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Chapter 1. Theoretical Framework Determinants

E. POLICY PROCESSES

Durante el desarrollo de la guerra, al parecer las promesas realizadas por Ramón Espina a Mosquera se cumplieron, porque en el año de 1861 hubo varios hechos que constatan que Espina y sus amigos militares intentaron evitar la confrontación bélica y por eso cuando Mosquera ascendió por la cordillera central para sitiar a Bogotá, los ejércitos de la Confederación se movilizaron con lentitud persiguiendo al enemigo sin entrar en batalla. De igual forma, poco antes de terminar el gobierno del presidente Ospina, Mosquera recibió la noticia a través de don Guillermo Wills, que los generales Espina, París, Posada y Gutiérrez querían ponerse en comunicación con él después del 31 de marzo, fecha en que finalizaría el gobierno de turno, para negociar la terminación de la confrontación y “restablecer la paz en la República” 465

, ya que se rumoraba que el ejército de la Confederación pretendía desobedecer al designado por el Congreso para asumir la Presidencia provisionalmente, por considerar este acto como inconstitucional.

En otros casos como en la batalla de Subachoque, que tuvo lugar el 25 de abril de 1861, el ataque por parte del ejército de la Confederación se demoró en iniciar porque el general París, uno de los jefes del ejército centralista y amigo de Mosquera que luchó también en la campaña de la independencia, se negó a pelear porque se había perdido una olleta en la que le preparaban el chocolate para su desayuno466. Después de esta batalla la guerra entró en receso debido a que el enfrentamiento fue largo y sangriento, arrojando como resultado muchos muertos, heridos, desolación y tristeza por parte de los combatientes, a tal punto que los comandantes París y Mosquera se reunieron y acordaron una tregua de tres días para recoger a los heridos y enterrar a los muertos, como lo establecía el derecho de gentes. Esa tregua coincidió con el asesinato de Obando en el paraje de Cruz Verde, cerca de la población del Rosal, cuando él y su ejército se dirigían hacia la capital a apoyar al ejército de Mosquera467.

Previo a la toma de Bogotá, el ejército de la Confederación se vio afectado nuevamente, porque gran parte de sus combatientes y el general París se enfermaron de disentería468. París fue reemplazado por el general Ramón Espina a quien le hicieron fuertes críticas a través de la prensa por sus errores frente a la conducción bélica, lo que lo llevó a presentar nuevamente su renuncia, aunque no le

465 Uribe de Hincapié y López Lopera, La Guerra por las Soberanías, memorias y relatos en la guerra civil de 1859 – 1862, óp., cit., p. 156.

466 Uribe de Hincapié y López Lopera, Ibíd., p. 161. 467

Ibíd.

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fue aceptada469. Frente a esos ataques, Espina sacó un comunicado en la Imprenta de la Nación donde se defendía indicando que el ejército era testigo de su “comportamiento, lealtad y consagración”, y que si su renuncia hubiera sido aceptada estaría dispuesto a pelear como un simple soldado, como él mismo decía, “hasta vencer o comprar con mi sangre el arrepentimiento de mi gratuito detractor”. Además dejaba claro que las publicaciones en su contra solo estaban logrando extraviar a la opinión y causar males de inmensa trascendencia para el país, por el desaliento que producían en las tropas a su mando470.

En efecto, esas situaciones generaron un ambiente desalentador y desmoralizante en el ejército centralista ocasionando continuas deserciones y desordenes en sus filas. Pero el momento crucial que inclinó la balanza a favor de los rebeldes, fue la anunciada batalla del 13 de junio de 1861, comanda también por Ramón Espina, de quien se rumoraba que no quería pelear471. A los alrededores del campo de batalla asistieron muchos seguidores del centralismo que esperaban que Mosquera fuera derrotado y entrara amarrado a la ciudad; sin embargo, el ejército de la Confederación peleó de forma desorganizada y con poca eficacia, arrojando como resultado un gran número de muertos, heridos, perdidas de equipamientos y alrededor de ochocientos soldados desertores que preludiaron la entrada triunfante de Mosquera a Bogotá472. Después de esta batalla, Espina fue criticado nuevamente por la prensa bogotana, especialmente por don Pastor Ospina, por la forma como condujo la guerra, indicando que se había vendido a Mosquera473.

