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“La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado”.

Eduardo Galeano. Días y noches de amor y de guerra.

Históricamente y hasta el siglo XVIII, el Patrimonio había sido

entendido como símbolo de admiración, poder, prestigio,

reconocimiento o legitimación (Crang, 1999: 448), remitiéndose a su origen como un bien material que nos ha sido dado por quienes nos han

precedido pues, etimológicamente, procede del latín “lo que se hereda

de los padres” (Ballart y Tresserras, 2001: 11).

Fue en aquel momento cuando emergió una nueva percepción de

lo antiguo, donde el carácter simbólico del objeto6 comenzó a cobrar

cada vez mayor importancia y el monumento retomó el papel

fundamental que había tenido en el pasado clásico como memoria, recuerdo valioso del pasado y testimonio material del mismo (Choay, 1995), con una clara voluntad de visibilidad en el espacio y como expresión tangible de permanencia en el tiempo (Augé, 2000: 65;

Criado, 2001: 39)7, superando la esfera de lo estrictamente material y

transformándose, paulatinamente, en un medio para el intercambio, no

solo intergeneracional sino entre sociedades e individuos

contemporáneos (Graham et al., 2000: 1).

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“Un símbolo presenta siempre un conjunto de representaciones imaginarias (…) es, de alguna manera el imaginario concentrado en signos” (Marion, 1997: 21). “Desde el punto de vista de la cultura material se incluyen expresiones simbólicas manifiestas incluso en objetos de uso cotidiano” (Fournier, 1997b: 126).

7 La idea no es nueva pues voluntad de visibilidad y permanencia la podemos encontrar desde la pintura rupestre prehistoria. Lo novedoso fue que su valorización se contemplara con vistas a su conservación para el futuro.

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La apreciación de determinados bienes materiales, pasados y presentes, entró en una nueva dimensión con la difusión de los ideales ilustrados y revolucionarios que entendían su posesión y disfrute como un derecho común de todos los ciudadanos y su utilización como un

medio para la educación general8. Nació así el concepto de Patrimonio

(Patrimoine) con una clara dimensión pública y social y comenzó a tomar la forma en que hoy en día se concibe.

Ya en pleno siglo XIX, en la época del Romanticismo (Prats, 1997: 22; Ballart, 1997: 43) se produjo la eclosión y el nacimiento de los Estados-Nación, apropiándose éstos y sus clases dirigentes de la carga simbólica que el Patrimonio lleva implícita (Crang, 1999: 447), produciéndose un cambio sustancial en la mentalidad europea, una transición de lo racional a lo emotivo que influiría decisivamente en el desarrollo de las políticas referidas al Patrimonio y en las herramientas que lo generan, interpretan y transmiten.

En esta apropiación, el nacionalismo deconstruyó el pasado y lo volvió a reconstruir desde sus cenizas (Criado, 2001: 38), inventándolo y reinventándolo periódicamente, haciendo desaparecer hechos, lugares y personajes, vaciándolo de su historia y elaborando una memoria histórica predeterminada según fuera la voluntad y los intereses dominantes en cada momento.

El Patrimonio se convirtió de este modo en una manifestación colectiva definida desde el poder con la complicidad de la Arqueología y

la Historia9, con una clara voluntad de trascendencia en cuanto a que

8 En el artículo 22 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793 se establecía que “L’instruction est le besoin de tous. La société doit favoriser de tout son pouvoir les progrès de la raison publique, et mettre l’instruction à la portée de tous les citoyens”.

9 En palabras de Hans-Joachim König (1995: 5), la Arqueología se ha convertido en la gran “proveedora infalible de identidad nacional”. No obstante, hay que reconocer que

Parte I. Del Patrimonio a los Parques Ecoarqueológicos

47 permite vincular pasado y futuro (Ballart, 1997: 35) pero, sobre todo, porque establece un puente entre las gentes del pasado con las del presente (Ballart y Tresserras, 2001: 12), conectando épocas, contextos y personas, espacios y tiempos (Calaf y Fontal, 2007: 68).

