Mientras la Iglesia carecía de poder se conformó, a lo largo de los tres primeros siglos, con un debate, digamos cultural, y con la maldición de sus adversarios, algo que desde un principio, desde la misma redacción del Nuevo Testamento, adoptó formas de gran aspereza. Desde su reco- nocimiento y protección por parte de Constantino, se valió también del poder del Estado, para atacar todo cuanto se le oponía. Primero dirigió sus golpes contra los inicuos, los insensatos, aniquilando sus arsenales li- terarios. Para ello se valía generalmente del fuego, arrogándose así el pa- pel de custodio autoritativo de la «tradición». Seguro es, sí, que muchas cosas se perdieron sin más en el transcurso de los años, pero ya entonces sabemos de quemas sistemáticas de libros. Y es evidente que muchas co- sas fueron destruidas sin que de ello nos haya llegado noticia alguna. Las cartas de Orígenes, por ejemplo, estaban originalmente contenidas en cua- tro diversas compilaciones, y ya en una sola de ellas había más de cien: de todo ello no queda más que dos cartas. De ahí que desde el siglo iv «hasta la Edad Media haya una línea que conduce derechamente a la In- quisición y al tribunal condenatorio de herejes con la quema pública de los escritos heréticos, en nombre del emperador o del rey cristianos» (Spe-
yer). Todo parece indicar, sin embargo, que la persecución antigua afec- taba únicamente a los escritos que atentaban contra la fe y no» como en la Edad Media, a la literatura «obscena».17
El método de la quema de libros fue practicado por todos y contra to- dos durante la Antigüedad cristiana. Los heréticos instigaron a la quema de los escritos de la gran Iglesia y ésta puso un cuidado todavía mayor en la quema de los libros de sus adversarios, especialmente de los de las di- versas tendencias «heréticas». La leyes estatales que disponían la quema de libros afectaban habitualmente a «herejes» expresamente menciona- dos. Los decretos de la Iglesia, en cambio, revestían a menudo un carác- ter general: «The books ofthe heretics and their book cases (recépteteles)
search out in every place, and wherever you can, either bríng (them) to us or burn (them) infire». La quema de escritos «heréticos» está ya docu-
mentada en el siglo vil. Entre los escritores eclesiásticos cuyas obras fue- ron ocasionalmente censuradas, confiscadas o aniquiladas a instancias de la gran Iglesia, W. Speyer menciona a los siguientes: Taciano, Orígenes juntamente con sus discípulos, el presbítero Luciano de Antioquía, Dio- doro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro, Tertuliano, Novaciano y Rufino.18
Ya en 320, el obispo Macedonio de Mopsuestia arrojó al fuego los li- bros de Paulino de Adana, un mago que fue posteriormente obispo cris- tiano, a quien más tarde se excomulgó de nuevo acusado de desenfreno moral. De ahí a poco, Constantino hizo quemar en Nicea (325) todos los escritos inculpatorios de los conciliares, para que no quedaran ni vesti- gios de sus disputas: vano esfuerzo amoroso. Los conciliares mismos rompieron en trozos la confesión de fe arriana que les fue presentada en aquella famosa asamblea. Pocos años después, en 333, el emperador or- denó que todos los escritos de Arrio fuesen quemados. También éste, si hemos de creer a Eusebio, dio pie para que se interviniera legalmente con- tra los escritos marcionitas. En todo caso, la obras de Marción, el «here- je» más combatido durante el siglo u y uno de los cristianos de carácter más noble, fueron tan completamente destruidas por la Iglesia posterior que no ha llegado hasta nosotros ni una sola línea que podamos atribuir con seguridad a su pluma. Desde el punto de vista de las fuentes, Marción constituye «un auténtico espacio vacío» (Beyschiag). También la obra de sus discípulos fue objeto de completa destrucción.19
Teodosio I rompió en pedazos las confesiones de fe de obispos arría- nos, macedonios y de otras tendencias. El papa Juan IV (640-642) conde- nó un escrito expuesto al público en Constantinopla y dirigido contra el Concilio de Calcedonia (449) e hizo valer su influencia ante el empera- dor para que lo rompiera en pedazos. En las postrimerías del siglo IV, el eunuco Eutropio ordenó quemar en la Roma de Oriente los libros de Eu- nomio, el obispo de Cizico y jefe de fila de los jóvenes arríanos. Él mis-
