Resulta curioso que en ninguna de las tres comedias se aborden de manera directa los hechos heroicos de Francisco Pizarro durante la conquista del Perú. De hecho, el hermano más destacado de la familia de conquistadores solo aparece en la primera comedia: Todo es dar en una cosa, y no lo hace en tierras americanas, sino en Trujillo, cuando todavía es un niño. Los hechos heroicos se dan por sabidos, como en el teatro clásico ocurría muchas veces con las historias mitológicas, y el dramaturgo elige para poner sobre las tablas momentos concretos que destacan determinados aspectos del personaje, en este caso, las cualidades míticas del conquistador extremeño.
El origen ilegítimo de Francisco Pizarro, cuyos padres no estaban casados, se utiliza para crear toda una historia mitificadora. Como los héroes de la Antigüedad, el recién nacido Pizarro es abandonado por su madre en una encina, amamantado por una cabra y recogido posteriormente por su propio abuelo que desconoce el parentesco que lo une al niño encontrado:
Registré troncos vecinos / de ese arroyo casi seco / y halléle, escuchad milagros, / cuna de un niño risueño / a quien, amorosa madre, / una cabra daba el pecho. / Asombrome su piedad / trayéndome el alma ejemplos / de Semíramis, de Abides, / de Ciro, Rómulo y Remo; / y pronosticando en él / las felicidades dellos, / compasivo le di abrazos, / cariñoso le di besos. (Todo es dar en una cosa, A.I, vv. 1129-1142) Para terminar de ensalzar aún más la figura del joven Pizarro, a las com- paraciones clásicas se une la referencia religiosa. Como el propio Jesucristo, Francisco Pizarro es hijo de una mujer virgen pues, aunque no sea cierto, todo el mundo piensa que doña Beatriz lo es: ¿Madre y virgen en Castilla? (Todo es dar en una cosa, A.I, vv. 1257), se pregunta uno de los personajes ante lo insólito de la familia del niño.
En la España de la Contrarreforma, esta comparación con tintes religiosos resultaría aún más hiperbólica que las alusiones a la Antigüedad. No será, sin embargo, la única vez que la equiparación de Francisco Pizarro con Cristo aparece en las comedias. La alusión a la mítica historia de la conquista del
Perú con los trece de la fama, los valientes que decidieron acompañarlo en su expedición, será mencionada en varias ocasiones como una historia paralela a la de Cristo con sus apóstoles.
Menos sacrílega, pero no por ello menos elevada sería la equiparación con Hércules cuando el joven Pizarro agrede a su profesor o el paralelismo que se establece con Alejandro Magno cuando se muestra al joven Francisco con un precoz interés por el mundo de la lucha y las conquistas. Se trata de un interés que en varias ocasiones se utiliza como justificación de uno de sus principales defectos, el analfabetismo, que quedaría disculpado por el carácter vivo y ardiente del joven, claramente predispuesto más para las armas que para las letras.
Un aura mítica parece rodear al joven Pizarro y predisponerlo para grandes hechos. Varios elementos míticos rodean la personaje: sus orígenes inciertos, su carácter indómito, su condición de hombre hecho a sí mismo porque no tiene nada qué perder o la desdicha de su madre que espera sin esperanza la vuelta de su amado: «Penélope ausente fui / si tú a Ulises imitaras / ya tor- naras». (Todo es dar en una cosa, A.II, vv. 1434-1436). En varios momentos de la obra, cuando su propio abuelo habla con su hija Beatriz se produce esa ironía propia de la tragedia antigua, en la que los espectadores saben algo más que los propios personajes sobre sus orígenes o sobre su destino. También será trágico el desenlace de la historia personal de la propia Beatriz que, cual Pe- nélope, rechaza pretendientes esperando a don Gonzalo hasta que finalmente se casa, justo antes de que vuelva su amado.
Todas estas señales van creando alrededor del personaje del joven Francis- co Pizarro una atmósfera que anuncia hechos memorables, el joven Francisco Pizarro, como los héroes clásicos, vive en un mundo lleno de presagios, pero no será el único héroe mítico que aparezca en la comedia. Tirso no deja pasar la ocasión de hacer aparecer en escena a Hernán Cortés, con el que el joven Pizarro pelea por una bola de jugar que acaba partiéndose en dos en sus ma- nos. La imagen visual no puede ser más clara, anunciando el reparto del orbe entre los dos conquistadores.
De la misma manera que los cronistas de Indias «poblaron las selvas y los Andes de prodigiosos animales importados de la mitología grecorromana» (Vargas Llosa: 1998). Los orígenes y las hazañas del joven Francisco Pizarro se presentan ante el público como si fueran los de un héroe clásico. Como ocurría en las crónicas de Indias, la realidad ha quedado «eclipsada por una cultura que casaba en matrimonio indisoluble los hechos y las fábulas, los actos y su proyección legendaria» (Vargas Llosa: 1998). Como se observa al examinar los libros e historias que rodeaban a los conquistadores (Leonard:
2006), la imbricación de las armas y las letras en el Siglo de Oro era intensa, y no solo referida a la doble ocupación de muchos escritores, sino también a la dimensión mítica y literaria que se dieron a muchos de los hechos de ar- mas. Baste como ejemplo señalar algunos ejemplos de toponimia americana, como California o Patagonia, con origen en las novelas de caballería. En este sentido, Tirso de Molina emplea todos los recursos que la cultura aurisecular pone a su alcance para empezar su trilogía creando un héroe mítico, hecho a sí mismo y realizador de hazañas que ni siquiera hay que nombrar porque son de todos conocidas.