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4.2 THE ODD PROTOCOL: DESCRIBING AND FORMULATING THE ABM

4.2.4 Process Overview and Scheduling

Cristo vino del Padre (Jn 16,28), pero Cristo nació de una mujer (Gál 4,4).

Ya los textos proféticos expresaban esta dualidad, estos dos orígenes. El Esperado había de descender del cielo, igual que la lluvia, y había de surgir de la tierra lo mismo que un germen (Is 44,8). Será «el Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz», pero será también «un niño, un hijo» (Is 9,6). Será «el fruto de la tierra» no menos que «el renuevo de Yahvé» (Is 4,2). Los evangelios recogerán después esta oscilación y destacarán alternativamente una y otra cara. Jesús es el Christos, rey mesiánico del mundo, y el Kirios, Señor de los cielos; es el verdadero Israel en quien

Dios se complace y el Dios que pone su tienda en medio de Israel. De sí mismo dice Jesús que «vino de arriba» (Jn 8,23), mientras Pablo asegura, con no menor verdad, que «nació de la semilla de David» (Rom 1,4).

«Brotará una vara del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago» (Is 11,1). Nacerá de la tierra, de esta tierra terrena. «Cristo de mi tierra, tierra, tierra». Cuando una y otra vez se repite la expresión, y se le da vueltas, para mejor familiarizarnos con su verdad, aún es mayor el asombro que nos sobrecoge. Cristo de la tierra. ¿Es posible? Sí, brotará como una flor, una pequeña flor nutrida de los zumos del suelo. Llevará la misma sangre de la tierra, su oscura composición.

El libro de los evangelios se abre con la genealogía de Cristo. Manera muy semítica de empezar. Tenían en mucho los hebreos su ascendencia, y la fecundidad era para ellos la mayor bendición de Yahvé (Dt 7,12-13); la esterilidad, por el contrario, constituía la maldición más dura (Is 5,5-6) y

se consideraba unánimemente como castigo de algún ignominioso pecado (Lev 20,20). Cuando Isabel, tantos años estéril, concibió por fin, alabó al Señor «por haber borrado su oprobio» (Lc 1,25) y los vecinos vinieron a felicitarla (Lc 1,58). Era el hijo la principal alegría de sus padres (Prov 23,2425), y aquella mujer que, al presenciar las maravillas de Jesús, alabó «el vientre que le llevó y los pechos que le amamantaron» (Lc 11,27), hacíase eco de la mentalidad de toda su raza.

No obstante, la infecundidad representaba a veces también un misterioso y piadoso designio de Dios: «Alégrate, estéril; prorrumpe en gritos, tú que no conoces los dolores del parto, porque serán más numerosos los hijos de la abandonada que los hijos de la que tiene marido» (Is 54,1). San Pablo acabará dándonos más tarde la interpretación de este pasaje (Gál 4, 26-28), y bien claro denunciará, a fin de exaltar la omnipotencia del Señor, la sistemática predilección de éste por todo cuanto a los ojos del mundo es flaco y despreciado (2 Cor 12,9). Cristo mismo se sirvió de la debilidad del Apóstol para obrar inusitados portentos, igual que hizo antes valiéndose del pueblo más humillado y flojo de la tierra, o de la mujer más insignificante de ese pueblo, de su misma virginidad.

Para que entendiéramos bien que no necesita de nosotros, tuvo Dios buen cuidado en nacer de una virgen. Para que nos convenciésemos de que quiso necesitar de nosotros, nació de una mujer. Y si bien es verdad que esta mujer, por ser virgen e inmaculada, actuó como filtro de la revuelta y accidentada sangre de los humanos, también es cierto que aquella sangre que a su hijo transmitió no por eso dejaba de ser sangre de Adán, sangre de la tierra.

