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1.7 PLATFORM AS A SERVICE PROVIDERS
Leemos que «Taré tomó a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Saray su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí».
Las palabras que hemos escrito entre comillas no dejan lugar a dudas, en cuanto a que el primer llamamiento de Dios había llegado a Abram mucho antes de la muerte de Taré, y cuando el clan todavía
1 Génesis 12–14. 2 Génesis 15, 16. 3 Génesis 17–21. 4 Génesis 22–25:1–11. 5
Ver el artículo Ur, en el Smith’s Dictionary of the Bible. La opinión adoptada anteriormente, que supone a Ur en una región totalmente distinta, es claramente errónea.
estaba en Ur.6 A partir del hecho que Harán después es llamada «la ciudad de Nacor»,7 adivinamos que Nacor, hermano de Abraham, y su familia también se habían establecido allí, aunque tal vez posteriormente, y sin dejar su idolatría. Es una confirmación notable del relato escritural, que, a pesar de que esa región pertenece a Mesopotamia, y no a Caldea, se sabe que sus habitantes retuvieron durante largo tiempo la lengua y la religión caldeas. Harán ha conservado su nombre original, y en tiempos de los romanos era uno de los grandes campos de batalla donde el poder sufrió una derrota por parte de los Partos.
El viaje desde Ur, en el lejano sur, había sido largo, extenuante y peligroso; y las llanuras fructíferas alrededor de Harán debieron atraer de un modo muy especial a una tribu ganadera para que se estableciera allí. Pero cuando llegó el mandamiento divino, Abram no fue «desobediente a la visión celestial». Tal vez la llegada y el asentamiento de Nacor y su familia, trayendo con ellos sus aportaciones idólatras, creó un nuevo incentivo para irse. Y hasta el momento, Dios, en su providencia, había facilitado el camino de Abram para que se fuera, ya que su padre Taré había muerto en Harán a la edad de doscientos cinco años. El segundo llamamiento de Jehová a Abram, según se presenta en Génesis 21:1–3, consistía en un mandamiento
cuádruple, y una promesa cuádruple. El mandamiento exponía unos términos bastante bien definidos: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré»; dejando indeterminado, como si aún no se hubiese decidido, el lugar final de su destino. Esta incertidumbre debió haber sido una dificultad adicional, y en aquellas circunstancias una dificultad muy seria en el camino de la obediencia de Abram. Pero las palabras de la promesa le dieron ánimo. Debe notarse claramente que en esta ocasión, como en cualquier otra de la vida de Abram, su fe determinó su obediencia. Coincidiendo con esto leemos: «Por la fe, Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber adónde iba».8 La promesa en la que él confiaba le aseguraba estas cuatro cosas: «Haré de ti una nación grande»; «te bendeciré», con esta añadidura (en el v. 3), «y serás bendición. Bendeciré a los que te bendigan, y a los que te maldigan maldeciré»; «engrandeceré tu nombre»; y, finalmente, «y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».
Cuando examinamos estas promesas de manera más detenida, inmediatamente vemos que debieron significar otra prueba adicional de la fe de Abram; porque no sólo iba como forastero a una tierra extranjera, sino que no tenía ningún hijo. La promesa que sería «bendición», implicaba que, en cierto modo, la
bendición estaría identificada con él; de manera que la felicidad o el mal fluirían a partir de la relación de los hombres con Abram. Por otro lado, de las curiosas palabras «los que te bendigan», en plural, y «el que te maldiga», en singular,9 se desprende que el propósito divino de misericordia incluía a muchos, «de todas las naciones, pueblos, y lenguas». Finalmente, la gran promesa, «en ti serán benditas todas las familias de la tierra», iba mucho más allá de la seguridad personal, «engrandecerá tu nombre». Tomaba de nuevo y definía mejor las promesas anteriores de liberación final, concretando en Abram la fuente de donde iba a brotar la bendición. Bajo esta luz, toda la humanidad aparece solamente como muchas familias, pero con un solo padre; y que debían ser unidas de nuevo en una bendición común en y por medio de Abram. Esta promesa, que fue repetida a menudo en la historia de Abram, contenía ya en el principio la totalidad del propósito divino de misericordia en la salvación de los hombres. Así se cumpliría la predicción: «engrandezca Dios a Jafet, y habite en las tiendas de Sem», como lo dice Pedro en Hechos 3:25, y Pablo en Gálatas 3:8, 14.
