Figure 2 Comparison of Ecological Scarcity points for the two case studies
PROBLEMS OF DATA ACQUISITION AND QUALITY FOR ELECTRONIC PRODUCTS AND PROCESSES
Somos como un adolescente que se fue de la casa por rebelde, y producto de la improvisación y de la falta de educación, quedó huerfano en medio del mundo, obli- gandose a improvisar y a surgir a puro pulso. Esa es la vida colombiana, aquella que esculpe nuestras costum- bres y nuestras conductas de compra y consumo.
Nota: Algunos de los conceptos anotados en este artículo ya fueron mencionados en el grupo de cinco artículos anteriores, pero se clarifican aquí porque dan pie para una mayor ampliación.
¿Qué nos hace colombianos? ¿Por qué aquí todo es un debate interminable que termina por enlodar iniciativas interesantes? ¿Por qué llegamos a ser pioneros y líderes del narcotráfico? ¿Por qué tenemos el problema de la guerrilla? ¿Por qué seguimos subdesarrollados? ¿Por qué en Colombia las leyes son a veces tan laxas y la justicia tan benévola? ¿Por qué disfrutamos de los concursos de belleza? ¿Por qué tenemos fama de recursivos y de trabajadores? ¿Cómo es el Presidente que queremos? Esas interesantes preguntas nos pueden dar luces para entender muchísimas cosas en relación a nuestro consumo, a las cosas que nos atraen de los productos, las historias que nos cautivan y los valores de marca que apreciamos.
En este artículo analizaremos un poco la historia, la cultura y las costumbres del país, iluminados por las enseñanzas de Clotaire Rapaille para así tratar de sentar las bases del código cultural colombiano, un parámetro válido que posteriormente deberá ser contrastado y complementado con sesiones de grupo que en algún momento hay que desarrollar para que finalmente se obtenga un código ya bien cocinado y
definido, y que nos muestre qué somos y qué nos mueve. Nos basaremos en buena parte en la historia de Cartagena, ya que, como bien lo manifestó el famoso historiador cartagenero Eduardo Lemaitre, “la historia de Cartagena es, en cierto modo, la de Colombia… hay largas épocas durante las cuales Colombia no tiene más historia que la de Cartagena”. La historia de esta ciudad nos ayudará a comprender todo lo que nos hemos planteado ya que, como hemos visto a lo largo de los últimos artículos, la historia es un ingrediente fundamental a la hora de descubrir los códigos culturales. ¿Por qué? Pues porque nuestra historia creó las historias que nuestros tatarabuelos les contaron a nuestros bisabuelos, la que ellos le contaron a nuestros abuelos… hasta llegar a nosotros. No nos referimos a historietas ni a cuentos divertidos, sino a formas de pensar, de actuar y de hablar. Cosas que los padres y abuelos cuentan y comentan en la mesa durante la comida o viendo T.V, y que desde niños nos van formando, sobretodo antes de los 7 años que es cuando la mayoría de las autopistas mentales se crean. La cultura es pues, un kit de supervivencia que adoptan las personas para defenderse del entorno lo mejor posible y se va transmitiendo de generación en generación.
Como bien se sabe, Colombia es un crisol de razas y costumbres derivado de la mezcla de negros, blancos e indígenas. Es ese crisol el que le ha dado identidad a nuestra cultura; el que ha tallado nuestras costumbres y el que ha definido nuestros más profundos motivadores de compra y consumo. Recordemos que las conductas de compra se derivan de tres niveles: primero el biológico (ADN), después el cultural - grupal y finalmente el psicológico – individual. La cultura es pues una de las etapas que definen inconscientemente los actos de los individuos, así como las conductas de los consumidores.
El territorio Colombiano, así como Cartagena, su punta de lanza durante siglos, protagonizaron y vivieron desde la misma colonia innumerables guerras y sitios que marcaron su piel con cicatrices perennes. Cicatrices que aún hoy se pueden sentir en nuestra cultura; son las especias que adornan y saborizan las historias, comentarios y actitudes populares. A pesar que el dominio español protegió bien sus propiedades en este nuevo mundo porque no dejó que, por ejemplo, los ingleses se la
arrebataran, se encontró ya a principios del siglo XIX con una oposición local que terminó echándolos de estas tierras para así proclamar la independencia. Ese acto fue impulsado principalmente por mulatos (hijos de blancos españoles con negras) que, incluso en contra de la negativa de los criollos (blancos nacidos en Colombia), ferozmente decidieron no permitir el ingreso de la última legión de españoles que pretendían arribar a Cartagena con instrucciones y leyes gubernamentales. Ese acto de los mulatos, alentado por algunos negros libres, fue provocado o catalizado cuando desde España se le negó la posibilidad de ser ciudadano español a todo aquél que no fuera hijo de español o hubiera nacido en esas tierras. Dicho acto de exclusión o racismo, nos muestra la opresión que ha tenido que soportar nuestro pueblo desde hace siglos, y son justamente los descendientes de todas esas personas los que hoy conforman gran parte de la población. La independencia fue entonces una expresión de libertad, pero más que territorial, de dignidad.
