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Precise Prediction by Logical Constraint Solving

Chapter 5 Precise and Relaxed Prediction: SMT Solver Based Approach

5.3 Precise Prediction by Logical Constraint Solving

La ontología, como filosofía primera, es una filosofía de la potencia. Converge en el Estado y la no-violencia de la totalidad, sin precaverse contra la violencia de la que vive esta no-violencia y que aparece en la tiranía del Estado.3

Resulta que la Ley tiene que ser cuestionada. Es de la tradición el dictum: “¡Dura lex, sed lex!”, ¿qué pasa cuando la Ley la hacen los corruptos, de todas las épocas?, ¿cuando de ella están excluidos la viuda, el huérfano, el extran- jero, el pobre?, ¿cuando con ella se preserva el status quo?, ¿cuando ella es fuente de la represión, de la exclusión, de la inequidad? El que clama por su destrucción no es solo el rostro; el que reclama su hundimiento es Dios, vivo y viviente.

Puede ser la Ley Mosaica, puede ser la Ley de cualquiera de las naciones: ella coarta, es imposición, determina. Como tal, la ley no hace libre. La li- bertad solo puede ser subjetiva. Se vive por parte de cada quien. La ley es la fuente de la irresponsabilidad: “Puesto que pago impuestos: ve al servicio de salud, al psicólogo”. Con los impuestos que pago de conformidad con la ley: me desentiendo, desatiendo, el dolor del otro.

El principio de legitimidad trae consigo la indolencia: son los que pueden justificar la muerte al amparo de la ley, los que no ven rostros, sino cifras. Estas encubren el sufrimiento, el dolor, la desesperación. Ahí es cuando triunfa la tec- nocracia. El otro desaparece. Todo queda reducido al Mismo, a la totalidad. La ley, en cuanto que expresión del Estado, es el origen y la justificación del totalitarismo. La destrucción de ambos es efecto de un reclamo radical desde la alteridad. Es lo más Alto, el Altísimo, el que reclama. Solo desde la infinitud de la justicia se logra comprender que:

El Estado que realiza su esencia a través de las obras se desliza hacia la tiranía y da testimonio así de mi ausencia de esas obras que se me vuelven extrañas a través de las necesidades económicas. A partir de la obra, sólo soy deducido y ya mal entendido, traicionado más que expresado.4

Cuantas más determinaciones del Estado abarquen mi vida tanto más pierdo mi rostro. La tiranía es, primero, el encubrimiento del rostro; luego, su negación; y al término de su acción, su exterminio. Todo queda reducido a las opera- ciones de la máquina burocrática. En ella se opera sin sentido, al amparo de la razón de Estado. No hay diferencia entre la habitación china –del experimento mental de John Searle– y la máquina burocrática, también máquina de

3LEVINAS, Emmanuel. Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. Op. cit., p. 70. 4 Ibíd., p. 193.

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exterminio. Puede dar casas, ampliar la cobertura en las escuelas, incrementar el número de habitaciones en los hospitales, dar subsidio a las familias más pobres, hacer carreteras, etc. ¿Lo hace en función de la productividad en el marco de los TLC?, ¿incrementa la productividad de los ya enriquecidos empresarios que beneficia y que han pagado las leyes?, ¿minimiza y apacigua el justo clamor de la multitud, enardecida ante la injusticia?

Acanallar al otro es la función del Mismo en su manifestación como Estado. No se le acanalla solo en la represión de las manifestaciones, también cuando no se le escucha; cuando no solo ha perdido los derechos, sino también la voz para su re-clamo. Envilecido y reducido a su mínima expresión –aunque transite en auto por cómodas avenidas– el otro es tratado como un qué y nunca como un quién. Claro que esto se encubre con diversos tipos de slogans: “¡El gobierno de la gente!”, “¡Democracia con todos y para todos”, “¡Capitalismo con rostro humano!”. Una paradoja tras otra. Más aún, aporías. Ante estas fórmulas no han cesado los reclamos. Entonces aparecen las diversas expresiones de Imperio, de la biopolítica, de la posesión de los cuerpos y las almas. Ahora no se trata de recluir cuerpos y almas ocho horas en las fábricas. Ahora cada quien puede ir tranquilamente a su casa, con su familia, de vacaciones. Se tiene aquí y allá el Teletrabajo. De lo que se trata es de ser productivos: conecta- dos a las redes, a los celulares, se pierde el capital propio y el de los demás: si se duerme antes o después de que se cierre una operación en la bolsa de Tokio. Nadie tiene derecho a dormir hasta que no lo permita Imperio. Entonces no se trata de un poder estatal local, no se trata de una relación con un “visible”; todo el poder se ha vuelto un “invisible”. Se manifiesta en las marcas, en las redes, en la dieta, en la estetización y erotización de la vida cotidiana; pero nadie lo puede situar, asir, captar.

