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CHAPTER 6 CONCLUSION

6.2 Possible Improvements and Future Work

Después de mi noviciado de dos años y tras pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, fui enviado a estudiar Filosofía y Teología en la Fordham University. En el verano de mi segundo año, solicité ir a Bolivia para mejorar mi español y vivir con los jesuitas de allí. Me hacía falta de verdad trabajar el español, expliqué. Y quería familiarizarme con los jesuitas y su trabajo en América del Sur. Todas eran buenas razones, respondieron mis superiores, «pero te vamos a mandar a la India a trabajar en un hospital de leprosos».

¿La India? ¿Un hospital de leprosos?

Tal es el voto de obediencia, aprendí. A veces mis superiores religiosos tienen mejor idea que yo de lo que necesito. Mientras volaba al otro lado del mundo con otros dos escolares jesuitas, Tim y James, me preguntaba qué sentido tenía esta experiencia. No tardé mucho en averiguarlo. Yo debía ser instruido de una manera muy distinta de la que había conocido en la universidad.

La imponente figura de John nos salió al encuentro en el caluroso y abarrotado aeropuerto de Calcuta (ahora conocida como Kolkata). John, natural de Baltimore, consideraba el noreste de la India su hogar después de haber vivido allí como sacerdote jesuita casi cincuenta años. Con una estatura de dos metros, rojiza tez irlandesa y una sonrisa más ancha que la distancia que habíamos recorrido, John destacaba entre la muchedumbre, desde luego. «Bienvenidos al paraíso», dijo. Estábamos agotados por el largo viaje y preocupados por lo que nos esperaba. Pasamos la noche recuperando el sueño perdido en una comunidad jesuita local que atendía una de las incontables escuelas que llevan el nombre del gran santo misionero jesuita Francisco Javier. Al día siguiente, John nos llevó en coche a Dhanbad, una pequeña ciudad a dos horas al noroeste de Calcuta.

Lo primero en lo que me fijé fueron las vacas, ennegrecidas por el polvo de carbón que llenaba el aire pesado. Dhanbad era el emplazamiento de varias minas de carbón a cielo abierto donde las empresas arañaban la tierra para descubrir el carbón de debajo y dejaban tras de sí un desastre medioambiental. Así, fue un alivio cuando John nos llevó a la casa en la que pasaríamos el verano a unos kilómetros de Dhanbad, en el hospital Nirmala. El hospital había sido fundado en 1969 por misioneros jesuitas de nuestra zona de los Estados Unidos. Rodeados de un muro y frondosa vegetación natural, los terrenos del hospital eran un oasis de serenidad y limpieza. Las religiosas (sobre todo hermanas samaritanas) del sur de la India mantenían un orden relajante en la propiedad.

Con sus algo más de veinte hectáreas, Nirmala era más que un hospital; era una aldea pequeña. Contaba con dormitorios donde dormían hasta 140 pacientes en varios edificios de una sola habitación, con las camas dispuestas en largas filas. El edificio del propio hospital era más como una clínica, donde se administraban cuidados muy rudimentarios con los limitados materiales disponibles. Una capilla, un convento para las hermanas y una pequeña casa para sacerdotes recordaban la misión religiosa de Nirmala. El fin no era convertir a los pacientes, en su mayoría hinduistas, sino vivir el Evangelio de forma muy real respondiendo a las necesidades de los más pobres de entre los pobres. En la India de hoy, los afectados de lepra (o de enfermedad de Hansen, como se la conoce en medicina) todavía sufren discriminación y son empujados a los márgenes de la sociedad. Aunque la enfermedad es cien por cien curable con un régimen de meses de medicación oral, con frecuencia los pobres carecen de acceso a la medicación o de información sobre la infección y el tratamiento. Dado que están malnutridos, sus sistemas inmunes no son capaces de combatir la bacteria que causa la enfermedad. En las viviendas atestadas de gente y en condiciones insalubres, la enfermedad se transmite fácilmente.