Sangre de Adán, de Farés, de Salomón... ¿Nos hemos percatado de que Cristo desciende, no sólo de pecadores, sino hasta de enlaces ilegítimos? Farés fue un hijo incestuoso de Judá, Salomón fue el hijo adulterino de David. Cristo desciende de ellos, Cristo desciende de bastardos. No tiene Mateo pudor alguno en decirlo, y en dejar registrado el nombre de Urías como esposo escarnecido por David al engendrar éste a Salomón. Lucas, en cambio, silencia semejante detalle, así como también omite los nombres de otros reconocidos pecadores. ¿Por qué? Se trata de dos genealogías. Pero, a la hora de buscar «el consuelo de las Escrituras» (Rom 15,4), preferimos acogernos a una explicación mística, maravillosamente cálida y fértil, como casi todas las de los Padres: la genealogía de Mateo, que es descendente, dibuja la marcha de Dios hacia el hombre para cargar con sus pecados; Lucas, por el contrario, traza su

genealogía en sentido opuesto, ascendente, y por eso sus omisiones reflejan la eliminación de los pecados que Cristo con el derramamiento de su sangre obtuvo, y termina en Dios, señalando así también a nuestros ojos y a nuestro corazón cuál ha de ser nuestra última meta, nuestro último reposo.

Aquel esmero con que los judíos retenían la lista de sus antepasados era fruto de su conciencia de pueblo elegido y se debía, sin duda, a una clara inspiración divina. Habían recibido la promesa del Mesías, el cual tenía que nacer del tronco de Abraham. Formaban, pues, un pueblo de predilección, un pueblo aparte. «Porque, si bien a Yahvé, tu Dios, pertenecen los cielos de los cielos, la tierra y cuanto en ella se contiene, sin embargo sólo a tus padres inclinó su corazón por amor, y después a ti, su descendencia, escogió entre todas las naciones» (Dt 10,14-15). Aunque en la nueva humanidad fundada en Cristo no hay distinción entre judíos y gentiles (Gál 3,28), éstos no pasan de ser sarmientos silvestres que hubieron de ser injertados en la cepa de Israel (Rom 11,16-20). A nuestro criterio actual, tan hostil a toda suerte de racismo, cuesta trabajo admitir esto, pero debemos reconocer la necesidad de que así fuera para salvar la integridad de la encarnación.

Exigía la encarnación una selección previa de tronco y ramas, un muy preciso camino desde la tierra a la flor. A fin de que así la flor arraigase en la tierra, a fin de que la encarnación se realizara verdaderamente en la carne.

«El Verbo se hizo carne». Verbum caro: ¿caben dos palabras más antitéticas? En hebreo, carne significaba normalmente hombre; Isaías, según esta acepción, promete que toda carne verá la gloria de Yahvé (Is

40,5). Pero ¿no andaría Juan deliberadamente buscando ese contraste

violentísimo que las dos palabras implican? La carne es la parte visible y frágil del hombre, lo más opuesto al Dios trascendente e invulnerable. El mismo Isaías, en el verso siguiente, nos asegura que «la carne es como hierba».

Decir «carne» por «hombre» es lo que en preceptiva literaria denominamos sinécdoque: nombrar el todo mediante una de sus partes. Pero no es sólo eso. Es, para el escritor que intenta inculcarnos que Dios se hizo hombre, señalar su aspecto más ostensible y verificable. Es también subrayar ese ínfimo nivel al que nuestro Señor descendió, alabando así su mucha piedad, pues no evitó los defectos y ataduras que la misma palabra

carne sugiere. Decir «carne» en vez de «hombre» es también un aviso, significa advertir que ahí se esconde la gran piedra de toque de la fe: «Podéis conocer el espíritu de Dios en esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios» (1 Jn 4,2). Poco tiempo después constatará con dolor cómo se ha extendido ya la infidelidad: «Se han levantado ahora en el mundo seductores que niegan que Jesucristo ha venido en carne; esa gente es el seductor y el anticristo» (2 Jn 7). Los anatemas se irán sucediendo, y las amonestaciones y decretos, a lo largo de la historia de la Iglesia. Los valdenses en su día tendrán que suscribir, a menos que prefieran ser arrancados del cuerpo de los fieles, un manifiesto en el que terminantemente, con una insistencia y precisión bien significativas, se protesta que Jesús «tuvo verdadera carne del vientre de una madre... y nació con verdadero nacimiento de carne» 25.Cristo poseyó

un verdadero cuerpo, y es anatema todo el que crea que «su cuerpo fue celeste y que pasó por el seno de la Virgen nada más que como el agua pasa por un acueducto» 26.Nada ha cuidado con tanto celo la Esposa como

la verdad de la carne de su Esposo.

