El último emperador pagano de la Antigüedad, el gran Juliano, favo- reció ciertamente de forma sistemática a los paganos, pero simultánea- mente toleró expresamente a los cristianos: «Es, por los dioses, voluntad mía que no se mate a los galileos, que no se les golpee injustamente ni sufran cualquier otro tipo de injusticia. Declaro, no obstante, que los ado- radores de los dioses habrán de tener clara preferencia frente a ellos. Pues la locura de los galileos estuvo a punto de derribarlo todo, mientras que la veneración de los dioses nos salvó a todos. De ahí que hayamos de hon- rar a los dioses y las personas y comunidades que los veneran».37
Tras la muerte de Juliano, a quien se sentía unido por la fe y la amis- tad, el orador Libanio se queja hondamente conmovido por el triunfo del cristianismo y por sus bárbaros ataques contra la antigua religión. «¡Ay! ¡Qué gran dolor se apoderó no sólo de la tierra de los aqueos, sino de todo el imperio [...]. Ya desaparecieron los honores de que participaban los buenos; la amistad de los inicuos y desenfrenados goza de gran pres- tigio. Las leyes, represoras del mal, han sido ya derogadas o están a pun- to de serlo. Las que permanecen apenas si son cumplidas en la práctica.» Conturbado y lleno de amargura, se dirige así a sus correligionarios: «Esa fe, que fue hasta ahora objeto de burla y que libró contra vosotros una lu- cha tan acérrima e incansable, ha mostrado ser la más fuerte. Ha extin- guido el fuego sagrado, apagado la alegría de los sacrificios, ha ordenado abatir salvajemente (a sus adversarios) y derribar los altares. Ha cerra- do con llave santuarios y templos, eso si no los ha arrasado o conver- tido en burdeles tras declararlos impíos. Ha derogado cualquier actividad con vuestra fe y colocado un sarcófago en el lote de tierra que os corres- ponde [...]».38
En ese asalto final al paganismo, los emperadores cristianos fueron en su mayoría y durante más tiempo menos agresivos que la Iglesia cris- tiana.
Bajo Joviano (363-364), el primer sucesor de Juliano, el paganismo no parece haber sufrido mayores perjuicios salvo la clausura y arrasamiento de algunos templos. También los sucesores de Joviano, Valentiniano I y Valente, durante cuyo gobierno aparece por vez primera el término paga-
ni referido a los fieles del antiguo politeísmo, mantuvieron una actitud de relativa tolerancia frente a éstos. El católico Valentiniano con sobrada ra- zón, pues su interés se centraba en el ejército y la conducción de la gue- rra y necesitaba la paz interior, por lo cual trató de evitar conflictos reli- giosos. Todavía cubrió los altos puestos del gobierno de forma casi pari- taria, incluso con ligero predominio de los creyentes en los dioses, pues la adscripción religiosa de sus funcionarios dirigentes respondía habi- tualmente a las mayorías que se daban en cada caso en el seno de la po- blación. Bajo Valente, sin embargo, un amano de la tendencia hornea, los altos funcionarios cristianos constituían ya una mayoría frente a los pa- ganos. Con todo combatió a los católicos valiéndose, incluso, de la ayuda de los paganos. Por razones, desde luego, puramente oportunistas.39
Aunque el emperador Graciano, por continuar la política religiosa, más bien liberal, de su padre Valentiniano I, había prometido tolerancia a casi todas las confesiones del imperio mediante un edicto promulgado en 378, en la práctica siguió bien pronto una conducta opuesta a ello, pues estaba fuertemente influido por el obispo de Milán, Ambrosio. Bajo Va- lentiniano II, hermano de Graciano, las cosas dieron en verdad cierto vuelco y la relación entre altos funcionarios cristianos y paganos pasó nuevamente a ser equilibrada y los jefes del ejército Bauto y Arbogasto, dos politeístas, desempeñaron un papel decisivo en la corte. En la misma Roma, otros dos paganos de gran prestigio. Pretéxtate y Símaco, ejercie- ron los cargos de prefecto pretorio y urbano respectivamente.40
Paulatinamente, sin embargo, Valentiniano, como antaño su hermano, cayó bajo la desastrosa influencia del obispo residente de Milán, Ambro- sio. Algo parecido a lo que ocurriría después con Teodosio I. Ambrosio vivía de acuerdo con su lema: «Pues los "dioses de los paganos no son sino demonios", como dice la Sagrada Escritura. Así pues, todo el que sea soldado de este Dios verdadero no ha de dar pruebas de tolerancia (!) y de condescendencia (!), sino de celo por la fe y la religión». Y efectiva- mente, el poderoso Teodosio gobernó durante los últimos años de su man- dato, al menos por lo que respecta a la política religiosa, atendiéndose estrictamente a los deseos de Ambrosio. Primero se prohibieron definiti- vamente, a principios de 391, los ritos paganos. Después se clausuraron los templos y santuarios de Serapis en Alejandría, que pronto serían des- truidos. En 393 fueron prohibidos los juegos olímpicos. Los emperadores infantiles del siglo v fueron muñecos en las manos de la Iglesia. De ahí que también la corte se comprometiera de forma cada vez más intensa en la lucha contra el paganismo, lucha que la Iglesia ya había atizado vehe- mentemente en el siglo iv y que condujo gradualmente al exterminio sis- temático de la vieja fe.41
Los obispos más conocidos tomaron parte en este exterminio, recrude- cido especialmente tras el Concilio de Constantinopla (381), siendo Roma
y Oriente, sobre todo Egipto, los campos áe batalla más señalados de la contienda entre paganos y cristianos.42