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En este caso, el narrador en primera persona coincide con el autor, que, lógicamente, es el protagonista, puesto que se trata de una autobiografía novelada. Es el uso del punto de vista narrativo en primera persona que se corresponde a la llamada novela autobiográfica, forma de narración a la que ya me referí en el apartado 2.2. y en el que citaba como ejemplo la trilogía La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Como es lógico, el nombre del autor puede aparecer tal cual dentro del relato, como en el siguiente ejemplo:

Un muchacho joven, diminuto, el repórter en Madrid de la Agencia Fabra, entró en el cuarto, con una cara lívida que se contraía en muecas. Me llevó en silencio a un rincón y balbuceó:

–Ya lo sé. No te asustes y cállate. Lo sé desde las seis de la tarde, y no pode- mos hacer nada88.

El género de la novela autobiográfica está emparentado con las memorias y los diarios. Hay relatos autobiográficos que se presentan con ese mismo título de memorias, pero no se diferencian demasiado de lo que entendemos como novela autobiográfica. La primera obra narrativa de Tolstoi, Infancia,

Adolescencia, Juventud (1852-1856) es claramente una nove- la autobiográfica, pero (en las traducciones españolas al me- nos), figura bajo el título de Memorias. Así comienzan (como puede apreciarse, de una manera inequívocamente literaria y, además, in medias res, es decir, en medio de la historia):

Capítulo Primero El preceptor Kart Ivánich

Hacía exactamente tres días que había celebrado mi décimo cumpleaños y recibido una serie de regalos que me parecieron verdaderamente magnífi cos, y eran las siete de la mañana —la del 12 de agosto de 18…— cuando Kart Ivánich me despertó al dar un fuerte golpe con su matamoscas —unas tiras de papel recio atadas a la punta de un palo— a una mosca que se había posado en la pared, a escasa altura sobre mi cabeza89.

Existen ejemplos de memorias en que se conjuga admira- blemente el arte de narrar con la relación de los hechos reales acaecidos, de forma que más que leer una autobiografía nos parece estar leyendo una novela. Un caso muy representativo lo tenemos en la segunda parte de las memorias de José Ma- nuel Caballero Bonald, que lleva el título de La costumbre de

vivir. El comienzo no puede ser más novelesco, y es un anti- cipo de los acontecimientos, algunos de ellos propios de una novela policíaca, que jalonan el libro. Lo que relata en estas memorias demuestra, una vez más, que la ficción supera a la realidad. Caballero Bonald cuenta cómo un día se bajó al azar

88 Arturo Barea, La forja de un rebelde. III. La llama, [1946, versión ingle-

sa; 1951 en español], Madrid, Turner, 1977, pág.201.

89 León Tolstoi, Memorias (Infancia, adolescencia, juventud) [1852–1856],

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en la estación de un pueblo de Ávila y cómo, en medio del pueblo, también por casualidad, fue víctima inocente —aun- que, afortunadamente, leve— de un episodio violento, de uno de esos dramas rurales que a veces se producen en los pueblos de la España profunda. Alguien (un loco peligroso) persigue con una escopeta a alguien:

No era justamente que viniera hacia mí, sino que su trayectoria se cruzaba con la mía […]. La escopeta le impedía correr todo lo que su furia parecía demandarle, pero aún así se desplazaba con una agilidad muy superior a la presumible. Yo evo- qué entonces, en un arbitrario parpadeo, el humo del tren fl otando en la campiña aledaña a la estación, mientras veía el fogonazo de la escopeta y oía la vibración silbante de los perdigones atravesando el aire junto a donde yo estaba, y luego aspiré un agrio olor a quemado y noté como un escozor húmedo resbalándome por el hombro90.

Por consiguiente, lo novelesco, a través del yo narrativo de un personaje real, puede aparecer en otros géneros que no son, propiamente, novelas. Por ejemplo, también está presen- te en ciertas cartas literarias. Voy a citar una carta muy es- pecial, de indudable valor literario. Franz Kafka escribió una carta a su padre que se ha convertido en todo un monumento de la literatura contemporánea. Nació como tal carta, y aquí no estamos hablando de personajes de ficción, ni en cuanto al narrador ni en cuanto al narratario. Sabemos que el padre de Kafka nunca llegó a leerla, pues Franz nunca se la envió —probablemente medió la madre para que así fuera— y el pa- dre se murió sin conocerla. Inmersa en la vida familiar y, por consiguiente, en lo biográfico, la carta está llena de íntimos reproches, pero también destila amor hacia la figura paterna,

90 José Manuel Caballero Bonald, La costumbre de vivir. La novela de la

memoria, II, Madrid, Alfaguara, 2001, pág. 13. El tiro que recibió sólo fue una rozadura, con algo de sangre, a la altura del hombro, y lo más aparatoso fue el desperfecto que hizo en la chaqueta que llevaba. Ob- sérvese que Caballero Bonald, excelente autor de novelas propiamente dichas, ha empleado para sus memorias el subtítulo de «La novela de la memoria», lo que sin duda coincide con el contenido y la orientación estilística de su relato.

