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4.4 Principal component analysis (PCA)

Persiste en la sociedad la imagen de una familia que está constituida por un hombre y una mujer adultos, unidos en matrimonio, y sus hijos. Esta representación es la más difundida en el ámbito privado, por ejemplo, cuando los jóvenes imaginan y planifi- can su transición desde la vida con su familia de origen hacia la conformación de un nuevo núcleo familiar, y también en el ámbito público, hecho que se manifiesta en el

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supuesto de familia que subyace a la lógica de múltiples instituciones y al diseño de dife- rentes políticas de la región. Sin embargo, la mayoría de los niños de América Latina actualmente nace y vive sus primeros años en familias que no responden a este mode- lo. Menos del 60% de los hogares con niños de 0 a 5 están compuestos exclusivamente por un núcleo, y sólo en la mitad de ellos los cónyuges están casados.

Las lógicas que subyacen en esta distancia respecto de un modelo de familia tradi- cional son muy diversas. En principio, las familias desarrollan estrategias –no nece- sariamente surgidas del consenso, voluntarias o persiguiendo la racionalidad eco- nómica– para subsistir. Estas estrategias relacionadas con la distribución de las res- ponsabilidades y las tareas dentro del hogar se definen según el momento vital en el que se encuentra cada familia y según la cantidad de recursos materiales, sociales y simbólicos de los que se disponga. Si bien es mayoritaria la tendencia de los jóvenes a conformar una nueva unidad familiar –lo cual supone independizarse de la familia de origen e instalarse en una nueva vivienda–, esta posibilidad no está al alcance de todas las parejas. En primer lugar, porque muchos niños viven con uno solo de los padres, la mayoría de las veces con su madre. Otras veces, porque sus ingresos no les permiten afrontar el desafío de mantener un hogar, o porque es imprescindible contar con el tiem- po de los abuelos para el cuidado de los niños y las niñas más pequeños.

Como consecuencia de ello, uno de los factores que promueven formas familiares aje- nas a la tradicional es la convivencia con otros familiares. En más de un tercio de los hogares con niños pequeños éstos conviven –además de con uno o ambos padres– con otros miembros de la familia, quienes suelen ser los abuelos. Por ejemplo, entran en esta categoría las parejas jóvenes que conforman un hogar compartiendo la vivienda con sus padres o suegros, o las mujeres solas con hijos, que permanecen viviendo con sus padres, todos casos en los que el apoyo de la familia de origen se torna esencial. Como es de esperar, la estrategia de sumarse o sumar miembros al hogar es aún mayor entre los hogares con menores recursos y en los países de menor desarrollo de la región.

MAPA Nº 2 Porcentaje de niños que viven en familias nucleares biparentales. Países de América Latina. 2006/2007 HASTA 40 40,01 - 50 50,01 - 60 MÁS DE 60 SIN DATOS NO CORRESPONDE

Esta situación es más habitual durante la primera etapa de conformación de una familia. Pero a medida que pasa el tiempo, las parejas tienden a alejarse de su familia de origen, tratando de conformar un nuevo hogar, aunque también muchas de ellas se separan o se divorcian, lo que da lugar a que el peso relativo de los hogares amplia- dos disminuya mientras que los hogares con núcleos monoparentales aumenta. Así, los hogares en los que los niños viven con uno solo de sus padres –habitualmente su madre– constituyen otra configuración lo suficientemente generalizada como para competir con el modelo tradicional de familia. Este comportamiento redunda en el aumento sostenido de los hogares con jefatura femenina. Cuando el menor de los niños no cumplió aún los seis años, sólo dos de cada diez hogares tienen como jefa a una mujer, mientras que llegada la adolescencia esta proporción se incrementa hasta alcanzar al tercio de los hogares. La jefatura femenina es más pronunciada aún en los sectores urbanos.(VÉASE GRÁFICO 1.2.1)

Otro factor que desplaza la conformación del modelo tradicional de familia es la pre- sencia de parejas que conviven, pero que no constituyen un matrimonio. Es un fenó- meno ya muy estudiado la mayor disposición de las parejas a iniciar una convivencia y conformar un nuevo grupo familiar, prescindiendo de la institución matrimonial. En este sentido, el matrimonio es más habitual entre aquellas personas que provienen del nivel social más elevado y en los países del Cono Sur. Un dato significativo que surge de la información con la que se cuenta es que el matrimonio legal pareciera operar como un elemento de perdurabilidad de los núcleos familiares. Si bien ello nada dice sobre la calidad de la relación entre los cónyuges, ni sobre la capacidad de éstos para desem- peñar su función de padres, el peso de las uniones legales tiende a aumentar entre las parejas que permanecen juntas a lo largo del tiempo.

