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PLAN IMPLEMENTATION PROCESSES AND MECHANISMS

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Comencemos, dentro de los usos de la primera persona, con el caso en el que el yo narrativo coincide con el protago- nista de la historia. Hablamos de un personaje que relata su propia historia, y no solo la relata, sino que él mismo, como personaje, es el eje de la narración, es el personaje central: «Yo me llamo Amjad y nací en un barrio burgués de Banga- lore». El personaje se presenta a sí mismo. Está claro que el uso de la primera persona, del yo narrativo, da al relato una dimensión distinta. Este tipo de narrador se conoce en teoría y crítica literarias como narrador autodiegético, (del griego

auto «propio o por uno mismo» y diégesis «historia») es decir, el narrador que él mismo cuenta o relata su propia historia.

Lo que con el uso de la tercera persona suponía dar un

salto para entrar en la intimidad del personaje, con el empleo de la primera persona esa distancia ya no existe. Además, se supone que ese yo que habla posee un conocimiento absoluto de todos los hechos y asuntos que van a aparecer en la histo- ria, al menos en lo que se refiere a sí mismo, aspectos que va desvelando gradualmente. Mediante la utilización de la pri- mera persona, el narrador-protagonista puede descubrir sus reflexiones, sentimientos, deseos y proyectos más íntimos. Y también puede, como ocurre con el uso de la tercera persona, y si así lo decide el escritor, situarse de forma introspectiva en otros personajes, desvelándonos lo que piensan y sienten. Es decir, puede ejercer la introspección sobre sí mismo y so- bre los demás personajes. Su omnisciencia puede ser también total, al menos en lo que se refiere a sí mismo, y dando por supuesto que, como tal personaje de ficción, puede muy bien ocultar información, es decir, puede no contar toda la verdad de la historia, si el autor ha decidido que así sea.

Obsérvese que he dicho que a través de la primera persona el narrador-protagonista puede descubrir su mundo interior e incluso el de los demás, pero no he dicho debe, y sobre ello ya he hablado al final del apartado anterior. Es el autor, el es- critor, en última instancia, quien opta por una perspectiva u otra de narrador, y una vez elegida, se trate de la persona gra- matical que se trate, el grado de apertura del mundo interior de ese personaje y el conocimiento que este personaje tiene de otros personajes y del mundo que le rodea y que aparece en la historia, puede variar muy sustancialmente de un relato a otro.

El uso de la primera persona narrativa, de ese yo que relata su propia vida o pasaje de su vida, articula historias como el

Lazarillo, el Buscón o La familia de Pascual Duarte. Antes indi- qué que esta visión o punto de vista narrativo se conoce tam- bién como visión «con», porque el personaje narrador sabe lo mismo que el resto los personajes en cuanto a los aconteci- mientos que se producen en el relato.

Este relato en primera persona es propio también del diario y del llamado género narrativo epistolar, es decir, del que se manifiesta a través de cartas (y ahora no me estoy refiriendo a cartas normales y corrientes, en las que se habla de hechos realmente acaecidos, sino al empleo de este procedimiento en la ficción). El relato que se articula a través de cartas permite el empleo de un yo narrativo con las mismas funciones seña- ladas. Naturalmente, esa perspectiva en primera persona diri- ge su discurso a una segunda persona, a un tú o un usted. Esa persona es la destinataria del narrador, y, como hemos vis- to en el capítulo anterior, en crítica literaria se conoce como

narratario. Por ejemplo, en Las desventuras del joven Werther (1774), de Goethe, el narratario de las cartas de Werther es su amigo Wilhelm, a quien va dando cuenta de su amor por Lotte. He aquí un fragmento:

8 de agosto / Por favor, querido Wilhelm, no me refería ciertamente a ti cuando califi caba de insoportables a los hombres que exigen de nosotros sumisión al in-

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evitable destino. No pensaba, en verdad, que tú pudieras ser de parecida opinión. Y en el fondo tienes razón, pero escucha solo una cosa, ¡amigo mío!…86

En el siguiente ejemplo, tomado de Pepita Jiménez (1874), de Juan Valera, el destinatario o narratario de las cartas de Luis de Vargas, el seminarista, es el señor deán, tío suyo, quien, a través de pasajes como el siguiente, va conociendo el estado de ánimo de joven, es decir, se va dando cuenta de que el seminarista se está enamorando de Pepita

Ya he dicho a V. en otras cartas que los ojos de Pepita, verdes como los de Circe, tienen un mirar tranquilo y honestísimo. […]

Pues bien, a pesar de esto, yo he creído notar dos o tres veces un resplandor instantáneo, un relámpago, una llama fugaz y devoradora en aquellos ojos que se posaban en mí. ¿Será vanidad ridícula sugerida por el mismo demonio? […]

Mi padre dice que no son los hombres, sino las mujeres, las que toman la iniciativa […]87

El estilo epistolar permite que el autor de la carta o de las cartas pueda llegar a mostrar lo más recóndito de sí mismo, aunque él mismo sea ajeno a las últimas consecuencias de lo que le está ocurriendo. En Pepita Jiménez, y como muy bien puede apreciarse en el fragmento citado, Luis de Vargas cuen- ta al señor Deán opiniones referidas a Pepita e impresiones que la actitud de ésta le producen, sin llegar aún a entender o comprender del todo la situación, es decir, la mutua atracción que se está produciendo y está creciendo entre él y la mucha- cha. El lector percibe ese proceso sentimental, como sin duda lo entiende así el destinatario o narratario de las cartas, el señor Deán. Gracias al estilo epistolar es posible seguir todo ese proceso psicológico, que Valera, como otros autores, sabe conducir hábilmente.

86 Johan Wolfgang von Goethe, Las desventuras del joven Werther [1774],

ed. y traducción de Manuel José González, Madrid, Cátedra, Letras Universales, 1991, pág. 94.

También hemos visto en el capítulo anterior, y, en concre- to, en el apartado 6.3., dedicado a la distinción entre el lector y el narratario, que existen obras que, a pesar de no estar es- critas como cartas, recuerdan el estilo epistolar, como sucede con el Lazarillo, donde el narratario es ese misterioso «Vues- tra Merced» al que se dirige el narrador (Lázaro), y al que da noticia de su vida. Ese destinatario (narratario) es, como Lázaro (narrador), un ente de ficción. Los dos son «seres de papel».

7.1.2.2. Narrador ficticio implicado secundariamente en