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1.2 Scalar Concentration Inequalities

2.1.3 Method of Exchangeable Pairs

2.1.3.4 Probability Bounds for Matrix Stein Pairs

Editorial

En la jornada del último domingo, los defensores de las instituciones se cubrieron de nuevos e inmarcesibles laureles.

La victoria de Soacha se hace más recomendable por su significación política que por sus proporciones, por más que sean extraordinarias. A ese campo, por tercera vez teñido en sangre, concurrieron todas las fuerzas y recursos acumulados últimamente por la Revolución; y no obstante la superioridad numérica de los asaltantes, el escarmiento ha sido terrible, acaso irremediable.

Hubo lujo de valor; ¿Pero cómo pretender que fuerzas acostumbradas al merodeo y la rapiña, tengan la constancia y la fe con que combaten los que defienden el santuario de la familia, la propiedad, el orden, la injusticia y, lo que es más, el porvenir religioso del país? Por eso aunque el empuje fue formidable, no pudo ser persistente.

Verdad es que corrió mucha sangre y que este nuevo esfuerzo de los enemigos del orden demuestra la tenacidad con que el anarquismo sustenta sus ideales de exterminio; pero verdad también, que esos cientos de rebeldes que quedaron por el suelo para no volver a levantarse; que ese sin número de heridos a quienes la certera puntería de los soldados de la ley incapacitó para avanzar por la senda reprobada, y que los muchísimos prisioneros puestos en seguridad para que no dañen, son la muestra más significativa del valor y decisión de que

en la hora solemne que teníamos presagiada debían usar los defensores de las instituciones

conservadoras de la sociedad.

En nuestro editorial del 11 del presente, cuando observamos que la Revolución había entrado en su período crítico, y que quedaba entregada a su propia suerte a vivir de sus propios recursos, puesto que no podía contar por el momento con los auxilios de los sátrapas extranjeros del vecindario que le dieron vida y posterior aliento, decíamos:

Dada esa situación, correcto es suponer: o que quieran entrar en razón… o que, mediante

golpes de audacia se propongan conseguir lo que no han alcanzado por el sistema reprobado e indigno de guerrillas, que han llevado; y en uno u otro caso es cuerdo, por obligado y

provechoso apoyar al Gobierno de modo decidido

Por su mal, como lo preveíamos escogió el último de los dos extremos; y para alcanzar el deseado fin, después de reconcentrar todas las fuerzas que se mantenían dispersas en criminal merodeo en las Provincias de Oriente y Sumapaz, acordó asaltar la División del

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General Cañadas, a quien confiaba vencer, dada la superioridad numérica de la fuerza con que iba a verificarse la operación, en que, como de costumbre, debía entrar la perfidia y el engaño. Con efecto, al abrigo de la obscuridad se procedió al descarrilamiento de la línea férrea, con el propósito de impedir oportuno auxilio, y a las 6 a.m., llevando la fuerza asaltante de vanguardia banderolas blanco y azul, que sirven de divisa a la del Gobierno, con la esperanza de nuevo engaño, avanzó resueltamente.

Pero el General Cañadas, que no es de los que se dejan sorprender con falsos banderines, opuso oportuna y eficaz resistencia; muy superior a la imaginada por sus adversarios. Cuatro horas hubo de lucha tenaz, casi desesperada; y después del postrer empuje, en que combatían dos contra uno los soberbios hubieron de volver la espalda, abandonando muchísimos sus armas y caballos; dejando en el campo sus heridos y llevando consigo el fruto del despecho; la vergüenza de inesperada derrota, y el remordimiento que, tarde o temprano, despertará en su conciencia aletargada por la pasión política. Como a la vez fueron atacados Bosa y la línea que hay entre Canoas y Puerta Grande, el General Monseñi por un lado y el General Baquero por el

último, daban brillantes y decisivas cargas.

Más tarde y cuando parte de los derrotados se refugiaba en sus guaridas casi inaccesibles de Usme, allí les cayó el benemérito General Perdomo, persiguiéndolos hasta que la noche puso fin a tan trascendental combate y termino a la fatiga.

Mientras tanto, en Bogotá las gentes se cruzaban como revuelto hormiguero, y antes de las diez de la mañana, sin distinción de edad ni condición, todos corrían en busca de rifle; y los cuarteles se llenaban, quedando el activo y sereno Ministro de la Guerra en posibilidad de disponer de todas las tropas de línea, para despacharlas donde fuera necesario.

El entusiasmo reinó entre cuantos se honran con el título de conservador; y la explosión de ese entusiasmo que se hizo sentir, se contempló más tarde con la llegada de más de doscientos prisioneros, a quienes la iluminación de la ciudad, y los cohetes y los vivas al Gobierno y a los jefes vencedores, les hizo brillar la vía de su predicha entrada a Bogotá, realizada al fin bajo tan contrarios auspicios.

El General cañadas, héroe sobresaliente en la jornada, merece bien de la Patria y el aplauso de sus amigos, por su pericia y valor. Su intrepidez y serenidad sometidas a prueba una vez más, dan la medida de lo que pueden el convencimiento y la fe puestos al servicio de la justicia. La nueva herida que recibió leve por fortuna, es otro timbre de gloria para el denodado hijo del noble pueblo caucano, a quien su modestia ha servido de escabel para escalar la altura.

Ya se convencerá el irascible Dr. Soto, que parece que también pudo enconcharse ahora, como dice Uribe U, que lo hizo en Palonegro, que no es lo mismo escribir cartas y fulminar amenazas de seguir camino de la matanza y el incendio, que dirigir una batalla; y que no es tan fácil vencer en campo abierto y franca lid, como ha sido matar Jefes en las encrucijadas y decapitar prisioneros en los caminos públicos. Ya se convencerá también, de que si no pudieron vencer al General Cañadas con la relativa pequeña fuerza que comandaba; concentrado el Ejército y contando ya el Gobierno con las aguerridas y numerosas fuerzas del invencible González Valencia, que acaban de llegar, no le queda más partido que entrar en razón o volverse a El Lago, según el decir del mismo Uribe U.

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Por parte nuestra, ya que la victoria nos ha sido favorable, bien podemos repetir hoy como ayer: que no oponiendo el Gobierno condiciones inaceptables para que los rebeldes vuelvan a la obediencia de las leyes, no hay por qué obstinarse en seguir sacrificando hombres e imponiendo sacrificios al país. Con la suerte de los pueblos no debe jugarse, porque mucho vale la sangre que se prodiga, no en obsequio de nobles ideales, sino de la conveniencia personal de los caudillos, que como se está viendo, han salido de pobres al amor de la guerra. Mientras tanto, el país puede y debe confiar en que el plan de operaciones combinado, será decisivo y de saludables resultados.

Periódico: El Colombiano

Fecha: 18 Marzo 1902

Título: Revista de fin de semana