Abram tenía setenta y cinco años «cuando salió de Harán», acompañado por Lot y su familia. Dejando aparte las diversas tradiciones que describen su larga estancia en Damasco, y su supuesto gobierno en el lugar, aprendemos de la Escritura que Abram entró en la tierra de la promesa, como muchos años después su nieto Jacob volvió a ella, dejando a su derecha el Líbano majestuoso, y a su izquierda los pastos de Galaad y
6 Comp. Hechos 7:2. 7 Génesis 24:10; comp. 27:43. 8 Hebreos 11:8. 9
Nota del traductor. En la versión inglesa empleada por el autor aparece esta distinción, que no encontramos en la mayoría de nuestras Biblias españolas.
los bosques montañosos de Basán. Fue adelante pasando por colinas y valles, hasta llegar a la deliciosa llanura de Moré, o mejor dicho la extensión de encinares de Moré, en el valle de Siquem. Los viajeros han hablado con términos muy entusiastas sobre este valle. «Súbitamente», escribe el profesor Robinson, «el terreno se hunde en un valle hacia el oeste, con una tierra de un rico mantillo vegetal. Allí se precipita ante nuestros ojos una escena de una vegetación exuberante y casi única. Todo el valle estaba lleno de jardines de plantas, y huertos de todo tipo de frutos, regados por varias fuentes, que brotan de varias partes, y fluyen hacia el oeste en forma de riachuelos refrescantes. Apareció ante nosotros repentinamente, como una escena de cuentos de hadas. No vimos nada comparable en toda Palestina». Otro viajero dice:10 «Aquí no hay matorrales salvajes; pero hay vegetación por todas partes, sobra por doquier; no es la sombra del roble o el encinar, sino del olivo, tan suave en su color, tan pintoresco en su forma, que por su causa podemos ignorar cualquier otro bosque». Tal fue el primer lugar de reposo de Abram en la tierra de la promesa, en la llanura, o mejor, en el bosque de Moré, cuyo nombre probablemente derivaba del propietario cananeo de la región. Porque, como lo indica la nota del escritor sagrado, «y el cananeo estaba entonces en la tierra», el país no se hallaba sin arrendatario, sino que estaba ocupada por una raza hostil; y si Abram tenía que tomar posesión de él, tenía que ser otra vez por medio de la fe en las promesas.
Fue allí de hecho donde Jehová «se apareció» a Abram, bajo algún tipo de forma visible; y entonces por vez primera ante el cananeo fue expresada la promesa, «a tu descendencia daré esta tierra». Se añade que Abram «edificó allí un altar a Jehová, quien se le había aparecido». Así, el suelo donde Jehová había sido visto, y que había prometido a Abram, fue consagrado al Señor; y la fe de Abram, que hizo profesión pública en una tierra extranjera, se aferró a la promesa de Jehová, entregada solemnemente.
Desde Siquem, Abram se desplazó, probablemente por causa del pasto, hacia el sur a una montaña en el este de Betel, plantando su tienda entre Betel y Hai. Esta región, en palabras de Robinson, es «aún una de las mejores extensiones para apacentar el ganado de toda la tierra». Con el lenguaje resplandeciente de Dean Stanley: «Nos hallamos en una de las más altas sucesiones de montañas, … con su cumbre que reposa sobre las laderas rocosas, y distinguida por los olivos, que se apiñan sobre su amplia zona superior. Desde esta altura, ofreciendo así una base natural para el altar del patriarca, y una sombra adecuada para su tienda, Abram y Lot estaban adquiriendo una amplia vista del país… tan grande que no se puede disfrutar en ningún otro lugar cercano». Lo que su mirada encontró desde ese punto será descrito en el próximo capítulo.
Mientras, hacemos referencia al hecho de que también aquí Abram «edificó un altar a Jehová»; y, a pesar de que no da la impresión de que se le apareciera, no obstante, el patriarca invoca el nombre de Jehová. Después de su estancia, seguramente durante bastante tiempo, Abram continuó su viaje, «yendo más al oeste», como peregrino y extranjero «en la tierra de la promesa»; su posesión de la misma denotada sólo por los altares que dejó en su camino.