Pablo, contraponiéndolo al Adán terreno, nos habla del Cristo celeste (1 Cor 15,47). Pero este adjetivo únicamente se refiere a su naturaleza divina o, a lo sumo, a la peculiar generación de su naturaleza humana, formada en las entrañas de María no por concurso viril, sino por la virtud celeste del Espíritu Santo. El cuerpo de Jesús fue ciertamente carnal, pasible, mortal, a fin de que todas las acciones redentoras, su pasión y su muerte, fueran verdaderas. ¿Cómo suponer que Dios nos condujera a engaño? «Siendo la Verdad—deduce Santo Tomás—, no es conveniente que en su obra haya nada de ficción» 27.

Después de resucitado Cristo, como se moviera con tan milagrosa independencia y agilidad y se apareciese de modo tan inexplicable, llegaron los apóstoles a sospechar que se trataba de un fantasma; mas El mismo disipó todas sus dudas incitándoles a que le tocaran: «Palpad y ved; porque los espíritus no tienen carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,31). A continuación «le dieron un trozo de pez asado, y, tomándolo, comió delante de ellos».

Juan estaba presente, y le vio comer, como tantas veces le había visto antes. Ya jamás le abandonó la certeza abrumadora de esa carne «que hemos visto con nuestros propios ojos, que contemplamos y tocaron

25 Denz. 422. 26 Denz. 710.

nuestras manos» (1 Jn 1,1). Y escribió un evangelio que, siendo como es el más espiritual y místico de los cuatro, es también el que con mayor realismo trata del cuerpo de Jesús. Todo el libro es una sinfonía a base de esas dos únicas notas del Verbum caro, repetidas y combinadas en mil diversos acordes. No son nunca dos notas sueltas: la carne es siempre carne de Dios, y nuestra alma no tiene otro acceso a Dios que a través de esa carne: sólo comiéndola podemos vivir (Jn 6,5455); sólo por el bautismo nos incorporamos al reino, pero el bautismo no es sino el torrente que brota de esa carne abierta (Jn 7,38). «En su sangre» desaparecieron nuestros pecados (Ap 1,5; 22,14). Únicamente podemos adorar a Dios cobijados dentro del templo que es el cuerpo de Cristo, en sustitución del antiguo y ya inservible templo de piedra (Jn 2,19-21).

Esta tan sincera e indudable encarnación ha tenido consecuencias enormes. Por la apropiación de una carne, habita Dios ahora en el interior de toda carne.

Habitaba ya antes, por ser Dios. La presencia divina en las cosas es lo que les permite subsistir, moverse, tenerse en pie. Si levantamos una piedra, allí está Dios; si partimos en dos una manzana, allí dentro está Dios; si abrimos el corazón de un hombre, leeremos el nombre de Dios. Dios es inmenso y penetra todas las esencias. Lo abarca todo y es inabarcable. Al lado de El, el mundo es «como una gota de agua que cae sobre la tierra» (Sab 11,23). Pero, al encarnarse el Verbo, adquirió un modo de presencia muy particular, una presencia ceñida a la carne humana, la cual toda ella ha quedado «verbificada» 28.

Asumiendo una naturaleza, se ha unido en potencia a todas las naturalezas humanas, unión que se verificará en cada caso cuando cada naturaleza se disponga gentilmente a ello. La humanidad es la masa llamada a dejarse fermentar por el Verbo, que es la levadura. Y esta unión del Verbo con los hombres viene a ser como un inefable desenvolvimiento de su unión hipostática. Dios se ha mezclado—dice San Gregorio Niceno —con nuestra naturaleza a fin de que, merced a su mezcla con lo divino, nuestra naturaleza llegue a ser divina 29.