mo fue expulsado de la ciudad y desterrado. La posesión de sus escritos, según el edicto imperial, conllevaba la pena de muerte. Sólo dos de ellos se han conservado íntegros.20
También Arcadio, el gran perseguidor de «herejes» y de paganos, ame- nazó en 398 con la pena de muerte a todo el que poseyera escritos monta- ñistas. Durante los siglos iv y v fueron quemadas en Egipto muchas obras de Orígenes. Teodoreto de Ciro hizo confiscar -y presumiblemente destruir- en el territorio de su diócesis, a principios del siglo v, más de doscientos ejemplares del Diatessaron de Taciano.21
Los «padres» del Concilio de Éfeso (431) solicitaron de los emperado- res Teodosio II y Valentiniano que ordenaran la quema de las obras de Nes- torio dondequiera se las encontrase. Después de que éste fuese depuesto de su sede, dos decretos imperiales promulgados en el otoño de 435 or- denaban confiscar todos sus bienes en favor de la Iglesia, destruir todos sus escritos y aplicar a sus partidarios la apelación difamatoria de «simo- nianos» (en referencia al «hereje» Simón el Mago).22
Diversos obispos católicos tales como Rábulas de Edesa, un voluble oportunista que se pasó rápidamente al partido de los vencedores tras el Concilio de Efeso (431), o Acacio de Melitene, urgieron la quema de las obras de Teodoro de Mopsuestia, quien antaño había sido seguramente el maestro de Nestorio. El obispo Rábulas lanzó el anatema contra todos los que no entregaran los libros de Teodoro.23
En el año 448, Teodosio II decretó que fueran arrojados al fuego to- dos los escritos contrarios a los concilios de Nicea y de Éfeso u opuestos a Cirilo de Alejandría. A quienes obrasen en contra, se les aplicarían los más severos castigos. Fueron varios los edictos que ordenaban la quema de escritos nestorianos. Es más, el piadoso emperador llegó a ordenar la quema de los escritos del Padre de la Iglesia Teodoreto de Ciro. A quien ocultase esos escritos o los de Nestorio, se le embargaban todos sus bie- nes y se le imponía destierro perpetuo. En su lucha dirigida en especial contra los monofisitas y los eutiquianos, los emperadores católicos Valen- tiniano III y Marciano dispusieron la quema legal de todos los escritos anticalcedonios e infligieron destierro perpetuo a quien los guardase o di- fundiese. Con todo, anularon, ya en 452, las disposiciones relativas a Teo- doreto.24
Ya unos años antes, el Doctor de la Iglesia y papa. León I, que atizó con celo verdaderamente inquisitorial la persecución de los maniqueos, no sólo dispuso que se acosase a éstos como si fuesen animales, sino que ordenó asimismo que sus escritos fueran recogidos y públicamente que- mados. Este «gran» papa mandó también arrojar al fuego los tratados apó- crifos, especialmente estimados por los priscilianistas, esa «secta abomi- nable». A finales de ese siglo, Gelasio I, que combatía con gran profusión de palabras la «iniquidad», «tentación», «pestilencia», etc., de todos los
disidentes, persiguió también a los maniqueos, los expulsó de Roma y quemó sus libros ante las puertas de la basílica de Santa María Maggiore. También sus sucesores, el papa Símaco -cuyo pontificado quedó marca- do por la violencia de la guerra civil, el nuevo pogrom antimaniqueo y un florecimiento sin apenas parangón de la falsificación de escritos- y el papa Hormisdas, quien atizó especialmente la guerra de religión en Oriente, hicieron quemar la literatura maniquea ante la basílica del Laterán.25
Cuando alrededor de 490 se descubrió de improviso en Berytos una asociación estudiantil en plena sesión de magia dirigida por un armenio, un tesalonicense, un sirio y un egipcio y en el curso de la cual debía, por cierto, ser quemado en el circo y al filo de la medianoche el esclavo ne- gro del egipcio, numerosos «libros de magia» fueron incautados y que- mados. Incluso Leoncio, profesor de la escuela de derecho de Berytos y elogiosamente mencionado por el emperador Justiniano en su introduc- ción a las Digestas, fue inculpado a raíz de aquello. Después fue el mis- mo Justiniano quien dispuso, sin embargo, que todos los escritos de ese tipo fueran quemados y que se aplicase el correspondiente castigo a quien transgrediese la orden. Y cuando los obispos católicos de Oriente intenta- ron hacer valer el ascendiente que el papa Agapito tenía sobre el empera- dor para obtener de éste la quema de las obras del patriarca Severo de Antioquía, Justiniano acabó por dar una orden en ese sentido. En las pos- trimerías del siglo vi, el rey católico de los visigodos ordenó quemar en Toledo todos los escritos arríanos («Omnes libros Arríanos»).26
Sólo raramente tenían los «herejes» ocasión de proceder del mismo modo con los escritos de la gran Iglesia. En general debían conformarse con realizarlo en sueños. La leyenda de la quema de los escritos del papa Gregorio es una buena muestra de ello. También lo es la espúrea «profe- cía» monofisita de Pisencio de Qift, según la cual llegaría un día en que un rey romano quemaría todos los escritos del Concilio de Calcedonia, tras lo cual, todo el que conservase, reprodujese, leyese o creyese lo más mínimo de aquéllos y se negase a quemarlo, sería quemado él mismo: sueño desiderativo, cristiano, de una minoría perseguida. Los arríanos sí que destruyeron ocasionalmente libros, tanto de los católicos como de las otras «herejías». Así, por ejemplo, el vándalo Hunerico no se limitó a matar católicos, en ocasiones por su propia mano y tras someterlos a tortu- ras atroces, o a arrojarlos a las fieras o quemarlos vivos, sino que también quemó sus libros.27
Ya el influjo de Paulo, a raíz de sus habilidades milagrosas y exorcistas, condujo en Éfeso a que muchos magos (goetes) y encantadores quema- ran sus propios libros por un valor total estimado en «cincuenta mil mo- nedas de plata», suma casi increíble, lo cual hace, quizá, increíble ese mismo evento. ¡Pero ahí está escrito! «Tan poderosamente crecía y se ro- bustecía la palabra del Señor», escribe ufana la Biblia.28
Así creció en todo caso la palabra del Señor una vez que el Estado se hizo oficialmente cristiano pues ello ofrecía a la Iglesia la posibilidad de entroncar con la legislación pagana para luchar contra los libros mágicos y astrológicos. No mucho después de 320, cuando el obispo Macedo- nio de Mopsuestia mandó arrojar al fuego los libros del ex mago y ahora obispo excomulgado Paulino, el historiador de la Iglesia Eusebio expresó el deseo de ver destruidos todos los escritos paganos de contenido mito- lógico.
Constantino ordenó asimismo quemar los 15 libros de la obra Contra los cristianos escritos por Porfirio, el más agudo de los adversarios del cristianismo en la época preconstantiniana: «La primera prohibición es- tatal de libros decretada en favor de la Iglesia» (Hamack). Y sus suceso- res, Teodosio II y Valentiniano III, condenaron nuevamente a la hoguera, en 448, aquella obra polémica de Porfirio. Eso después de que Eusebio de Cesárea hubiera escrito 25 libros contra ella y el Doctor de la Iglesia Cirilo nada menos que 30.29
Hacia finales del siglo iv, siendo emperador Valente, tuvo lugar una gran quema de libros, acompañada de muchas ejecuciones. Aquel regen- te cristiano dio rienda suelta a su furor por espacio de casi dos años, com- portándose como «una fiera salvaje», torturando, estrangulando, queman- do viva a la gente, decapitando. Los innumerables registros permitieron dar con las huellas de muchos libros que fueron destruidos, especialmen- te del ámbito del derecho y de las artes liberales. Bibliotecas enteras fue- ron a parar al fuego en Oriente -donde, en Siria, hasta los mismos obispos practicaban la «nigromancia»- por incluir «libros de magia». A veces los eliminaron sus mismos propietarios bajo el efecto del pánico.30
Con ocasión de los asaltos a los templos, los cristianos destrozaban, con especial frecuencia en Oriente, no sólo las imágenes de los dioses sino también los libros litúrgicos y los de oráculos. El emperador católico Joviano (363-364) hizo arrasar a fuego en Antioquía la biblioteca allí ins- talada por su predecesor Juliano el Apóstata. A raíz del asalto al Serapeo en 391, en cuyo transcurso el siniestro patriarca Teófilo destrozó él mis- mo, hacha en mano, la colosal estatua de Serapis labrada por el gran ar- tista ateniense Bryaxis, la biblioteca fue consumida por las llamas. Des- pués de que la biblioteca del Museo de Alejandría, que contaba ya con 700.000 rollos, se consumiese víctima de un incendio casual durante la guerra de asedio por parte de César (48-47 a. de C.), la fama de Alejan- dría como ciudad poseedora de los más numerosos y preciados tesoros bibliográficos sólo perduró gracias a la biblioteca del Serapeo, ya que la supuesta intención de Antonio de regalar a Cleopatra, como compensa- ción por la pérdida de la biblioteca del museo, toda la biblioteca de Pér- gamo, con 200.000 rollos, no parece que llegara a realizarse. La quema de bibliotecas con ocasión del asalto a los templos era efectivamente algo
frecuente, especialmente en Oriente. Volvió a suceder, una vez más bajo la responsabilidad de Teófilo, a raíz de la destrucción de un santuario egip- cio en Canopo y de la del marneion de Gaza, en 402.31
A comienzos del siglo v, Estilicón hizo quemar en Occidente -con gran consternación por parte de la aristocracia romana fiel a la religión de sus mayores- los libros de la sibila pagana, de la madre inmortal del mundo, como dijo quejándose Rutilio Namatiano, un procer galo que ocupaba altos cargos en la corte occidental y a quien la secta cristiana le parecía peor que el veneno de Circe. En las últimas décadas del siglo v, se quemaron en Beirut los libelli hallados allí -«éstos eran una abomina- ción a los ojos de Dios» (Zacarías Rhetor)- ante la iglesia de Santa Ma- ría. El escritor eclesiástico Zacarías, que entonces estudiaba derecho en Beirut, desempeñó un papel de protagonista en esta acción apoyada por el obispo y por las autoridades estatales. Y en el año 562, el emperador Justiniano, quien hizo perseguir a filósofos, rectores, juristas y médicos paganos, dispuso la quema de imágenes y libros paganos en el kynegion de Constantinopla, donde liquidaban a los criminales (en 553 este déspo- ta prohibió el Talmud).32
Según parece, ya al filo de la Edad Media, el papa Gregorio I el Gran- de, un enemigo fanático de todo lo pagano, quemó libros de astrología en Roma. Y esta celebridad, la única, junto a León I, en reunir en su persona la doble distinción de papa- y Doctor de la Iglesia, convicta en su des- precio para con la cultura antigua, a la que opone entre continuas glorifi- caciones las Sagradas Escrituras, parece haber sido la que destruyó los li- bros que faltan en la obra de Tito Livio. No es ni siquiera inverosímil que fuese él quien ordenara derruir la biblioteca imperial sobre el Palatino. En todo caso, el escolástico inglés Juan de Salisbury, obispo de Chartres, asevera que el papa Gregorio destruyó intencionadamente manuscritos de autores clásicos de las bibliotecas romanas.33
Todo indica que muchos paganos convertidos al cristianismo demos- traban haber mudado realmente de convicciones quemando sus libros a la vista de todos, fuesen estudios astrológicos, tratados matematici, escri- tos con invocación de los dioses paganos, con nombres de demonios, li- bros de magia, etc. También en algunas narraciones hagiográficas, tanto falsas como auténticas, figura ese lugar común de la quema de libros como símbolo, por así decir, de una historia de conversión.34
No siempre era obligado el paso a la hoguera. Ya en la primera mitad del siglo m, Orígenes, muy afín en este aspecto al papa Gregorio, «desis- tió de enseñar la gramática considerándola carente de valor y contraria a la ciencia sagrada y, calculando fría y sabiamente, vendió todas las obras de los antiguos autores con las cuales se había ocupado hasta entonces al objeto de no necesitar ayuda ajena para el sustento de su vida» (Eu- sebio).35
Apenas queda nada de la crítica científica del cristianismo por parte de los paganos. De ello se ocuparon el emperador y la Iglesia. Desapare-1 cieron, incluso, muchas respuestas cristianas a la misma. Probablemente porque en sus páginas había aún demasiado veneno pagano.36
Pero fue al paganismo como tal al que le llegó entonces la hora de su desaparición bajo el Imperio romano.