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Presentation of the Findings

4.3 Enabling identity work

4.3.13 Personal responsibility

Para producir la dimensión ético-política de la forma democrática de gobierno y proporcionarle los principios de legitimidad, es preciso revisar la doctrina liberal de la neutralidad del Estado. Esa doctrina de la neutralidad está ligada a la idea fundamental del liberalismo, la de «gobierno limitado», y también a la

distinción entre lo público y lo privado y la afirmación del pluralismo. Sin embargo, hay diferentes maneras de defender la tesis de la neutralidad y algunas de éstas tienen consecuencias negativas.

Algunos liberales opinan que, a fin de respetar plenamente el pluralismo y evitar la interferencia con la libertad de los individuos para escoger sus propias metas, es menester negar toda autoridad al Estado en la medida en que afecta a la posibilidad de promover o estimar una concepción particular de la vida buena: el Estado está obligado a ser absolutamente neutral en esta esfera. Recientemente, Charles Larmore llegó al extremo de declarar que «si los liberales fueran completamente fieles al espíritu del liberalismo, también deberían inventar una justificación neutral de la neutralidad

política»207 Esto significa que, al abogar por el liberalismo, debieran

abstenerse de utilizar argumentos tales como los que proponen John Stuart Mill o Kant, que implican la afirmación de valores tales como pluralidad y autonomía.

Para los defensores de la «neutralidad», cualquier referencia a valores éticos sólo puede provocar desacuerdos, y se considera importante evitar la trampa del «perfeccionismo», esto es, el enfoque filosófico que tiende a identificar formas superiores de vida y convertirlas en meta a realizar a través de la vida política. En esto ven ellos una teoría profundamente antiliberal e incompatible con el pluralismo. Aunque se opone al perfeccionismo, Ronald Dworkin intenta distanciarse de la idea de neutralidad absoluta. A su juicio, hay una cierta concepción de la igualdad en el corazón mismo del liberalismo. Precisamente porque debe tratar como iguales a todos sus miembros, el Estado liberal tiene que ser neutral. Dice este autor: «Puesto que los ciudadanos de una sociedad difieren en sus concepciones [de la vida buena], el gobierno no los trataría como iguales si prefiriera una concepción a otra, ya porque los funcionarios crean que una de ellas es intrínsecamente superior, ya porque una de

ellas sea apoyada por grupos más numerosos o más poderosos».208

Dworkin adopta la opinión de que una justificación de la neutralidad del Estado no debe tratar de ser neutral y que es preciso reconocer que el liberalismo se basa en una moral constitutiva. Tal como él ve las cosas, «el liberalismo no puede basarse en el escepticismo. Su moral constitutiva no dispone que todos los seres humanos sean tratados como iguales por su gobierno porque en moral política no

existan lo correcto o lo incorrecto, sino porque eso es lo correcto».209

Para demostrar su tesis, Dworkin recurre a la ley natural y a la existencia de derechos «naturales en el sentido en que no son producto de una legislación, convención ni contrato hipotético».210

Además, en este sentido interpreta también la teoría de justicia de John Rawls, de la que fue un sólido defensor desde su más temprana

207 Charles E. Larmore, Patterns of Moral Complexity, Cambridge, 1987, pág. 53.

208 Ronald Dworkin, «Liberalism», en Stuart Hampshire (comp.], Public and Private

Moral, Cambridge, 1978, pág. 127.

209 Ibid., pág. 142.

formulación. A juicio de Dworkin, «la justicia como equidad se apoya en el supuesto de un derecho natural de todos los hombres y todas las mujeres a la igualdad en tanto objetos de preocupación y de respeto, derecho que no poseen en virtud del nacimiento o de características de mérito o excelencia, sino simplemente como seres

humanos con capacidad para trazar planes y hacer justicia».211 Por

esta razón discrepa de la interpretación que Rawls ha empezado a dar a su propia teoría. En efecto, ahora Rawls propone una versión más historicista que destaque el lugar que los valores específicos de nuestra tradición democrática ocupan en ella; y afirma incluso que nunca había tenido la intención de establecer una teoría de la justicia

que fuera válida para todas las sociedades.212 Sin embargo, esto es

precisamente lo que Dworkin recomienda, pues cree que una teoría de la justicia debe llamar a «principios... generales» y su objetivo debe ser «tratar de encontrar alguna fórmula inclusiva que pueda

emplearse para medir la justicia social en cualquier sociedad».213

El problema de un enfoque como el de Dworkin es que se trata de una forma de liberalismo que no ha roto con el racionalismo y que sólo puede pensar el aspecto ético de lo político como aplicación de los principios de una moral universalista a ese campo. So capa de filosofía política, nos ofrece en realidad un hecho de «moral pública», esto es, algo que pertenece al orden de la filosofía moral y que sirve muy poco cuando se trata de elaborar los principios políticos de la forma democrática liberal de gobierno.

