Cuenta Sexto Julio Frontino, en su colección de expedientes militares titulada Estratagemas, que cuando Escipión se cayó al suelo al bajar de la nave que lo había conducido hasta África, dándose cuenta de la turbación que el incidente había producido en sus soldados, transformó astutamente el motivo de inquietud en motivo de entusiasmo: «Soldados, quiero un aplauso; acabo de someter a África».
Además del arte de ceder para vencer y de transformar una concesión en un punto de fuerza, el perfecto polemista ha desarrollado el arte de la retorsión o capacidad de utilizar hechos y afirmaciones en provecho propio. La operación de dar la vuelta a las cosas resulta eficaz porque prueba que las razones aducidas demuestran la verdad de la conclusión contraria. Es como gritar un «¡media vuelta!»: no se inmoviliza al antagonista, pero se le obliga a invertir la dirección y el destino. Veamos un ejemplo:
«No puedes comprender la situación porque no la has vivido.»
«Como no me siento implicado, la comprendo mejor y con mayor objetividad.»
Aprovechamos el propio razonamiento del interlocutor, dándole un significado distinto y transformándolo en un bumerán que se vuelve contra su lanzador.
«Bajaremos los impuestos cuando aumente la producción.»
«La producción no aumentará mientras los impuestos se mantengan tan altos.»
Combatir al adversario con sus propias armas es uno de los mejores recursos en una situación polémica. Los argumentos más embarazosos para el interlocutor y más convincentes para el público-juez son, como es lógico, los que se construyen a partir de las premisas más queridas para el antagonista. Aun más: la adopción de las premisas (valores, criterios o ideales) del oponente, con el objetivo de demostrar la superioridad de nuestra tesis, es, a los ojos del público asistente, un indicio de seguridad personal, de falta de animosidad y de capacidad estratégica; por tanto, se ganan unos puntos preciosos para el veredicto final.
«Es un niño, hay que tener paciencia con él.» Schopenhauer7 aconseja dar la vuelta al argumento de este modo: «Precisamente porque es un niño hay que corregirle para que no se empecine en sus malas costumbres». Se acepta la premisa para negar la conclusión. Se abrazan los principios para rechazar las aplicaciones. Nos situamos en el terreno del adversario, y para replicar empleamos sus propios datos o principios o sus propias tesis o categorías, la misma lógica y las mismas modalidades de ataque.
Naturalmente, la estrategia de apropiarse de los principios del antagonista sólo da fruto cuando se consigue demostrar su incoherencia y nuestra superioridad:
«El mantenimiento de los costes laborales y los salarios elevados y la incentivación de los trabajos socialmente útiles son medidas que evidentemente favorecen el empleo, sobre todo el de los países competidores».
El perfecto polemista maneja bien los argumentos de doble cara. Veamos un ejemplo: «Fíate de él. Siempre tiene respuesta para todo».
«Precisamente por eso no me fío».
La razón adoptada por el primer interlocutor le sirve de mayor provecho al segundo; se devuelve al remitente, a su cargo.
El polemista de profesión sabe que los descensos duros para los montañeses son duros ascensos para los habitantes del valle y que conducen indiferentemente hacia abajo, al desierto, o hacia arriba, hacia el cielo abierto. No hay que cambiar de sendero; basta con invertir la dirección. En la hermética terminología de los antiguos rétores, los razonamientos que también podían emplearse contra la tesis para la cual se habían formulado se llamaban cataballontes logoi8, es decir, razonamientos invertidos, que se convierten en lo contrario; cosa muy distinta a los dissoi logoi que hemos comentado en el capítulo 2. La diferencia estriba en que los razonamientos dobles son como
7
Setrata de la estratagema n. 26 de El arte de tener razón, Madrid, Alianza Editorial, 2002.
dos carreteras que divergen, mientras que los razonamientos invertidos son equiparables a un mismo camino escarpado, que se puede recorrer hacia arriba o hacia abajo. Se trata, pues, de argumentos basados en el mismo topos, pero invertibles a placer y por consiguiente indestructibles.
Un clásico ejemplo de argumento que puede transformarse siempre en su contrario es el que afirma que cuanto más sospechoso es alguien, menos lo resulta:
«Él es el culpable, porque tenía más motivos que nadie para eliminarlo».
«No, no es culpable, porque, sabiendo que se convertiría en el primer sospechoso, habría sido una locura por su parte».
El ejemplo citado se basa en el topos «Cuanto más culpable, menos culpable», canon de toda novela negra que se respete. «El culpable del delito es el astuto que más se beneficia.» «Al contrario, el que más se beneficia no puede ser culpable, porque si es astuto sabe que resultará el principal sospechoso.»
Veamos un ejemplo algo distinto. A los enemigos de las técnicas transgénicas de cultivo, pensadas para aumentar la resistencia de un producto a la putrefacción y a las plagas, se les contesta que precisamente así disminuye el uso indiscriminado de herbicidas y conservantes, que sólo se utilizarán en casos absolutamente necesarios y con mucho cuidado.
«El culto a la personalidad del líder y la idea del partido único son características típicas del nazismo.» Asóciese la posición criticada a ideologías o concepciones que el auditorio detesta por conservadoras, retrógradas, antiliberales, antidemocráticas, extremistas o quizá sólo demagógicas. Puede que algún día el delito prescriba para nuestro código, pero se mantendrá fatalmente en vigor en el código no escrito de la hinchada contraria:
«El culto a la personalidad del líder y la idea del partido único son características típicas del comunismo».
Comentario y conclusión semiparadójica: nazismo y comunismo son en el fondo una misma cosa9.
«La separación del Norte no se hace contra el Sur, sino a su favor, porque una vez desenganchado de la economía y los impuestos del Norte, se desarrollará mejor y con mayor libertad.»
«Nadie favorece tanto la separación como el que se empeña en negar las diferencias entre el Norte y el Sur.»
«Precisamente porque pretendemos mantener en la medida de lo posible la unidad de Italia, debemos reconocer que se trata de la unión de dos realidades completamente distintas. Cuanto más se intentan unificar de un modo indiscriminado, más se las separa.»
En todas estas variantes del mismo argumento no sólo estamos frente a una razón determinada contra la que podríamos encontrar una razón opuesta, sino también frente a algo mucho más intrigante, una operación de conversión del mal en bien y viceversa: un argumento que se transforma en su contrario como el doctor Jekyll se transformaba en míster Hyde.
A veces la transformación es tan manipuladora que cuesta tanto comprenderla como inventarla. «La mía no es una proposición opinable, sino una opinión propositiva.»
9
Las citas se inspiran en una consideración de Ruggero Guarini, en la sección Sopravva lutati & sottovalutati, en «Panorama», 16.4.1998, p. 181.
En la cuenta de los fenómenos de retorsión podríamos incluir lo siguiente: «Tendría que agradecerme el honor que le hago cuando le ataco» y la réplica del grave pensador al que le ha tocado responder a la frase abstrusa: «No es el pozo demasiado profundo, sino la cuerda corta».