En la eucaristía alcanzan estas impresionantes verdades una ilustración puntual y deliciosa. La «gota de agua» que, según la expresión bíblica, es el símbolo de la inanidad de nuestro mundo, se incorpora a la

28 SAN ATANASIO, Contra Arian. 3,34: MG 26,397.

sangre de Cristo. El ofertorio deberá consistir en eso, en ofrecernos a nosotros mismos en conformidad con el Hijo. La comunión nos permitirá luego realizar esa conformidad, esa fusión.

¿Qué podemos ofrecer nosotros a la divinidad? «Mías son todas las bestias de los bosques y los miles de animales de los montes. En mi mano están todas las aves del cielo y todos los animales del campo. Si tuviera hambre, no te lo diría a ti, porque mío es el mundo y cuanto lo llena» (Sal 50,1012). No obstante, llegará un día en que Dios nos confiese que tiene hambre, que tiene sed. El sitio del Calvario expresa esa sed del Hijo, la sed de nuestra «gota de agua» (la sed de nuestra sed: sitit sitiri Deus). Y el Padre, que ninguna necesidad de agua padece, pues «domina de mar a mar, desde el río hasta los extremos de la tierra» (Sal 72,8), comienza a experimentar la sed de esa agua cuando el agua se convierte en sangre de su Hijo. Eternamente la desea y la bebe, sin ansiedad ni hartura.

El Padre predestinó a los hombres «a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). He aquí que nosotros llegamos a ser hijos del Padre por ser hermanos del Hijo, no al revés. Tenemos con éste relaciones que no poseemos respecto de las demás personas de la Trinidad. La gracia conferida hoy al hombre no es meramente «gracia de Dios», como aquella que adornó el alma de Adán, sino, en sentido verdadero y propio, «gracia de Cristo». Dios es el «Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Col 1,3) y el Espíritu Santo es el «Espíritu de Cristo» (Rom 8,9; 1 Pe 1,11), el «Espíritu de Jesús» (Act 16,7), el «Espíritu de Jesucristo» (Flp 1,19).

Ni el Padre ni el Espíritu Santo podían haber pronunciado las palabras que Jesús, con la entonación triunfal y tierna que sólo El tenía derecho a usar, dirigió a la Magdalena después de haber resucitado: «Anda, ve a mis hermanos y diles...» (Jn 20,17). Verdad es que, como páginas atrás advertimos, señala luego la diferencia entre «mi Padre y vuestro Padre»; pero nada de esto refuta o entibia cuanto venimos diciendo.

También Pablo utiliza una frase que es a primera vista decepcionante: el Hijo de Dios se hizo «semejante a los hombres» (Flp 2,7). ¿Semejante tan sólo? La más elemental exégesis sale al paso: no se trata de una semejanza similitudinaria, sino real. El mismo Pablo se apresura a explicarlo a continuación: «se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». ¿Cómo iba a morir, cómo iba a ser crucificado

desprovisto de verdadera carne? ¿Cómo iba a representar a los hombres en su sacrificio, si El no era hombre cabal? En la encarnación, Dios sacó, de un vencido, un vencedor 30.El primer Adán fue vencido, el segundo Adán

venció. Ambos pertenecen a la misma estirpe. «El que santifica y los santificados son de un mismo linaje» (Heb 2,11). A Cristo pueden con toda exactitud aplicarse aquellos dos ablativos que el autor de la carta a los Hebreos usa para definir al sacerdote (Heb 5,1): «en favor de los hombres», pues toda la existencia del Verbo encarnado está configurada por el propter nos homines, y «de entre los hombres», entresacado de ellos, procedente de ellos.