La paradoja, o mejor: la aporía, radica en que aquello que se precisa deconstruir y destruir está en todas partes y en ninguna. El totalitarismo apa- rece como monetarización. Todo se compra y todo se vende. Su expresión prístina es la corrupción. Todos, a una, entran (o entramos) en la totalidad. El más pobre, desplazado, sin derechos: es en sí un consumidor antes que un ciudadano. Paga IVA por lo más elemental de su vicio que inhibe el hambre. Todos, a una, alzamos la voz contra la corrupción. Se pone la mira en cómo se gastan o se roban los impuestos. También en esa queja, o en esa protesta, todo queda reducido a lo mismo: a contable (antes, siglos atrás, a metálico, contante y sonante; ahora solo la fábula de los títulos valor).

La totalización de la monetarización es un nuevo status quo. Desde luego, también hay leyes e ideas de Estados transnacionales. Lo que se protege no son las fronteras, son las inversiones, el capital, la inversión extranjera. La Seguridad Democrática tiene su fin más lato en la Seguridad Inversionista. No se trató nunca de un cuidado de un quien de carne y hueso. Este fue sujeto de “falsos positivos”, de dádivas en los Consejos Comunitarios, de la violencia estatal ajustada a la ley.

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Desde luego, La guerra vende más. El problema no son los caídos en combate. El problema militar, por excelencia, es la monetarización: ¿cuántos negocios se dejan de hacer si cuaja la paz?, ¿cómo se desplaza el 4,5 del PIB de armas a otras formas de “seguridad”, de negocios militares, de transacciones comer- ciales relativas a la guerra (armas, medicamentos, víveres, entrenamientos)?; y, sobre todo, ¿desaparecerán o no las coimas? También la guerra es parte, de tiempo atrás, de la totalidad de la monetarización.

Muy pronto todos los sectores se han acoplado. La banca, el primero de todos los matices del capitalismo proteico, se transnacionalizó. Concomitan- temente la bolsa. En cascada, la industria, la publicidad, la pornografía, la trata de blancas, las drogas. Todo reduce el rostro a cifra. No hay diferencia en quién sea el operador: Estado, banca, guerrilla, paramilitar. La pregunta es por un solo asunto: el Quantum que se torna o no en contable. No importan ni la muerte, ni el ecocidio, ni la destrucción. Son daños colaterales.

Se revela, entonces, como un juego infantil combatir el Estado y la Ley como se conoció bajo la idea de la Modernidad. Se precisa redefinir, hic et nunc, el Leviatán. Solo entonces se puede situar la resistencia. ¿A qué y cómo es posible resistir-se? Si se puede hablar de este como un País de Cucaña es porque ha reinado y reina la idea la riqueza fácil. Así se entiende por qué prosperó la mafia junto con las demás formas de corrupción a una velocidad fantástica; por qué penetró los sectores más pobres al mismo tiempo que los más acomodados en las esferas del poder, de la administración y los negocios. Tal vez lo único que no se logró capturar con estas estrategias de monetarización fue la aca- demia: allá no había nada para convertir en contable. Pero ello ya llegaría. No por la acción del mercado negro, no. Toda la monetarización de la academia ha corrido por cuenta de los índices de medición. Sea que se mida al amparo del Consenso de Washington o con los indicadores de la OCDE, todo queda reducido a lo Mismo.

La universidad, antes expresión de la relación con el Estado Medieval o Moderno, conservó la insignia de la alteridad: autonomía, pensamiento crítico, último reducto de la inteligencia. Pero no, ahora no. Ahora el lema, slogan también, es la relación (en realidad totalización) universidad-empresa. No es una relación cons- truida desde la separación. Es la empresa, su monetarización, la que coopta la universidad.

¿Dónde están las líneas de fuga, las márgenes, desde las cuales se pueda actuar, hic et nunc, el anarquismo; anárquicamente? ¿Cómo atender el clamor de los desamparados y el reclamo de justicia que viene de lo Alto, del Altísimo?

4. La revelación

Lo único que nos hace humanos es la vuelta al desamparo. Es la falta de un territorio donde habitar: vivir, cultivar, amar, gozar, morir. El desamparado carece de un territorio; está desterritorializado. Es un paria. No sabe a dónde ir. Incluso, empieza a dejar de saber quién es. No tiene más que quejas, lamentos.

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Su rostro nos amenaza. Su presencia nos ofende. Huele mal. Verlo exige un paso atrás de la ética en dirección de la metafísica. Su extraterritorialidad lo revela metafísicamente: un más allá en el más acá. La hondura de su clamor se torna una y otra vez reclamo infinito de justicia.

