6.2 Reliability, responsiveness and bandwidth
6.2.2 Pithos performance
A cualquier persona, sin necesidad de mayores conocimientos lingüísticos, se le alcanza que la situación del leonés en la actualidad es extremadamente precaria frente al avance de la castellanización, un proceso —por otra parte— que no se reduce únicamente a fechas recientes. En este contexto, sin embargo, un elemen- to de la lengua tan conservador, como es la toponimia, presenta características muy particulares en el conflicto de normas entre leonés y castellano, en la medida en que refleja, no tanto la situación actual, como una situación histórica con fre-
1 La publicación Toponimia: Normas para el MTN25. Conceptos básicos y terminología, Instituto Geográfico
Nacional, Madrid, 2005 puede también descargarse desde la sección de uno de los órganos colegiados, el Consejo Superior Geográfico (CSG), en la web del Ministerio de Fomento, http://www.fomento.es.
cuencia previa a la castellanización. Como cabría esperar, este conflicto presenta unas consecuencias evidentes en el cartografiado de la toponimia en las hojas del IGN, que es a lo que aquí me voy a referir.
El antiguo dominio leonés presenta hoy, en el campo de la toponimia, un apreciable grado de complejidad, algo que, al mismo tiempo, hace que sea es- pecialmente interesante para el lingüista. El punto de partida para entender esa complejidad es el proceso histórico que ha sufrido el romance en este territorio, con una constante lucha de normas latente a lo largo de varios siglos entre el romance original que resultó del latín y el modelo castellano que paulatinamente se ha ido imponiendo hasta acabar relegando los rasgos patrimoniales leoneses a elementos aislados en el léxico. Ese conflicto de normas viene de lejos pues, ya desde la Edad Media (Morala, 2004, 555-569; 2008, 129-148), los documentos muestran un proceso lento pero constante en la castellanización que, sin embar- go, en el registro oral no se ha completado desde el momento en que, aún hoy, el investigador puede obtener información directa de los hablantes de determina- das zonas. Más aún, pese a haberse acelerado el proceso de castellanización en las últimas décadas, los trabajos de los dialectólogos durante todo el siglo XX —des- de que Menéndez Pidal (1906) publicara su conocido trabajo sobre el leonés— nos ofrecen el registro de abundantísimas muestras previas a la castellanización.
Dejando a un lado la lengua general y centrándonos en la toponimia, una situación como la esbozada tiene inevitablemente un claro reflejo en los nom- bres geográficos, campo de la lengua que, como todos sabemos, es esencialmente conservador y renuente a los cambios y que, con frecuencia, constituye el último eslabón en el proceso de sustitución de una lengua por otra. Como es fácil de suponer, las huellas del leonés —entendido como un romance con soluciones diferenciadas a las del castellano— son especialmente fáciles de detectar en la toponimia. Se da el caso, incluso, de que en las zonas más intensa y antiguamente castellanizadas esos rasgos prácticamente solo son perceptibles en la toponimia y, únicamente de forma ocasional, en algunos campos léxicos especialmente arrai- gados y poco receptivos a las influencias externas.
Desde luego que, si nuestro objetivo es el de localizar ejemplos que nos per- mitan demostrar la existencia en el pasado de soluciones romances autónomas, un simple vistazo a las hojas del Instituto Geográfico Nacional o, más acorde con
nuestros tiempos, la consulta en línea de estos mismos mapas2, nos ofrecen de
inmediato una colección de ejemplos que el lingüista no puede ignorar.
2.1. Leonés y toponimia
Recordando los manuales clásicos de dialectología, estaremos de acuerdo en que algunos de los rasgos más reconocibles del leonés en el marco de los romances hispá- nicos y principalmente tomando como referencia las áreas contiguas del gallego, por el occidente, y del castellano, por el oriente, con los que bien puede coincidir hacia uno u otro lado o bien diferenciarse de ambos, son algunos como los siguientes:
• mantenimiento de /f–/3 (forno) o su posible aspiración en el leonés oriental
(jorno).
• mantenimiento del diptongo /ie/ procedente de /ĕ/ en casos en los que el castellano lo ha reducido a /i/ (castiello frente a castillo o castelo).
• diptongación de la /ŏ/ seguida de yod en voces como güeyo frente al caste- llano ojo o el gallego ollo.
• reforzamiento de la /l–/, que generalmente conduce a /l̬/ (llino por lino,
llazo por lazo).
• mantenimiento de /–mb–/ (palomba, llamber o lamber).
• tratamiento de /lj/ con resultado mayoritario en /y/ (muyer) aunque tam- bién con otras posibilidades (mucher).
• una solución africada en el leonés occidental, coincidente con el gallego, para los grupos /pl–, kl– fl–/ (chano < planu).
• mantenimiento de los diptongos decrecientes, con un reparto similar al an- terior, en voces como veiga o bouza.
