3.1. METHODOLOGY
3.1.2. Pilot study
En los 80, las películas tenían cierta inocencia y carecían del cinismo que muchas tienen en la actualidad. Las películas de antes son muy diferentes de lo que vemos hoy y, además, el ritual de ir al cine implicaba ya una aventura y una experiencia muy distintas. No había Internet para ver tráilers, eran pocas las revistas de cine que se publicaban y una película tardaba meses en llegar a video. Todo (o casi todo) lo que giraba alrededor de una película era un suceso importante para mí. Un afiche de vía pública, un recorte de diario, un panfleto, un programa de cine, merchandising, cualquier cosa.
El Imperio contraataca, Cupido motorizado y todas las películas que tuvieran ninjas, un poco de karate, piñas, superhéroes, terror o naves espaciales eran mis preferidas. Hagamos un listado tentativo, azaroso y aleatorio, como para poner a prueba la memoria:
E.T. Rambo
Retroceder nunca, rendirse jamás La hora del espanto
Mar tes 13
Pesadilla Corazón de león Robocop Ter minator Fuerza Delta Depredador
Los intocables Poltergeist
En busca del arca perdida La cosa
Alien Mad Max Super man II
El regreso del jedi
Los cazafantasmas Conan el bárbaro Comando
Highlander, el último inmor tal
El día de los muer tos Cocodrilo Dundee Top Gun
Star man
Juegos de guerra Duro de matar Volver al futuro Blade Runner
Pero, claro, en toda vida hay momentos que superan cualquier idea doméstica que uno tenga de los sucesos mundanos, y para mí todo cambió cuando descubrí la ecuación del Karate Kid. Quiero aclarar que, en el barrio de Villa Crespo, mi hermano y yo practicábamos judo y habíamos avanzado mucho con los colores del cinturón: tuvimos algún que otro momento de gloria en un examen, pero nada tiene que ver con la fascinación generada por Karate Kid, esa gema, esa obra maestra que cuenta de manera tan clásica —y contundente— esa tremendo equívoco que debe ser reparado: la mujer que queremos está en manos equivocadas, hay que enfrentar nuestro destino y lograr que ella deje al rubio, que el universo se ordene y ese bombón
(nuestra Elizabeth Shue) nos elija, finalmente, a nosotros.
A ver Karate Kid me llevó mi abuela Paquita. Pobre abuela: con mi hermano la habíamos abrumado con Tron y tantas otras películas ochentosas. Sin embargo, esta iba a ser una experiencia diferente. Que levante la mano el que no vio Karate Kid. Lo dicho: todos la vieron. Ya todo el mundo conoce a Miyagi y sabe que pintando una medianera, o encerando y puliendo un auto, se puede dar luego una golpiza a un matón abusador. Pero hubo algo más allá de la acción que me conmovió: la historia de amor. La escena en la que Daniel San y la chica rubia son amenazados en la playa por la pandilla del rubio, algo clásico. Esa escena me mostró una dinámica de chico-chica-rival que, desde entonces, se repitió en mi vida por siempre.
La chica es un ser delicado, inocente. Es bella en su sencillez, algo naïve, recontra buena. Es tierna, tiene ganas de dar amor. Pero está en brazos del hombre equivocado. Que además la trata muy mal. Y ella lo siente. Pero no lo deja. Ya veremos por qué.
El chico, por su parte, es un ser noble, un candidato a héroe
dispuesto a todo por conseguir a su amada y alcanzar sus sueños, que suelen ser bastante utópicos.
superioridad de condiciones (en general, físicas y económicas) ha robado a la chica de los brazos del chico, o al menos la mantiene lejos y hasta cautiva. Nada más clásico, nada más contundente que ese mítico diálogo de tres integrantes: chico-chica-rival.
Una mañana, en los comienzos del año 1999, abrí el diario y leí una nota acerca de una peli de terror que se estaba terminando de rodar, Habitaciones para turistas. Había un par de fotos y una entrevista con su director, el platense Adrián García Bogliano. En aquel momento yo trabajaba en Radio Mitre. Comentaba cine y tenía la secreta ambición de que la movida cinematográfica en soportes alternativos (Hi 8, Super VHS, etc.), y por fuera de los institutos, se volviera mucho más grande cuantos más realizadores se volcaran a esos caminos de producción. Esta gente de la ciudad de La Plata parecía ir por ese camino, y así fue que me contacté con Hernán Moyano (Moya), productor de esa película, y decidimos juntarnos en la ciudad de las diagonales un domingo gris. Tomé el micro y lleno de ansiedad viajé a una de las ciudades más lindas del país. Cuando llegué, Moya me estaba esperando en la terminal, porque la reunión iba a ser en su casa. Nos abrazamos como dos que se saben soldados del mismo ejército y, ahí nomás, emprendimos el camino al secreto rendez vous. En lo de Moya nos esperaba Adrián, director de
Habitaciones para turistas.
Llegamos. Eran las once de la mañana. A partir de entonces, se sucedió la charla sobre cine más larga que tuve en mi vida. Sin
movernos (sólo para ir al baño, muy de vez en cuando) y sin comer ni beber mucho, charlamos desde las once de la mañana hasta las once de la noche sin parar. Como me es imposible reproducir esa charla (que bien podría ser un libro entero), dejo este temario y después sigo adelante.
Temario o ayuda memoria de la charla de aquel día gris en La Plata con Adrián y Moya
• Making de una peli de terror como Habitaciones para turistas cuando tenés sólo 17 años (Adrián nació en 1980).
• Influencias de Deliverance, la peli de John Boorman.
• Años 70.
• La actriz Marilyn Chambers.
director de cine. • Hip-hop.
• La película Experiment in terror, de Blake Edwards.
