber, del que Rogerio Bacon se ocupó, la moral. Defiende una opinión uniforme que sirve de base a las diversas formas simbólicas de religión, y cuya esencia es precisamente la indicación moral de la vida justa, que aparece reves tida religiosamente en muchas parábolas e historias. Con lo cual ya aquí la moral constituye el núcleo de la religión. Todo esto sobre el extraño pensador Rogerio Bacon. Non est solum laudando voluntas, sed etiam experimentum .