Dado que los hijos de los pacientes leprosos padecen el estigma social junto con sus padres, en Nirmala había una escuela. En la parte trasera del recinto estaban dispuestas una serie de casitas en cuadro, con un patio central. Estas sencillas estructuras de hormigón albergaban antiguos pacientes que no encontraban ni trabajo ni casa. Aunque curados de la lepra, todavía llevaban las dolorosas señales de la enfermedad: ceguera, un puño agarrotado, una nariz aplanada o miembros amputados. Fue a esta parte de Nirmala adonde John nos llevó primero para nuestra bienvenida oficial. Nos saludaron con cantos

y bailes. En el centro de la celebración estaba un anciano ciego que se movía sobre muñones, en lugar de pies, ayudado por muletas.

Con el paso de los días disminuyó la ilusión inicial de nuestra aventura y se insinuó el aburrimiento. La vida se movía a un ritmo lento en Nirmala, sobre todo en medio de los frecuentes cortes de luz. El calor y la humedad sofocantes nos ralentizaban aún más. No había mucho que hacer, al menos en comparación con lo que habíamos dejado en los Estados Unidos. Nos despertábamos con el sol (y los gallos) y asistíamos a misa con los pocos católicos que vivían en Nirmala. Después de un desayuno sencillo, pasábamos las mañanas llevando a los pacientes en sillas de ruedas desde los dormitorios hasta la clínica, donde se les cambiaban los vendajes, o a la sala de rehabilitación, donde aprendían a recuperar algo de destreza en los brazos y las manos.

Pasábamos las tardes en la escuela, intentando enseñar un poco de inglés a los niños de lengua hindú. Fuimos una novedad para los cerca de cien niños de allí. Por las noches, John entretenía a James, a Tim y a mí con innumerables historias de su vida en la India. Lo hacía, en parte, para pasar el tiempo, pero también para animarnos entre los desafíos de la vida en un país menos desarrollado. Cuando se cortaba la luz, o cuando la comida escaseaba, o cuando el calor nos abatía a todos, él solía citarnos la Escritura con una sonrisa: «¡Las pruebas de esta vida, chicos, no son nada comparadas con las alegrías que nos aguardan en el cielo!».

En las primeras dos semanas, la vida en Nirmala me empezó a pasar factura: el calor, la comida, el aburrimiento, los bichos, las serpientes, los cortes de luz. Además de nuestra vida simple, me frustraba cada vez más no poder comunicarme con los pacientes en sus varias lenguas tribales. La barrera del idioma parecía infranqueable. Me estaba formando para el ministerio como sacerdote, pero me veía privado de la posibilidad de servirme de la palabra hablada para consolar a los pacientes. Me sentía inútil. Mientras, enmudecido, me ocupaba de mi trabajo, me preguntaba por qué había recorrido trece mil kilómetros para empujar sillas de ruedas toda la mañana y entretener a escolares que no entendían ni palabra de lo que yo decía.

Percibiendo mi creciente desolación –y, probablemente, cansado de mis quejas–, John me aconsejó suave pero firmemente: «Kevin, deja que te enseñen algo. Recuerda que el Señor resucitado se apareció a sus discípulos con las señales de la crucifixión

todavía en las manos y pies. Con sus manos y pies mutilados, te traen al Señor. Tienen algo que enseñarte». Humillado, comencé a relajarme y esperar en el Señor. Estaba listo para ser instruido.

Sona fue una de mis primeras maestras. De trece años, era la más joven de la planta de mujeres, donde había veinticinco camas. Había estado en el hospital más de un año, un periodo inusualmente largo. Durante esos meses solitarios, nadie había venido a visitarla. En esas primeras semanas, cuando yo entraba en el dormitorio con mi tambaleante silla de ruedas, muchas mujeres se ponían enseguida de pie en sus camas e intentaban llamar mi atención con palabras que yo no entendía. No sabía preguntar en hindi cosas tan simples como «¿Quién va la primera?». En el caos subsecuente, Sona se reía traviesamente. Yo estaba completamente perplejo.

Un día, sin embargo, entré pero no me encontré con la confusión habitual. Desde su cama, Sona había organizado quién iría la primera y quién después, señalando a una tras otra. Siempre se reservaba el último puesto. Aprendí a decirle «gracias» en hindi, pero quería hacer más que eso. Entonces, un día, mientras empujaba a Sona hacia la clínica, cogí una de las hermosas flores moradas que embellecían el sendero de la clínica y se la puse en el pelo. Su sonrisa, siempre radiante, se ensanchó aun más.