Sin embargo, el Patrimonio es mucho más que “la huella de la

memoria y el olvido (…)(Criado, 2001: 40), son los restos del pasado y la percepción que tenemos de ellos, entendiéndolos como la suma de los bienes materiales e inmateriales de una sociedad (Ballart y

Tresserras, 2001: 13) o como el “conjunto de objetos que tienen un

valor académico o estético y forman parte de la cultura y los valores de un pueblo” (Martínez Muriel, 1996: 2). No solo es el legado que recibimos del pasado sino, sobre todo, lo que vivimos en el presente y transmitimos a las futuras generaciones (UNESCO, 2008), definiéndose en esencia por su carácter simbólico y por su facultad para representar simbólicamente la identidad de un colectivo de una forma sintética al mismo tiempo que emocionalmente afectiva, al constituirse en un punto de referencia para los grupos humanos (Iwaniszewski, 2006: 19) - lo

que Pierre Nora denominó como “lugares de memoria”10 - pues localiza

físicamente las permanencias del pasado.

Pero también entronca, íntimamente, con otro sentimiento poderoso, la ausencia, que tan acusadamente se encuentra en la obra de Michel de Certeau y que describe con estas hermosas palabras:

al institucionalizarse durante el siglo XIX como resultado de legitimar la hegemonía de los poderes políticos, la Arqueología se benefició, saliendo consolidada como disciplina científica (Forero, 2008: 19).

10 “Unidades significativas, de orden material o ideal, a la que la voluntad de los hombres o el trabajo del tiempo convirtieron en un elemento simbólico de una determinada comunidad” (Candau, 2002: 112). Como bien revela Candau en esta definición, resulta evidente el carácter artificial y arbitrario del concepto, dado que aunque estos espacios puedan ser lugares físicos como edificios, monumentos u objetos significativos, o abstractos y mentales, como las obras literarias, artísticas o musicales, todos ellos son transformados en símbolos de un imaginario en construcción permanente.

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Sin duda alguna, los procesos del caminante pueden registrarse en mapas urbanos para transcribir sus huellas (aquí pesadas, allá ligeras) y sus trayectorias (pasan por aquí pero no por allá). Pero estas sinuosidades en los trazos gruesos y en los más finos de su caligrafía remiten solamente, como palabras, a la ausencia de lo que ha pasado. Las lecturas de recorridos pierden lo que ha sido: el acto mismo de pasar” (Certeau, 1996: 109).

De este modo, el jesuita francés entendía que los espacios vividos son lugares inexistentes más que en nuestra memoria, siendo momentos más que procesos, ausentes de la realidad actual aunque no por ello menos reales para cada uno de nosotros.

“Sorprende aquí el hecho de que los lugares vividos son como presencias de ausencias. Lo que se muestra señala lo que ya no está: "vea usted, aquí estaba...", pero eso ya no se ve. Los demostrativos expresan las identidades invisibles de lo visible: es, efectivamente, la definición misma del lugar” (Certeau, 1996: 121).

El Patrimonio se convierte así en una representación de lo que queda y de lo que falta, relacionando un espacio o una materia física con un espacio o materia simbólica, con los recuerdos individuales y con

los colectivos, con las ideas y con los valores asignados11, canalizando

los referentes simbólicos a través de las emociones y los sentimientos y

11 Entendiendo por valor una cualidad que se atribuye a determinados objetos y que, por ello, se hacen merecedores de aprecio (Ballart et al., 1996: 215). Diversos autores (Lipe, 1984; Stanley, 1994; Darvill, 1995; Startin, 1995; Carver, 1996; Martín Guglielmino, 1996; Ballart, 1997; Throsby, 2001; Ballart y Tresserras, 2001; Ready y Navrud, 2002; Fontal, 2004) han abordado y realizado una reflexión profunda sobre el tema del Patrimonio, sistematizándolo, describiendo o estudiando los valores que supuestamente representa y cuya existencia misma y tipología siguen siendo motivo de debate (Wheatley, 1995: 163).

Parte I. Del Patrimonio a los Parques Ecoarqueológicos

49 legitimándose a partir de predefinidas fuentes de autoridad que confluyen en los elementos culturales - sean éstos materiales o

inmateriales12 - que son asociados por determinados sectores de la

sociedad con una determinada identidad y con unos determinados valores (Prats, 1997: 22 y ss.). Es por ello que se le ha considerado, con razón, un espacio de disputa económica, política y simbólica (García Canclini, 1993: 45).