La revelación del tercero, ineluctable en el rostro, no se produce más que a través del rostro. La bondad (…) Concierne a un ser que se revela en un rostro. (…). Tiene un principio, un origen, sale de un yo, es subjetiva. No se regula por principios inscritos en la naturaleza de un ser particular que la manifiesta (porque así, aún procedería de la universalidad y no respondería al rostro), ni en los códigos del Estado.5

Aquí es donde se afinca el anarquismo: origen más originario. Lo marginal, la margen, es el yo, es el sujeto. Las márgenes del Estado no son otros estados, sus límites o bordes. Antes bien, es lo que se fuga con respecto a lo Mismo, esto es, respecto a la universalidad.

El otro se presenta ante mí. Es la propia violencia vuelta carne. Me recla- ma con la fuerza de su presencia por la ausencia de la justicia. Su clamor es absoluto (no universal, sino absoluto). Da cuenta de lo que se ha perdido, de lo que se ha negado, de lo extraviado de la justicia, materializada como injus- ticia, en el cuerpo, en la carne, del otro. Y no reclama por mi acción inmediata y directa, sino también por la acción o por la omisión de las generaciones, una tras otra, que se apartaron de la generosidad que reclama la justicia. Más aún, es la expresión de esa injusticia en los códigos del Estado lo que tiene que ser deconstruido, destruido.

Ahora bien, ¿qué pasa si no se tiene el Estado Moderno como Leviatán, si el nuevo Leviatán es la monetarización? Por igual, la violencia vuelve a hacer presencia. Pero el victimario se ha tornado “invisible”; y, sin embargo, no es Alto, ni Altísimo. Es “invisible” porque proteicamente toma figuras o imáge- nes que lo ocultan: mercancía, capital, corrupción, bienestar, confort, mafia, banco, ejército, guerrilla, paramilitarismo, academia.6 Todo. La totalidad. Todo puesto al mejor postor. La totalidad de la monetarización hace a todos impos- tores. En este contexto, ¿dónde están las márgenes?7 En algún lugar hay que

5 Ibíd., p. 309.

6 En la academia todo queda reducido a contable: puntos en el escalafón, puntos salariales,

puntos por productividad, puntos por publicaciones, puntos por títulos, puntos por experiencia docente, puntos por investigación. Estudiantes precarizados en función de los puntos del pro- fesorado. Se cedió, desde el interior de la vida espiritual de la universidad, a la mercantilización, a la monetarización, al capitalismo, a la empresa. Es la corrupción de la sal de la tierra del es- píritu, de la libertad y de la fe del espíritu.

7 Aquí están los indignados, las ligas de consumidores, los artistas de fuera del establec-

imiento, los veganos; unos más conscientes que otros. Pero también los desempleados, los informales, los del rebusque; los que parasitan de la monetarización, punto de enlace con la ilegalidad –que da valor a la totalidad de la Ley, a la fuerza del Estado–. Es la figura del pobre que reitera y rescata la obra de Hardt y Negri (mi estudio amplio de este fenómeno está en: “El problema de la mística y el arte: la visibilidad de lo invisible, Dios”. En: La región de lo espiritual.

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comenzar: en los sujetos. ¿Quiénes son los marginados y cómo operan los sistemas de exclusión?

Se trata del tercero.8 Entonces, ¿de quién se trata?, ¿quién es este tercero?, ¿el rostro efectivo singular que me violenta, la humanidad que se expresa en el reclamo del singular, Dios como infinitud de la justicia? “La presencia del rostro –lo infinito del Otro– es indigencia, presencia del tercero (es decir, de toda la humanidad que nos mira) y mandato que manda mandar”.9 La humanidad de lo humano vuelta rostro singular de alguien que reclama, en clamor, la infinitud de la justicia es el Otro, Dios en persona, como la revelación en sí misma.

El tercero –lo marginal, las márgenes– es la epifanía del rostro, en último término, la palabra profética10 que despliega la apología. Esta no es “un suicidio, ni una resignación, sino el amor”.11

Es evidente que la revelación no indica el que Dios haya hablado a los hombres y que su palabra, consignada en Las Escrituras, pueda y deba ser interpretada. No se trata de esa revelación. Se trata del sufriente que llega hasta mí y violentamente entra en el campo de mi experiencia. Pero esa es la violencia que deviene como epifanía por efecto del amor. Lo veo en las márgenes y lo acojo, le doy asilo. Me limito libremente por él, para él, desde mi propia libertad. Esta revelación es principio, es origen. No solo tengo la presencia activa y violenta del otro, sino que lo que acude es lo más Alto, el Altísimo. Esta ausencia de Dios en cuanto infinitud de la justicia se revela en la presencia del otro: la viuda, el huérfano, el extranjero, el pobre–; y, a su vez, esta presencia de Dios en cuanto anhelo de la infinitud de la justicia se revela en la ausencia de la plenitud de la humanidad de lo humano en el otro. Ahí es donde aparece la radicalidad del Otro: Dios activo y actuante en la historia.