En un mundo que tacha a alguien de intocable, aprendí lentamente el poder del tacto humano, un sencillo gesto que comunica una dignidad insondable. Cuando se le acercaba alguien implorando ser curado, a veces Jesús no se servía del poder de su palabra hablada, sino del sencillo gesto humano del tacto. Tendiéndoles la mano, Jesús les devolvió la integridad, no solamente física sino también espiritual y social. Habiendo sido proscritos en el pasado, después de estar con Jesús eran personas que habían sido aceptadas; ya no eran parias.

Gradualmente fui encontrando menos incómodo levantar a los pacientes de sus camas y poner mis manos en las suyas. Cuando conocí a Suken, su enfermedad estaba tan avanzada que él estaba aislado en una suerte de armario a causa del fuerte hedor de su cuerpo deteriorado. Nada quedaba de sus manos y pies. La ceguera ya se había apoderado de él, y, conforme se deterioraba el cartílago de su nariz, su cara parecía derrumbarse sobre sí misma. Cuando lo levanté para ponerlo en la silla de ruedas, no pesaba más de treinta y cinco kilos. Él fue uno de los pocos que murieron en el hospital;

lo enterramos en un cementerio detrás del hospital poco antes de marcharme. A lo largo de los años, se enterraba a los pacientes en rincones al azar, en el mismo anonimato en que habían vivido sus vidas de leprosos. Montículos de tierra tomados por la maleza marcaban sus tumbas.

Con un sistema inmune fortalecido, no había peligro de que yo contrajera la lepra. Lo único que me impedía implicarme con los pacientes a nivel humano era mi torpe sensación de diferencia; y a veces, me avergüenza admitirlo, mi repulsión por la deformidad física que veía y olía. En Nirmala, sin embargo, suprimidas toda la confusión y la comodidad habituales de mi vida, había poco que nos separara. Aprendí que a veces las palabras no bastan y que todos necesitamos de vez en cuando el tacto sanador y humano.

John y mis nuevos «maestros» de Nirmala me instruían en la solidaridad, la virtud que reconoce que nos pertenecemos unos a otros y que debemos cuidarnos mutuamente. En medio de nuestras muchas diferencias, la solidaridad señala nuestras necesidades y nuestros anhelos humanos compartidos. Tal perspectiva significa que, cuando servimos a alguien, también somos servidos por esa persona. En esta relación de mutualidad, aprendemos a la vez que crecemos, aunque quizá de maneras distintas.

Aceptar las relaciones o redes de solidaridad resulta liberador, a la larga. Comencé a disfrutar de mi estancia en Nirmala. Aprendí a no molestarme cuando me hacían burla los niños; era su manera de relacionarse con aquel hombre raro que vivía con ellos. Me volví más juguetón con ellos, soltando un día una descarga de globos de agua contra una masa de chicos desprevenidos. Por fin, acepté la invitación a jugar al fútbol en el prado de las vacas que había detrás del recinto hospitalario (lo que se volvió muy interesante cuando llegaron las lluvias monzónicas). Por parte de los ancianos para quienes Nirmala era un hogar permanente, cuando me acogían en sus pequeñas viviendas y compartían conmigo lo poco que tenían disfrutaba de una hospitalidad como nunca la había experimentado. Los vínculos de sangre significaban poca cosa; todo el mundo era familia. Todavía incapaz de entender su idioma, aprendí a escuchar con los ojos.

Durante el largo tiempo libre, John, Tim, James y yo pasábamos incontables horas juntos hablando, riendo y rezando. Nos necesitábamos mutuamente para mantenernos sanos y para lidiar con los desafíos a los que nos enfrentábamos. Aprendimos a hablar

desde el corazón como no lo habíamos hecho antes. Habían desaparecido los ramalazos competitivos propios de hombres de nuestra edad. Nos reíamos juntos con más facilidad.