Con mucho éxito desarrolla Pablo el tema de «Cristo, nuevo Adán». No creáis que usa este título por la figura de Adán en sí misma, para cantar las perfecciones del hombre original, ni tampoco para exaltar, tras la comparación de Cristo con nuestro primer padre, la superioridad y preeminencia de aquél. Lo hace sólo para poner de relieve la obra de Jesús, al mismo tiempo opuesta y semejante a aquella que el primer hombre llevó a cabo. En su carta a los Romanos contrapone la obediencia de Cristo a la desobediencia de Adán (5,12-21). Mas no en un sentido puramente moral o pedagógico, sino soteriológico. La obediencia causó la salud, igual que la desobediencia produjo la ruina. Después, en la primera carta que escribió a los Corintios (15,45-49),expone el paralelo entre Adán, «alma viviente», y Cristo, «espíritu vivificante»; paralelo y contraste, ya que, mientras del primer hombre heredamos una vida «carnal» traspasada de corrupción, Cristo nos lega la vida de la salud, la vida «espiritual», inaccesible a los vejámenes del tiempo y al aguijón de los malos ángeles.

Esta vivificación se realizó asumiendo el Verbo la carne de Adán, pues «lo que no fue asumido, no fue sanado» 31.

Somos hermanos de Cristo. No sólo sobrenaturalmente, en cuanto que vivimos con aquella misma vida sobrenatural con la cual vive El, sino también naturalmente: tan de verdad somos hermanos de Cristo en Adán como los patriarcas fueron sus padres o María fue su madre.

Antes hemos dicho que nuestra afinidad con el Hijo, no así con el Padre o el Espíritu Santo, es peculiar. Del mismo modo resalta sobremanera esta peculiaridad si los tratos y relaciones que Jesucristo

30 SAN JUAN DAMASCENO, De fide orth. 3,1: MG 94,984.

31 S

mantiene con la especie humana los comparamos con aquellos otros que dedica al resto de la creación.

Cristo es, por supuesto, el soberano del universo; lo llena todo (Ef 4,10). Es la cabeza de los príncipes celestes (Col 2,12), no menos que la cabeza de la humanidad (Col 1,18). Es «el primogénito de toda criatura» (1,15), anterior a todas ellas (Col 1,17) y causa de ellas, «tanto las del cielo como las de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades» (Col 1,16). Hemos de añadir, no obstante, que el Verbo encarnado goza sobre los hombres de una soberanía muy singular. «A El sujetó todas las cosas bajo sus pies y (especialmente) le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia, que es su cuerpo» (Ef 1,22).

¿Por qué? Porque Cristo llegó a ser centro del mundo sólo después de haber terminado su sacrificio, «pacificando por la sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra romo las del cielo» (Col 1,20). Ahora bien, este sacrificio suyo lo llevó a cabo en carne humana mortal. Mientras no lo hubo consumado, hallábase abatido por debajo de los ángeles (Heb 2,7), capaz de ser consolado por ellos (Lc 22,43); sólo después de resucitar «fue constituido mayor que los ángeles» (Heb 1,4).

Entre todas las especies creadas, es la humanidad quien tiene vínculos más estrechos, y muy particulares, con el Hijo de Dios. «Pues, como es sabido, no socorrió a los ángeles, sino a la descendencia de Abraham» (Heb 2,16). Cuando Santo Tomás trata de probar que la naturaleza humana fue más apta que cualquier otra para ser asumida por el Verbo, se funda en dos razones: su mayor dignidad y su mayor necesidad

32. La dignidad del hombre, por esa condición intelectual suya que lo

habilita para conocer y amar despierto a Dios, resulta ser muy superior a la de todos los irracionales; por otra parte, su necesidad de reparación la hacía preferible a la naturaleza de los ángeles, «ya que, si bien la naturaleza angélica en algunos de sus miembros está sometida al pecado, éste es en ellos irremediable».

También los ángeles confiesan con júbilo que «Jesucristo es el Señor» (Flp 2,11). Pero ¿cuál de ellos puede llamarle «hermano»? Únicamente el hombre ha sido autorizado para hospedar en su casa, en el destartalado refugio de su corazón, a aquella que, siendo Reina de los ángeles, es hija de Eva.

Dios hizo un día al hombre a su imagen y semejanza (Gén 1,27). Muchos siglos más tarde, Dios se hizo «en todo a semejanza nuestra» (Heb 4,15). Se transformó el modelo en copia, y la copia en modelo. Dios se

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