3.5 The tidal phase shift
3.5.2 Phase shift between the tidal bulge and the moon
La dimensión social del envejecimiento, como ya se explicó, está determinada por el rol de la persona mayor en la sociedad y en su entorno, así como por circunstancias económicas, laborales y familiares [5]. Tal y como señala Bazo, “la vejez es una realidad biológica, pero
Desde el punto de vista cultural, el envejecimiento “hace referencia a un conjunto de acontecimientos transitorios” que “guardan relación con las diferencias entre los distintos grupos generacionales”, siendo su comienzo “más de tipo social que biológico, ya que las personas terminan resultando obligadas a transitar determinadas circunstancias”. Entre estos acontecimientos se encuentran: la jubilación, la reducción del grupo familiar, la pérdida de amistades, o los estereotipos, consideraciones y actitudes del entorno social sobre el significado y las características de la vejez [7].
De este modo, cada cultura trata de encontrar su propio significado de esta etapa de la vida, asumiendo para ello ciertas concepciones basadas desde el imaginario social. Esto ha promovido en muchas ocasiones interpretaciones erróneas, que han generado mitos y estereotipos negativos en relación al proceso de envejecer, surgiendo actitudes y sentimientos de temor, y alejándose de la consideración de la vejez como una etapa más del ciclo vital [2, 28].
Desde la perspectiva social, como ya se ha señalado, envejecer supone situarse en un estrato social concreto y desempeñar una serie de funciones y roles dentro de la dinámica de la sociedad, determinados en su mayoría por las costumbres y creencias de sus ciudadanos [6].
Las costumbres y creencias sobre la vejez han estado tradicionalmente vinculadas, en nuestra sociedad y en otras similares, con conceptos como deterioro, minusvalía, discapacidad, decadencia, decrepitud, enfermedad, dependencia, incompetencia, inutilidad, pasividad o fragilidad [2, 4, 7, 17, 26]. El envejecimiento también se relaciona en algunos casos con la “antesala de la muerte”, emergiendo sentimientos de temor ante la proximidad de este incierto o desconocido evento [10].
Estos atributos forman parte de un conjunto más amplio de mitos y prejuicios que acompañan al concepto que la sociedad tiene sobre la vejez o el envejecimiento, entre los que también se encuentra la asociación con la soledad, el aislamiento, la necesidad de institucionalización, graves deterioros cognitivos o trastornos de memoria, depresión, pobreza, mayor riesgo de resultar víctima de un crimen, o mayor demanda económica y social [4, 7, 29].
Asimismo, se perciben como rasgos característicos de la población mayor la fácil irritabilidad, la sensación permanente de cansancio, el interés exclusivo por sí mismos, o la tendencia a hablar únicamente de recuerdos y a “vivir en el pasado” [4].
En muchos casos se considera, además, que las personas mayores carecen de interés o de capacidades para establecer relaciones sexuales o relaciones sociales en general [20], por lo que se vincula esta etapa de la vida con la ausencia de vida sexual o incluso social [4].
También se asocia frecuentemente la inactividad laboral que se produce durante la vejez, derivada del proceso de jubilación, con la inactividad en el resto de áreas de la vida [29, 30], así como una menor productividad en los trabajadores de edad avanzada en comparación con profesionales más jóvenes [7]. Esto conlleva actitudes colectivas negativas, basadas en la vinculación de las personas mayores con seres pasivos e improductivos, que “estorban” dentro del grupo social o laboral al que pertenecen [14, 26, 31].
Desde el punto de vista de la antropología, nuestra sociedad actual, como la de muchos países occidentales, se enmarca en el modelo de las sociedades industriales o post- industriales y en el de las sociedades capitalistas de consumo. En estos modelos, las personas mayores no suelen desempeñar un rol familiar pro activo, siendo frecuente que se encuentren alejadas de su grupo primario. Al perder su ocupación laboral, sufren también la pérdida del prestigio y la identidad que se asocian con el rol profesional, experimentando además una merma de sus ingresos económicos. La sociedad tiende a considerar en muchas ocasiones a las personas mayores como seres improductivos o como una “carga” al verse alterada su capacidad económica, de consumo o de producción [7, 10].