Estos y otros fenómenos son, como decía, fáciles de localizar en la toponi- mia de los mapas del IGN, que nos ofrecen abundantísimos ejemplos con los
2 Utilizo indistintamente como fuente para este trabajo la toponimia menor registrada en la cartografía
en línea del propio IGN o la del SIGPAC, disponibles respectivamente en las URLs http://www.ign.es/ iberpix/visoriberpix/visorign.html y http://sigpac.mapa.es/fega/visor/
3 Para la transcripción, a lo largo de este trabajo, se usan los símbolos fonéticos utilizados por la RFE, ha-
que demostrar la existencia de las soluciones patrimoniales y que generalmente resultan mucho más difíciles de rastrear fuera de la toponimia. Como es lógico, a medida que nos desplazamos hacia el Norte y el Oeste de la provincia, es más fácil encontrarse con ejemplos del antiguo romance pero no es menos cierto que, incluso en zonas donde no es fácil identificar estas evoluciones en el léxico general, la toponimia nos muestra casos que sirven para fijar sobre el mapa el alcance histórico de determinados fenómenos, hoy en manifiesto retroceso. Siguiendo el orden arriba expuesto, dichos rasgos están atestiguados en topó- nimos como los siguientes.
Los ejemplos de /f–/ son especialmente frecuentes. Entre los más repetidos están Fayedo o Faedo, Fierro, Forca o Forcada, Forno o Fornillo, Ferrenal, Peñafu-
rada o Peña Foradada, Piedrafita, Ferrero o Ferreiro, Felechal, Fana, Fornia o los
derivados de fuente como Fontanar, Fontano, Fontanilla… etc., la comarca de
Fenar ‘henar’ o la Sierra de la Filera ‘hilera’. En realidad, resulta casi difícil no
toparse con ejemplos de mantenimiento de la /f–/ en las áreas más tardíamente castellanizadas.
Los ejemplos del sufijo –iello, salvo en el cuadrante suroriental de la provincia, son también especialmente frecuentes: desde el ángulo nororiental (Sajambre, Riaño), donde se localizan formas como Cortiniella, Majadiellas, Susiella, Cu-
rriello, Bustiello, Dorniellas... etc. hasta el extremo suroccidental donde, en La
Cabrera, tenemos formas como Pedrosiello, Chaniello, Alto de la Casiella o, ya en la comarca zamorana de Sanabria, otros como Viciellas o Cubiellas. Sin olvidar que, al lado mismo de la ciudad de León, en el valle del Torío, es posible localizar otros como Aradiellas, Naviella, Rodiella... etc.
La diptongación de /ŏ/ ante yod, además de algún ejemplo menos frecuente como Sigüeya o Pueyo, se repite una y otra vez a lo largo de la provincia en el ejemplo de fueyo ‘hoyo’, para el que también hay Refueyo y la variante fueo, con pérdida de la consonante por estar en contacto con una vocal palatal. Por su par- te, la palatalización de /l–/ la vemos sobre todo en ejemplos formados sobre lama (Llama, Llamera, Llamazo, Llamazares, Llamargos…) o en casos como Llinares,
Lláganos, Llaguna, Lluengo o Llonguera. Un término marcado como Llomba o Llombo —con palatalización y mantenimiento de /–mb–/ que también encon-
tramos en Palombar o Palombiellas y en Cemba— se reitera igualmente por toda la provincia.
La solución en /y/ para la secuencia /lj/ latina y grupos similares está bien repre- sentada en voces como Mayada, Carbayo, Carbayal, Mayuelo, Mayolar o Navayo. A ellos han de añadirse los casos en los que, por estar en contacto con vocal palatal, la consonante secundariamente desaparece. Un fenómeno que, entre los topónimos, es especialmente abundante en el término calea < caleya < callicǔla, del que apare-
cen ejemplos tanto al norte como al occidente de la provincia. En la misma línea han de analizarse otros como Golpieras, Gulpiera o Golpeares —frecuentes en el cuadrante suroccidental— que remiten a vulpecǔla y que equivalen a los castellanos golpejera o golpejar.
Un resultado distinto es el que se produce en zonas de la montaña occidental, por el que /lj/ acaba dando la africada /ĉ/. La toponimia nos descubre que el fenómeno tuvo en el pasado un área más extensa que aquella en la que la dia- lectología ubica modernamente este fenómeno: Carbachal, Carbachonal, Piedras
Bermechas.
Por último, en este recorrido apresurado por los rasgos más marcados de la to- ponimia leonesa, hay que hacer mención de dos fenómenos peculiares del leonés occidental, coincidentes en este caso con el gallego. Me refiero a los diptongos decrecientes representados por topónimos como, de un lado, Salgueiro, Paleira,
Eiros, Veiga, Geijo o Seixo, Requeijo, Queijo o Queixo, y, de otro, Couso, Bouzas, Poula, Mouro, Chousa o Jousa, Souto… etc. Sobre un área similar se extiende la
solución /ĉ/ para los grupos iniciales /pl–, kl–, fl–/, que en la toponimia está es- pecialmente representada por los resultados del latín planu: Chano, Chana, Cha-
nizo, Chanillo, Chanina, Chanona… etc.
En definitiva, toda una colección de datos significativos que, en una lectura atenta de la toponimia incluida en las hojas del 1:25.000 —todos los ejemplos citados proceden de esta fuente—, nos permiten situar sobre el mapa el alcance histórico del antiguo dominio leonés o asturleonés.