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El idealismo epistemológico afirma la tesis, con relación a los límites de nuestro conocimiento, de que nuestras mentes no son capaces de conocer una realidad exterior a ellas. D e­ pendiendo de lo que se entienda por realidad exterior a la mente, esta tesis tiene dos versiones que corresponden a dos formas de idealismo epistemológico:

pueden adquirir el conocimiento solamente de sus propias ex­ periencias.

2) Idealismo trascendental, que sostiene que nuestras men­

tes pueden conocer sólo sus propias construcciones (cfr. pá­ ginas 63-65).

E l filósofo que se adscribe a la posición del idealismo episte­ mológico debe considerar todo lo que la mente conoce como complejos de algunos estados mentales del sujeto cognoscente, o como construcciones elaboradas por éste.

Entre los objetos que conocemos están, en primer lugar, la naturaleza física y, en particular, los cuerpos. Las consecuen­ cias del idealismo epistemológico que estamos analizando se aplican principalmente a estos objetos. Se deduce del idealismo epistemológico, en su versión inmanente, que los cuerpos son ciertas experiencias del sujeto cognoscente. Así, por ejemplo, Berkeley, el representante del idealismo inmanente, considera que los cuerpos, es decir, las cosas, los árboles, las mesas, las sillas, etc., no son más que complejos de impresiones de la mente que los percibe. Del idealismo epistemológico en su ver­ sión trascendental se deduce que los cuerpos que conocemos son sólo construcciones de nuestras mentes.

L a tesis del idealismo subjetivo

La reducción de los cuerpos a los complejos de impresiones, o su degradación a un cierto tipo de construcciones de nuestra mente, obliga a los seguidores de esta teoría a formular la cuestión de si la existencia atribuida a los cuerpos debe tomar­ se en sentido literal o en sentido figurado. Examinemos las respuestas que dan a esta cuestión los idealistas inmanentes y trascendentes. Para el idealismo inmanente, los cuerpos son lo mismo que las impresiones o los conjuntos de impresiones del sujeto cognoscitivo. Pero las impresiones no son autosubsis- tentes. Una impresión es la experiencia de un cierto sujeto y sólo puede existir en relación a un sujeto. Cuando decimos que una impresión «existe», el término «existe» no tiene el signifi­ cado irreducible que posee al hablar de las substancias. «Una impresión existe» significa «alguien está teniendo una impre­

sión», «alguien la experimenta». Analógicamente, cuando deci­ mos que un complejo de impresiones existe, la palabra «existe» equivale a decir que alguien está experimentando un complejo de impresiones. Una vez que los cuerpos, los árboles, las me­ sas, las sillas, son nada más que un complejo de impresiones, su existencia se reduce al hecho de que alguien tiene la expe­ riencia de ellos. No podemos afirmar la existencia de los cuer­ pos en el mismo sentido irreductible en que afirmamos la exis­ tencia de las substancias. Los cuerpos no son substancias, sino estados mentales, impresiones o complejos de impresiones. Al afirmar su existencia, la atribuimos en el sentido en el que se

atribuye a las impresiones, por tanto,

«los cuerpos existen»

signi­

fica

«alguien (un sujeto mental dado) está teniendo una impresión de

ellos», «alguien los está experimentando», «alguien está consciente de

ellos».

E n esta frase se resume la tesis del idealismo metafísico subjetivo, en su versión inmanente, en relación a los cuerpos. Su representante más destacado fue Berkeley, que la expresó

en la fórmula, refiriéndose a los cuerpos,

esse

=

percipi,

su exis­

tencia consiste en el hecho de que son percibidos.

El idealismo trascendental no identifica el objeto del conoci­ miento, y en particular los cuerpos, con estados mentales, con las impresiones, sino que los sitúa en el mismo nivel que las ficciones poéticas, los personajes mitológicos, etc. Las ficcio­ nes no son estados mentales, no son los pensamientos de na­ die (los pensamientos de Sienkiewicz existían entre el siglo xiv y xx, pero Zagloba, que fue creada por el pensamiento de Sienkiewicz, no existía entonces. El ficticio Zagloba no es, por tanto, idéntico a ningún pensamiento de Sienkiewicz). Algunas veces decimos de estas ficciones que existen en cierto sentido. Decimos, por ejemplo, que entre los dioses del Olimpo existía el dios del trueno, pero que no existía un dios de la aurora po­ lar. Al decir esto no tomamos esa «existencia» en su sentido li­ teral, pues sabemos que el dios del trueno, Zeus, no existiría, en el sentido literal, como no existía el dios de le aurora polar. Entendemos que Zeus existía únicamente en las creencias de los griegos. E l término «existe» en referencia a las ficciones poéticas, los personajes mitológicos, etc., indica que alguien pensó en ellas, las creyó.

nivel que todas las ficciones, porque sostiene que nuestras mentes no pueden conocer nada aparte de sus propias cons­ trucciones. En consecuencia, cuanto atribuimos «existencia» a los cuerpos, queremos decir que «alguien piensa acerca de los cuerpos de una manera particular», «alguien está consciente de esos cuerpos». No es indiferente la manera en que se es cons­ ciente de esos cuerpos, pero esto es examinado posteriormente por los idealistas trascendentales. Lo discutiremos más ade­ lante.

El idealismo metafísico subjetivo no reconoce

,

p or tanto, la naturaleza,

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