Finalmente, uno de los mitos más frecuentes, y que comprende a todos los anteriores, es que todas las personas mayores “conforman un grupo homogéneo” [7], con idénticas capacidades, intereses o necesidades.
No obstante, estas percepciones negativas, o incluso catastróficas, sobre el envejecimiento o sobre las personas mayores, han aparecido en diversas culturas y etapas históricas, no siendo exclusivas de las sociedades industrializadas actuales, aspecto que lleva a pensar a algunos autores que puedan ser inherentes a la propia naturaleza del ser humano [17]. Así, existen mitos y prejuicios sobre la vejez que emergen en todos los sectores de la población, desde niños y adolescentes, hasta individuos que se encuentran en esta etapa de la vida. Es decir, las propias personas mayores presentan en muchas ocasiones una visión negativa sobre la vejez, que les lleva a rechazar su denominación como ancianos, viejos o mayores, debido a los atributos que asignan a estos adjetivos y a la edad avanzada en general [17]. Tal y como refieren González y Ruiz, “llegados a dicha edad, es fácil convencerse de que hay que asumir ese rol” [26].
Como se señaló en los apartados anteriores, los estereotipos existentes en la sociedad y en las propias personas mayores, pueden modificar la percepción, el concepto y la imagen que éstas tengan de sí mismas [9, 26], afectando a su confianza, al desarrollo de su personalidad y a su vida social y familiar [4]. En muchas ocasiones, los mitos o prejuicios también están presentes en los propios profesionales que conforman los equipos de los distintos recursos o dispositivos sociosanitarios, influyendo negativamente en su forma actuar e intervenir con las personas mayores [7].
Por otro lado, existen mitos o estereotipos positivos sobre la vejez, que radican en asociar la edad avanzada con la sabiduría o el conocimiento [7, 9, 17]. Así, Rodríguez define a las personas mayores como “ese numeroso y creciente segmento poblacional que se caracteriza por contar con el bagaje de una experiencia vital y conocimientos acumulados a lo largo de muchos años de vida” [32].
Sin embargo, la sociedad en que estamos inmersos, caracterizada por el acceso globalizado al conocimiento y la información, especialmente en las últimas décadas, tiende a desvalorizar el conocimiento personal que pueden tener las personas mayores, basado en la experiencia y el aprendizaje adquiridos a lo largo de toda una vida, considerando que este conocimiento se puede obtener a través de otras vías, como la educación formal o el acceso a Internet [10]. Se confunden, de este modo, los datos e informaciones disponibles en los libros y en Internet con el conocimiento y sabiduría que se adquiere a lo largo de la vida, el cual permite dotar de utilidad a los datos e informaciones consultados.
Cornachione también señala que “el tema del envejecimiento humano no se reduce a sustituir una perspectiva centrada en la decadencia por otra basada en la plenitud, a raíz de que muchas personas de 65 años o más tienen buenos niveles de salud y mantienen independencia y autonomía”. Para la citada autora, “esto no supone más que aplicar la negación frente a las situaciones de dificultad que generan sufrimiento individual y social”, las cuales son cotidianas para un porcentaje importante de personas mayores, en especial, para aquellas que tienen más de 80 años [7].
En general, la presencia de estos prejuicios o mitos sobre la vejez, tanto positivos como negativos, dificulta la definición de los atributos específicos de esta etapa de la vida, y de las necesidades de cuidado que se presentan en su evolución [2].
Para finalizar esta sección, cabe resaltar que, en los últimos años, han surgido “nuevas propuestas que se resisten a considerar a las personas mayores como meros receptores de jubilaciones y cuidados o como ciudadanos incapaces de aportar, elegir, actuar, decidir o
desear algo distinto a aquello que habitualmente se les ofrece” [7]. Esta evolución en la concepción social y cultural sobre el envejecimiento apunta hacia un cambio sustancial de paradigma en la comprensión y atención de este fenómeno, aspecto que será abordado en el apartado I.2 del presente documento.