Podríamos decir que el Patrimonio es el fruto de dos procesos en constante interacción: el de una formación cultural, dinámica y acumulativa, y el de una formación de la identidad que nace y se nutre de la anterior pero que se caracteriza por encontrarse en un continuo proceso de valoración, aceptación, rechazo, interpretación y redefinición sistemática de la herencia recibida.

Por este motivo, el Patrimonio se concreta, en gran medida, por su capacidad para ser percibido y aceptado por la comunidad, aunque para ello sea necesario un proceso de aprendizaje que puede ser generado por medio de la educación directa - como puede ser la escuela - o indirecta, mediante una visualización cotidiana (Merleau-Ponty, 1957).

Se incrementan así los vínculos afectivos y efectivos entre la comunidad y el Patrimonio expuesto, incorporando éste a la historia personal y colectiva y pudiendo ser transmitida, de este modo, la información implícita que conlleva. Sin esta aceptación, todo intento por asociar determinado Patrimonio con determinada identidad o grupo social está condenado al fracaso.

12 Se define como Patrimonio Inmaterial o Intangible “los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas - junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes - que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural” (UNESCO, 2003: Art. 2.1).

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Esta potenciación cotidiana del vínculo entre el observador y el Patrimonio se fundamenta en que éste no tiene posibilidad de ser reconocido emocionalmente fuera del ámbito de su entorno espacial, temporal y humano pues conforma con estos elementos un paisaje único e indivisible, a pesar que debemos de ser conscientes que se trata siempre de un reconocimiento provisional, subjetivo y expuesto a cambios, pues los valores que representa pueden variar en el tiempo aunque siempre serán identificados y determinados durante un solo instante, en el momento de la observación.

Es por ello que la exposición cotidiana del Patrimonio se construye momento a momento, con cada observación y con cada experiencia, en un proceso educativo y formativo en donde se genera la vinculación emocional necesaria e imprescindible entre el Patrimonio y quien o quienes lo contemplan.

Sin embargo, esta exposición cotidiana no necesariamente lleva implícita un reconocimiento inmediato si no es acompañada de una adecuada información pues la visualización, en cualquiera de los casos, es fundamental para que el potencial observador se convierta en el receptor de la información. La enorme mariposa modernista que Josep Graner construyó en 1912 a 10 metros de altura en la entrada de la Gran Vía de Barcelona o las baldosas hexagonales que Gaudí diseñó y que cubren el suelo del Paseo de Gracia, también en Barcelona, son dos ejemplos que sin una información adecuada, todo patrimonio puede pasar desapercibido.

Por otro lado, el concepto de Patrimonio responde a los interrogantes que plantean los restos del pasado con respecto a su existencia, trascendencia y valor en nuestra sociedad y se forma a partir de la íntima relación existente entre la cultura y el espacio con el

Parte I. Del Patrimonio a los Parques Ecoarqueológicos

51 tiempo, que ordena los acontecimientos y nos permite establecer criterios de antigüedad y modernidad.

Según Enrique Florescano (1993: 9-11), cuatro son las variables dinámicas y complejas que son determinantes en la creación del concepto y que nos permiten comprender las políticas que se relacionan con el mismo: a) la manera como cada época rescata el pasado y selecciona los bienes que identifica como patrimonio; b) cómo según sean los intereses dominantes y la idea de nación que se pretende construir, los grupos dominantes seleccionan ese pasado; c) cómo ese patrimonio nacional se construye sobre una idiosincrasia propia en oposición con el que es considerado como patrimonio universal o de otras naciones, lo cual se relaciona con cuestiones de identidad; y d) cómo el uso que se hace de ese patrimonio nacional se determina también por la confluencia de los diferentes intereses, público y privados, sociales, económicos, políticos, etc.

Del mismo modo, es corriente encontrar en los textos que tratan

el tema palabras como memoria, olvido, nostalgia, recuerdo,

sentimientos y otros términos semejantes13, sin llegar verdaderamente a considerar que todos ellos responden a actos humanos, puramente subjetivos, y que el mismo Patrimonio es ideado pues no existe en la naturaleza (Prats, 1997: 19-20), siendo construido social y culturalmente (Florescano, 1993: 10; Prats, 1997: 19; Ballart y Tresserras, 2001: 11; Fernández de Paz, 2006: 2) en un proceso mental que solo existe en nuestro presente, por lo que es a partir del mismo, con sus circunstancias históricas y sociales específicas, con sus espacios definidos y al servicio de determinados intereses, que

13 David Lowenthal (1998: 29) es muy crítico con la utilización de estos términos que para él no demuestran más que el malestar que caracteriza a una sociedad moderna que, además, ha hecho del pasado “el país extraño con el mercado turístico más saneado de cuantos existen”.

