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5. Research Methodology & Design 126

5.2 Research design 132

5.2.5 Population and sampling 145

La teoría literaria actual considera al narrador como una de las figuras más im- portantes del relato, hasta el punto de convertirlo en uno de los objetos centrales del estudio de la narratología, ya que a él corresponde la organización, valoración y comen- tario en el discurso del material narrativo. El acto de decir, que en el relato literario equivale al arte de narrar, constituye la actividad estética más específica del narrador. Como ha señalado J.M. Pozuelo (1988: 240), “narrar es administrar un tiempo, elegir una óptica, optar por una modalidad (diálogo, narración pura, descripción), realizar en suma un argumento entendido como la composición o construcción artística e intencio- nada de un discurso sobre las cosas”.

M.C. Bobes considera que el narrador puede identificarse con aquella persona ficta, interpuesta entre el autor y los lectores, que manipula directamente las unidades sintácticas del relato: “El narrador distribuye las unidades en un conjunto cerrado, en el que cobran sentido literario; el orden temporal, las relaciones formales y semánticas, la forma de presentarlas, etc., crean nuevas relaciones sémicas, que insisten en el signifi- cado de la historia y lo orientan hacia el sentido literario” (M.C. Bobes, 1985: 219).

El narrador es, pues, aquel personaje existente en todo discurso narrativo, crea- do por el autor real del mismo, y que, de forma latente o manifiesta en el enunciado, envuelve y domina jerárquicamente con su enunciación (voz), modalidad (relación de

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Cfr. M. Aguirre (1990), T. Albaladejo (1986, 1992), M. Bajtín (1963, trad. 1986; 1975, trad. 1989), M. Bal (1977, trad. 1985; 1977a), J.M. Bardavío (1977), M.C. Bobes (1985, 1993), C. Brooke-Rose (1981), S. Chatman (1978, trad. 1990), G. Cordesse (1986, 1988), L. Dolezel (1967, 1973, 1976, 1980a, 1983, 1989), E. Frenzel (1963, 1966, 1980), N. Friedman (en Ph. Stevick [1967: 145-166]), G. Genette (1969; 1972; 1972, trad. 1989; 1989), C. Guillén (1985, 1989), A.W. Halsall (1988), W. Krysinski (1981, trad. 1997), J.M. Pozuelo (1988a), G. Prince (1973, 1982), J. Pouillon (1946, trad. 1970), M. Raimond (1967, trad. 1988), F. Stanzel (1979, trad. 1986), S.R. Suleiman (1983), E. Sullà (1985, 1996), J.Y. Tadié (1982), S. Thompson (1955-1958), T. Todorov (1966, 1970), B. Tomachevski (1928, trad. 1982), B. Uspenski (1970, trad. 1973), S. Volpe (1984). Vid. los siguientes volúmenes monográficos de revistas:

Thématique et thématologie, en Révue des langues vivantes (1977); Sémiotiques du roman, en Littératu- re, 36 (1979). Vid. también la bibliografía señalada en los capítulos 5.7, 5.8 y 5.9.

lenguaje con los personajes) y competencias (discursiva o lógica, semántica, lingüísti- ca), la presencia y manifestaciones de los demás personajes del discurso.

Corrientes como el formalismo ruso, y especialmente el estructuralismo francés, han concebido al narrador como un auténtico constructor y diseñador del material na- rrativo, cuyas funciones principales se objetivan en la construcción formal del relato, y responden a clasificaciones relativamente sistemáticas de su punto de vista, conoci- miento de los hechos, modos de narración, relaciones con el lenguaje y sus referentes, etc... Por su parte, estudiosos procedentes de la escuela inglesa y la tradición anglo- norteamericana (H. James, P. Lubbock, N. Friedman, W. Schmid...) se inclinan por la concepción del narrador como un discreto observador de los hechos, de actitud más bien neutral ante la naturaleza de los acontecimientos, y en este sentido se ha llegado incluso a hablar de “asepsia narrativa” (J. Ricardou), habitual en los relatos conductis- tas y en la novela behaviorista de la psicología del comportamiento.

Desde este punto de vista, se ha llegado incluso a formular la hipótesis de la existencia de relatos sin narrador, enfoque que parece haber encontrado ciertos apoyos en la teoría de la enunciación de E. Benveniste. Estructuralistas franceses como R. Barthes, T. Todorov, G. Genette..., y autores norteamericanos como W.C. Booth, han insistido firmemente en la imposibilidad de la existencia de relatos sin narrador, al con- siderar que todo discurso requiere y postula de forma imprescindible un sujeto de enun- ciación, identificable con el índice de primera persona del singular Yo. El enfoque es- tructuralista de G. Genette, y sus teorías sobre la voz y la focalización del discurso na- rrativo, han tratado de justificar, de forma muy sistemática, la imposibilidad de prescin- dir del narrador en cualquier modalidad de relato8 .

El narrador es uno de los elementos de ficción más específicamente novelescos, al operar alternativamente en el relato con tres capacidades que le permiten el control y la manipulación de la totalidad de las relaciones que pueden reconocerse en el discurso literario. Su capacidad épica le permite contar una historia; su capacidad dramática, distribuir el material de la historia o trama hasta transfigurarlo en discurso literario y estimular así la expectación del lector; por último, su capacidad reflexiva le permite hacer pausas para describir y valorar lo que cuenta, contrastando así narración y meta- narración. A estas funciones del narrador, señaladas por Bobes desde 1985, es posible añadir otras procedentes de G. Genette (1972), L. Dolezel (1973) y L. Linvelt (1981).

G. Genette (1972/1989: 308 ss) ha hablado de función narrativa para designar la relación del narrador con la historia; función de control o metanarrativa, que permite valorar las relaciones del narrador con el texto; función comunicativa, que comprende las relaciones que el narrador establece con el narratario; función testimonial, que da cuenta de un determinado estado moral, intelectual, emotivo, etc..., del narrador en re- lación al mundo y contenidos que refiere; finalmente, la función ideológica permite descubrir la valoración que el narrador hace de la acción de los personajes.

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“El narrador es quien encarna los principios a partir de los cuales se establecen juicios de valor: él es quien disimula o revela los pensamientos de los personajes, haciéndolos participar así de su concepción de la psicología; él es quien escoge entre el discurso transpuesto, entre el orden cronológico y los cam- bios en el orden temporal. No hay relato sin narrador” (T. Todorov, 1968/1973: 75).

L. Dolezel (1973: 6-10 y 160 ss), por su parte, elabora un modelo de cuatro fun- ciones narrativas, de las cuales las de representación y de control son primarias en el narrador, mientras que las funciones de interpretación y acción lo son en el personaje. L. Linvelt (1981), en sus estudios sobre tipología narrativa, censura el modelo de L. Dolezel, al considerar que no resulta demasiado coherente identificar en el personaje actividades funcionales propias del narrador, ya que esto conduciría a una neutralidad o identidad narrador-personaje sumamente discutible9.