por la que siente, al mismo tiempo, rechazo y admiración. La carta fue recuperada por Max Brod, amigo de Kafka, quien, antes de morir le había pedido que destruyera todos sus escri- tos. Brod no cumplió esa última voluntad de su amigo, y editó las obras inéditas de Kafka. La Carta al padre (escrita en 1919) la podemos considerar, sin duda alguna, como una obra lite- raria, y sigue la estructura propia de toda carta, es decir, la de un yo que se dirige a una segunda persona. De ella ofrezco el siguiente fragmento, que considero bastante representativo:

Era a ti a quien oía y veía en la tienda gritando, abroncando y renegando de un modo que no tenía parangón en el mundo entero, o así me lo parecía a mí entonces. Y no eran solo las broncas, sino todas las demás manifestaciones de tiranía. Por ejemplo, cuando de un manotazo tirabas del escritorio las cosas que no querías que se mezclaran con otras —solo te disculpaba un poco la in- consciencia de tu ira— y el mozo tenía que recogerlas. O la frase que dedicabas permanentemente a un mozo que padecía de los pulmones: «¡Así reviente ese maldito enfermo!»91.

Está claro que lo autobiográfico tiene la fuerza de lo que se supone ha ocurrido. Digo que «se supone», pues conviene matizar. Hay relatos autobiográficos en el que el componen- te subjetivo es muy fuerte. Como ya indiqué anteriormente, en la propia obra de Barea hay muchos momentos en que el personaje protagonista, es decir, el autor, así como otros per- sonajes con los que se relaciona, se convierten en personajes de ficción o muy semejantes a los personajes de ficción. Por lo que la Carta al padre de Kafka se refiere, hay críticos que no ven tanta verdad en esa visión tan negativa que el escritor checo ofrece de su padre, es decir, que opinan que el padre no era así tal y como Kafka lo describe, y que todo obedece, más bien, a un juego literario, sobre el que se proyecta, según algunos críticos, un fuerte complejo de Edipo92.

91 Franz Kafka, Carta al padre [escrita en 1919, editada en 1953 por Max

Brod], Barcelona, Random House-Mondadori, col. Debolsillo (sic), tra- ducción de Joan Parra, 2004, pág. 61.

92 «Todo invita a pensar que el desdén con que el escritor despacha a la

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En cuanto a los diarios, se supone que, como las cartas nor- males, se hace referencia en ellos a hechos realmente acaeci- dos, aunque también pueden utilizarse como procedimiento para la construcción de una historia ficticia. O puede haber productos mixtos, entre la realidad y la ficción. Hay diarios en que el desarrollo de los hechos y la carga de subjetividad es tal que, aunque sea autobiográfico, se acerca a las características de una novela. Mircea Eliade escribió un Diario íntimo de la

India (1929-1931), que publicó cuatro años después (supri- miendo buena cantidad del texto original y añadiendo nuevos comentarios), y en el que refleja las observaciones, reflexiones y sentimientos que experimentó durante ese tiempo en que estuvo en la India. Eliade subtituló este diario como Novela

indirecta, porque, según explica en el prólogo,

… tanto más es «novela» por cuanto quien consigna sus aconteceres y su evolución anímica lo hace más espontáneamente, sin artifi ciosidad. Eso por el simple motivo de que un novelista, incluso cuando escribe para sí mismo, siempre que escriba sobre hombres y acontecimientos (y no sobre teorías y ensueños) estará haciendo novela93.

De todas formas, estamos ante un diario, con una gran car- ga de subjetividad, pero texto autobiográfico a fin de cuentas. Es evidente que el pensador rumano y estudioso de las religio- nes, Mircea Eliade, tiene un especial concepto de la novela, que se aleja bastante de la ficción, pues considera su diario como novela, aunque «indirecta». Unas líneas más abajo ex- plica las características un tanto especiales de su diario-no- vela:

… naturalmente, novela imperfecta, esquemática, oscura, pero que participa de esa triste categoría de la creación literaria. (Triste para quien exige más del acto de la creación y de la inteligencia.)94

“la figura” del padre que con el ser de carne y hueso llamado Hermann Kafka» (en el prólogo de Jordi Llovet a la edición anteriormente citada, pág. 14).

93 Mircea Eliade, Diario íntimo de la India [1935], Valencia, Pre-textos, 2ª.

ed., 1998, págs. 10-11.

®El alumno de taller de escritura puede muy bien ejerci- tarse en el relato autobiográfico, y ese puede ser un buen prin- cipio. Siempre tendrá, para el lector, el aliciente de estar le- yendo algo que (se supone) ha sucedido. Sin embargo, y como recomiendo en el apartado 10.5., conviene no abusar de este recurso, pues el auténtico narrador es el que sabe construir otras vidas distintas a la suya, otros seres de ficción (aunque muy probablemente estén extraídos de la propia realidad). Por otra parte, no es mal ejercicio escribir un diario, en el que el alumno va registrando ideas y experiencias, porque este material puede muy bien servir para futuros relatos.