En medio de la agonía que sufría Cartagena durante la independiente y la posterior etapa de estabilización, y que sin duda aún hoy se sigue viviendo, la ciudad se vino a pique en materia social y económica durante todo el siglo XIX, lo cual además, estuvo atizado por el desangre que provocaron los sitios que sufrió y las guerras que protagonizó. El siglo pasó y Cartagena no levantó cabeza, a pesar que otras ciudades del país comenzaron a prosperar lentamente. El mismo Rafael Núñez escribió: “Esta ciudad perece de inanición”. Toda esta desventura pasó su factura, como bien lo ilustra Eduardo Lemaitre en su Historia General de Cartagena: “Una onda de general desaliento, y sobre todo, de desconfianza en sí misma, invadió entonces a la declinante población”. Ese sufrimiento generó una ola expansiva tan grande, que hoy la vemos en muchas de las esquinas de la heroica en forma de pobreza y descuido. Pero en cuanto al país, y no sólo a Cartagena, podemos anotar que la situación no era muy distinta: el mismo Simón Bolívar antes de su muerte comentó: “El único bien que hemos conquistado es el de la independencia, pero a costa de todos los demás”.
Fue así pues como todas las luchas que permitieron la independencia dejaron cansado al país, acabado y mancillado. Quedó huérfano y desorientado; es como cuando un adolescente que vive con sus padres
quiere ser libre, se va con rebeldía de la casa y comienza a enfrentar la vida. Como está acostumbrado a que le den dinero, le hagan la comida, le paguen el colegio y le pongan reglas, de pronto se encuentra con que no sabe hacer nada por sí mismo. Reina el desorden y la improvisación; llega un momento en que, en vista que a su antiguo padre (España) y al resto de sus amigos les va bien, le entra el desespero por surgir y ganar dinero, y entonces se daña en algunos momentos de su vida; nos ha tocado surgir a puro pulso y eso nos ha vuelto recursivos, trabajadores y VIVOS, pero también por eso es que somos tendientes a la informalidad y de vez en cuando a lo ilegal. Por eso es que aquí no se puede dar papaya, y por ese desorden y desespero por surgir, sin saber en realidad cómo, es que hemos sido proclives a prácticas ilegales como el narcotráfico y muchas de sus manifestaciones corruptas.
Adicionalmente, la improvisación provocada por nuestra orfandad facilitó que desde la independencia todo el mundo quisiera tener voz y voto. Es común ver en nuestra historia cómo muchos sectores de la ciudadanía alzaban su voz de protesta contra diversas iniciativas, no muy distinto a lo que pasa hoy. Es la consecuencia de la libertad en medio del caos: “ahora que soy libre tengo el derecho a decidir mi destino”. Por eso es que en este país a todo se le da mil vueltas, y los debates se lanzan al vacío en un espiral perpetuo que termina por tumbar iniciativas beneficiosas. Traemos esa costumbre.
Pero aún más interesante es observar que el desorden en el que nacimos como nación fue amplificado por las diferencias raciales, que por ejemplo en Cartagena eran más agudas que en el resto del país. Rara vez blancos, negros y mulatos se ponían de acuerdo. Como ahora estaban en un país libre difícilmente alguno iba a dar su brazo a torcer; era el momento de hacerse respetar y de vengar la opresión que por siglos se había extendido sin piedad.
Nuestra coyuntura histórica tan particular engendró entonces nuestra cultura: las guerras múltiples durante siglos nos hirieron el alma, la falta de Know How producto de nuestra orfandad fue la base para un desorden total, y el conflicto de intereses entre las razas lo único que hizo fue obstruir el progreso. 3 grandes problemones de nuestra historia que hoy todavía
deambulan como fantasmas por nuestras casas disfrazadas de historias y comentarios que hoy dicen nuestros padres y que han sido transmitidos de generación en generación. Continuaremos la próxima semana desmenuzando este apasionante tema para terminar entendiendo de manera más específica cómo puede influir en las estrategias de marketing. Ya sabemos que las conductas de compra se derivan de tres niveles: primero el biológico (ADN), después el cultural - grupal y finalmente el psicológico – individual. La cultura es pues una de las etapas que definen inconscientemente los actos de los individuos, así como las conductas de los consumidores, y la historia de un país es fundamental para comprenderla porque es la que crea las historias que nuestros tatarabuelos les contaron a nuestros bisabuelos, la que ellos le contaron a nuestros abuelos… hasta llegar a nosotros. La cultura es pues como el polen y las generaciones los polinizadores, y actúa como un kit de supervivencia que adoptan las personas para defenderse del entorno lo mejor posible.