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visualizamos, ordenamos y categorizamos como Patrimonio cualquier resto del pasado.

Sin embargo, mientras que lo que se ha venido a llamar “la

invención del Patrimonio” es una manipulación, es decir, un artificio en

donde se producen procesos de descontextualización y

recontextualización, personales y conscientes, existe una construcción social generada a partir de procesos inconscientes e impersonales que remiten a la idea de un universo simbólico legitimado por un consenso colectivo (Prats, 1997: 19-21).

Esta subjetividad inherente al Patrimonio implica que, como tal, no sea inmutable sino que puede ser creado, modificado, ampliado, reducido o, simplemente, destruido, según aparezcan y desaparezcan de la escena actores, criterios, propósitos, circunstancias o demandas (Fernández de Paz, 2006: 2). Y así el Patrimonio ha evolucionado a lo largo de la historia.

En este proceso, ha pasado de ser considerado un objeto de valor intrínseco y meramente material y económico a convertirse en un receptáculo de información, en gran parte emocional. Y de tener una condición privada e individual a ser reconocido como una propiedad colectiva. Esta nueva percepción de lo que se transmite es la transición que va del tesoro al Bien Cultural14, siendo ésta una herencia que nos convierte, en primer lugar, en sus depositarios, y en segundo término, en sus usuarios. Pero, fundamentalmente, nos hace responsables de su custodia y salvaguardia durante el transcurso de su transmisión a las generaciones futuras.

14 Se definen los bienes culturales como “los bienes, muebles o inmuebles que tengan gran importancia para el patrimonio cultural de los pueblos” (UNESCO, 1954: Cap. I, Art. 1a). Para J. Ballart (1997: 68) “bien cultural” se define como el “objeto que ha acumulado teoría, práctica, experiencia e investigación, en definitiva es el resultado del conocimiento humano acumulado”.

Parte I. Del Patrimonio a los Parques Ecoarqueológicos

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Ello es posible porque la noción de patrimoine como bienes

materiales que se poseen lleva implícita también una carga abstracta o espiritual que se refiere a toda una serie de derechos y de obligaciones, de recuerdos, sentimientos, afectos y desafectos, costumbres y comportamientos, modelos de vida familiar y social, que también son heredadas y que sirven para relacionar personas, espacios y tiempos.

Es el heritage, los bienes materiales e inmateriales que se transmiten a

los descendientes (Krebs y Schmidt-Hebbel, 1999: 209).

Este cambio no solamente significó un giro radical de perspectiva sino que implicó la creación de un derecho colectivo y el reconocimiento de un derecho intrínseco ligado a determinados grupos, a determinadas

sociedades o, incluso, a toda la Humanidad15.

Se trata de un derecho claramente artificial, antaño inexistente, que se pretende sea dominante sobre uno individual, también artificial, por cierto, pero que dispone de un amplio reconocimiento tanto a nivel histórico como social y jurídico, por lo que sigue prevaleciendo aún en la actualidad aunque tal posición no se encuentre exenta de polémica

(Carrillo Salcedo, 1984: 202)16.

Esta evolución conlleva, a su vez, una transformación no solo a

nivel jurídico muy compleja17 sino, especialmente, de mentalidad, pues

15 “Cargadas de un mensaje espiritual del pasado, las obras monumentales de los pueblos continúan siendo en la vida presente el testimonio vivo de sus tradiciones seculares. La humanidad, que cada día toma conciencia de la unidad de los valores humanos, los considera como un patrimonio común, y de cara a las generaciones futuras, se reconoce solidariamente responsable de su salvaguarda. Debe transmitirlos en toda la riqueza de su autenticidad” (ICOMOS, 1964: Preámbulo).

16 Tanto es así que en España, a pesar de declararse como un Estado Social de Derecho y aunque sobre el papel prevalezca la utilidad social y el interés público por encima de la propiedad privada, funciona en la práctica como un Estado Liberal, donde la economía prima sobre lo social y la propiedad se piensa como derecho exclusivo de su poseedor (González Méndez, 2000: 383).

