Chapter 5 Precise and Relaxed Prediction: SMT Solver Based Approach
5.2 Prediction Problem for Null-reads
El otro no es la imagen que muestra la pantalla o el fotograma o la foto- grafía. El otro es un cuerpo vivo como yo y, aunque pudiera ser entendido en analogon o epistémicamente, lo vivo como sufriente. Aquí no se abandona por un solo instante la separación. Sobre esta se despliega la relación. Es esta la que permite hallar-se en la proximidad; y, sin embargo, no se trata de mi prójimo; sino de alguien con quien o de quien o a quien me aproximo. Y me aproximo en razón de la justicia, del reclamo del rostro. Así, entonces, antes de conocer al otro, lo capto en su sufrimiento. Ahí está el origen de la ética como filosofía primera.
“(…) la proximidad es anárquicamente una singularidad sin la mediación de ningún principio, de ninguna idealidad”.2 No es lo Mismo, en su repetición, lo que puede revelar. Todo lo contrario, es lo otro. Porque es inabarcable, clama. No se trata de una cifra, de un modelo, de un esquema. Es el otro en su darse único e irrepetible. Su reconocimiento va más allá, mucho más allá, del tode ti y se interna en su individuación, en lo que cada rostro tiene de singular. Esto es lo que anarquiza. No hay orden, no hay manera de ordenar, no hay principio ordenador, ni demiurgo. Solo hay rostro que clama y reclama. Su expresión habla en su clamor, discurre como reclamo. Comienza, pues, como un grito que abre una grieta en lo Mismo.
Y más allá del clamor que impone la presencia del rostro, por la grieta que se abre con el reclamo se produce una fuga hacia la infinitud de la justicia. Desde esa infinitud obra el reclamo; es activo y actuante. Este reclamo es discurso que anuncia, que profetiza. Produce una trayectoria ideal en dirección de lo más Alto, del Altísimo. No se trata de un utopía que atrae como un polo fijo y deter- minado; es un Dios que se presenta en la ausencia de justicia para reclamarla, que hace que emane la justicia como una exigencia que cada quien asume en libertad, limitándose.
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En lo singular del otro, en el déficit que se hace presente como expresión de la injusticia, en lo que el otro clama y reclama, con necesidad y con urgencia, como condición de posibilidad para hacer expresión de sí, en medio o entre, su cotidianidad, ahí, desde la separación se teje una relación. El próximo es aquel del que me hago cargo, el que pone en ejercicio mi paternidad, el que me limita y me hace libre.
La proximidad, entonces, no está dada por lazos de consanguinidad, de afi- nidad civil. Antes bien, tiene que ser realizada a partir del principio e inicio de la separación. Al comienzo, en el inicio, el otro es radicalmente otro por su sepa- ración con respecto a mí. Esta separación es la que permite mi extrañeza, mi extrañamiento; por eso, aun cuando sea mi hijo o mi hermano o mi amada, etc., se me da como extraño, como extranjero. Y lo veo desde mi status quo. Me asiento en mis juicios y mis prejuicios, en los míos propios, ejerzo soberanía sobre mi ousía. Lo veo allá, otro, lejano incluso en la cercanía. Veo su rostro, sus espe- ranzas, sus expectativas, sus sueños, sus miedos. Absolutamente otro. Puedo analogarlo, pero no es asunto de conocimiento. Se trata de su sufrimiento, de su existencia patética, de su tonalidad.
La proximidad es un efecto. Es la expresión de su rostro, no su léxico, lo que me hace sentir-lo, lo descubre ante mí y me desnuda. Su clamor y su reclamo, su expresión y su voz, se hacen mías. Y, entonces, me hago –me siento y me declaro– responsable. Salgo a su encuentro respondiendo. Mi respuesta es la de un “yo estoy aquí”. Y lo estoy porque “tú –seas o no mi hermano o mi hijo o mi amada– estás ahí”. La proximidad es el efecto de hacerme cargo del sufrimiento, del tuyo, y el sufrirlo en mí hasta las consecuencias últimas.
La proximidad es la fuerza que anarquiza. La anarquía principia en la proximi- dad. Pero esta no es en sí misma un principio. Se trata, más bien, de una fuente de la que brota el reconocimiento. Al mismo tiempo, es lejanía, distancia, en fin, alteridad y, simultáneamente, es el enlace, la unión, la cópula con el otro. Este en- lace es el sufrimiento. El más alto de todos los sufrimientos es la injusticia; pero, también, la altura de la justicia es la bondad del Altísimo.