Un enfoque mucho más interesante de la cuestión de la neutralidad del Estado es, a mi criterio, el que Joseph Raz expone en su libro The Morality of Freedom. A diferencia de la mayoría de los liberales, Raz adopta el punto de vista perfeccionista, puesto que cree que el Estado debe tomar posición en lo concerniente a las diversas formas de vida posibles: debe promover ciertas formas y prohibir otras. Por tanto, a su juicio, el Estado no puede ser neutral, sino que debe revestir el carácter de un «Estado ético». Sin embargo, la forma de perfeccionismo que este autor defiende no es incompatible con el liberalismo, puesto que también incluye el pluralismo. Pero los límites de ese pluralismo están dados por lo que, a su juicio, constituye el valor básico que ha de prevalecer en un Estado liberal y democrático: la autonomía personal o «autocreación». La tesis central de su libro es que esa libertad personal, cuando se la entiende como si implicara un pluralismo de valores y como sí tuviera en la autonomía personal su forma de expresión, debería ser estimulada por la acción política. Raz está muy cerca de John Stuart Mill, cuyo «principio de daño» hereda en forma reinterpretada. Para él, este principio se refiere a la obligación del Estado de respetar ciertos límites en la promoción de sus ideales. En efecto, «dado que la gente debería vivir vidas autónomas, el Estado no puede forzarla a ser moral. Lo único que

211 Ibíd., pág. 182.

212 Examino este desarrollo de la obra de Rawls en mi artículo «Rawls: filosofía política sin política», en este volumen.

puede hacer es proporcionar las condiciones de autonomía. Utilizar la coerción invade la autonomía y por tanto se opone a la finalidad de promocionarla, a menos que eso se haga para promover la autonomía

impidiendo el daño».214 En consecuencia, la autonomía servirá como

criterio para decidir qué instituciones y prácticas sociales debería fomentar un Estado democrático liberal.

A pesar de mis reservas acerca de lo apropiado que pueda ser adherirse a la causa del perfeccionismo —aun cuando el pluralismo le haya quitado toda su fuerza— más que rechazar la dicotomía neutralidad versus perfeccionismo, considero que el enfoque de Raz es potencialmente uno de los más fructíferos del pensamiento liberal contemporáneo, puesto que nos capacita para devolver la dimensión ética al corazón de lo político y establecer los límites de la intervención del Estado sin postular la neutralidad del mismo. Otro aspecto que merece atención es que el liberalismo que defiende Raz rechaza el individualismo y defiende una concepción del sujeto próxima a ciertos escritores comunitarios, como Charles Taylor, Por tanto, reconoce que la autonomía no es un atributo de los individuos con independencia de su inserción en la historia, que es el producto de una evolución, y eso requiere instituciones y prácticas específicas. Para nosotros este valor es básico porque es constitutivo de nuestra tradición democrática liberal. Raz dista mucho de adherirse a la idea de una filosofía política que persiga la verdad objetiva y pretenda establecer verdades eternas.

Puesto que combina la contribución fundamental del liberalismo —la defensa del pluralismo y la libertad del individuo— con una concepción del sujeto que evite los peligros del individualismo, la concepción de Raz puede ayudarnos a pensar mejor sobre la naturaleza de la política democrática liberal. Sin embargo, me parece que, en última instancia, la manera en que concibe el pluralismo es insatisfactoria. Al igual que en todo pensamiento liberal, lo que encontramos aquí es un pluralismo sin antagonismo. Es cierto que Raz deja espacio a la competencia y que reconoce que no todos los modos de vida son realizables al mismo tiempo; pero, lo mismo que Rawls y todos los liberales, no tiene nada con qué contribuir a lo que, para Schmitt, es el criterio de lo político, es decir, la relación amigo/enemigo. Sin duda, a estas alturas alguien objetará que la contribución del pluralismo es precisamente que nos habilita para trascender esa oposición, pero creo que se trata de una peligrosa ilusión liberal que nos vuelve incapaces de aprehender el fenómeno de la política. Los límites del pluralismo no son sólo empíricos; también tienen que ver con el hecho de que ciertos modos de vida y ciertos valores son por definición incompatibles con otros y que esta exclusión misma es lo que los constituye. Tenemos que tomar en serio la idea de Nietzsche de «guerra de los dioses» y aceptar que, si no hay creación de un «nosotros» sin delimitación de un «ellos», esta relación puede convertirse en cualquier momento en sede de un antagonismo y el otro puede ser percibido como enemigo. Una vez

que hemos abandonado la idea racionalista de que es posible encontrar una fórmula mediante la cual armonizar los fines diferentes de los hombres, hemos de aceptar la radical imposibilidad de una sociedad en la que se haya eliminado el antagonismo. Por esta razón tenemos que aceptar con Schmitt que «el fenómeno de lo político sólo puede entenderse en el contexto de la posibilidad siempre

presente de la agrupación de amigo-y-enemigo...».215

¿DEMOCRACIA COMO SUSTANCIA