El perfecto polemista se sirve a manos llenas de argumentos falsos y es un implacable descubridor y censor de los argumentos falaces del contrario. Juega al tira y afloja con la lógica. Ilustraremos narrativamente este aspecto con el brillante relato de un escritor y comediógrafo estadounidense6, en el que se muestra hasta qué punto pueden ser falaces los argumentos más lógicos y persuasivos los más falaces.
El protagonista es un estudiante calculador, perspicaz, agudo y astuto, «con un cerebro potente como un motor de fórmula uno, preciso como la balanza de un boticario y penetrante como un barreno».
Dada su habilidad y su capacidad lógica, le resultó fácil convencer a Peter, su incondicional compañero de habitación, de que le cediera a su chica, a la que él deseaba, a cambio de un suntuoso abrigo de piel de plena moda.
Los primeros encuentros con Polly, la antigua novia de Peter —bella y deliciosa, pero no inteligente—, fueron de inspección, para averiguar cuánto iba a costarle conducirla a un nivel cultural aceptable. Enseguida comprendió que había subestimado la tarea y tuvo la tentación de devolvérsela a su amigo. Pero era tan hermosa cuando se movía, al entrar, al manejar el cuchillo y el tenedor, que el esfuerzo merecía la pena. Oigamos cómo se desarrolló el asunto por boca de nuestro joven amante superdotado en materia de lógica.
«Esta noche me gustaría hablar contigo, Polly». «¿Hablar de qué?»
«De lógica.»
«Estupendo», dijo Polly tras pensarlo un momento.
«La lógica —dije, aclarándome la garganta— es la ciencia del pensamiento. Para pensar con corrección, primero hay que aprender a identificar las falacias lógicas más comunes. Comenzaré por la denominada dicto simpliciter. Por ejemplo: hacer ejercicio es bueno; por tanto, todo el mundo debería hacer ejercicio.»
«Me parece bien, sí, el ejercicio es bueno.»
«Polly —le dije amablemente— ese argumento es falaz. Afirmar que el ejercicio es bueno es una generalización absoluta, porque si estás enfermo del corazón puede no ser bueno para ti. A veces los médicos desaconsejan a un enfermo que realice esfuerzos. Hay que concretar en qué condiciones es bueno el ejercicio. Diremos entonces que hacer ejercicio suele ser bueno o que es bueno para la mayor
parte de las personas. En otro caso, incurriríamos en la falacia llamada dicto simpliciter. ¿Está claro?»
«No, pero es interesante. Continúa, continúa.»
«Veamos la generalización indebida. Yo no hablo francés, tú no hablas francés, Peter no habla francés; por tanto, llegamos a la conclusión de que en nuestra universidad nadie habla francés.»
«¿Nadie?, ¿de verdad?»
«¡Polly, es una falacia! No hay suficientes casos para justificar la conclusión.» «¿Y sabes más falacias? Esto es más divertido que ir a bailar.»
«Veamos la post hoc. Mira, no invites a Bill a la excursión, porque siempre que viene con nosotros, llueve.»
«Ah, yo también conozco a una así; se llama Eulalia, y cada vez que la invitamos, es que no falla...»
6 Love is a fallacy (1951), de M. Schulman (1919-1988). El relato aparece en S. Barnet y H. Bedau, Current Issues and
Enduring Questions. A Guide to Critical Thinking and Argument, Boston-Nueva York, Bedford-St. Martin's Press, 1999, pp. 290-298.
«Polly, Eulalia no trae la lluvia; entre la lluvia y Eulalia no existe la menor relación. Cada vez que la acusas de eso, pecas de post hoc.» «No lo haré más, te lo juro. ¿Te has enfadado conmigo? Anda, cuénta- me más falacias de ésas.»
«Veamos las premisas contradictorias. Si Dios es omnipotente, ¿podría crear un peñasco tan enorme que nadie pudiera levantarlo?» «Claro.»
«Pero si lo puede todo, ¿podrá levantarlo o no?» «Pues, no sé qué decir.»
«Claro, porque cuando las premisas de un argumento se contradicen no puede haber argumento. Si existe una fuerza irresistible, no puede existir un objeto inamovible. Y si existe un objeto inamovible, no puede existir una fuerza irresistible. ¿Lo entiendes?»
Consulté el reloj; se había hecho tarde y su cabeza parecía a prueba de lógica. El plan estaba destinado al fracaso. Pensé, sin embargo, que si ya había perdido una noche, podía perder otra. Nunca se sabe. A lo mejor aún quedaban brasas en el cráter extinto de su ánimo.
A la noche siguiente, sentados debajo de una encina, la entretuve con la falacia llamada ad
misericordiam, la que comete el aspirante a un puesto de trabajo que cuando se le pregunta por su
currículum responde que tiene en casa mujer y seis hijos hambrientos, sin ropa, sin zapatos, sin una cama donde dormir y sin gas para calentarse con el invierno a las puertas.
«Es horrible, de verdad, horrible. ¿Tienes un pañuelo? se me han saltado las lágrimas.»
«Sí, es trágico, pero no es un argumento. Se ha limitado a despertar compasión, sin contestar a lo que se le pregunta. Esto es lo que se llama falacia ad misericordiam.»
«Enjúgate las lágrimas y oye esta otra. Te voy a hablar de la falsa analogía. Veamos un ejemplo. Deberían dejar a los estudiantes todos los libros de texto durante los exámenes. ¿Es que los médicos, los abogados o los albañiles no tienen a mano sus textos, sus códigos o sus planos para consultarlos mientras trabajan?»
«Esa idea me parece la mejor que he oído en mi vida», exclamó Polly, entusiasmada.