Frente a esos hechos, el presidente Calvo ofreció un indulto general a los soldados rebeldes si entregaban las armas y se unían a los ejércitos de la Confederación. Por su parte, el Arzobispo de Bogotá Monseñor Herrán, se entrevistó con Mosquera para buscar una salida negociada al conflicto, mientras varios seguidores del centralismo pertenecientes a las familias más destacadas de Bogotá abandonaron la capital, entre ellos don Pastor y Mariano Ospina que pretendían dirigirse a Antioquia para organizar la resistencia armada, pero fueron capturados en La Mesa Cundinamarca y conducidos al campamento del general Mosquera que se encontraba en Chapinero. Los hermanos Ospina estuvieron a punto de ser fusilados, a no ser por la intermediación de varias personalidades como el Arzobispo Herrán, el general Pedro Alcántara Herrán y los embajadores extranjeros de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Perú, quienes abogaron por ellos y lograron que Mosquera no llevara a cabo el fusilamiento. Finalmente fueron enviados a la cárcel de Bocachica en Cartagena, de donde lograron escapar posteriormente474.

469 Comunicado de Ramón Espina, General en Jefe del Ejército de la Confederación Granadina, a sus compatriotas y compañeros de armas, Cuartes General en el Chicó, a 4 de julio de 1861. Helguera y Davis, óp. cit., p. 345.

470Ibíd.

471 Uribe de Hincapié y López Lopera, Ibíd., p. 162 - 163. 472Ibíd. 163.

473

Ibíd.

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Por la intervención del presidente Calvo y sus ministros en la conducción de las operaciones militares y las ordenes difusas que emitían los jefes del ejército constitucional, generaron confusión y desorden en sus filas, lo cual fue aprovechado por Mosquera para realizar la toma de Bogotá el 18 de julio de 1861, con el apoyo de los generales José Hilario López, Mendoza y Santos Gutiérrez. Al día siguiente de la toma de Bogotá, Mosquera ordenó el fusilamiento de varios presos argumentando que habían violado el derecho de gentes. A pesar de la intervención de varias personas adscritas al liberalismo radical, e incluso de Amalia Mosquera, fueron fusilados el coronel Ambrosio Hernández, acusado del asesinato del general Obando fuera de combate, el señor Placido Morales, Prefecto de Bogotá y el doctor Andrés Aguilar, intendente de Cundinamarca, quienes habían sido acusados de maltratar a los presos políticos de Santander.

El doctor Aguilar había sido un antiguo amigo de Mosquera, quien lo apoyó durante la campaña presidencial de 1856. Además de las muertes anunciadas, algunos presos fueron enviados a la cárcel de Bocachica en Cartagena, entre los que se encontraban don Bartolomé Calvo, presidente encargado de la República, los hermanos Ospina, el sacerdote Antonio José de Sucre, don José Miguel Urrutia, prefecto de Zipaquirá y varios carceleros. Los principales miembros del Partido Conservador buscaron asilo en las embajadas para evitar ser tomados presos y a muchos residentes de la ciudad, enemigos de Mosquera, se les dio una amnistía a cambio de dinero475.

En el caso de Ramón Espina, su participación en la guerra no le generó castigos tan severos como a otros centralistas, a pesar de estar al frente de ese ejército. Espina estuvo preso por varios días y luego le dieron amnistía con el compromiso de no tomar de nuevo las armas y reconocer el nuevo gobierno provisorio, lo cual aceptó e incluso intercedió por varios amigos, entre ellos Justo Briceño, que había sido llevado a Cartagena, para que pudiera regresar a la capital y por otros señores para que fueran excarcelados, o no los separaran del seno de sus afligidas familias, porque eran “hombres inocentes, víctimas de malos informes o chismes”. También intercedió por algunas señoras de la capital para que se les respetara sus propiedades476.

Después de la guerra, la relación de amistad entre estos dos viejos generales sufrió altibajos a pesar de que continuaron en contacto permanente a través de la correspondencia. En 1862 su amistad se deterioró, porque Espina fue llamado a prestar sus servicios en el ejército federalista y este se negó argumentando dificultades médicas477. Por su negativa, Espina fue llevado preso a Cartagena y lo dieron de baja de las filas del ejército, hasta que por la intermediación de otros amigos, al año siguiente Mosquera le otorgó su libertad, le devolvió el derecho a la

475Ibíd., pp. 166 – 167.

476 Al respecto puede consultarse las cartas dirigidas por Ramón Espina a Tomás Cipriano de Mosquera entre los meses de septiembre y diciembre de 1861, transcritas por Helguera y Davis,

ibíd., p. 41.

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pensión y le siguió prestando su auxilio debido a las precarias condiciones económicas que caracterizaron los últimos años de existencia de Espina, quien murió el 31 de agosto de 1866. Ocho días antes de su muerte, Espina le había escrito su última carta al general, agradeciéndole por ayudarle a conseguir dinero para viajar a tierras más cálidas para cuidar su salud y encomendándole a su familia. En esa misiva, Espina le indicaba que jamás dejaría de ser su “agradecido y leal amigo” 478

. Su deceso se produjo un año antes de que los enemigos políticos de Mosquera le dieran Golpe de Estado y fuera extraditado al Perú.