17 Puede observarse la plasmación de este cambio en la legislación en López Bravo, C., 1999. El patrimonio cultural en el sistema de derechos fundamentales. Universidad de

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a pesar que la toma de conciencia del colectivo/comunidad de los deberes y de los derechos (Ballart y Tresserras, 2001: 11) que comporta la existencia de un Patrimonio común es hoy en día - con

muchos matices - una realidad18, todavía se halla en un proceso de

desarrollo.

No obstante, es indudable el enorme salto cualitativo y cuantitativo que se ha producido en el último siglo y que este progresivo crecimiento y redefinición ha significado una mayor capacidad para proteger algunos espacios que hasta entonces se habían encontrado fuera del ámbito de protección que les otorgaban las diferentes legislaciones nacionales e internacionales.

También es una realidad que esta ampliación, unida al incremento de las investigaciones y estudios y del interés por preservar el Patrimonio ante las amenazas que el desarrollo de la sociedad actual genera, ha aumentado de forma considerable el número de sitios,

monumentos y bienes patrimoniales19 que deben de ser estudiados y

protegidos, con los inevitables problemas que todo ello comporta.

Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Sevilla; y Camps Mirabet, N., 2000. La Protección internacional del patrimonio cultural. Tesis doctoral. Universidad de Lleida. [En línea] [Consulta, Agosto 2009] URL: http://www.tdx.cesca.es/TDX-1024102- 125955/index.html#documents. También es posible consultar los textos más importantes al respecto en las webs de la UNESCO y del ICOMOS: [En línea] [Consulta, Julio 2009]. URL: http://unesdoc.unesco.org/ulis/index.shtml y URL: http://www.esicomos.org/Nueva_carpeta/INDEX_2ESICOMOS.htm. Para el caso de México, véase Díaz-Berrio, S., 1976. Conservación de Monumentos y Zonas Monumentales. SEP Setentas, 250, México; González, M. del R., 1980. “La protección de los bienes arqueológicos en México y su relación con la jurisprudencia”, en J. Litvak, R. González y M. R. González (Eds.) Arqueología y derecho en México. IIA- UNAM, Serie Antropológicas, 23, México, págs. 71-82.

18 Ejemplo de ello son las palabras del escritor Juan Goytisolo refiriéndose a la destrucción del Patrimonio acaecida durante la reciente guerra de Bosnia. Según el autor, tal desastre significó un auténtico “memoricidio” para la sociedad que lo sufrió, en primera instancia, pero también para toda la Humanidad. Véase Goytisolo, J., 2001. Pájaro que ensucia su propio nido. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, pág. 303.

19 La lista de sitios catalogados dentro del Patrimonio Mundial o de la Humanidad abarca desde el patrimonio estrictamente monumental y físico hasta lo inmaterial o intangible. En 1997 la Lista de Patrimonio Mundial ascendía a 506 sitios, 730 a finales

Parte I. Del Patrimonio a los Parques Ecoarqueológicos

55 Ello hace imprescindible que la conservación del Patrimonio deba de entenderse como algo más que un simple ejercicio de acumulación de bienes y de preservación para las generaciones futuras, pudiendo

llegar al absurdo de la “conservación por la conservación” (Ballart y

Tresserras, 2001: 15) y convertirse en un problema20 si no se establece

un equilibrio razonable entre conservación y desarrollo y, para ello, es inevitable entrar en un estudio en profundidad del concepto mismo, de su definición, composición, valores y, especialmente, de su función en esta sociedad (Ballart, 1997; Criado, 2001; Ballart y Tresserras, 2001; Rivera y Fernández-Baca, 2004).

de 2002 y 890 a mediados 2009. En Abril de 2011 incluía 911 sitios. Véase UNESCO. Lista de Patrimonio Mundial. [En línea] [Consulta, Agosto 2009] URL: http://whc.unesco.org/en/list

20 Es lo que ha venido a denominarse patrimonización de la historia, donde el patrimonio se convierte en una categoría dominante, si no agobiante (Hartog, 2005: 7), que rige las políticas públicas, culturales, económicas, urbanísticas, etc., y que puede llegar a tiranizar tanto el presente como el futuro al “exigir” su conservación y