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Chapter 4 Design & Implementation

4.2 Image Processing Methodology

4.2.1 Preprocessing

Es preciso, antes de iniciar una reflexión sobre la espiritualidad del trabajo, que nos

preguntemos qué entendemos por espiritualidad. Inicialmente, Pedro Casaldáliga nos introduce en el tema, presentando la problemática misma de la palabra espiritualidad. Esta palabra puede expresar una comprensión de alejamiento de la vida real, que ya presenta su dificultad. Los que asumen este significado favorecen viejos y nuevos espiritualismos y abstracciones irreales.

La palabra espiritualidad deriva de espíritu, opuesto a materia. Una persona espiritual

debe vivir sin tener como fin lo material y procurar que sus realidades estén movidas más bien desde la gracia de Dios.

Este significado de los conceptos de espíritu y espiritualidad proviene de la cultura griega. La llamada cultura occidental está penetrada por esta acepción, en contraposición a la cultura semítica y algunas culturas indígenas que tienen una comprensión distinta. Pedro Casaldáliga nos indica que en la Biblia espíritu no se opone a materia ni a cuerpo, sino a maldad, destrucción; se opone a carne, a muerte (la fragilidad de lo que está destinado a la muerte); y se opone a la ley (la imposición, el miedo el castigo)… En este contexto semántico, espíritu significa vida, construcción, fuerza, acción, libertad…No es algo que está fuera de la materia, fuera del cuerpo o fuera de la realidad real, sino algo que

está dentro, que habita la materia, el cuerpo, la realidad, y les da vida74

74 Casaldáliga,

Esta comprensión del espíritu es dinámica. Es un impulso a las personas, para su crecimiento y creatividad en un ímpetu de libertad; es una fuerza para que ellas sean lo que deben ser. En hebreo la palabra espíritu (ruah) significa viento, aliento, hálito; el espíritu es como el viento, ligero y potente. Es un sentido análogo al de aliento, es decir al aliento corporal que hace que la persona respire y se oxigene, que pueda seguir viva.

Acercándonos al sentido bíblico podemos considerar que el espíritu de una persona es lo más hondo de su propio ser. La historia nos hace reconocer la existencia de espíritus buenos y no tan buenos. Una persona que es explotadora y dominadora de los demás se mueve desde una espiritualidad de egoísmo, de ambición. Es el mal espíritu el que la mueve, expresándonos en términos de San Ignacio.

Esta manera de comprender el espíritu o la espiritualidad de una persona no es exclusiva del cristianismo. Existen diversas espiritualidades. Este hecho tiene una implicación macroecuménica. La espiritualidad es poseída, aun por los que dicen rechazar cualquier tipo de ella. Podemos concluir que la espiritualidad es patrimonio de todos los seres humanos: “Toda persona está animada por uno u otro espíritu, marcada por una u otra espiritualidad, porque la persona humana es un ser también fundamentalmente espiritual”75.

La afirmación clásica de que el ser humano es un ser espiritual significa que el hombre y la mujer son algo más que la vida biológica (bíos); que en ellos hay algo que les permite trascender. Ese plus que los distingue de los demás seres animados, que les hace ser lo que son dándoles una especificidad humana es lo que se llama espíritu. Es la dimensión que los constituye como personas humanas. En el lenguaje de los místicos clásicos esa profundidad personal es forjada por las motivaciones que hacen vibrar a cualquier ser humano, por la utopía que lo mueve y que lo anima, por la comprensión de la vida que la persona se ha venido haciendo desde su actividad en el mundo, en la convivencia con los semejantes y con los otros seres. De este modo las personas que viven en el espíritu son

75 Casaldáliga,

aquellas que alimentan sus valores, sus ideales, sus utopías, sus opciones profundas. Son las personas que asumen su trabajo como una dimensión de la vida que debe aportar al desarrollo humano y por tanto a la dignificación de la actividad.

Además la espiritualidad no es patrimonio exclusivo de personas profesionalmente religiosas o santas; no tiene un carácter privado y privatizante. Es una realidad comunitaria que se representa como la conciencia y la motivación de un grupo determinado o un pueblo. Cada comunidad tiene su cultura y cada cultura su espiritualidad. Ahora bien, como Iglesia que piensa en una espiritualidad del trabajo debemos preguntarnos qué tiene que ver la espiritualidad con la religión.