«Polly, el razonamiento carece de sentida. Los médicos, los abogados y los carpinteros no consultan los textos para comprobar cuánto han aprendido. Son situaciones completamente distintas y no se puede establecer una analogía entre una y otra.»
«Pues me sigue pareciendo una buena idea», dijo Polly.
Aunque comenzaba a irritarme, le propuse el caso de la hipótesis de la irrealidad, ilustrándola con el siguiente ejemplo: si madame Curie no hubiera dejado en un cajón una placa fotográfica con un trozo de pecblenda, el mundo nunca habría conocido el radio.
«Es cierto, yo he visto una película donde contaban esa historia.»
«Te advierto que madame Curie habría podido descubrirlo más tarde o lo habría descubierto otra persona. Nadie sabe lo que habría podido pasar. No se puede partir de una hipótesis falsa para justificar una conclusión.»
«Veamos ahora la última, la última de verdad, porque todo tiene un límite. Se llama envenenar la
fuente. Dos individuos comienzan a discutir. El primero empieza diciendo: "Mi adversario es un conocido
mentiroso, no deben creer nada de lo que diga...". Vamos, Polly, piensa, piensa detenidamente, ¿qué es lo que falla aquí?»
«No es bonito, no es nada bonito. ¿Qué posibilidades le quedan al segundo si el primero le llama mentiroso antes de que empiece a hablar?»
«Exacto. El primer individuo ha envenenado la fuente antes de que alguien pueda beber en ella. Le ha cortado las piernas a su oponente antes de comenzar la carrera. Estoy orgulloso de ti, Polly. Ves cómo no es tan difícil. Sólo hay que concentrarse: pensar, examinar, sopesar.»
Por fin un rayo de luz, un resplandor de inteligencia. Me había costado cinco noches extenuantes, pero valía la pena. Había hecho de Polly una mujer lógica. Le había enseñado a pensar. Estaba a punto de convertirse en una mujer adecuada para mí, en una perfecta señora para mi casa y en una madre perfecta para mis hijos. Había llegado el momento de pasar de la fase académica a la romántica. La amaba como Pigmalión a la mujer perfecta que forjó. Decidí declararme.
«Polly, esta noche no hablaremos de falacias.» «Ah, ¿no?», dijo, contrariada.
«Querida, hemos pasado cinco noches juntos maravillosamente bien. Está claro que estamos hechos el uno para el otro.»
«Generalización apresurada», dijo Polly, radiante. «¿Cómo?», dije yo.
«Generalización apresurada e indebida —repitió—; ¿cómo puedes asegurar que estamos hechos el uno para el otro con sólo cinco encuentros?» Asentí, divertido. La encantadora joven había asimilado bien la lección. «Querida, cinco veces son más que suficientes; además, no hace falta comerse toda la tarta para saber que está buena.»
«Falsa analogía —replicó enseguida—, yo no soy una tarta, soy una chica.»
Asentí, algo menos divertido. Estaba aprendiendo la lección demasiado bien. Decidí cambiar de táctica. El mejor método sería una declaración de amor sencilla y directa. Me detuve un momento mientras mi masa gris elaboraba las frases más acertadas.
«Polly, te quiero. Tú eres para mí el mundo entero, y la luna y las estrellas y las constelaciones. Te lo ruego, dime que quieres estar conmigo, porque si me dices que no, la vida carecerá de sentido para mí. Vagaré por el mundo sólo y desamparado, vacío y sin meta.»
«Ad misericordiam», dijo Polly.
Apreté las manos y los dientes. Yo no era Pigmalión, era Frankestein, y mi monstruo me tenía agarrado por el cuello. Debía controlar el pánico, mantenerme tranquilo a toda costa.
«Está bien, Polly —dije, con una sonrisa forzada—, desde luego has aprendido las falacias, pero, ¿quién te las ha enseñado?»
«Me las has enseñado tú.»
«Exacto, entonces me debes algo, ¿verdad?, porque si yo no hubiera salido contigo, no habrías aprendido todas estas cosas.»
«Hipótesis de la irrealidad», me respondió rápidamente.
Respiré profundamente. «Polly, no hay que tomarse todo esto al pie de la letra. Son cosas académicas, y ya sabes que las cosas que se aprenden en las clases no tienen nada que ver con la vida.»
«Dicto simpliciter», dijo, agitando su dedito delante de mi cara.
Eso dijo. Me llevaron los demonios. «Pero, en definitiva, ¿quieres o no quieres salir conmigo?» «No, no quiero.»
«¿Por qué no?», pregunté.
«Porque hoy he prometido a Peter que saldría con él.»
Era excesivo, después de lo que él me había prometido a mí, después del negocio que habíamos hecho, después de sella? el trato con un apretón de manos.
«¡Será canalla! —exploté—, no puedes salir con él, es un embustero, un tramposo, un gusano.» «Eso es envenenar la fuente —dijo Polly—, y deja de gritar, porque me parece que gritar es falaz.» Con un enorme esfuerzo de voluntad, intenté modular la voz. «Está bien —dije—, eres una persona lógica. Contemplemos lógicamente este asunto. ¿Por qué eliges a Peter? Mírame, soy un estudiante brillante, un intelectual fantástico, un hombre con el futuro asegurado. Mira a Peter, no tiene ni arte ni parte, no se sabe qué va a comer mañana. ¿Puedes darme una sola razón lógica para irte con él?»
«Claro que puedo —declaró Polly—, tiene un abrigo de piel precioso.»
Un argumento tan sencillo como estúpido que el lógico enamorado y educador jamás habría tenido en cuenta. Un argumento sencillo y estúpido que el buen polemista sabe que es falso pero, mutatis mutandis, eficaz, incluso entre espíritus en absoluto superficiales o carentes de sutileza.