• El director Richard Stanley, y particularmente su peli Dust devil.
• Rob Zombie.
• Los misterios de La Plata.
• Quentin Tarantino y el supuesto guión de Scream. • El escalofriante documental Marjoe.
• Pósters, ediciones en DVD y bandas de sonido. • Las leyendas acerca de Adrián como director (decían que decía “Acción” con un crucifijo en la mano y que editaba usando una lupa de detective para ver el monitor).
• Dario Argento.
También vimos imágenes de Habitaciones para turistas (en aquel momento, a modo de adelanto). Y ahí estaba ella. Ruth. Una de las actrices de la peli. Un ser gracioso, con personalidad y mucho encanto también. Yo estaba soltero. ¿Por qué no una cita?, pensé. ¿Por qué no conocer a alguien de otra ciudad?, me entusiasmé. Con la poca fuerza que me quedaba después del maratón cinematográfico-oral en el living de Moya (podría sonar raro esto, como si nos hubiéramos filmado durante horas haciendo ciertas prácticas, pero créanme:
semánticamente es lo más acertado), le pedí al dueño de casa el contacto para ubicar a Ruth. A la semana siguiente, o algo así como unos cuatro días después, inicié la “Operación contactar a Ruth”. La verdad es que sabía muy poco de ella. Apenas que le gustaba el terror y The Strokes, o sea, casi nada, o nada muy definitivo como para
analizar un perfil y obrar en consecuencia.
Llamé, me presenté. Tardé aproximadamente cinco minutos de charla en sacarle la primera sonrisa. Eso no era bueno. Pero en fin, era algo. Justo se estaba por estrenar la nueva versión de La masacre de Texas, así que la invité a verla. Reconozco que no aceptó de muy buen modo, pero al menos era algo y la cita estaba encaminada. Yo por mi parte quería tener un as bajo la manga o algo así. Pensé y pensé y lo único que se me ocurrió fue lo siguiente: aprovechando que mi trabajo de ese momento consistía en comentar películas, fui a la distribuidora
de la peli en cuestión y les pedí que en el diario de la madrugada del sábado (o sea, cuando íbamos a estar saliendo del cine) pusieran en el aviso publicitario del film una frasecita mía:
“Ideal para una primera cita.”
(Sebastián De Caro, Radio Mitre)
No fue tan fácil. Tuve que rogar de rodillas, ofrecer coimas, dar algo de lástima e incluso ponerme algo pesado. Así fue que me dijeron que sí, que lo harían.
Llegó por fin el día de la cita. A las diez de la noche me encontré con Ruht en la puerta del cine. Estaba medio fría, arreglada pero no mucho. Yo ya tenía las entradas, de modo que nos dirigimos a la sala sin conversar mucho. Empezó la peli y al minuto 25 ella gritó a la pantalla:
¡¿ DÓNDE ESTÁ MI FUCKING TRAVELLING COMPENSANDO ?! Detenerme a explicar qué quiso decir sería aburrido. Sólo diré que era un pedido demasiado técnico y entusiasta para que una chica lo grite a una pantalla. Algo así como que una mujer en la cancha grite:
¡PERO CON UN 4-4-2NO VAMOS A NINGÚNN LADO !
¡QUE SE PROYECTEN MÁS LOS LATERALES ,QUE SI NO,NO HACEMOS NADA !
La peli llegó a su fin (por suerte, ya que era malísima). Mientras dejábamos el complejo de cines, yo sólo tenía en mente una cosa:
poder hacer tiempo para comprar el diario y así concretar mi maniobra de comedia romántica.
Caminamos por la calle Santa Fe y, debo reconocer, el diálogo se volvió más fluido. Eso me puso contento y sentí que había ganado unos puntos. Y más me entusiasmaba con comprar el diario. Hasta que de repente, en un segundo, el rostro de Ruth, mientras miraba hacia adelante, cambió abruptamente de expresión, su cara era de absoluto horror, había visto algo que la había dejado perpleja, aterrorizada.
Efectivamente, se trababa de un ex. Un hombre de una altura considerable, de porte rockero, alto, pelo largo, un galán, un Stroke suelto ahí, en la avenida Santa Fe, caminando hacia nosotros. Ella se adelantó y fue a su encuentro antes de que él nos cruzara. Detuve mi marcha y observé cómo ella le hablaba, mientras él alternaba miradas dirigidas hacia mí. Miradas. cómo describirlas. Con odio, eso, miradas cargadas de odio, bastante importantes, como para no
menospreciarlas. No parecían fingidas ni actuadas, se las percibía reales, bien reales. No sé, tal vez creía que yo era alguien que no era, otro tipo, quizá alguno que le había comprometido su historia con Ruth. Mientras tanto , yo buscaba desde mi lugar —alejado por las miradas de odio, desde ya, y como estrategia prudente— un kiosco de diarios y revistas. Hasta que vi cómo él le tomaba el rostro y la besaba. La cita había terminado. Al menos para mí.
Bah, en realidad, ojalá hubiera terminado ahí. Porque de golpe el Stroke la hizo a un lado, como si ella se interpusiera en su camino, aceleró su marcha hacia mí, y Ruth gritó
¡ L NO ES!
Sin decir “agua va” me pegó —de sorpresa— una piña en el medio de la cara. Cuando me levanté del piso —sí, me tiró—, Ruth se había interpuesto entre los dos. Lo alejó de mí y ambos salieron corriendo y discutiendo.
Conclusión
Jamás, jamás entendí bien qué fue lo que había pasado. Ella besó a otro, recibí un golpe en el rostro. Dos golpes. Combinación fatal.
¿Dónde estaba el señor Miyagi? ¿Dónde estaba la posición de la grulla para salvarme?
Entendí, una vez más, que la vida no es como en las películas.