En Nirmala aprendí cuán estrecha era mi visión y cuán cerrado era mi corazón. Me enfrenté con dolorosas realidades sobre mí mismo. Me percaté de lo atrapado que había llegado a estar por el materialismo de mi cultura. Pese a mi voto de pobreza, había llenado mi vida con muchas cosas, lo cual solo servía para levantar barreras entre las otras personas y yo. Valoraba mi independencia, pero en Nirmala aprendí que había convertido el individualismo en un ídolo. Me volví más vulnerable ante mis hermanos jesuitas y mis nuevos amigos de Nirmala. Aunque yo procedía de la clase privilegiada, aprendí que era pobre en muchos sentidos; que había edificado una falsa sensación de seguridad basada en las cosas, en la reputación, en ser productivo y aparentemente perfecto y rendir para satisfacer las expectativas de los demás. Cuando estaba en los Estados Unidos, siempre me afanaba, siempre intentaba hacer algo o superar a alguien, lo cual dejaba poco tiempo para, simplemente, ser y disfrutar la gracia del momento. Finalmente, aprendí cuánta prioridad desordenada había dado al aspecto físico –el mío y el de los demás–. La lepra y la pobreza pueden hacer estragos en el cuerpo humano, pero no pueden afectar a la belleza de la persona interior.

En resumen, terminé por aceptar mi propia debilidad y mi propio pecado, lo cual dejó más lugar para que Dios y los demás me dieran fuerzas. Había recorrido medio mundo para experimentar más plenamente una libertad que había tanteado cuando hice por vez primera los Ejercicios Espirituales de treinta días, más de un año antes. Entonces consideré con sinceridad esta historia de pecado presente en mi vida. En la Primera

Semana de los Ejercicios, nos encontramos con un Dios fiel y amoroso que ensancha

nuestra visión y abre nuestro corazón. Este Dios misericordioso solo busca liberarnos de lo que nos impide amarnos a nosotros mismos, a los demás y a él; es decir, de todo lo que nos hace verdaderamente infelices. Todas esas lecciones volvieron a cobrar vida en Nirmala.

En mi último día allí, hice la ronda de despedidas. Mi última parada fue la «comunidad de jubilados» de la parte trasera del recinto. Allí vi a una de las abuelas sentada en una mecedora en su porche. Jugando a sus pies había una niña pequeña, que se reía. Detrás de la silla estaba de pie una mujer de mediana edad, cepillando elegante y pausadamente el pelo largo y canoso de la abuela, porque ella no tenía manos con las que

hacerlo. Con la mano hice un ademán de adiós y me di la vuelta, comprendiendo el motivo por el que me habían enviado a la India y a aquella asombrosa escuela del corazón.

Una oración de Pierre Teilhard de Chardin, SJ

Sobre todo, confía en el lento trabajo de Dios. Somos por naturaleza impacientes en todo, lo estamos por llegar al final sin demora. Nos gustaría saltarnos las etapas intermedias. Estamos impacientes de ponernos en camino hacia algo desconocido,

algo nuevo.

Y, sin embargo, es ley de todo progreso que este se haga pasando por

algunas etapas de inestabilidad;

y que puede tardarse muchísimo tiempo. Y pienso que así sucede contigo:

tus ideas maduran gradualmente; deja que crezcan, deja que tomen forma, sin prisas indebidas.

No intentes apresurarlas,

como si pudieras ser hoy lo que el tiempo (es decir, la gracia y las circunstancias que actúan sobre tu buena voluntad) hará de ti mañana.

Solo Dios podría decir lo que será este nuevo espíritu que se forma gradualmente dentro de ti.

Concede a Nuestro Señor el beneficio de creer que su mano te conduce,

y acepta la ansiedad de sentirte en suspenso e incompleto[14].

Pierre Teilhard de Chardin, SJ (1881-1955), fue un sacerdote jesuita, teólogo y paleontólogo francés. En sus numerosos escritos, procuró integrar la teología, la ciencia y la espiritualidad. Su visión mística del mundo, que consideraba la materia y el espíritu como una realidad unificada, ha cautivado la imaginación de los creyentes durante décadas.

SEMANA DEORACIÓN 7: