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Lab 22 GUI for Order Form

4. Procedure

Como ya se ha señalado, los procesos de interdependencia y cosmopolitización descritos más arriba están generando una reconfiguración de la agenda de desarrollo global, lo cual afecta directamente a la propia conceptualización de la AOD y de la cooperación en general.

Dado que estos procesos han significado una importante transnacionalización de las relaciones sociales, los problemas del desarrollo adquieren un carácter multidimensional y multinivel donde es necesario avanzar hacia instancias de consenso y coordinación que permitan gestionar de manera eficiente los nuevos desafíos derivados de la globalización (Kaul et al., 1999; OCDE, 2010). Sin embargo, hasta la fecha, el sistema de cooperación no parece haberse adaptado a estos cambios fundamentales manteniendo una visión relativamente limitada y restrictiva tanto sobre la propia concepción del desarrollo (Unceta, 2003), como acerca de los actores, enfoques, programas e instrumentos que deberían guiar la práctica de la cooperación (Unceta, Martínez y Zabala, 2011; Unceta y Gutiérrez, 2012).

Por un lado, en lo que respecta a los objetivos y la agenda de la cooperación, el nuevo marco de problemas derivado de la globalización plantea la necesidad de un enfoque más amplio y comprehensivo, capaz de trascender de una visión del desarrollo centrada de manera casi exclusiva en el crecimiento económico y en la idea de que había algunos países y territorios que debían desarrollarse, en tanto otros ya estaban desarrollados (Unceta, 2011). En lo que respecta al primero de estos dos asuntos, los retos del desarrollo abarcan un amplio abanico de campos que van desde la necesidad de proveer bienes y servicios básicos para el conjunto de los seres humanos, hasta el imperativo de garantizar la sostenibilidad y la vida de las futuras generaciones, pasando por las cuestiones relativas a la equidad de género, la defensa de los derechos humanos y la participación democrática, o el impulso de instituciones capaces de hacer frente a los nuevos retos en presencia. Y por lo que respecta a lo segundo, se ha

61 puesto de manifiesto que el desarrollo es una asignatura pendiente para todo tipo de países, ya que en todos ellos se plantean problemas de desarrollo por más que las características y el alcance de los mismos sea diferente en unos y otros.

Desde esta doble perspectiva, la agenda del desarrollo abarca un mayor número de temas y se refiere a muy distintos ámbitos y territorios. Ello implica la necesidad de abandonar un enfoque de cooperación exclusivamente centrado en cuestiones micro (centrada tradicionalmente en programas y proyectos entre donante y receptor), ampliándose la mirada hacia un enfoque alternativo que trascienda de la noción de Ayuda para abarcar diferentes campos de colaboración relacionados con la multiplicidad de aspectos que influyen en los procesos de desarrollo. Además, es preciso tener en cuenta la perspectiva de los Bienes Públicos Globales y su influencia en los procesos de desarrollo (Alonso, 2003), lo que hace que los mismos constituyan asimismo una referencia insoslayable en la definición de la agenda de la cooperación. Lo anterior nos lleva, en segundo término, a la necesidad de reconsiderar también los

instrumentos de los que ha venido dotándose tradicionalmente la cooperación al

desarrollo, relacionados principalmente con la transferencia de recursos técnicos y financieros desde unos países considerados donantes hacia otros países considerados receptores. En tal sentido, si bien es cierto que los programas de ayuda técnica y financiera son necesarios para tratar con los problemas asociados a la pobreza y la privación humana ―tanto a escala doméstica como internacional–, dichos programas resultarán estériles si no se acompañan de otro tipo de instrumentos de alcance más amplio como son las finanzas, el comercio, el medioambiente, las migraciones o la gobernanza global (Unceta, 2013a).

En los últimos tiempos se ha insistido de manera reiterada en la necesidad de ampliar y diversificar los instrumentos de cooperación al desarrollo, lo que afecta no solo a la conveniencia de contar con nuevos instrumentos de carácter financiero -tanto para cubrir la escasez de recursos para el desarrollo como para financiar los Bienes Públicos Globales (Martinez y Zabala 2014)-, sino también a la puesta en marcha de mecanismos de colaboración no estrictamente financieros capaces de hacer frente a algunos de los principales retos en presencia. Todo ello incide directamente en la imprescindible cooperación a la hora de regular aspectos del comercio, las finanzas o el medio ambiente, pero también a la hora de asegurar la protección de los derechos humanos, la equidad, o la diversidad cultural, todo lo cual tiene que ver con diversas políticas que trascienden el campo estricto de la AOD, y que tienen que ver con la CPD. Finalmente, los cambios operados en el sistema internacional y en los procesos de desarrollo de la mano de la globalización afectan también a la consideración del papel

de los distintos actores relacionados con la cooperación al desarrollo. Cabe recordar a

este respecto que, hasta el presente, el protagonismo fundamental en la cooperación tradicional lo han asumido los gobiernos de los países donantes y receptores, las agencias internacionales, y las ONGD surgidas para canalizar la solidaridad de la sociedad de los países ricos hacia los más pobres. Sin embargo, para la constitución de una nueva agenda de la ayuda es necesario incorporar una amplia diversidad de

62 actores ―gobiernos, entidades subestatales y locales, sociedad civil, universidades, sector privado, fundaciones, organismos multilaterales, etc―, que puedan aportar capacidades y recursos existentes en distintos niveles y que ayuden a tejer relaciones de colaboración más estables y de mayor profundidad de las que suelen derivarse de las relaciones entre los gobiernos o a través de organismos multilaterales.

En este marco, también los países emergentes adquieren una especial relevancia en la generación y el debate de la agenda global. Y ello, no solo por su papel como donantes dentro de un esquema de cooperación Sur-Sur, sino también por la influencia que sus políticas tienen en la evolución de los problemas del desarrollo y la sostenibilidad a escala global. De esta forma, todos los actores deben contribuir a la promoción del desarrollo en sus distintas dimensiones y la lucha contra la pobreza, aunque asumiendo responsabilidades diferentes en función de sus capacidades y potencialidades tal como lo establece la Declaración de Rio de 1992 (Naciones Unidas, 1992). Como ha podido comprobarse, el enfoque dominante hasta el momento en el sistema de cooperación no proporciona respuestas adecuadas a problemas tanto locales como globales, que trascienden la capacidad de gestión individual de los estados soberanos, y que requieren una acción cooperativa entre todos los actores del sistema internacional (Unceta, 2012a; Millán, 2012; Martínez y Zabala, 2014).

En suma, y como consecuencia de todos estos asuntos, es importante resaltar que los cambios derivados del proceso de globalización han generado nuevos desafíos y cuestionamientos que afectan a la lucha global contra la pobreza y al impulso del desarrollo humano y la sostenibilidad. En ese marco, el sistema de cooperación debe trascender desde un enfoque limitado a la gestión de la AOD, a otro capaz de abarcar no solo una agenda más comprehensiva e integral, sino también una más amplia gama de instrumentos y actores involucrados en la promoción del desarrollo. Y todo ello implica, necesariamente, plantear la cuestión de la CPD.

1.1.3. Las respuestas desde los gobiernos y desde el sistema oficial de cooperación

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