Desde luego, lo más lejano y radicalmente Otro es Dios. Su distancia se halla en la proximidad del rostro. El otro, al clamar y al reclamar, pone en evidencia a Dios; exige su presencia, hic et nunc. Y Dios com-parece, com-padece, com-parte. En la proximidad entre los sufrientes cabe, está en medio. Y aparece, como com- parecencia. Se lo llama y acude. Lo fenomenologizamos, es una fenomenalidad pura. Es cuando el otro, o yo, dice, por la razón que sea: “¡Dios mío!”, “¡Por el amor de Dios!”. Entonces, Dios com-parece, es mero y puro fenómeno, porque se clama, se invoca, se solicita su presencia. Y se presenta en el reclamo. No es solo el rostro interpelante del otro, sino una infinitud que está más allá del rostro; es la presencia que se presenta en la ausencia.
Aquí está la fuerza del sufrimiento. Es la impotencia del sufriente la que viene y nos despoja de toda prepotencia. El reclamo se hace invocando una infinitud más allá de la cual solo queda la bondad como justicia, Dios. Dios padece,
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aquí y ahora, con nosotros. Sufre por los desamparados; sufre por nuestra indolencia ante el desamparo de los desamparados. Es el último refugio del sufriente y el primer llamado al Mismo para que se abra al otro y lo hospede. Dios, como justicia infinita, se com-padece del otro, de nosotros ante los otros. Padece con todos. Con él y conmigo.
Dios no está en las márgenes. Él mismo es la margen. Es la parte que une al otro conmigo. Está plenamente en el otro como está plenamente en mí. Pero está más allá de ambos. Su verdadero lugar es la distancia. Es la justicia infinita que se aleja cuanto más cerca está entrambos, en la cabencia del cabe. Por la distancia parece ser la utopía, pero por la cercanía, en cambio, es topía; lugar más cercano de lo propio que somos nosotros mismos, cada uno en su pasividad.
La proximidad revela a Dios tan cerca de cada quien que se muestra en su rostro. Y, sin embargo, Dios es la alteridad absoluta. Está tan lejos que solo se muestra en el asomo, en el asombro, de la infinitud de la justicia. Su cercanía es su distancia. Su proximidad su extrañamiento, su extranjería, su extraterritoriali- dad. La proximidad solo la fenomenaliza y la fenomenologiza el sufrimiento. Donde no hay sufrimiento se puede experimentar la existencia atea, el ateísmo, la separación sin conciliación en la relación. Pero todo cambia cuando alguien sufre. Ese sufriente revela la expresión de la justicia rota, quebrada, en débito. Entonces emerge Dios como justicia, como el Justo, como la conciliación que todo lo justifica.
No se trata, por tanto, de una utopía dogmáticamente asumida como un omega que sobrevendrá de todos modos. Antes bien, es una escatología de y en lo presente. Es la anarquía que garantiza que todo pueda ser subvertido; que siempre se pueda recomenzar desde la absoluta fragilidad del sí mismo. Y siempre podemos errar. Esta errancia es la que da cuenta del desamparo. Vamos, sin saberlo del todo, en pos de la revelación que se ofrece en la epifanía del rostro. Este camino y este caminar solo se puede hacer con el otro. Ambos nos acercamos a la infinitud de la justicia, que vuelve y se aleja.
La proximidad al mismo tiempo es topía y es utopía, pura inmediatez del darse del rostro, en su separación; y, relación que entrelaza la presencia de Dios en la cerca- nía del otro que al mismo tiempo está distante, lejos; inasible, inabarcable. La proximidad es revelación: muestra un rostro que clama y reclama; y, sin embargo, se mantiene distante, distinto, diverso, diferente. Lo diverso hace visible la multiplicidad de versiones que prueban la infinitud de la justicia. Aquí es donde entra en juego el amor, el amar, el ego amans. Pero se precisa todavía entender más la relación con la Ley y con el Estado. Hay que deconstruirlos a ambos, hay que destruirlos. Sin esta destrucción previa no es posible amar, no es po- sible hallarse ante el otro, primero; y, luego, ante Dios, el Alto, el Altísimo. De esto es de lo que trata el anarquismo: destrucción de la Ley y del Estado para hallar la ética, la filosofía primera, el amor, el amar amar.
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