La epifanía del rostro que lleva a la apología es el origen más originario que destruye toda preconcepción y todo prejuicio. Lo único que queda en el an-arquismo es el brotar del Otro, Dios vivo y viviente, en todo otro. Dios aparece como las márgenes, como la marginalidad en sí misma. Por eso desborda y ex-

En el Centenario de Ideas I de Husserl. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2013; pp. 361-383;

y en mi contribución: “La fenomenología de lo invisible: el problema del método”. En: Imperio vs

multitud. El problema de la biopolítica y la formación. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, 2013;

pp. 13-31).

8 “El tercero me mira en los ojos del otro: el lenguaje es justicia. No decimos que haya rostro

desde el principio y que, a continuación, el ser que éste manifiesta o expresa, se preocupe de la justicia. La epifanía del rostro como rostro, introduce la humanidad. El rostro en su desnudez de rostro me presenta la indigencia del pobre y del extranjero; pero esta pobreza y este exilio que invocan a mis poderes, me señalan, no se entregan a estos poderes como datos, siguen siendo expresión del rostro. El pobre, el extranjero se presentan como iguales. Su igualdad en esta pobreza esencial, consiste en referirse a un tercero, así presente en el encuentro y al que, en el seno de su miseria, el Otro sirve ya. Se une a mí”. Ibíd., p. 226.

9 Ibídem. 10 Ibídem. 11 Ibíd., p. 264.

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cede. Con su presencia no queda otra vía que limitarse libremente a la expre- sión y a la expansión del amor. Esta alteridad, filosofía primera, es la metafísica que se desterritorializa en cada comprensión y en cada acción que va más allá de lo dado como lo justo hasta ahora, como lo justo para nosotros, como lo justo ante la Ley en el marco del Estado. Es la metafísica de la infinitud de la justicia como lugar que tiene lugar más allá y más acá de todo canon, de toda ley, de todo Estado.

Así, entonces, el principio raizal, radical, del anarquismo es el amor. Sea que se lo trate como eros, pero en especial como ágape. En este lo que reina es la amistad. Solo en la amistad se supera todo rastro, toda huella, de patriarcalismo. Solo en la amistad se hace pleno el reconocimiento del otro: cada quien, desde su singularidad, ante el otro; separados y relacionados, al mismo tiempo, enfrentando la atroz falta de sentido que se cierne sobre el presente.

5. Amar amar

Referencia del amor “dado” al amor “recibido”, amor del amor, la voluptuosidad no es un sentimiento de segundo grado como una reflexión, sino recto como una conciencia espontánea. íntimo y sin embargo intersubje- tivamente estructurado, que no se simplifica hasta llegar

a una conciencia única. El Otro, en la voluptuosidad, es el yo separado de mí. La separación del Otro en el seno de esta comunidad del sentir constituye la agudeza de la voluptuosidad. La voluptuosa meta de la voluptuosidad, no es la libertad amansada, objetiva, reificada del Otro, sino su libertad indómita, que no deseo de ninguna manera objetivada.12

Aquí es donde se ancla la ética: anarquía total que permite comprender que “[e]n la posesión del Otro, poseo al otro en tanto que él me posee, a la vez amo y esclavo. La voluptuosidad se extinguiría en la posesión”.13 Amar más allá de toda posesión, de toda coacción, de todo intento de reducir al otro a la esfera de propiedad: superación del totalitarismo. Paradoja del amor: separación en la unión, unión en la separación. Aquí no hay objetivación, mucho menos objetividad; ni tan siquiera objetualidad.

Amar amar es desligarse en la unión; es desunirse ligándose. Cuanto más cerca estoy del otro tanto más comprendo la distancia que nos separa. Amar es situar sin sitiar. No se trata de avasallar al otro, de hacerlo súbdito; antes bien amar amar es un poner en libertad que limita en liberación de la libertad. Cuanto más amo tanto menos procuro la servidumbre y tanto más soy yo quien quiero a estar al servicio. El modelo, por antonomasia, del amar amar es el desasimiento. No queda sujetado nada, por ningún motivo. La liberación de toda servidumbre hacia mí me hace libre en la limitación que me impongo. En

12 Ibíd., p. 275. 13 Ibídem.

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esto consiste la desmesura del amor: no hay manera de contarlo, de narrarlo, de hacerlo contable. El amor es la fuga hacia la liberación que hace libre, a