Por su parte, Pedro Alcántara Herrán también terminó aceptando el gobierno provisorio del general Mosquera, e incluso fue enviado por su suegro a conciliar con el gobierno del Estado de Antioquia, una paz honrosa para la región y para que enviara representantes a Bogotá a fin de elaborar una nueva carta constitucional para el país, aunque no logró su cometido, porque en Antioquia el gobernador Giraldo y Braulio Henao decidieron resistir al gobierno provisorio y ofrecieron apoyo a los hermanos Julio y Sergio Arboleda en el Cauca, quienes continuarían oponiendo resistencia hasta finales del año de 1862479. Herrán también fue enviado en una legación a Washington, pero la desconfianza que generaba en los liberales radicales, por su carácter de conservador hizo que pronto fuera destituido del cargo. Los castigos drásticos y las medidas autoritarias que impuso Mosquera a muchos de sus enemigos, hizo que se incrementara los focos de resistencia guerrillera hacia el nuevo orden establecido. Los disturbios se presentaron en varias partes del territorio nacional, como en el Tolima, algunos pueblos de la Sabana de Bogotá, Santander y Bolívar, debido a las medidas que en el año de 1861 tomó Mosquera en contra de la Iglesia Católica por su intervención en los asuntos del Estado y el apoyo directo que le dieron desde los púlpitos muchos prelados al gobierno de Ospina480. Desde ese año Mosquera decretó una serie de leyes en nombre del Estado laico para poner límites a la Iglesia y a los prelados que militaban en su contra; entre ellas se destaca la Ley de Tuición, establecida el 20 de julio, con la cual el presidente se adjudicaba el derecho a ejercer la inspección de cultos y le exigía a los obispos y sacerdotes acatar las nuevas leyes y la Constitución Nacional. Además, el 21 de julio se decretó nuevamente la expulsión de los jesuitas, por el apoyo que le brindaron al presidente del Estado Central durante toda la confrontación bélica. El 9 de septiembre, se emitió la ley de Desamortización de bienes de manos muertas, sacando a subasta pública los bienes de la Iglesia y de otras corporaciones, con el fin de incorporar al mercado lotes urbanos y casas para propiciar su mejor explotación y financiar las necesidades fiscales del Estado provisorio tras las pérdidas que arrojó la guerra. Finalmente, el 5 de noviembre del mismo año se decretó la Ley de extinción de las comunidades religiosas481.

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La última carta dirigida por Ramón Espina a Tomás Cipriano de Mosquera, fue escrita en Bogotá, agosto 23 de 1866, transcrita por Helguera y Davis, ibíd., pp. 376 – 377.

479 Uribe de Hincapié y López Lopera, Ibíd., p. 169. 480Ibíd., p. 167 y ss.

481

Villegas Jorge, Colombia, enfrentamiento, Iglesia- Estado, 1819 – 1887, la Carreta, 1981, pp. 115 – 135.

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Con estas medidas muchos sacerdotes terminaron engrosando las filas de las guerrillas que se levantaban en contra del gobierno de Mosquera, otros tuvieron que acatar sus disposiciones, o fueron expulsados del país como los jesuitas y el Arzobispo Herrán, quien protestó enérgicamente contra los decretos del gobierno y ordenó que las comunidades religiosas no podían recibir ningún tipo de compensación del gobierno para reemplazar los ingresos dejados de percibir por causa de las leyes dictadas, así que debían sostenerse con las limosnas dadas por los feligreses482. Estas medidas produjeron la indignación de los seguidores de la Iglesia Católica, especialmente de los conservadores quienes a partir de noviembre de 1861, agudizaron su lucha en contra del gobierno de Mosquera, que ahora se daba no solamente a nombre del Estado, sino también a nombre de la Iglesia, extendiéndose la guerra hasta el año de 1862, cuando Julio Arboleda fue asesinado en las montañas de Berruecos. Sin embargo, el problema religioso no concluyó con la derrota de los enemigos del gobierno, porque continuaría vigente durante todo el régimen radical, provocando otra guerra a nombre de la religión en 1876483.

482Ibíd., p. 172.

483 Sobre la Guerra de 1876 puede consultarse González, Fernán, Partidos, guerras e Iglesia en la

construcción del Estado Nación en Colombia (1830-1900), La carreta editores, Medellín, 2006, pp. 69-116.

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CAPÍTULO VI.

LA CORRESPONDENCIA DURANTE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

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