Para responder a esta pregunta debemos comprender que ser persona no es simplemente ser miembro de una raza animal, sino que es “asumir la propia libertad frente al misterio, frente al futuro…; optar por un sentido ante la historia; dar una respuesta personal a las cuestiones últimas de la existencia”76. Esta postura de las persona ante la

vida la debe llevar a preguntarse: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y fin de nuestra vida? ¿Por qué tanto dolor y sufrimiento? ¿Cómo conseguir la felicidad? ¿Qué es la muerte? ¿Qué podemos esperar? Asumir estas preguntas profundamente humanas es ya formular la pregunta religiosa, pues, ciertamente toda persona tiene que enfrentarse con el misterio de su propia existencia; tiene que optar por unos valores que le den sentido y fundamento a su existencia.

Es de creer que la opción fundamental de un ser humano se puede comprender como aquello sobre lo que construye y articula la composición de su conciencia; su toma de postura ante la realidad, dentro de la historia. Así, lo genuinamente religioso es esa opción fundamental, la humana profundidad, anterior a todo dogma y rito. Es una indicación de que en esa opción fundamental la persona define qué valor y sentido coloca en el centro de su vida; cuál es su Dios o su dios. En ese sentido y trascendencia de la existencia en el

76

Casaldáliga, Espiritualidad de la Liberación, 29.

mundo, el trabajo humano tiene sentido y trascendencia en la realidad de todos los seres humanos.

Esta religiosidad que brota de nuestra humanidad es lo que se llama espiritualidad. Nos configura como personas; nos da identidad; nos salva ante Dios mismo. En consecuencia las prácticas religiosas deben ser una expresión personal y un paso comunitario de esa espiritualidad. En efecto, la fe cristiana nos permite tener una mirada contemplativa de la realidad y descubrir una dimensión de la realidad que sólo es accesible a la luz de la fe. La mirada de la fe lleva a manifestar que el trabajo hace parte de ese plan salvador, pues se orienta a la dignificación del ser humano y a la construcción de un mundo que es construcción del Reino de Dios. Dios en verdad se comunica con hombres y mujeres y les dirige su palabra a través del libro de la vida que es la creación y la historia en el acontecer diario y bajo los signos de los tiempos. De este modo la espiritualidad es el camino que nos invita a llenarnos de Dios y de la manera de colaborar más plenamente en el designio divino de salvación. En un mundo en donde la vida es regida por el dinero es importante que los seres humanos tomemos conciencia del espíritu que mueve a cada persona, a cada familia, a cada pueblo, ya que cada uno de ellos es una realidad salvífica y una mediación

necesaria para el conocimiento de la revelación77.

Pienso entonces que, cuando hablamos de una espiritualidad del trabajo en nuestra sociedad contemporánea, debemos preguntarnos por la manera como estamos asumiendo el valor de espíritu-espiritualidad en nuestras vidas, pues de ahí brotan preguntas profundamente humanas y profundamente religiosas y trascendentes. Cuando hablamos de Espíritu con mayúscula, según Casaldáliga, nos referimos al Espíritu de Dios, al Espíritu Santo, al Espíritu de Jesús. Este Espíritu con mayúscula es indefinible. Ahora bien cuando hablamos del espíritu nos referimos a la dimensión esencial de la persona humana en la que el Espíritu de Dios actúa. Esta actuación les confiere a las personas profundidad,

77 Casaldáliga,

trascendencia, libertad y vida en plenitud. Por este motivo, el trabajo humano tiene valor y sentido cuando es alimentado desde el Espíritu de Dios.

En las sociedades laicas en que muchos no son creyentes, también en ellos actúa el Espíritu de Dios y ora con gemidos inefables (Rm 8,26). Todos en Él nos movemos y existimos (Hch 17,28). Él ilumina a todos (Jn 1,9), para que tengan vida (Jn 10,10). Otros no conocen al Dios de Jesús, pero invocan desde el mismo Espíritu, al Dios vivo en su propia religión. Igualmente en los pueblos que no conocen la revelación cristiana su espiritualidad es alimentada desde su mística y su cultura. Esa acción de Dios en cada pueblo es un modo de revelarse en él. Las afirmaciones anteriores nos llevan a garantizar que todos los seres humanos participamos de un Espíritu, que nos debe conducir a darle sentido a nuestros proyectos de vida. En esta realidad inefable juegan un papel decisivo el sentido y el valor que tenga nuestra actividad humana en el mundo.

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