Hogares ampliados donde otros familiares –o no familiares– comparten la cotidiani- dad y se integran en la economía doméstica, núcleos monoparentales, parejas que prescinden del matrimonio constituyen, tal vez, las más visibles entre las múltiples formas familiares vigentes. Con ellas coexisten otras formas, que suelen quedar

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FUENTE: SITEAL a partir de Encuestas de Hogares.

GRÁFICO 1.2.1

Composición del hogar según edad del integrante menor. América Latina (17 países), circa 2007

MENORES 6 6 A 12 13 A 18 19 Y MÁS 0 20 40 60 80 90 70 50 30 10 100 %

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“invisibilizadas” ante los registros y los relevamientos regulares de información (los censos o las encuestas), como es el caso de los hogares ensamblados o las parejas homosexuales. Por otra parte, diversos estudios longitudinales analizan cuán volátil o sólido es cada grupo familiar, demostrando cómo algunos niños y niñas pueden vivir durante sus primeros años de vida una sucesión de situaciones familiares alta- mente cambiantes.

Sin embargo, aunque existan múltiples dificultades para definir y analizar la institución familiar, el propósito de perpetuarse en el tiempo suele ser uno de sus rasgos más esta- bles y definitorios. La familia es un sistema cambiante y dinámico que pasa por etapas o ciclos normativos de desarrollo. Y, en cada uno de estos ciclos, hay una serie de cam- bios: en su estructura, en la manera de interactuar y de comunicarse de sus miembros, en el establecimiento de límites y reglas, en sus necesidades y en la expresión del afec- to. En este sentido, el surgimiento de nuevas configuraciones familiares constituye la expresión de una multiplicidad de factores, entre los cuales sin duda se encuentran la masiva incorporación de las mujeres al mercado laboral y el cuestionamiento de las estructuras tradicionales de distribución de poder entre varones y mujeres, pero donde también se manifiestan las dificultades que entraña la modernidad tardía para que los individuos establezcan lazos interpersonales sólidos y duraderos.

En este arduo y complejo proceso de transformación mucho se ganó y se perdió. La democratización de los vínculos entre varones y mujeres, entre padres y madres y entre adultos y niños constituye un cambio esperanzador. La crisis de los modelos patriarcales de autoridad dentro de la familia muchas veces trajo aparejada la redis- tribución de poder, algo que fue beneficioso para el conjunto. En el mismo sentido, la posibilidad de desafiar al poder patriarcal redundó en divorcios de parejas que, en otros contextos, hubieran permanecido unidas y dio lugar a nuevas oportunidades de constituir familias, donde los niños nacen en grupos que ya poseen otros hijos, que no son sus hermanos biológicos pero que, en la práctica, desempeñan ese rol.

Hacia los años sesenta, una crisis ambiental irrumpió en el mundo. Esta alarma ecológica se presentó como una crisis civilizatoria que cuestionaba la racionalidad del conocimiento, sobre el cual ha sido construida la sociedad moderna. Ello impacta en todos los órdenes institucionales que constituyen la sociedad y llama a una toma de conciencia crítica, a repensar el mundo y a asumir una responsabilidad colectiva ante el futuro del planeta, la conservación de la vida, el sentido de la existencia humana y sus bases de sustentabilidad.

Allí fue fraguando el concepto del derecho a un ambiente sano y productivo, así como el de los derechos colectivos a los bienes de la humanidad, como parte de los derechos humanos de nueva generación. En este contexto, emerge el campo de la

educación ambiental, con el propósito

de formar a las nuevas generaciones en un pensamiento complejo y una ética de la responsabilidad ante la vida. A pesar del recrudecimiento de esta crisis socioambiental, en los informes sobre el estado y la tendencia de la educación, en los foros de debate intelectual y político sobre educación, así como en las políticas públicas en materia educativa, la educación ambiental continúa ocupando un espacio marginal frente a las líneas fundamentales de las políticas educati- vas –educación de calidad para todos, eficacia en la terminalidad, distribución equitativa y expansión de la cobertura de servicios educativos– e, incluso, ante los compromisos asumidos por

los países en la llamada “Década de la Educación para el Desarrollo Sostenible”.

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